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Aristóteles Onassis: Traicionó a Maria Callas y Perdió a su Único Hijo

Un hijo muerto en un accidente de avión que nadie logra explicar del todo. Una esposa que duerme en otro cuarto, en otro continente y que casi nunca lo llama. Un viejo enfermo que se pega los párpados con cinta adhesiva para poder leer el periódico de la mañana. Y el hombre más poderoso del Mediterráneo, el dueño de océanos enteros, llorando solo en la cubierta de un yate vacío al amanecer.

Esta es la historia del hombre que compró Mónaco, que se casó con la viuda más famosa del mundo, que le rompió el corazón a la diva más grande de la ópera y que murió convencido de que alguien había asesinado a su único heredero. 22 de enero de 1973. Son las 3:21 minutos de la tarde. En el aeropuerto Helínico de Atenas, un pequeño Piagio 136 acaba de despegar.

A bordo van tres personas, el piloto, un instructor escocés y un joven de 24 años de ojos oscuros que acaba de sentarse a los mandos. Se llama Alexander Onasis. Es el único hijo varón del hombre más rico de Grecia, el heredero de un imperio construido sobre petróleo, acero y agua salada. El avión se eleva apenas unos metros. Algo falla.

El motor suena raro, casi como si tosiera. Los cables de los alerones, según el informe oficial que se va a publicar meses después, están instalados al revés. Cuando el piloto intenta corregir el rumbo, el avión hace exactamente lo contrario de lo que le pide. Cae sobre el asfalto en segundos. El metal se retuerce, el humo sube. Day.

Alexander queda atrapado en la cabina. Los testigos dicen que aún respira. Lo llevan al hospital KAT de Atenas. El médico que lo recibe ve las lesiones en la cabeza y sabe en ese instante que ya no hay nada humano que salvar. A miles de kilómetros en Nueva York suena un teléfono.

Aristóteles onis escucha la voz temblorosa al otro lado. Deja caer el auricular. No dice nada. Se queda de pie inmóvil, como si alguien lo acabara de apagar por dentro. Una hora después, ordena que preparen su avión privado, llama a los mejores neurocirujanos del mundo, paga dos aviones más para traer especialistas desde Boston y desde Londres.

Les promete lo que pidan con una sola condición, que estén en Atenas antes de que amanezca. Cuando él mismo llega al hospital, ya es demasiado tarde. Alexander está conectado a una máquina, tiene el cráneo fracturado. No hay actividad cerebral. Los médicos rodean a Aristóteles, le explican con palabras cuidadosas que no queda nada por hacer.

Aristóteles, el hombre que venció a las siete hermanas del petróleo, que engañó a Howard Huges, que le quitó Monte Carlo al príncipe de Mónaco, no sabe qué responder, firma el papel, ordena que desconecten a su hijo y luego, según los testigos, no llora. Se sienta en el pasillo, mira al techo y no dice una sola palabra durante horas.

Pero lo que viene después no lo va a romper de inmediato, lo va a romper poco a poco. Durante los próximos 27 meses, Aristóteles o nazis va a gastar millones de dólares en detectives privados, en espías griegos, en exagentes de servicios de inteligencia. está convencido de una sola idea. Alexander no murió por un accidente.

Alexander fue asesinado y él, el coloso, el hombre que venció al océano entero, no va a poder demostrarlo jamás. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio, a una ciudad que ya no existe, en un imperio que desapareció, con un niño que perdió todo antes de los 17 años.

Esmirna, hoy en día se llama Ismir. Está en la costa oeste de Turquía, pero en 1906, cuando nace Aristóteles, es una de las ciudades más ricas y cosmopolitas del Imperio Otomano. Se habla griego, turco, armenio, italiano, francés, inglés. Los barcos entran y salen todos los días cargados de higos, de algodón, de seda, de tabaco. Hay teatros, hay cafés.

Hay escuelas europeas. Es una ciudad viva, es una ciudad feliz y va a desaparecer. Aristóteles, Sócrates, Onazis nace el 20 de enero de 1906 en una familia griega acomodada. Su padre Sócrates es un comerciante de tabaco poderoso. Tiene varios almacenes en el puerto. Compra hojas en Anatolia, las procesa, las exporta Europa y a Egipto.

La familia vive bien. Tiene empleados, cocineras, un jardín grande, una casa de verano en el mar Ejeo. Los domingos van a la iglesia griega, los primos se juntan, los tíos cuentan historias. Es la vida normal de una familia próspera en una ciudad que todavía no sabe que está condenada. Pero hay una sombra desde el principio.

Aristóteles todavía es un niño pequeño cuando su madre Penélope muere. Una operación mal hecha, una infección, una tragedia doméstica de esas que en aquel tiempo se llevaban a media humanidad. La mujer que lo carga, que le canta en griego por la noche, que le pasa la mano por el pelo, desaparece de un día para otro.

Sócrates se casa de nuevo unos años después con una mujer llamada Elena, pero Aristóteles nunca la acepta. La llama la otra, se escapa de la casa, duerme en el patio, odia a su madrastra con una violencia silenciosa que va a seguir con él toda la vida. Hay una escena que cuentan los primos años después.

Aristóteles con 7 años está sentado en la cocina. Elena le sirve un plato de comida. Aristóteles mira el plato, mira a Elena, empuja el plato con fuerza. El plato cae al piso y se rompe. Elena le grita. Sócrates entra y le da una bofetada. Aristóteles no llora, no dice nada. Se levanta, se va al jardín y se queda ahí solo, sentado bajo un árbol hasta que se pone el sol.

Ese gesto, ese silencio, ese rencor frío va a definirlo toda la vida. En la escuela, los maestros no saben qué hacer con él. Es inteligente, eso está claro, pero es un niño difícil. Falta a clase, pelea con los otros niños, inventa historias que nadie puede creer. Un maestro años después va a decir esto. Ese niño iba a terminar como ladrón o como millonario.

No había término medio. Pero hay algo más. Aristóteles. Escucha. Escucha a su padre hablar de negocios con los otros mercaderes. Escucha los precios del tabaco en Alejandría. Escucha las tarifas de los barcos. Escucha cuánto gana un capitán de buque. A los 12 años ya sabe calcular el margen de un cargamento mejor que muchos adultos.

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