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Anastasia Romanov: La Princesa Que El Mundo Dejó Morir

El nombre que eligen es significativo Anastasia en griego significa la que resucitará, la que romperá las cadenas. Los padres lo eligen como un gesto de esperanza. Esperanza de que la siguiente vez Dios les conceda un varón. No saben que ese nombre se convertirá en una profecía involuntaria, que durante un siglo el mundo entero creerá que Anastasia efectivamente resucitó, que rompió las cadenas de la muerte.

Alejandra la Sarina lo siente como un fracaso personal. Nacida princesa alemana, Alex de Hest Darmstad, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, se convirtió al cristianismo ortodoxo por amor a Nicolás y abrazó su papel de emperatriz con una devoción casi mística. Pero la presión de producir un heredero varón la consume desde dentro como un ácido.

En la corte de San Petersburgo los murmullos son crueles y constantes. Se dice que la harina está Se dice que no sirve para lo único que importa. Se dice que debería ser repudiada. Alejandra escucha todo esto y se encierra más en sí misma, más en la oración, más en la soledad. 3 años después, en 1904, llega por fin Alexi, el heredero, el Sarevich.

Las campanas de todas las iglesias de Rusia repican durante horas, pero la alegría dura exactamente 6 semanas. El niño empieza a sangrar sin parar después de un golpe trivial. Los médicos del palacio diagnostican hemofilia, la enfermedad de los reyes, transmitida por la sangre de la reina Victoria a la mitad de las familias reales de Europa.

Cualquier golpe puede matar a Alexei. Cualquier rasguño puede convertirse en una hemorragia interna que lo lleve a la tumba. El secreto se guarda con ferocidad. El pueblo ruso no debe saber que el heredero al trono es un niño que puede morir por tropezar con una piedra. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. En medio de este drama dinástico, Anastasia crece y crece como un torbellino dentro de un palacio de cristal. Desde muy pequeña, la niña demuestra un carácter que rompe todos los moldes de la corte imperial rusa. Extraviesa hasta lo exasperante. Es desobediente con estilo.

Es graciosa hasta el punto de hacer reír a los guardias cosacos más curtidos del palacio. Hombres que han matado en batalla y que se derriten ante una niña de 6 años que les saca la lengua desde detrás de una columna de mármol. Sus tutores la describen en informes oficiales como una niña de inteligencia viva pero imposible de disciplinar.

Su profesora de francés escribe con exasperación que Anastasia se niega a conjugar verbos argumentando que si todo el mundo me entiende, ¿para qué necesito la gramática? Su madre la llama cariñosamente Schwibsik, una palabra rusa antigua que significa algo así como pequeña diablilla, y la usa con una mezcla de orgullo y desesperación que solo las madres de hijos difíciles conocen.

Anastasia trepa a los árboles con su vestido blanco de encaje y vuelve con las medias rotas y hojas en el pelo. Se esconde debajo de las mesas durante los banquetes oficiales y le ata los cordones de los zapatos a los embajadores cuando estos no miran. hace muecas detrás de los invitados más solemnes. Colecciona flores prensadas y fotografías que ella misma toma con una pequeña cámara que su padre le regaló.

Tiene una risa contagiosa y escandalosa que resuena por los pasillos de mármol del Palacio Alejandro en Sarscocyelo, la residencia favorita de la familia situada a 25 km de San Petersburgo. En un mundo de protocolos rígidos, reverencias calculadas y conversaciones en voz baja, Anastasia es un terremoto de espontaneidad y su familia la adora precisamente por eso.

En las cartas que las hermanas se escriben entre ellas, Anastasia aparece siempre como la fuente del caos y de la alegría. Anastasia ha vuelto a hacer una de las suyas, escribe Tatiana. Hoy me ha hecho reír tanto que me dolía el estómago, anota María. Incluso Olga, la más seria y melancólica de las cuatro, reconoce que sin Anastasia esta casa sería un monasterio.

Las cuatro hermanas Olga, Tatiana, María y Anastasia son conocidas en la corte como Otma, un acrónimo formado por las iniciales de sus nombres que usan para firmar cartas y regalos colectivos. Duermen de dos en dos en habitaciones austeras. Olga con Tatiana, María con Anastasia. Comparten ropa, zapatos y secretos.

Sus camas son de campaña, sin colchones blandos, porque su padre cree que la austeridad forma el carácter. Se bañan con agua fría por las mañanas y a pesar de ser las jóvenes más ricas del planeta, su vida cotidiana tiene más de convento que de palacio. Anastasia, la más joven y la más baja de estatura, cosa que la exaspera, es también la más observadora.

Dibuja caricaturas de todos los visitantes del palacio con un talento sorprendente para captar los defectos ajenos. Inventa apodos para todo el mundo. A un ministro gordo, lo llama el samobar. A un general calvo, la luna llena. A un tutor aburrido, el diccionario. Se niega a practicar piano con el argumento inapelable de que los dedos no me obedecen y no pienso negociar con ellos.

tiene unos ojos azules que brillan con una picardía perpetua, como si siempre estuviera tramando algo. Hay un detalle que los historiadores mencionan a menudo y que dice mucho sobre la personalidad de Anastasia. Es la única de las cuatro hermanas que se atreve a contradecir a su madre abiertamente. Alejandra, con su carácter severo y su devoción religiosa inflexible impone una disciplina estricta en la educación de sus hijas.

Pero Anastasia se escapa de las lecciones de catecismo para ir a jugar con los marineros del yate imperial. Discute las reglas con argumentos que, según sus tutores, son sorprendentemente lógicos para una niña de su edad. ¿Por qué tengo que bordar si no me gusta bordar? ¿Acaso Dios quiere que haga cosas que me hacen infeliz? Preguntó una vez a su institutriz, dejándola sin respuesta.

Es una rebeldía suave, sin maldad, pero constante, como el agua que desgasta la piedra. Los veranos en Crimea son los momentos más felices de la familia. En Livia, el palacio blanco que mira al mar negro, Anastasia se transforma, nada como un pez. corre, descalza por la playa de guijarros, persigue lagartos entre las rocas, se broncea hasta ponerse morena, cosa que horroriza a su madre, que considera que una princesa debe tener la piel blanca como la porcelana.

“Parezco una gitana”, dice Anastasia con orgullo. Y Alejandra frunce los labios, pero no puede evitar una sonrisa porque Anastasia tiene ese poder, el de hacer sonreír a la gente incluso cuando están enfadados con ella. En aquellos años dorados hay también momentos de soledad que la niña esconde detrás de sus bromas.

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