En los meses previos a enero de 1979, las protestas se habían multiplicado con una rapidez que desconcertaba a los generales y a los asesores occidentales del régimen. Sha, que para entonces ya luchaba contra un cáncer de páncreas que mantenía en secreto absoluto, se encontró ante una marea humana de millones de iraníes que clamaban no solo su renuncia, sino su destrucción, generaciones de represión política, de una policía secreta que hacía desaparecer a los opositores, de una modernización acelerada que había dejado a millones de iraníes rurales
sintiéndose extranjeros en su propio país. habían fermentado durante décadas hasta explotar con una fuerza que nadie, ni siquiera Yomaini, desde su exilio en Francia anticipó completamente. El 16 de enero de 1979, Mohamad Reza Plavi abandonó Irán. Oficialmente tomaba unas vacaciones por razones de salud.
En la realidad que todos sabían, pero que nadie pronunciaba en voz alta, era la huida definitiva de un hombre que había gobernado un país durante 37 años y que en ese momento no tenía a dónde ir. Leila tenía 9 años. Imaginen por un momento tener 9 años y que el único mundo que conocen desaparezca de la noche a la mañana. No gradualmente, no con avisos, no con tiempo para despedirse o hacer el duelo.
De golpe, sin previo aviso, el mundo entero se reorganiza en torno a unas pocas maletas y la palabra nos vamos. Los palacios, las niñeras de toda la vida, los jardines con rosas milenarias, los compañeros de escuela, los pasillos que olían a madera antigua y a incienso persa, la ciudad que hacía el ruido de fondo de todos sus recuerdos.
Todo quedó atrás en cuestión de horas. Lo que vino después fue una odisea que habría sido fascinante de leer en un libro de historia y que fue devastadora de vivir. Egipto fue el primer destino. El presidente Anuar Sadat, uno de los pocos líderes mundiales que mantuvo su lealtad al Sha, les ofreció refugio en el Cairo.
Luego Marruecos, donde el rey Hassan de Se los recibió con la ambivalencia de quien sabe que el costo político de la hospitalidad puede ser demasiado alto. Las Bahamas, donde la temperatura era tropical y el ambiente de exilio dorado tenía algo de irreal. México, donde pasaron varios meses en una villa en Cuernavaca, mientras los exaliados norteamericanos debatían qué hacer con el hombre, que había sido el pilar de la política estadounidense en Oriente Medio durante décadas.
Estados Unidos brevemente para el tratamiento médico del Sha, cuya salud empeoraba a un ritmo alarmante, Panamá, a donde los trasladaron cuando la situación política en Washington se complicó. Egipto nuevamente. La familia peregrinó por el mundo con sus joyas, sus obras de arte, sus recuerdos y sus heridas, buscando un país que los acogiera de manera permanente, mientras los gobiernos, uno tras otro cedían a las presiones del nuevo régimen de Teerán y cerraban sus puertas.
El shara era un peso político que nadie quería cargar indefinidamente y su enfermedad hacía de él un peso doble político y moral. En todo ese tiempo, Leila creció en hoteles de cinco estrellas y villas alquiladas, durmiendo en camas diferentes cada pocos meses, sin escuela estable, sin amigos que duraran más que un semestre, viendo a sus padres, especialmente a su padre, desmoronarse poco a poco ante sus ojos.
Mohamad Reza Padlavi murió el 27 de julio de 1980 en el hospital Maadi de El Cairo, Egipto. Tenía 60 años. En sus últimos meses de vida pesaba menos de 55 kg y necesitaba ayuda para levantarse de la cama. El hombre que había gobernado el imperio del pavo real, que había sido fotografiado junto a Kennedy de Gole y la reina Isabel, que había transformado Irán con la revolución blanca, que había poseído uno de los ejércitos más modernos de Oriente Medio y una de las flotas de petróleo más valiosas del mundo, murió en tierra extraña, reducido
a un anciano enfermo que sus últimos aliados ya habían relegado a la categoría de problema diplomático. Leila tenía 10 años y estaba presente cuando su padre murió. Nadie imaginaba en ese momento, o quizás sí lo imaginaban y eligieron no decirlo, el impacto que esa imagen, ese hombre poderoso, consumido hasta los huesos, muerto en el exilio como un rey sin reino, tendría en la psique de una niña de 10 años que ya cargaba con la ansiedad y el desarraigo de 18 meses de peregrinaje.
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La muerte del shadre, fue la extinción definitiva de la posibilidad de volver. La confirmación de que el mundo anterior, el palacio, Irán, la vida que había tenido era irreversiblemente historia. La cicatriz que eso dejó en Leila no fue metafórica, fue clínica, documentable, medible en años de tratamiento psiquiátrico y hospitalizaciones.
La familia se estableció finalmente en París con estancias regulares en Ginebra. Fara, ahora viuda, exiliada, despojada de todos los títulos oficiales que dependían de la existencia de un trono que ya no existía, reorganizó su vida con una determinación que sus admiradores describen como heroica y que sus críticos han leído como una incapacidad para ver el costo que ese esfuerzo tenía en sus hijos.
Construyó en el exilio una especie de corte en miniatura. Mantuvo relaciones con gobiernos y figuras de poder alrededor del mundo. Continuó sus actividades culturales con la fundación Fara Pahlavi que estableció en los Estados Unidos y preservó con una energía casi sobrehumana la dignidad y la cohesión de la familia imperial persa en el exilio.
Pero el peso de ese esfuerzo tenía un costo y parte de ese costo lo pagaron sus hijos. Mientras tanto, Leila crecía en ese mundo extraño que es el exilio de los poderosos. Las escuelas suizas, los departamentos de lujo en el six arrondismán de París, los restaurantes donde el metre conocía la mesa favorita de la emperatriz, las vacaciones en la costa azul, las giras por las capitales europeas, acompañando a su madre en eventos de la comunidad iraní del exilio.
Una existencia materialmente privilegiada y emocionalmente vacía. Sus compañeras de escuela en Ginebra no sabían exactamente quién era ella, o si lo sabían, no sabían qué hacer con ese conocimiento. Leila no era simplemente una chica rica con un apartamento bonito y una madre famosa. la hija de un sha muerto, ciudadana de un país que había borrado su existencia de los libros de texto, portadora de un apellido que en Irán era sinónimo de opresión para unos y de gloria perdida para otros.
Una identidad que era imposible de llevar con ligereza a los 12, 14, 16 años. La soledad que Leila experimentó durante esos años fue de una naturaleza tan particular que merece detenerse en ella. No era la soledad de quien no tiene a nadie. Tenía a su madre, a sus hermanos, a los miembros de la comunidad iraní del exilio que llenaban los salones de la familia en sus eventos.
Tenía acceso, en teoría a todo el apoyo material que el dinero puede comprar. era la soledad de quien no puede ser vista realmente, la soledad de la persona que siempre es el apellido, el símbolo, la hija del sha, la princesa iraní, pero nunca, simplemente Leila. A los 16 años, Leila comenzó a mostrar los primeros síntomas visibles de lo que con el tiempo sería diagnosticado como anorexia nerviosa severa.
Su relación con la comida, que siempre había sido complicada, según las personas que la conocían desde la infancia, se volvió combativa, ritualizada, aterradora. Para quienes saben leer los signos de los trastornos alimentarios, la anorexia en particular es casi siempre una conversación con el control, una manera de decir, “En un mundo donde perdí mi país, a mi padre, mi identidad, mi continuidad, hay al menos una cosa que nadie puede quitarme.
Lo que entra o no entra en mi cuerpo.” El cuerpo de Leila se convirtió en el último territorio soberano de su existencia. Corría el año 1990 y la situación era ya lo suficientemente grave como para requerir intervención médica seria. La primera hospitalización por el trastorno alimentario ocurrió en una clínica de Ginebra cuando Leila tenía 20 años. Duró 6 semanas.
A su salida pesaba 9 kg más que al ingreso. 6 meses después estaba de vuelta en el punto de partida. Aquí llegamos al primero de los elementos más controvertidos de la historia de Leila, la medicación. Evidencia número uno, los fragmentos de registros médicos que han salido a la luz a lo largo de los años a través de declaraciones de médicos, testimonios de personas cercanas a la familia y las propias palabras de Leila en entrevistas y cartas privadas citadas por amigos indican que Leila comenzó a recibir medicación psiquiátrica siendo
una niña. No sabemos con certeza en qué momento exacto se inició la primera prescripción, ni qué sustancias ni en qué dosis, pero múltiples fuentes independientes coinciden en que a los 12 años o posiblemente antes, Leila ya dependía de medicamentos prescritos para gestionar su ansiedad. Evidencia número dos.
Varios miembros del círculo íntimo de la familia Palabi, que han hablado a lo largo de los años con periodistas europeos y escritores que han investigado la vida de Leila, señalan que la decisión de medicar a la niña fue tomada por adultos en su entorno. Los testimonios son contradictorios respecto a quién tomó esa decisión específicamente. Algunos apuntan a médicos del entorno imperial que priorizaban la discreción sobre la profundidad terapéutica.
Otros sugieren que fue la emperatriz Fara, quien desesperada ante el sufrimiento visible de su hija y enfrentada a compromisos que no podía cancelar, confió en que los medicamentos estabilizarían a Leila lo suficiente para que funcionara. Nadie habla de crueldad ni de mala intención. Todos hablan de una situación que se escapó de las manos de personas que no tenían los recursos emocionales para manejarlo bien, a pesar de tener todos los recursos económicos del mundo.
Evidencia número tres. Leila misma, en una de las pocas entrevistas que concedió a lo largo de su vida, una conversación publicada en una revista iraní del exilio en 1997, habló de su relación con los medicamentos en términos que sus amigos más cercanos describieron como más reveladores de lo que ella probablemente pretendía.
dijo que los medicamentos eran lo único que no cambia cuando todo lo demás cambia. En ese contexto, en la vida de una mujer que había pasado su infancia y adolescencia en perpetuo movimiento entre países y escuelas y ciudades, la frase tiene un peso particular. Lo que ninguno de sus médicos pareció preguntarse con suficiente seriedad era si la solución era agregar más medicamentos al cóctel o si el problema raíz era la vida que Leila vivía y la ausencia de un tratamiento psicológico profundo, continuado y coordinado, que abordara el trauma de manera integral. Es curioso
como los médicos que tratan a las personas ricas a veces confunden la capacidad de pagar con la capacidad de sanar. Leila podía pagar a los mejores especialistas de Europa. Lo que no podía comprar era continuidad. Un médico en Ginebra, otro en París, un especialista en trastornos alimentarios en Londres, un psiquiatra en Los Ángeles.
Cada uno veía una pieza del puzle. Ninguno veía el cuadro completo. En el año 1991, Leila se inscribió en la Universidad Brown de Providence, Rhode Island. Tenía 21 años. Era un intento sincero y valiente de construir algo propio, algo que no dependiera del apellido Pajlavi, ni de los recuerdos del imperio, ni de las expectativas de la comunidad iraní del exilio. Estudiaría arte.
se rodeó de compañeros que no necesariamente conocían su historia, jóvenes norteamericanos para quienes Plavi era solo una palabra en algún artículo de historia que habían leído una vez sin prestarle demasiada atención. Por un tiempo, muy brevemente, pareció que había algo parecido a una vida normal en el horizonte, pero la normalidad era una ilusión que Leila no podía sostener por mucho tiempo.
El trastorno alimentario, que para entonces ya llevaba años instalado en su cuerpo, se agravó durante los primeros meses en Brown. El peso de la independencia, de la ausencia de la red familiar, que con todo lo problemática que era también la sostenía, de enfrentarse a la vida universitaria norteamericana con una historia como la suya era demasiado.
Las crisis comenzaron de nuevo, las hospitalizaciones se reanudaron. La primera hospitalización durante su etapa en Brown ocurrió en octubre de 1992, tres semanas en una clínica de Providence. La segunda, en mayo de 1993 fue en Suiza. Leila viajaba de vuelta a Europa cada vez que su estado empeoraba lo suficiente como para requerir intervención.
Cada vez que salía de la clínica volvía al mundo como si nada. aparecía en los eventos de la comunidad iraní del exilio que organizaba o a los que asistía su madre. Sonreía para las fotografías escasas que circulaban entre esa comunidad dispersa por tres continentes y luego desaparecía nuevamente en su silencio particular. Sus hermanos vivían sus propias vidas, cada uno a su manera, batallando con la herencia del apellido y del exilio.
Resa, el mayor se había establecido como la figura política de la oposición iraní en el exilio, casado con Yasmín Etem Amini, con quien tendría tres hijas. era el más público de los cuatro, el que hablaba a los medios, el que mantenía encendida la llama simbólica de la monarquía constitucional iraní.
Faranás, la segunda, vivía más retirada en los Estados Unidos, alejada del foco público con una determinación que sus conocidos describen como la única respuesta razonable al peso de ser quién era. Ali Reza el tercero, era el hermano con quien Leila tenía mayor cercanía emocional. Comparten no solo el trauma del exilio, sino una sensibilidad particular hacia el arte y la cultura.
una inclinación melancólica, una inteligencia que se volvía sobre sí misma con una frecuencia que podía ser hermosa o destructiva dependiendo del día. La emperatriz Fara fue durante todos estos años la figura central que intentó mantener a Leila cerca, que la acompañaba a las clínicas cuando podía, que llamaba a los médicos, que organizaba su vida desde la distancia cuando no podía estar presente físicamente, que la amaba sin ninguna duda, con toda la intensidad de una madre que ve a su hijo sufrir y no sabe
cómo detenerlo. Pero hay una contradicción fundamental en el corazón de esta historia que es necesario nombrar sin rodeos y sin crueldad. La misma persona que más quería Leila era también parte del sistema que desde la infancia había optado por la medicación sobre la exploración profunda del trauma.
No por malicia, no por negligencia deliberada, sino por los límites comprensibles de una mujer que cargaba con la pérdida de un país, la viudez, el exilio y la crianza de cuatro hijos en circunstancias extraordinariamente difíciles y que confiaba en los médicos que tenía a su disposición para hacer lo que ella no sabía cómo hacer.
Eso no la convierte en monstruo, la convierte en humana. Pero la humanidad de los que amaban a Leila no fue suficiente para salvarla. Alguna vez han tenido que cargar con una identidad que no eligieron y que se siente como un traje de plomo que nadie más puede ver, pero que aplasta con cada paso. Leila Palabi no eligió nacer princesa, no eligió el exilio, no eligió perder a su país a los 9 años ni a su padre a los 10.
No eligió el apellido que la identificaba, la separaba, la convertía en símbolo de algo que ella misma no había vivido conscientemente. Pero ese mundo la eligió a ella y la moldeó con una precisión que, mirando hacia atrás parece cruel hasta el punto de lo inexplicable. En el año 1996, Leila viajó a Los Ángeles, donde la comunidad iraní del exilio era la más grande y más organizada del mundo.
Allí conoció a varias personas que se convertirían en sus amigos más cercanos durante los últimos años de su vida. Personas que hoy, más de dos décadas después de su muerte, la recuerdan con una mezcla de cariño y dolor que el tiempo no ha diluido. Uno de esos amigos que habló con el escritor Hassan Arfa para un artículo publicado en 2003 en la revista Iran Nameg, la describió así.
Era brillante de una manera que te desconcertaba. Podía hacer una broma sobre su propia tragedia con una ironía tan fina que tardabas 10 segundos en entender qué acababa de decir. Y cuando lo entendías no sabías si reírte o llorar. Otra persona que la conoció en ese periodo habló de su amor por el jazz más oscuro, Bill Evans en particular, y por la miniatura persa clásica, dos mundos aparentemente opuestos que Leila habitaba con igual comodidad.
era profundamente iraní y profundamente occidental al mismo tiempo”, dijo esa persona. Y eso que podría haber sido una riqueza era también su tormento. No se sentía completamente de ningún lado. La verdad era mucho más oscura que la imagen que Leila proyectaba en público. Para 1997, cuando tenía 27 años, pesaba menos de 45 kg.
Su cuerpo, en guerra consigo mismo desde la adolescencia, mostraba las marcas de más de una década de trastorno alimentario severo. Sus huesos eran frágiles hasta el punto de que una caída menor podía fracturarlos. Su corazón, sometido a años de malnutrición severa y medicación combinada presentaba irregularidades que los médicos monitoreaban con creciente preocupación.
La malnutrición crónica había afectado su densidad ósea, su sistema inmunológico, su capacidad de regular la temperatura corporal y sin embargo los medicamentos continuaban. El cóctel que Leila tomaba en esos años incluía, según diversas fuentes, varias benensodiaceepinas, antidepresivos de distintas generaciones y de manera intermitente analgésicos o piáceos prescritos para lo que los médicos describían como dolor crónico músculoesquelético, una consecuencia directa de la malnutrición prolongada que había debilitado sus huesos y sus
articulaciones. La pregunta que nadie en su entorno médico parecía estar haciéndose con suficiente urgencia era si tenía sentido prescribir opiácios, que son depresores del sistema nervioso central, a una mujer que ya tomaba benodiaceepinas, que también son depresores del sistema nervioso central y que además tenía un trastorno alimentario que comprometía su metabolismo.
La combinación de estas sustancias en el cuerpo de alguien tan bajo de peso como Leila tenía el potencial de ser letal. No era información médica oscura ni especializada. Era conocimiento básico de farmacología clínica. Aquí es donde la historia de Leila se cruza con una de las crisis más graves del sistema médico contemporáneo. El problema de los pacientes que tienen acceso a múltiples prescriptores simultáneos, cada uno con visión parcial del caso, sin un médico o coordinador que tenga la imagen completa.
Para el año 2000, Leila consultaba regularmente con médicos en París, Ginebra, Londres y Los Ángeles. Cuatro ciudades, cuatro sistemas médicos, cuatro perspectivas distintas, cero coordinación efectiva. Evidencia número cuatro. Una fuente que prefirió no ser identificada, pero que tenía acceso directo a la situación médica de Leila en sus últimos años, describió el escenario así en una entrevista concedida al periodista Cirus Cadibar en 2003.
Leila podía ir a ver a un médico en Ginebra que no sabía lo que le había prescrito el médico de París y podía obtener una prescripción adicional. Luego iba a Londres y obtenía otra. No había comunicación entre ellos. Nadie veía el cuadro completo. Evidencia número cinco. Varias personas que frecuentaban el mismo círculo social que Leila en sus últimos años han descrito en conversaciones privadas que han sido citadas parcialmente en distintos contextos, que Leila llegaba a reuniones con lo que ellos llamaban una farmacia
portátil. que mezclaba medicamentos con alcohol, de manera que cualquier farmacólogo habría considerado de riesgo elevado. Que nadie en su entorno cercano, por el amor que le tenían, por el respeto a su autonomía, por el miedo a herirla o alejarla, tenía la capacidad de decirle que parara de una manera que ella pudiera escuchar.
Evidencia número seis. En los dos años previos a su muerte, Leila fue hospitalizada al menos cinco veces por complicaciones relacionadas con sus condiciones. Una vez por desnutrición severa en Ginebra en octubre de 1999, dos veces en 2000 por episodios que las fuentes describen eufemísticamente como crisis y al menos dos veces más en los primeros meses de 2001.
cinco hospitalizaciones en menos de 2 años. El sistema la recibía, la estabilizaba, la devolvía al mundo y luego volvía a necesitar ser hospitalizada. Es la definición clínica del fracaso de un tratamiento o más precisamente de la ausencia de tratamiento real. La pregunta que nadie quería hacer en voz alta era si la siguiente hospitalización llegaría demasiado tarde.
Es curioso cómo el dinero puede comprar lo mejor y lo peor de la medicina simultáneamente. Lo mejor, los mejores especialistas, las clínicas más lujosas, los medicamentos más avanzados. Lo peor, la posibilidad de obtener prescripciones en múltiples países sin coordinación, la ausencia de un médico de cabecera con autoridad real sobre el caso, la ilusión de que el dinero para el tratamiento equivale a estar recibiendo tratamiento adecuado.
Leila Pajlavi tenía acceso a todos los recursos económicos de la familia imperial y murió sola en una habitación de hotel con una sobredosis de medicamentos prescritos. En junio de 2001, Leila tenía 31 años y vivía dividida principalmente entre París y Ginebra con viajes frecuentes a Los Ángeles y Londres.
Según las personas que la vieron en los meses previos a su muerte, su estado de salud había continuado deteriorándose. Una amiga que la vio a finales de mayo de 2001 describió después a Leila como diferente, más quieta, con algo en los ojos que no era tristeza exactamente, era más parecido al agotamiento. La primera semana de junio de 2001, Leila viajó de París a Londres.
tenía una habitación reservada en el hotel Leonard, situado en el número 15 de Seore Street en el barrio de Mary Lebone, a pocos minutos de Oxford Street. El Leonard era y sigue siendo un hotel boutique de lujo que ocupa una mansión georgiana del siglo XI restaurada con elegancia discreta, exactamente el tipo de establecimiento que frecuentaban las personas adineradas que valoraban la privacidad por encima del brillo. El tiempo pareció detenerse.
En los días que siguieron a su llegada al hotel, Leila no contactó a nadie en particular. No hay un registro de llamadas telefónicas que haya salido a la luz. No hay encuentros con amigos registrados. Hay solo la imagen de una mujer de 31 años en una habitación de hotel de Londres con sus pensamientos y sus medicamentos.
El 10 of June of 2001 a las 11:47 de la mañana, el personal del hotel Leonard descubrió el cuerpo de Leila Pajlavi en su habitación. Tenía 31 años. El médico forense que acudió al lugar determinó que la causa de muerte fue sobredosis aguda de medicamentos hipnóticos sedantes. La investigación que siguió estableció que las sustancias presentes en su cuerpo incluían benodiaceepinas en concentraciones altas y analgésicos o piáos.
La conclusión oficial fue muerte accidental. Muerte accidental. Dos palabras. El veredicto de un sistema legal que requiere certeza sobre la intención para categorizar una muerte como suicidio y que en ausencia de nota y de intención probada aplica la categoría que más se ajusta a la evidencia disponible, muerte accidental. Para quienes conocían la historia de Leila, para quienes sabían lo que había detrás de esa mujer de 31 años, sola en una habitación de hotel en Londres, esas dos palabras sonaban a un eufemismo de proporciones monumentales, no porque
hubiera evidencia de suicidio deliberado, sino porque el abismo entre accidente y consecuencia previsible de un sistema que había fallado a esta persona durante década Adas era tan vasto que llenarlo con una sola palabra requería ignorar deliberadamente toda la historia anterior. Lo que ocurrió en esa habitación del hotel Leonard el 10th of June 2001 fue en el sentido más técnico y más estrecho del término, un accidente.
Fue también el resultado final y lógico de tres décadas de trauma no tratado, medicación inadecuada, fragmentación del cuidado médico y una soledad que el privilegio económico no solo no alivió, sino que en algunos aspectos agravó. En ese preciso momento en que la noticia llegó a París, la emperatriz Fara tenía 62 años y acababa de perder a su hija menor.
Lo que sintió en ese momento es algo que ninguna entrevista, por honesta que sea, puede transmitir completamente. Años después, en su autobiografía publicada en 2003 y en varias entrevistas que concedió a lo largo de la siguiente década, Fará habló de la muerte de Leila con una honestidad que pocas figuras públicas habrían tenido el valor de sostener.
admitió con palabras que en el contexto de su posición y su historia representan una extraordinaria confesión que no supo cómo ayudar a su hija, que el exilio, la pérdida del sha, las circunstancias extraordinarias en que ella misma había sobrevivido habían creado en ella unos límites que no le permitieron ver a tiempo lo que Leila necesitaba.
no se excusó completamente, tampoco se destruyó públicamente en una demostración de culpa que habría sido igualmente inadecuada. Reza Palabi habló de la muerte de su hermana menor en términos de lo que él llamó la enfermedad del exilio. Una frase que captura algo verdadero y que al mismo tiempo tiene el riesgo de convertir en abstracción política lo que fue la destrucción concreta de una persona concreta.
La enfermedad del exilio es real. El exilio que experimentaron los hijos de la familia imperial iraní, especialmente los que eran niños o adolescentes en 1979 fue una amputación de identidad de consecuencias que se han ido haciendo más claras con el paso del tiempo. Pero la enfermedad del exilio no explica por sí sola por qué Leila murió mientras sus hermanos sobrevivieron al menos por más tiempo.
9 años después de la muerte de Leila el 4 de enero de 2011, Ali Reza Palabi fue encontrado muerto en su apartamento de Boston, suicidio por arma de fuego. Tenía 44 años. Era un académico brillante, doctorando en estudios iraníes en la Universidad de Harvard. Un hombre que había canalizado su amor por la cultura y el idioma persa en un trabajo intelectual de calidad genuina.
También era un hombre que había batallado durante años con depresión severa, con una identidad fracturada entre el mundo académico norteamericano donde vivía, y el peso de ser hijo del Sha, con una sensibilidad que lo hacía extraordinariamente perceptivo y extraordinariamente frágil al mismo tiempo. La familia Palabi había perdido en el espacio de 31 años al Sha, a Leila y ahora a Ali Reza.
La emperatriz Fara, que tiene hoy 85 años y vive entre París y los Estados Unidos, ha perdido a su esposo y a dos de sus cuatro hijos. La acumulación de pérdidas que esa frase contiene es difícil de procesar. Fara ha hablado de ellas con una dignidad que sus admiradores leen como fortaleza. y que sus críticos, más severos, que son pocos pero existen, leen como incapacidad de confrontar plenamente lo ocurrido.
La verdad está probablemente en algún punto entre esas dos lecturas. Las teorías conspirativas que circulan en ciertos sectores de la diáspora iraní señalan en otra dirección. Agentes del régimen de Teerán infiltrados en el entorno de la familia. Venenos administrados lentamente. Planes sistemáticos para eliminar a los herederos de los Pajlavi y destruir cualquier posibilidad de restauración monárquica.
Estas teorías tienen la atracción emocional de las narrativas de mártires, la capacidad de convertir tragedias complejas y desordenadas en historias con un villano claro. También tienen un problema fundamental. No hay evidencia que la sostenga de manera seria. El régimen de Teerán no necesitaba eliminar a Leila Palabi. Leila Palabi no era una amenaza política.
Era una mujer enferma que necesitaba ayuda y no la recibió adecuadamente. La conspiración, si existe, es menos dramática y más difusa. La conspiración del sistema, el sistema médico que prescribía sin coordinar, el sistema familiar que amaba sin saber cómo ayudar, el sistema social del exilio dorado que mantenía a Leila en una existencia material cómoda que enmascaraba la emergencia psicológica que vivía.
Nunca sabremos con certeza si Leila quería morir o si simplemente había dejado de hacer el esfuerzo activo de vivir. La distinción clínica importa, pero para quienes la querían, la pregunta es igualmente devastadora en cualquiera de las dos versiones. Imaginen por un momento qué significa despertar cada mañana siendo quién era Leila.
El apellido que identifica y separa al mismo tiempo. La historia que es demasiado grande para el cuerpo de cualquier individuo. El país que no está, el padre que no está. [música] La infancia que no fue una infancia ordinaria, el cuerpo que se ha vuelto campo de batalla, los medicamentos que son lo único constante cuando todo lo demás cambia.
Esa era la vida de Leila, una vida que desde afuera con los departamentos de lujo y las vacaciones en la riviera parecía privilegiada y que desde dentro era una jaula sin barrotes, una trampa sin carcelero visible, una guerra sin frente definido. trastorno alimentario que mató a Leila con tanta certeza como la sobredosis, porque la malnutrición de décadas fue lo que creó el cuerpo tan vulnerable a esa sobredosis final, es hoy comprendido de maneras que en los años 80 y 90, cuando el suyo comenzó, apenas empezaban a articularse en la literatura médica.
Sabemos ahora con una claridad que entonces no teníamos que los trastornos alimentarios son las enfermedades mentales con mayor tasa de mortalidad. Sabemos que están profundamente relacionados con el trauma, con la necesidad de control en contextos donde todo se siente fuera de control con la relación que el cuerpo establece con el poder, la vulnerabilidad, la visibilidad, la invisibilidad.
Una niña que pierde su mundo a los 9 años, que ve a su padre morir a los 10, que pasa su adolescencia entre países sin pertenecer a ninguno, que carga con un apellido que la hace simultáneamente visible como símbolo e invisible como persona. La ecuación del trastorno alimentario, para quien sabe leerla, es dolorosa, pero no sorprendente.
Lo que sí es sorprendente, o quizás no debería serlo, es que nadie en el entorno de Leila pareció hacer esa conexión con suficiente urgencia y durante suficiente tiempo continuado como para cambiar el curso de las cosas. El debate sobre la responsabilidad en la muerte de Leila Pajlavi nunca se ha resuelto de manera satisfactoria y probablemente nunca se resuelva.
La emperatriz Fara lleva ese peso con ella. Los médicos que la trataron, al menos algunos de ellos, deben de haberse preguntado si hicieron suficiente. Sus amigos más cercanos hablan de ella con la mezcla particular de amor y culpa que queda cuando alguien a quien querías muere de una manera que podría haber sido evitada.
A medida que han pasado los años, la figura de Leila Pahlavi fue adquiriendo en la comunidad iraní del exilio una dimensión simbólica que trasciende su historia personal. Para muchos iraníes que vivieron la revolución de 1979, siendo niños o adolescentes y que pasaron las siguientes décadas navegando entre la cultura de origen y los países de acogida, Leila representa algo específico y doloroso, la generación robada.
Los que no protagonizaron la revolución ni la eligieron, pero cargaron con sus consecuencias, con una intimidad que sus padres, que sí habían vivido el antes y el después con conciencia adulta, no siempre comprendieron del todo. La leila, que esas personas lloran no es solo la princesa, es la metáfora. la imagen en espejo de sus propias fracturas identitarias, de sus propias pérdidas, de sus propias batallas, con la pregunta de quiénes son cuando el contexto que los definía ha desaparecido.
Detrás de la fachada de la princesa trágica, que es la etiqueta que los medios le pusieron y que ella habría detestado con toda probabilidad, hay algo más universal y más verdadero, la historia de una persona que no encontró las herramientas para sobrevivir a lo que le tocó. Y eso dolorosamente es algo que muchos seres humanos pueden reconocer en sus propias vidas, aunque sus circunstancias sean infinitamente más modestas.
y no hayan implicado ni palacios ni revoluciones. Leila Palabi fue enterrada en el cementerio de Pasí en París en el Sixth Arondismán, el mismo barrio donde la familia imperial iraní en el exilio había establecido el centro de su vida parisina. El cementerio de Pasí es uno de los más antiguos y más cargados de historia de la capital francesa.
Allí descansan, entre otros, Eduward Mané, Gabriel Fogé, Clude Deby. La tumba de Leila se encuentra no lejos de la de su padre, que había sido trasladado allí desde Egipto en 1980 por iniciativa del presidente Sadad. En tierra francesa, una princesa iraní lejos del país que no la quiso de vuelta, lejos del palacio donde nació, lejos de los jardines con rosas milenarias, que son su único recuerdo de infancia en Irán, pero cerca de su padre, que es lo más cerca del hogar que pudo encontrar.
La tomba es visitada con regularidad por miembros de la comunidad iraní del exilio. Algunos dejan flores rosas rojas frecuentemente, que en la tradición persa tienen una carga simbólica de amor y duelo que los occidentales raramente comprenden en toda su profundidad. Otros simplemente se quedan en silencio durante unos minutos, como si la presencia fuera en sí misma el mensaje.
Un ritual colectivo de duelo que lleva ya más de dos décadas y que no da señales de disminuir. La imagen de Leila que circula en las redes, la que aparece en los artículos y en los videos de YouTube dedicados a su historia, la que la gente reconoce cuando se menciona su nombre, es siempre la misma.
Una joven de cabello oscuro y grandes ojos oscuros con algo en la mirada que es difícil de nombrar, pero que sabiendo su historia uno lee inevitablemente como una melancolía que no es tristeza ordinaria, sino algo más parecido al agotamiento de quien ha cargado demasiado durante demasiado tiempo. Lo que esa imagen no muestra es el humor, la ironía feroz, el amor genuino por el arte y la música, la inteligencia que desconcertaba a quienes la conocían, la persona completa que fue Leila Palabi, que no se reduce ni a la princesa trágica, ni a la víctima del
exilio, ni a ningún otro símbolo que el mundo le impuso o le ofreció. La historia de Leila Paslavi nos deja con preguntas que no tienen respuestas sencillas y que importa no resolver demasiado rápido. Fue víctima de la revolución islámica que destruyó su mundo a los 9 años. Sin duda fue víctima de un sistema médico fragmentado que la mantuvo medicada desde la infancia sin abordar las causas profundas de su sufrimiento.
Las evidencias apuntan en esa dirección. fue víctima del amor imperfecto de una familia que no supo cómo ayudarla a pesar de intentarlo. Eso también parece verdadero. ¿Fue en algún sentido víctima de sí misma de las elecciones que tomó dentro de las opciones que tenía disponibles? Esa pregunta es la más incómoda y quizás la más necesaria.
La respuesta honesta es que fue víctima de una convergencia de fuerzas que ninguna persona, por sola que estuviera, debería haber tenido que enfrentar. Y fue también en los márgenes de esa convergencia una mujer que hizo las elecciones que pudo con los recursos que tenía en un contexto que no eligió, llevando un peso que nadie le ayudó a aligerar de manera efectiva.
Murió el 10th of June 2001 in Londres, Inglaterra. Tenía 31 años. Su cuerpo fue trasladado a París para el funeral. Fue enterrada junto a su padre en el cementerio de Pasí. Su nombre, Leila significaba en persa noche oscura y quizás en la crueldad poética de las coincidencias que a veces la historia parece convocar deliberadamente, eso es exactamente lo que fue su vida, una noche oscura que nunca encontró su amanecer, no por falta de quienes la amaban, sino porque el amor, sin las herramientas adecuadas, sin la presencia
continua, sin la capacidad de ver realmente a la persona que tienes delante por debajo del apellido y el símbolo y la historia puede ser insuficiente. Puede ser incluso, sin quererlo parte del problema. Hoy, si visitas el cementerio de Pasí en París y encuentras la tumba de Leila Palabi, verás flores frescas, aunque no sea ninguna fecha especial.
Alguien habrá estado allí antes que tú. Esas flores son el idioma silencioso con que la diáspora iraní dice lo que no sabe cómo decir de otra manera, que no la olvidó, que la ve ahora, aunque no la supo ver entonces, que su historia importa más allá del apellido que cargó y de los titulares que generó su muerte. Leila se ha convertido en símbolo involuntario de una generación entera de exiliados que creció entre dos mundos sin pertenecer completamente a ninguno.
Un recordatorio de que el exilio no es solo un cambio de dirección postal, sino una herida que sin el cuidado adecuado, sin el [música] tiempo y la atención que merece puede volverse permanente y letal. Gracias por acompañarnos en este viaje a través de una de las historias más oscuras y más necesarias de la realeza iraní.
La historia de Leila Palabi nos deja con una pregunta que no tiene respuesta fácil, una pregunta que vale la pena llevarse a casa. ¿Cuántas personas a tu alrededor están cargando ahora mismo un dolor [música] invisible que nadie está mirando con suficiente atención? Dejen en los comentarios qué piensan sobre la responsabilidad del sistema médico, de la familia y de la sociedad en la tragedia de Leila.
Sus perspectivas siempre me hacen reflexionar. Hasta la próxima historia, donde seguiremos explorando las vidas de aquellos que vivieron entre el poder y la sombra, entre la gloria y la ruina, entre el amor y el abandono hasta entonces. Y sin embargo, hay una pregunta que flota sobre toda esta historia como un eco que nadie ha podido silenciar completamente.
¿Qué habría necesitado Leila para vivir? No en el sentido de los recursos médicos o económicos que tenía en abundancia, sino en el sentido más profundo, el sentido que los psicólogos llaman factores protectores. La investigación contemporánea sobre trauma y resiliencia ha identificado con bastante claridad lo que permite a las personas sobrevivir pérdidas catastróficas y construir algo parecido a una vida funcional.
conexiones humanas auténticas, un sentido de identidad que sea más grande y más estable que las circunstancias cambiantes. La capacidad de encontrar significado en el sufrimiento sin romantizarlo. Un sistema de apoyo que no dependa de un solo individuo ni de una sola institución. Leila tenía algunos de estos elementos en forma fragmentaria.
tenía personas que la amaban, aunque ese amor no siempre adoptara las formas que ella necesitaba. Tenía una inteligencia y una sensibilidad que en otras circunstancias podrían haber encontrado canales creativos sostenibles. Tenía recursos materiales que habrían podido financiar cualquier tipo de tratamiento imaginable.
Lo que no tenía era continuidad. El exilio, por su naturaleza misma, es el enemigo de la continuidad. Los médicos cambiaban de ciudad en ciudad. Las amistades se interrumpían con cada mudanza. La identidad se reformulaba con cada frontera. La lengua en que pensaba el farci de su primera infancia quedó enterrada bajo capas de francés y de inglés que nunca fueron completamente suyos.

Corría el año 1999, 2 años antes de su muerte. Cuando Leila hizo algo que sus amigos recuerdan como uno de los momentos más reveladores de su personalidad, durante una visita a Los Ángeles fue a una exposición de miniatura persa clásica en un museo del área. pasó 3 horas allí sola, mirando las pequeñas pinturas con una intensidad que el guarda de seguridad que la observaba describió después en una conversación que sus amigos citaron como la mirada de alguien que había encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando. [música] Al salir le dijo a la
persona que la esperaba afuera una frase que esa persona no olvidó. Esto es lo único que nadie puede quitarme, lo que hay aquí adentro. y señaló hacia el museo. Esa frase, lo único que nadie puede quitarme, ilumina algo esencial sobre la psicología de Leila que ayuda a entender por qué el trastorno alimentario y la dependencia a los medicamentos tomaron las formas que tomaron en su vida.
Era una persona para quien el control sobre lo interno, sobre lo que era exclusivamente suyo, era una necesidad existencial. El cuerpo, los medicamentos eran las formas en que ese control se ejercía cuando todas las demás formas estaban amenazadas o comprometidas. No era irracionalidad, era una lógica interna perfectamente coherente en el contexto de una vida que había perdido casi todo lo que daba continuidad.
Leila también tenía talento artístico genuino. Las pocas pinturas y colages que hizo a lo largo de su vida y que sus amigos conservan muestran, según quienes los han visto, un ojo para la composición y el color que era de calidad real, no la hobby de fin de semana de alguien con demasiado dinero y tiempo libre. Uno de sus amigos de los Ángeles, que fue artista plástico, describió su trabajo como doloroso de maneras que el arte tiene que ser para ser verdadero, que ella sabía cómo poner en una imagen lo que no podía poner en palabras. El arte
fue para Leila en sus mejores periodos una especie de medicina que no requería prescripción, una manera de habitar el mundo que le era propio, sin necesitar que nadie le dijera quién era o debía ser. En sus peores periodos, el arte desaparecía, no pintaba, no miraba, se retiraba hacia el interior, hacia los medicamentos, hacia el silencio.
Hay una ironía que atraviesa toda la vida de Leila y que merece nombrarse. A pesar del acceso a innumerables médicos y clínicas, nunca tuvo, según lo que las fuentes disponibles sugieren, un tratamiento psicológico profundo continuado en una sola lengua con un solo terapeuta durante un periodo suficientemente largo como para trabajar los traumas de raíz.
Los tratamientos hospitalarios eran de estabilización, los medicamentos eran de mantenimiento, pero la excavación real, el trabajo de mirar de frente lo que había ocurrido en 1979 y en los años que siguieron, el trabajo de construir una identidad que pudiera sobrevivir la pérdida del país y del padre y de la infancia, ese trabajo profundo nunca pareció realizarse de manera efectiva.
Algunos dicen que Leila lo intentó, que hubo periodos en que se comprometió genuinamente con un proceso terapéutico, que los terapeutas que trabajaron con ella la describían como una paciente con una capacidad de introspección notable, con una inteligencia que podía ser aliada o enemiga del proceso dependiendo del día. Pero la continuidad siempre se interrumpía.
el viaje, la hospitalización, el médico que se jubilaba, el sistema de salud del país en que estaba en ese momento que no cubría el tipo de tratamiento que necesitaba, siempre algo. La pregunta de qué habría pasado si Leila hubiera tenido acceso a un tratamiento efectivo, continuo, coordinado, desde que fue niña, no tiene respuesta.
Pero hacerla importa porque de esa pregunta sin respuesta se puede extraer algo útil. La comprensión de que los niños que experimentan trauma en circunstancias extraordinarias necesitan un tipo de apoyo que va mucho más allá de la medicación y la estabilización, que los recursos económicos no bastan, que la buena intención no basta, que la presencia intermitente de personas que aman no basta.
Lo que se necesita y lo que Leila nunca tuvo de manera suficiente es continuidad, presencia. Atención sostenida a la persona concreta, no al símbolo, no al diagnóstico, no al apellido. La comunidad médica ha aprendido mucho en las décadas, desde la muerte de Leila sobre el tratamiento de los trastornos alimentarios en el contexto del trauma complejo. Los protocolos han cambiado.
La comprensión de la interacción entre trauma, apego y conductas de control sobre el cuerpo es hoy mucho más sofisticada. Los modelos de tratamiento integrado que coordinan la atención psiquiátrica, la nutricional y la psicológica de manera coherente y continuada, han demostrado resultados que los modelos fragmentados de los años 90 no lograban.
Todo eso llegó demasiado tarde para Leila. Hay en el mar de tragedias que pueblan la historia del siglo XX algo particularmente difícil en la de Leila Palabi. No es la más grande, no es la más violenta ni la que involucra el mayor número de víctimas. Es la tragedia de una persona cuya destrucción fue tan lenta, tan incremental, tan rodeada de amor impotente y recursos insuficientemente utilizados, que resulta casi imposible señalar el momento en que podría haberse evitado, el momento en que alguien podría haber hecho algo diferente que
cambiara el resultado final. Quizás fue en 1974 cuando el médico imperial registró la ansiedad severa de una niña de 4 años y en lugar de profundizar en las causas prescribió. Quizás fue en 1979, cuando la familia huyó de Irán y nadie tuvo el tiempo ni los recursos emocionales para acompañar a los niños en el procesamiento de lo que estaban perdiendo.
Quizás fue en 1980 cuando Leila vio morir a su padre y no hubo un espacio terapéutico adecuado para el duelo de una niña de 10 años. Quizás fue en todos esos momentos simultáneamente en la acumulación de pérdidas y respuestas insuficientes que finalmente constituyeron la arquitectura de una vida que no encontró la manera de sostenerse.
El peso que Leila cargó no era solo el peso de su historia personal, era también el peso de ser el recipiente de las esperanzas, los duelos y las identidades de toda una generación iraní que había perdido su país y que proyectaba en la familia imperial del exilio sus nostalgias y sus resentimientos. Ser hija del Sha en el exilio no era simplemente un accidente biográfico, era una función social con demandas específicas y sin beneficios claros.
Leila no quería ser ese símbolo. En varias ocasiones intentó construirse una vida ordinaria. Los estudios en Brown, los amigos en Los Ángeles, que no la conocían por el apellido, sino por ella, los periodos en que vivía de manera más discreta, pero el apellido la alcanzaba siempre. las expectativas de la comunidad, los medios que ocasionalmente la buscaban para una historia sobre la princesa trágica, la necesidad de la propia familia de mantener una imagen de unidad y dignidad que no siempre tenía espacio para la fragilidad real de sus
miembros. El 10 de junio de 2001. Todas esas fuerzas confluyeron en una habitación del hotel Leonard en Londres. No con una explosión, sin dramas visibles, con el silencio más absoluto que fue siempre el idioma en que Leila se expresó cuando el dolor era demasiado grande para las palabras. silencio al que nadie llegó a tiempo.
Los años posteriores a la muerte de Leila fueron testigos de un silencio institucional notable. La familia imperial iraní en el exilio, que en otras circunstancias habría tenido todos los recursos para comisionar investigaciones, publicar memorias detalladas, confrontar públicamente los fallos del sistema médico que atendió a Leila, optó mayoritariamente por la discreción.
La emperatriz Fara habló, sí, pero con la mesura de alguien que carga una culpa que no puede ni quiere exteriorizar completamente. Reza Pajlavi habló del exilio como causa estructural. Los médicos que atendieron a Leila guardaron, como es su obligación de ontológica, pero también en este caso su interés, [música] un silencio que las familias de pacientes como ella con frecuencia encuentran doloroso.
Lo que quedó fue la pregunta, la pregunta que sus amigos más cercanos se siguen haciendo en las noches que la recuerdan. La pregunta que los iraníes del exilio de su generación se hacen cuando piensan en sus propias vidas y en los precios que pagaron por la historia que no eligieron. La pregunta que cualquier persona que haya amado a alguien en ese tipo de espiral descendente reconoce con una mezcla de dolor y vergüenza que es difícil de articular.
¿Podría haberla ayudado más? ¿Podría haber hecho algo diferente? La respuesta honesta, la única respuesta que la historia de Leila merece, es compleja. Sí, el sistema médico podría haber hecho algo diferente. Sí, la familia podría haber hecho algo diferente. Sí, quizás las personas que la querían podrían haber encontrado maneras de estar más presentes, de hacer las preguntas incómodas que nadie hacía, de cuestionar la medicación que nadie cuestionaba y también el contexto en que esas personas tomaban sus decisiones era extraordinariamente difícil. El exilio
no es abstracto. Es una condición que agota los recursos emocionales de adultos funcionales y que puede ser devastadora para los niños que la viven sin haberla elegido. Las dos cosas son verdad simultáneamente. La responsabilidad existe y el contexto que la dificulta también existe. Señalar una sin la otra es una simplificación que la historia de Leila no merece.
Lo que merece, lo único que quizás pueda ofrecérsele ahora es ser vista. ser vista como la persona completa que fue, no como el símbolo, no como el diagnóstico, no como el apellido. ser recordada por las 3 horas que pasó sola en un museo mirando miniaturas persas con la mirada de alguien que ha encontrado algo que buscaba, por el humor feroz que desconcertaba a sus amigos, por el amor a Bill Evans, por los colayes que pintaba en los buenos periodos, por la ironía con que cargaba su propia historia, por la inteligencia
que todos los que la conocieron reconocieron y que el sistema en todos sus niveles. Nunca supo cómo poner al servicio de su propia curación. Leila Palabi vivió 31 años. [música] En esos 31 años experimentó la pérdida de un país, de un padre, de una infancia, de una identidad, de un cuerpo sano.
Amó la cultura persa con una intensidad que era, en cierta manera una forma de mantener vivo algo del mundo anterior. Buscó en el arte lo que no encontraba en las clínicas ni en los medicamentos. Tuvo amigos que la vieron, al menos parcialmente, más allá del símbolo. No fue suficiente, pero merece ser recordada por lo que fue, no solo por cómo murió.
Su nombre significaba noche oscura. Su vida [música] fue en muchos sentidos exactamente eso. Pero las noches oscuras no existen porque sí. Existen porque hubo un día antes y porque en algún lugar, por muy lejos que esté, hay la posibilidad de un amanecer. Leila no llegó a ver ese amanecer. La pregunta que su historia deja plantada en el aire, la pregunta que no tiene respuesta, pero que importa hacerse es, ¿cuántos niños y cuántas personas adultas a nuestro alrededor están ahora mismo en mitad de una noche como la suya, esperando que alguien los vea de
verdad? Hay un detalle en la historia de Leila que pocos reportajes mencionan y que, sin embargo, dice más sobre ella que muchas de las grandes narrativas del exilio y la pérdida. En algún momento de la primera mitad de los años 90, cuando vivía entre París y Ginebra con la intermitencia que caracterizó su vida adulta, Leila comenzó a coleccionar objetos pequeños de la cultura persa.
las grandes piezas que adornan los museos, no las alfombras de 400 años de antigüedad que decoraban las habitaciones de los palacios de su infancia, sino cosas pequeñas, [música] cuentas de vidrio de colores, pequeños recipientes de plata para incienso, monedas antiguas, fragmentos de cerámica de nishapur que podía sostener entre las palmas de las manos como quien sostiene un secreto.
Sus amigos describieron ese hábito como una manera de llevar Irán consigo sin que pesara demasiado, como si en esos objetos pequeños y portátiles hubiera encontrado una forma de mantener el hilo de continuidad con un origen que el exilio había cortado. Los palacios no podían irse a la maleta.
Las costumbres imperiales no podían reproducirse en un apartamento de París, pero una cuenta de vidrio azul fabricada según técnicas que tienen 2000 años, esa sí podía viajar, esa sí podía estar presente. No sabemos qué había en la habitación del hotel Leonard en Londres el 10th of June 2001. No hay inventario público de los objetos personales que Leila llevaba consigo en ese viaje.
Pero es difícil, conociendo ese hábito, no imaginar que entre sus pertenencias había alguno de esos objetos pequeños y portátiles, algún fragmento de un mundo que ya no existía, llevado consigo como talismán, como prueba de que algo del pasado podía sobrevivir la catástrofe del presente. El Irán que Leila llevaba en esos objetos era necesariamente un Irán imaginado, un Irán de antes que ella no recordaba realmente que tenía 9 años cuando lo perdió, sino que había reconstruido a través de los relatos de sus padres de la cultura persa clásica
que encontraba en libros y museos y colecciones privadas de la nostalgia de una comunidad en el exilio que tendía como hacen todas las comunidades en el exilio, a idealizar lo que perdió. Ese Irán no era el Irán real, el país de 84 millones de personas con su propia complejidad y sus propias contradicciones.
Era el Irán que existe solo en la memoria y en el deseo. Pero para Leila ese Irán imaginado era real, de la única manera que importaba. [música] era suyo. Era el único territorio donde podía ser, sin conflicto, completamente ella misma, sin la presión del apellido en el exilio occidental, sin la imposibilidad de volver al país que el régimen de Teerán gobernaba.
Solo ella y ese hilo invisible que la conectaba con algo más grande y más antiguo que su propia historia personal. La civilización persa tiene más de 2500 años. Leila Palabi vivió 31. En ese desequilibrio hay algo que consuela y algo que desgarra al mismo tiempo. Lo que Leila amaba era imperecedero. Lo que Leila era la persona específica e irreemplazable que habitó ese cuerpo de 31 años, eso sí se puede perder.
Y se perdió. El 10 de junio es hoy para muchos iraníes del exilio una fecha marcada en el calendario con una discreción que es en sí misma una forma de duelo, no con el ruido de las celebraciones públicas, no con las declaraciones oficiales, con el gesto privado de pensar en ella, de visitar su tumba si están en París, de encender una vela si no lo están, de recordar a la niña de 9 años que perdió su mundo y que Durante los 22 años que le quedaron, nunca encontró la manera de construir uno nuevo que pudiera sostenerla. La
historia de Leila termina en silencio, como empezó en cierta manera en el silencio de los palacios vacíos de presencia parental, en el silencio de los pasillos con eco, en el silencio de una niña demasiado sensible en un mundo demasiado grande. silencio fue el idioma de Leila y la última vez que lo habló, nadie llegó a tiempo para responder.
¿Verdad?