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Carole Lombard: La Estrella Que Murió en su Mejor Momento y Destrozó al Hombre Que Amaba

La noche del 16 de enero de 1942, en la cima de una montaña helada perdida en el desierto de Nevada, ardía un fuego que se veía a kilómetros de distancia. Abajo en Hollywood, el hombre más deseado del planeta todavía no lo sabía, pero en pocas horas ese fuego le iba a arrancar lo único que de verdad le importaba en el mundo.

En ese avión partido contra la roca viajaba la mujer más divertida de Hollywood, la mejor pagada, la más querida por todo el mundo, desde los grandes productores hasta el último electricista de los estudios. Una mujer que decía groserías como un marinero, que jugaba póker con los técnicos, que no le tenía miedo a nadie.

Una mujer que esa misma noche volvía a casa convertida en una heroína de guerra. tenía 33 años y acababa de hacer algo que ninguna otra estrella había hecho, salir a vender bonos de guerra por su país, recién entrado en la Segunda Guerra Mundial, y recaudar en una sola noche una fortuna para los soldados que se iban a morir lejos de casa.

Estaba apurada por volver, apurada por llegar a los brazos del hombre que amaba. tan apurada que, según se cuenta, cambió el tren por un avión a último momento. Una decisión pequeña, una decisión de minutos, una decisión que la metió en ese aparato esa noche sobre esa montaña. Esta no es solo la historia de una actriz hermosa que murió joven.

Es la historia de la mujer que enseñó a Hollywood a reírse de sí mismo. La historia del amor más célebre de su época. Un amor de verdad, no de revista, cortado de golpe en su mejor momento. Y la historia de un hombre tan grande, tan poderoso, tan adorado, que el mundo entero lo llamaba el rey y que después de esa noche nunca jamás volvió a ser el mismo.

Para entender lo que se perdió en esa montaña, tenemos que rebobinar la cinta, volver más de 30 años atrás. hasta una niña flaca, marimacha, que jugaba béisbol en plena calle con los varones del barrio, en un pueblo gris del centro de Estados Unidos. Una niña a la que nadie, absolutamente nadie, habría imaginado convertida en la Reina de la Comedia Mundial.

Empecemos por el principio. 6 de octubre de 1908. Fort Wayne, en el estado de Indiana, un pueblo de fábricas y de inviernos largos en pleno corazón rural de los Estados Unidos. En una familia acomodada nace una niña. La registran con un nombre que muy pronto va a desaparecer de la historia, Jane Alice Peters. Su padre, Frederick Peters, venía de una familia con dinero, dueña de un negocio próspero, pero arrastraba algo invisible que iba a marcar a toda la familia.

Años antes había sufrido un accidente grave que le dejó dolores crónicos y cambios de humor terribles. Era un hombre que podía pasar de la calma a la furia sin aviso. La casa de los Peters, vista desde afuera, parecía perfecta. dinero, respeto, tres hijos sanos. Vista desde adentro era otra cosa. Había tensión, había miedo, había una sombra que cruzaba los pasillos sin avisar.

Su madre se llamaba Elizabeth, aunque todos le decían Bes. Y B era una mujer adelantada a su tiempo, inteligente, curiosa, independiente, harta de un matrimonio que la asfixiaba. Le interesaban cosas raras para la época, la espiritualidad, la numerología, las ideas nuevas. Era una soñadora con carácter de acero.

Y cuando la pequeña Jane tenía unos 6 años, Best tomó una decisión que en 1914 era casi un escándalo. Agarró a sus tres hijos, los dos varones mayores y la niña, y se fue. Dejó a su marido, cruzó medio país y se instaló al otro lado del continente, bajo el sol de California en Los Ángeles. Atente un segundo a pensar en esto.

Una mujer sola, en aquella época abandonando a un marido rico para empezar de cero con tres niños hacía falta un coraje enorme. Y ese coraje, esa terquedad, esa negativa a aceptar lo que el mundo esperaba de una mujer, la pequeña Jane lo mamó desde la cuna. Lo iba a necesitar. En Los Ángeles, la niña creció libre como pocas.

Vivían cerca de la playa. en una época en que la ciudad todavía olía a naranjos y a mar, mucho antes de convertirse en la capital mundial del cine. Y Jane no era para nada la típica nena dulce de la época. Era lo que entonces llamaban un Trepaba árboles, corría descalza, andaba siempre con raspones en las rodillas y sobre todo jugaba al béisbol y al fútbol en plena calle con los varones del barrio y les ganaba.

Era rápida, atlética, competitiva. Decía groserías que hacían sonrojar a las otras madres y no le tenía miedo a ningún chico. Sus dos hermanos mayores la trataban como a uno más. No le hacían concesiones por ser niña. Si quería jugar, jugaba duro. Y si la golpeaban en el juego, se aguantaba sin llorar. Esa dureza cariñosa, esa manera de criarse entre varones sin perder nunca su feminidad, forjó algo único en ella.

Aprendió a moverse en el mundo de los hombres como una igual, a reírse de sus mismas bromas, a no dejarse intimidar. esa energía, esa falta total de pose, esa naturalidad para ser uno más entre los hombres sin perder jamás su encanto, iba a ser años después su arma secreta en Hollywood, pero por ahora era solo una niña salvaje y feliz jugando pelota en una calle de Los Ángeles, sin sospechar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Y entonces un día el destino pasó manejando por esa calle. Tenía 12 años. Estaba jugando al béisbol en la vereda como siempre, sudada, despeinada, gritando órdenes a los varones. Y un director de cine llamado Allan Dan, pasaba por ahí en su carro. la vio. Vio a esa niña enérgica, descarada, llena de vida, dominando a todos los varones del barrio, y algo en ella le llamó la atención.

Resulta que necesitaba justamente una niña así, una niña con agallas para una escena de la película que estaba filmando. Paró el carro, habló con la familia y le ofreció un pequeño papel. Así, sin buscarlo, sin soñarlo siquiera, Jane Peters pisó un set de cine por primera vez a los 12 años. No pasó gran cosa con esa película.

Hizo su escena, le pagaron unos dólares y volvió a su vida normal, a la escuela, al béisbol, a los raspones en las rodillas. Pero algo se había encendido por dentro. Había sentido las luces. Había visto cómo funcionaba esa máquina mágica. y no lo iba a olvidar nunca. Los años siguientes los pasó como cualquier adolescente, pero con una idea fija creciéndole en la cabeza.

Mientras otras chicas soñaban con un buen matrimonio, Jane soñaba con volver frente a una cámara. Iba al cine y estudiaba a las actrices. Practicaba gestos frente al espejo. Era una obsesión silenciosa, terca, que no se apagaba. A los 16 años tomó una decisión radical. Abandonó la escuela secundaria, convencida de que su futuro no estaba en las aulas, sino en los estudios de cine.

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