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¿Venganza o edad? El oscuro complot que dejó a Hugo Sánchez sin Francia ’98

 Y reconocer la grandeza de Hugo era reconocer que México había tenido un gigante y lo había tratado como a un  estorbo. Mientras Hugo se retiraba en silencio a 9,000 km de distancia, Francia se preparaba para albergar la Copa del Mundo de 1998,  el torneo más grande del planeta, la última gran cita del siglo XX y la  selección mexicana estaba clasificada.

 El técnico era Manuel la Puente, un hombre de perfil bajo, disciplinado, ordenado, el tipo de director técnico que el sistema mexicano adora. No hacía declaraciones explosivas, no prometía campeonatos mundiales, no desafiaba a los dueños de los clubes,  no incomodaba a nadie. La fuente era el antihugo en todo sentido  y eso era exactamente lo que la federación necesitaba.

 Porque después de décadas lidiando con la personalidad volcánica  de Hugo, con sus denuncias, con sus exigencias, con su incapacidad de aceptar la mediocridad,  el sistema quería algo completamente opuesto. Quería calma, quería control, quería un equipo donde nadie brillara más que el logo de la federación en la camiseta.

 La fuente empezó a construir su selección y el primer mensaje fue claro.  Esta era una nueva era. Sin nostalgias, sin veteranos incómodos, sin sombras del pasado. Carlos Hermosillo, uno de los delanteros más letales de la historia mexicana, quedó fuera. Sague,  que había marcado goles en el mundial anterior, quedó fuera.

 Figuras consolidadas que habían compartido vestuario con Hugo en selecciones anteriores fueron descartadas una a una. En su lugar llegaron nombres nuevos, más jóvenes,  más maleables, más fáciles de integrar en un grupo que no hiciera preguntas. Francisco Palencia, Juautemoc Blanco y sobre todo Luis Hernández, el matador,  el hombre que la fuente había formado en Necaxa, su criatura, su proyecto personal.

  Hernández era talentoso, nadie lo niega. Tenía velocidad, instinto y un olfato goleador que lo haría brillar en Francia, pero también era perfecto para el sistema. Joven, agradecido, sin el peso histórico de Hugo, sin la necesidad de cuestionar nada, el rey viejo debía morir para que el nuevo rey pudiera nacer. Así funcionaba el sistema.

 Así había funcionado siempre. Y Hugo  desde su retiro silencioso veía como su legado era sustituido por una generación  que no sabía que estaba siendo usada exactamente como él había sido usado. La diferencia era que esta generación no lo sabía y Hugo ya no tenía un micrófono para decírselo. Manuel la Puente no era un mal técnico, eso hay que dejarlo claro.

 Era un hombre que conocía el fútbol mexicano como La palma de su mano, que había dirigido clubes importantes, que había formado  jugadores, que entendía las dinámicas de un vestuario y que, a diferencia de Hugo, sabía  exactamente cuándo hablar y cuándo callar. Esa última cualidad era la más valiosa para la Federación, porque la Federación Mexicana de Fútbol en los 90 no buscaba al mejor técnico, buscaba al técnico más funcional,  al que no generara problemas.

 al que aceptara las reglas no escritas,  al que entendiera que su trabajo no era solo ganar partidos, sino mantener el orden interno de un sistema donde los verdaderos jefes no estaban en el banquillo,  estaban en los palcos. La fuente entendió el encargo desde el primer día y actuó en consecuencia.

 La construcción de la selección para Francia fue metódica, no solo en lo táctico, en lo  simbólico. Cada decisión de la fuente enviaba un mensaje. La exclusión de Hermosillo decía, “Los veteranos ya no mandan aquí.” La marginación de Sague decía, “El mundial anterior quedó atrás.” La apuesta por Hernández decía,  “El futuro es mío, no de Hugo.

” Porque aunque Hugo ya estaba retirado,  su sombra seguía cubriendo todo. Cada vez que un periodista hablaba de la selección, mencionaba a Hugo. Cada vez que un aficionado discutía sobre quién debía ser convocado, aparecía el fantasma del pentapichichi. Cada vez que alguien comparaba al nuevo equipo con los anteriores, Hugo era la vara de medición y eso era insoportable para un sistema que necesitaba pasar página.

 La solución fue radical, no solo no convocar a Hugo, lo cual era lógico dado su retiro, sino borrar su influencia, eliminar de la selección a cualquier jugador que representara su era, construir un equipo que no tuviera ninguna conexión con el Hugo que había denunciado el pacto de caballeros. que había peleado contra Televisa, que había exigido derechos para los jugadores.

 El equipo de Francia 98 debía ser la demostración de que México podía funcionar sin Hugo, que no lo necesitaba, que su legado era prescindible,  que la nueva generación no solo era igual de buena, sino mejor, más moderna, más  dinámica, más comercializable, porque detrás de la selección había algo que nunca se menciona en los análisis deportivos, dinero. mucho dinero.

 Los patrocinadores que financiaban al equipo nacional no invertían en fútbol, invertían en imagen. Y la imagen de Hugo era problemática, demasiado costosa, demasiado impredecible, demasiado  difícil de controlar. Un Hugo retirado que apareciera en la concentración como invitado de honor, que hablara con la prensa, que diera consejos a los jóvenes,  seguía siendo un Hugo peligroso porque cualquier micrófono cerca de Hugo era una bomba potencial, una declaración  sobre la federación, una crítica al sistema, una verdad que los

patrocinadores no querían escuchar. Era más fácil reemplazarlo, crear nuevos ídolos, más jóvenes, más fotogénicos,  más dispuestos a posar para las cámaras, sin cuestionar quién estaba detrás del lente. Luis Hernández era perfecto, joven, carismático, con una melena rubia que  lo hacía instantáneamente reconocible.

 Un hombre que no venía de la UNAM, ni del activismo, ni  de la lucha por los derechos laborales. Un hombre que venía del sistema, formado por la fuente, promovido por  Televisa, listo para ser la cara de una nueva era que no necesitaba recordar la anterior. El matador no tenía la culpa de  nada.

 Era un delantero excepcional que aprovechó su oportunidad. Pero la oportunidad no llegó por casualidad, llegó porque alguien decidió que el trono  necesitaba un nuevo ocupante y que el viejo rey debía ser borrado del mapa  antes de que el nuevo pudiera sentarse. Así se construyen las dinastías en  el fútbol mexicano, no con talento, con obediencia, con Y mientras el nuevo rey se preparaba para brillar en Francia,  el viejo rey veía la televisión desde su casa, sin invitación al banquete, sin voz en la ceremonia, sin

siquiera un lugar en la tribuna de honor. La  despedida más grande que México debió haber dado fue la que nunca se dio  y el silencio de esa ausencia decía más que cualquier discurso. Francia 98 empezó como un sueño y terminó como siempre. México abrió contra Corea del Sur en Lón. Perdían uno a cer descanso.

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