Pero todo eso que es la parte gruesa de la historia te lo voy a contar más adelante en su momento. Cuando llegue el momento, porque si te lo cuento ahora, te pierdes la mitad de la historia. Esto que te estoy contando ahora es solo la siembra. para que entiendas cuando lleguemos ahí por qué María era como era.
Pablo era 2 años mayor que ella y desde que ella tenía memoria, según contó después, Pablo era su persona favorita en el mundo. Eran inseparables. Andaban juntos por el campo, montaban juntos. Pablo defendía a María, María defendía a Pablo. Se parecían demasiado, los mismos rasgos, la misma mirada y un lunar pequeño junto a la boca, idéntico en los dos.
María, ya viejita, lo describiría con una frase que vamos a leer cuando llegue el momento. De momento basta con esto. María quería a Pablo de una manera distinta, a como una hermana suele querer a un hermano. Y Pablo la quería igual. Y Josefina lo notaba. Hasta que una tarde, cuando María tenía 15 años, todo cambió.
La puerta no estaba cerrada del todo. Josefina pasaba por el pasillo. Al pasar [música] miró, no empujó la puerta, no hizo ruido, solo se quedó ahí. Un momento, quizá 3 segundos, quizá cinco, lo suficiente, vio a sus dos hijos, María sentada, Pablo al lado. No estaban haciendo nada. Y sin embargo, Josefina sintió que si no hacía algo, aquello iba a ir más lejos.
Algo en como estaban juntos, en como se miraban, en lo cerca que estaban sus manos sin tocarse, le tocó la fibra más antigua que tenía dentro, la fibra del miedo, [música] no el miedo a un peligro concreto, el miedo viejo, el que las madres heredan de sus madres [música] y las madres de sus madres, el miedo a que la familia quede marcada.
Josefina no entró, no interrumpió, no preguntó, cerró la puerta despacio sin que ellos la oyeran y siguió andando por el pasillo como si no hubiera visto nada. Pero lo había visto. Y a partir de aquella tarde todo cambió. Esa tarde es el centro de esta historia. Lo que vio Josefina es el secreto que María cargó durante 70 años sin contárselo a nadie.
Y lo que pasó después es lo que explica cómo amó a sus maridos, cómo fracasó en sus matrimonios. ¿Cómo trató a su hijo? ¿Cómo se ganó la fama de mujer dura? María, [música] después de aquella tarde ya no fue la misma niña y eso lo notaron en su casa. Lo notaron sus hermanos, lo notó su padre, lo notaron las criadas. María se volvió más callada, más adentro, más difícil de leer.
Y según ella misma le contó a Kraus 60 años después, también empezó a pasar otra cosa. Empezó a pasarle algo que no tenía nombre. algo que su madre, sin darse cuenta, le había metido en el cuerpo. Aquella tarde. Empezó a sentir que el cariño, cualquier cariño, podía estar mal, que querer a alguien podía ser sospechoso, que abrirse a otra persona podía costarte el desprecio del mundo.
Esa lección María la aprendió a los 15 años, sin que nadie se sentara con ella a explicarle nada, sin una conversación, sin una advertencia, solo con la mirada de su madre desde una puerta y con lo que pasó al día siguiente. ¿Qué pasó al día siguiente? Eso también te lo voy a contar, pero más adelante, porque para contarte qué pasó al día siguiente, hace falta que entendamos primero qué clase de mujer salió de aquella casa.
¿Qué clase de mujer cargó esa lección durante toda su vida adulta? Y como esa lección se manifestó en la María que sí conocemos, la pública, la famosa, la de las películas. Vamos a saltar 10 años a 1939. María tiene 25 años. Está sin marido, está sin dinero, está sin su hijo en casa [música] y está caminando por una calle de la Ciudad de México.
Lo que va a pasarle en esa calle va a cambiar el mundo del cine en español. Y lo que ya lleva por dentro, lo que aprendió a los 15 años en Sonora, va a determinar cómo aguanta todo lo que viene. Pero entre los 15 años en Álamos [música] y los 25 en la Ciudad de México pasaron muchas cosas, cosas que también hay que contar porque también son parte de cómo se hizo la doña. A los 17 años, María se casó.
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se casó muy joven, como casi todas las muchachas decentes de su pueblo. Pero ella no se casó por amor, ella se casó por escapar. Para entender esto, hay que entender lo que era aquella casa después [música] de los 15, después de aquella tarde en la habitación, después de que Pablo se fuera.
Algo que ya te contaré con detalle, pero que te adelanto solo esto. A Pablo lo mandaron lejos por orden de su madre, sin despedida larga, sin promesa de cuándo se iban a volver a ver. Y María se quedó en aquella casa sin la única persona que la entendía bajo la mirada de Josefina que ahora la vigilaba más que nunca.
Imagínate dos años así, de los 15 a los 17. una niña que ya no es niña, atrapada en una casa donde todo lo que sentía estaba siendo juzgado de antemano, donde el cariño era sospechoso, donde la madre, sin decir una palabra, le hacía sentir que tenía algo que esconder. A los 17, en una fiesta de disfraces en Guadalajara, María conoció a un hombre.
Se llamaba Enrique Álvarez a la Torre. era ingeniero, trabajaba como vendedor de cosméticos para Max Factor, una marca de productos de belleza muy famosa en aquellos años. Tenía algo de dinero, tenía algo de futuro y tenía, sobre todo, una cosa que María necesitaba más que ninguna otra, una puerta de salida. 8 meses después de aquella fiesta, María se casó con él. Tenía 17 años.
Estaba escapando sin saber muy bien de qué. Y el matrimonio fue una pesadilla, lo cuentan los biógrafos. Lo confirma María en sus memorias con Krause. Enrique Álvarez a la Torre era un hombre que vivía vigilándola. Le prohibía salir sola. La vigilaba constantemente. María se dio cuenta de algo durísimo en aquellos años.
Había escapado de una vigilancia para meterse en otra. La madre la había controlado en Sonora, [música] el marido la controlaba en Guadalajara y ella otra vez no podía hacer nada. A los 20 años, en 1934, María tuvo a su único hijo. Lo llamaron Enrique como el padre. Le decían, “Quique de cariño.
” Y aquí [música] hay un detalle que mucha gente no sabe, pero es importante para entender lo que vino después. María tuvo a su hijo en 1934. Se separó del padre 3 años después, [música] en 1937. Y según la ley mexicana de aquella época, la patria potestad del niño se la quedó el padre, no la madre, el padre. Eso significa que el niño Enrique con 3 años se quedó con Enrique Álvarez a la Torre y con su familia paterna en Guadalajara.
María, recién separada, sin dinero, sin trabajo, sin red de apoyo, no pudo quedárselo. Esto, mira, esto es importante porque mucha gente al hablar de María Félix como madre dice que ella abandonó a su hijo y no es exactamente así. Lo que pasó es que la ley se lo quitó y María durante los años siguientes lo vio de visita de manera controlada y a veces ni eso.
A esto súmale otra cosa que pasó casi al mismo tiempo. En diciembre de aquel mismo año, 1937, María recibió una noticia desde la Ciudad de México. Una noticia que ya hemos rozado, pero que vamos a tardar todavía un rato en contar entera. Una noticia que tenía que ver con Pablo, una noticia que la rompió por dentro de una manera que ya no se le quitó nunca.
Imagínate ese año en la vida de María. 23 años. Acaba de separarse de un marido que no la dejaba respirar. [música] La ley le quita a su único hijo y al final del año llega aquella noticia desde el colegio militar. Tres golpes seguidos. En meses. Si tú alguna vez has tenido un año así, ya sabes lo que se siente.

¿Qué hizo? No se quebró. se levantó 2 años después. En 1939, María estaba en la ciudad de México intentando rehacerse y un día caminaba por la calle de Palma. [música] Un hombre la vio. Se llamaba Fernando Palacios, productor de cine. La paró en plena calle y le dijo una sola frase. Le dijo que tenía que estar en cine.
María tenía 25 años. Aceptó. Su primera película fue El Peñón de las ánimas. La rodó en 1940 y su pareja en pantalla fue un joven actor mexicano que en ese momento estaba empezando a despuntar. Se llamaba Jorge Negrete. La química entre María y Negrete fue terrible. Se odiaron desde el primer día.
Negrete decía que María era arrogante. María decía que Negrete era un machista insoportable. El rodaje, según Paco Ignacio Taibo io, fue un infierno. Pero hay un detalle. Negrete era moreno, tenía esa estampa de hombre fuerte. Tenía, según los testimonios, [música] ese aire de macho mexicano que recordaba a alguien. Tú ya sabes a quién.
María, sin saberlo conscientemente, en su primera película se cruzó con un hombre que tenía exactamente el tipo físico de Pablo y lo rechazó. Lo rechazó con todas sus fuerzas, [música] discutió con él, lo trató con desprecio, hizo lo posible por sacarlo de su vida. ¿Por qué? Porque cuando una mujer ha aprendido a los 15 años que querer a alguien parecido a Pablo está prohibido, su cuerpo entero, sin que ella lo decida, rechaza a quien se le parece.
Eso es lo que le pasó con Negrete en el 40. Lo rechazó porque le recordaba demasiado. Y atención al dato, 12 años después, María terminó casándose con él. Después de El Peñón de las Ánimas, la carrera de María explotó. En 5 años se convirtió en la actriz más importante del cine mexicano, Doña Bárbara, enamorada, Río Escondido. Películas que la llevaron a España, a Francia, a Italia, que la convirtieron en la primera estrella mexicana de proyección internacional y al lado de la carrera Los hombres.
En 1945 con 31 años, María se casó por segunda vez con Agustín Lara, el compositor más famoso del momento, el flaco de oro, un hombre 22 años mayor que ella con un físico que no se parecía nada a Pablo. Escúchame esto, pero con algo más profundo. Lara tenía una mirada. Lara tenía la capacidad de mirar a una mujer como nadie la había mirado antes.
Lara escribía canciones y Lara, en sus canciones sabía nombrar lo que María no podía nombrar. María Bonita, esa canción que todo el mundo conoce, la compuso Agustín Lara para María durante una luna de miel en Acapulco. Es, según los biógrafos, una de las pocas veces en la vida adulta de María Félix, en que ella estuvo cerca de algo parecido a la felicidad.
El matrimonio con Lara duró 3 años. Lara empezó a apagarse profesionalmente mientras María subía y María no podía estar al lado de un hombre que estaba por debajo. La lección que había aprendido a los 15 años se lo impedía. Lara, después del divorcio, le siguió componiendo canciones durante años. Y María, ya en sus últimos años le diría a Krause que de todos sus maridos, Lara fue el que más cariño le tuvo, pero no fue el que la hizo más feliz.
Y aquí entra una cosa que casi nadie cuenta bien sobre María Félix, [música] la cantidad de hombres importantes que estuvieron enamorados de ella sin que ella les correspondiera. Diego Rivera, el muralista, uno de los pintores más importantes del siglo XX, estaba casado con Frida Calo y se enamoró perdidamente de María. Esto no es chisme.
Esto lo confirmó la propia María ya con 80 años en una entrevista con el periodista Jacobo Sabludowski en 1994. Hablando del retrato que Rivera le había pintado en 1949, María dijo con sus propias palabras que él la había pintado como él quería, con muy poca tela encima, porque él estaba enamorado de ella. Lo dijo ella.
El retrato generó escándalo. María, cuando lo vio terminado, no le gustó. Sin avisarle a Rivera, le pidió a un albañil que tapara con pintura blanca las partes del cuadro que ella sentía demasiado a la vista. Cuando Rivera se enteró, según contó la propia María a Sabludowski, le gritó de todo y dejó de hablarle un año entero.
Pero lo más interesante de todo aquel episodio no fue el cuadro. Lo más interesante fue un telegrama que Rivera le envió a María en algún momento de aquellos años. Un telegrama que años después una historiadora llamada Irene Bárenas recuperó y dio a conocer y que dice así cita textual. Estaba enfermo momento cablerafiaste. [música] Ahora estoy mejor. Muchas gracias.
También te extraño. Yo te adoro. Vivo solo para verte otra vez. Dime cuándo iré por ti, Diego. Vivo solo para verte otra vez. Eso lo escribió uno de los pintores más importantes del mundo. Casado con Frida Calo, otra de las mujeres más importantes del arte mexicano para María Félix, que no le correspondió nunca.
Frida Calo durante aquellos años sufrió mucho y sin embargo, María fue amiga íntima de Frida hasta la muerte de Frida. [música] Las dos mujeres se entendían y Frida, sabiendo que Diego estaba enamorado de María, también sabía que María no le iba a quitar a su marido, porque María no quería a Diego, porque María, sin saberlo, seguía buscando otra cosa, algo que en realidad había perdido mucho antes. Hago una pausa.
Sé que en otros canales, a esta [música] altura, te estarían soltando una frase de impacto para que te quedes pegada al video. No vamos a hacer eso. Lo que sí te voy a pedir es esto. Si te está pasando algo mientras escuchas, si te acordaste de alguien, si esta historia te está tocando algo personal, cuéntamelo abajo en los comentarios.
No hace falta nombre, no hace falta detalle, solo cuéntame, te leo. De verdad te leo cada uno. Y ahora seguimos, porque esto que viene es la parte que casi nadie cuenta bien. [música] Y a ti, que llegaste hasta aquí, te lo voy a contar entero. Volvamos a Negrete. En 1952, María se casó con él, con el hombre al que había rechazado durante toda una década.
Se casaron en una hacienda en Tlalpan, con prensa, invitados ilustres, escándalo. Eran la pareja del año y el matrimonio, mira, fue intenso, real. María, según le contó después a Paco Ignacio Taibo primero, sintió por primera vez con Negrete algo que no había sentido con nadie. Un hombre que no se dejaba pisar por ella, un hombre que le contestaba, un hombre que cuando ella subía la voz subía la suya también.
Por primera vez, María tenía delante a un hombre que no iba a ser su satélite y eso, después de aprender desde los 15 años a no entregarse del todo a nadie, le abrió algo. Le bajó la guardia un poco, por primera vez en años, pero la salud de Negrete no era buena. Llevaba tiempo arrastrando problemas en el hígado, una afección que en aquella época no tenía tratamiento.
Un año después de la boda, en diciembre del 53, se fue en un hospital de Los Ángeles. [música] María estaba con él hasta el final y al volver a México dijo una frase que se quedó grabada. Dijo que Jorge había sido el único hombre que de verdad había llegado a quererla como ella necesitaba. Léelo otra vez. El único hombre que de verdad había llegado a quererla como ella necesitaba.
Esa frase la dijo ella y dice mucho. Dice que de todos los maridos, dice que de todos los pretendientes, dice que de toda la fila de hombres importantes que pasaron por su vida, el único que se le acercó al modelo que ella tenía dentro fue Negrete. ¿Y por qué Negrete? Porque Negrete era moreno.
Porque Negrete tenía la estampa. Porque Negrete tenía algo de aquel muchacho que María había perdido a los 17 años en aquel cuartel. Pero Negrete también se le murió, igual que se le había muerto el otro. Y María otra vez se quedó sola. 3 años después, [música] en 1956, María se casó por cuarta y última vez con Alex Berger, un banquero romano francés establecido en París, hombre culto, discreto, sin necesidad de competir con ella públicamente.
Berger no se parecía a Pablo. Era mayor, tranquilo, casi invisible al lado del fenómeno público que era María. Y María con él vivió en París 19 años. Hasta que Berger se fue en 1974 pasó algo importante. María, después de Negrete dejó de buscar a Pablo en otros hombres. No le quedaba fuerza. Y entonces eligió a un hombre que no se le pareciera en nada, que no le doliera.
Berger fue eso, un buen marido, un compañero, un hombre que la cuidaba sin sofocarla. Pero atención al detalle, tranquila no es lo mismo que feliz. María en París vivió rodeada de glamour. Iba a fiestas con Jan Coctó, con Christian Dior. Cartier le hacía joyas a medida, incluida la famosa serpiente de oro y esmeraldas que pidió para llevar enroscada al cuello.
Tenía todo lo que se puede tener. Y sin embargo, según los que estuvieron cerca, María tenía momentos. Momentos en que se quedaba mirando por la ventana sin hablar. Momentos en que se ponía a leer cartas viejas, momentos en que parecía estar en otra parte. Berger, según amigos comunes, sabía que su mujer cargaba algo de cuando era joven, una pérdida, algo que ella no contaba, y respetaba el silencio.
Nunca le pidió que se abriera y eso, mira, es una forma de querer también. Berger murió en 1974. María se quedó viuda a los 60 años y a partir de ahí ya no se volvió a casar. Tuvo un compañero más, Antoan Sapov, un pintor francés. No se casaron, pero estuvieron juntos veintitantos años hasta el final. Y María, en sus últimos años parecía haber hecho las paces con el hecho de que ya no iba a encontrar lo que había perdido a los 17.
O eso parecía desde fuera. Pero adentro María seguía teniendo aquella caja y de vez en cuando la abría y leía las cartas y miraba la foto del cadete sonriendo. Eso ya no se le quitó nunca. Vamos a hablar ahora del hijo. Porque la María Félix pública, la que estaba en pantalla, la que tenía maridos famosos y pretendientes ilustres, también era una madre.
Y aquí es donde la historia se pone más complicada, donde tu opinión sobre María, según la edad que tengas y la madre que hayas tenido tú, va a mover. Enrique Álvarez Félix nació el 5 de abril de 1934 en Guadalajara. Como ya te conté, la ley le quitó la custodia a María cuando se separó del padre en 1937 y el niño con 3 años se quedó con la familia paterna en Guadalajara.
sobre todo con la abuela paterna, que se ocupó de criarlo durante los primeros años. Cuando María empezó a ganar dinero con sus primeras películas, hizo algo que se cuenta poco. Decidió recuperar a su hijo, pero no por la vía legal, porque la ley estaba contra ella, lo hizo por la vía rápida.
Esto lo cuenta el propio Enrique, ya adulto, en una entrevista que dio al programa de César Costa en 1994. Y son palabras suyas, así que las puedes confiar. Cita textual. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía como 3 años de edad. Mi padre se quedó con lo que se llama la patria potestad. Mi madre empezó a trabajar por azares del destino, porque ella nunca se preparó para esto.
Y cuando empezó a ser famosa y a ganar dinero, fue y me raptó literalmente. Léelo otra vez. Fue y me raptó literalmente. Esa es la palabra que usó el propio Enrique. Raptó. María fue a Guadalajara. Sin permiso del padre, agarró al niño y se lo llevó a la ciudad de México. Eso, mira, eso te dice algo importante de María que mucha gente olvida.
María quería a su hijo, lo quería con todo y cuando tuvo cómo, fue por él. Sin pedir permiso, sin papeles en regla, lo agarró y se lo llevó. Pero aquí es donde la historia se pone difícil, porque después de recuperarlo, María no supo del todo con él. El propio Enrique lo cuenta en aquella misma entrevista, cita textual otra vez.
Pasa un año, yo me empiezo a acostumbrar a estar con ella, a quererla, porque para mí, primero mi mamá era un Santa Claus que llegaba a Guadalajara únicamente a darme regalos. Entonces empezaba yo a acostumbrarme con ella, a quererla, a aceptarla, [música] a vivir bien. Cuando le vino a ella una oportunidad muy grande de irse a España a hacer 10 películas a Europa, [música] me tuvo que mandar a un internado y eso pesa. Me tuvo que mandar a un internado.
Cuando lo escuchas en la voz del Enrique adulto, no hay rabia, hay aceptación, hay incluso comprensión hacia la madre, pero hay también una herida que no se cerró nunca. María mandó a Enrique a un internado en Canadá, en Toronto, y de ahí después a otros internados europeos. En total, 12 años de internado, 12 años.
El pasillo es largo, demasiado largo para un niño de 11 años. Las paredes blancas, el suelo brillante, olor a desinfectante. Una mujer vestida de oscuro, que es la directora del internado, los acompaña desde la puerta de la calle. Enrique camina detrás de su madre, lleva una maleta pequeña en una mano. Con la otra mano no lleva nada.
María llega al final del pasillo, se sienta con la directora a una mesa pequeña, firma unos papeles, conversa unos minutos en voz baja, asiente cuando le explican algo, cierra la pluma, se levanta, [música] se da la vuelta, mira a Enrique, que está en la otra punta del pasillo, todavía con la maleta en la mano, le hace un gesto con la mano, un gesto pequeño, como de despedida casual, y se va, no se acerca, no se agacha, no le dice Nada al oído, no lo abraza, cruza la puerta de la calle y la puerta se cierra detrás de ella. Enrique se
queda ahí solo con la maleta en el pasillo blanco con olor a desinfectante. Va a estar ahí en pasillos como ese los próximos 12 años. Eso no me lo invento yo. Eso, en sustancia es lo que cuenta el propio Enrique en aquella entrevista y es lo que confirman los biógrafos serios que han estudiado a la familia.
Y aquí entra el primer juicio que muchas espectadoras de este canal van a hacer en su cabeza. Es legítimo, es comprensible y es importante decirlo en voz alta para que cada quien lo piense. Y aquí es donde la historia se repite, pero no exactamente igual. Peor, María hizo con su hijo algo parecido a lo que su madre había hecho con ella.
Su madre la había separado a ella a los 15 años de la persona a la que más quería, mandando a esa persona lejos, sin avisar, sin despedida. Y María, 30 años [música] después separó a su hijo de la persona a la que más quería en ese momento, su abuela paterna, primero, y luego lo mandó a un internado durante 12 años. hizo lo mismo.
No es exactamente lo mismo. Hubo razones distintas. Eso, mira, lo dejo a tu juicio. Yo no estoy aquí para decirte qué pensar. Yo estoy aquí para contarte lo que pasó. Pero sí te voy a decir esto porque es importante. Lo que una madre hace con sus hijos, los hijos lo cargan toda la vida. Y a veces lo que una madre le hizo a una hija, esa hija lo repite con sus propios hijos sin querer, sin darse cuenta, porque es lo único que sabe hacer. María no fue mala madre.
María fue una madre que solo sabía querer así, como la habían enseñado a querer en aquella casa de Sonora, con distancia, con miedo, con la idea de que el cariño cercano era peligroso. Y a Enrique el hijo, le tocó. Hay una imagen contada por personas que estuvieron en la casa de María durante esos años que sirve para entenderlo todo.
Enrique entraba a saludarla en su habitación. Ella estaba arreglándose frente al espejo como tantas veces. Él se acercaba, le hablaba, le daba un beso y ella le respondía con cariño, con normalidad, [música] pero sin girarse del espejo, sin soltar el pincel, sin parar lo que estaba haciendo. Y él se quedaba ahí un instante mirando la nuca de su madre y luego se iba.
Esto no fue una vez, fue la forma, la manera. una madre que estaba siempre a medio voltear y un hijo que aprendió, igual que su madre había aprendido en Sonora, que el cariño se daba a medias, con un ojo siempre puesto en otra cosa. A pesar de todo, la relación entre los dos no fue mala. Eso conviene decirlo porque es justo decirlo.
Cuando Enrique creció, se hizo actor como su madre. [música] Trabajó en cine y sobre todo en telenovelas. Tuvo carrera propia, tuvo personalidad propia y la relación con María, ya de adulto se reconstruyó. Se hicieron muy cercanos, hablaban casi todos los días, se cuidaban. Lo dice Luis Martínez de Anda, el heredero universal de María, en una entrevista que dio al programa Ventaneando en abril de 2021. Cita textual.
Lo que yo vi siempre es que era una relación muy amorosa de los dos que se confesaban y se expresaban amor. Había admiración, había comunicación, se veían prácticamente todos los días. Y a la despedida de Enrique para irse a trabajar o a su casa, siempre había una bendición de la doña para con su hijo. Una bendición de la doña para con su hijo. Esa imagen es bonita y es real.
María y Enrique, ya adultos, se querían mucho, pero aquí hay otra parte de la verdad que también merece contarse, porque el propio Enrique en aquella misma entrevista de 1994 dijo otra cosa, también textual, cita literal, somos Aries los dos, muy chocamos mucho, mucha discusión, pero hay un respeto muy grande, sobre todo ya si nos ponen en el borde, yo siempre cedo.
es mi madre y yo ante ella lo que quiera. Yo sin ella no puedo vivir. Yo sin ella no puedo vivir. Ese era Enrique, un hombre de 60 años, actor reconocido con su propia carrera, diciendo que no podía vivir sin su madre. [música] Eso te dice algo. Te dice que el vínculo era profundo, pero también te dice otra cosa. Te dice que Enrique nunca se independizó del todo emocionalmente de María, que la prioridad siempre fue ella, que las discusiones siempre las cedía él.
Y eso también es una herencia. La herencia de querer a alguien que aprendió a no entregarse del todo. Cuando tú quieres a alguien que no puede bajar la guardia, terminas siendo tú el que cede siempre. Hay otra cosa que conviene decir aquí. Y conviene decirla con respeto porque es delicada. Enrique nunca se casó.
Vivió toda su vida soltero. Era un hombre muy reservado y durante años, en el medio del espectáculo, se especuló sobre su vida íntima. Hubo rumores sobre relaciones con otros actores. Él nunca lo confirmó ni lo desmintió. llevó su vida privada con un sigilo absoluto. De esto en internet se habla mucho. Y otra vez te aviso, yo no voy a entrar en el chisme.
Voy a contarte lo que dijeron las personas que estuvieron cerca. Sin más, su media hermana, Cecilia Álvarez Salas, [música] en una entrevista para el programa La historia, detrás del mito, contó algo muy distinto a lo que se dice en internet. Dijo que Enrique había estado enamorado de la actriz Julisa, su compañera en la telenovela Rina.
y que nunca le había propuesto matrimonio porque tenía pánico. Pánico de que la misma situación que hubo entre sus padres y que él fue quien llevó el problema se repitiera al casarse él. Pánico de que se repitiera lo de sus padres. Esa frase la dijo su propia hermana y dice mucho. Dice que Enrique cargó toda la vida con el divorcio difícil de María y de Enrique padre.
cargó con la idea de que el matrimonio era un campo de batalla y nunca quiso construir una familia propia. Sea cual sea la verdad de su vida amorosa, lo que sí parece claro es que Enrique vivió toda su vida cuidando demasiado, [música] cuidando lo que decía, cuidando lo que mostraba, cuidando no manchar el apellido.
Y eso también es una herencia, la herencia de una madre que toda su vida vivió en alerta. El 24 de mayo de 1996, Enrique Álvarez Félix murió de un infarto fulminante en su departamento de la Ciudad de México a los 62 años. Estaba grabando la telenovela Marisol. Su personaje en la trama ya no estaba. Dos días después de aquel capítulo, el actor que lo interpretaba en la vida real también moría.
María estaba en París cuando le dieron la noticia. Tenía 82 años. Tomó el primer avión disponible y volvió a México. Cuando llegó a la casa, María, según contaron las personas que estuvieron con ella, no tuvo la escena que se esperaba. No gritó. No hizo el dramatismo que la prensa hubiera esperado de la doña enfrentando la muerte de su único hijo.
Lo que hizo fue quedarse callada mucho rato y después, sin levantar la voz, dijo solo dos palabras. No puede ser. No puede ser. Eso fue todo. Esas dos palabras [música] son las mismas que había dicho casi 60 años antes, a los 23, cuando le habían dado otra noticia. Una noticia de la que todavía no te he hablado entera.
Una noticia desde un cuartel de la Ciudad de México. Las mismas dos palabras. No puede ser. María tenía esa expresión preparada por dentro desde hacía 60 años para ese tipo exacto de pérdida, la pérdida del hombre que se va sin que pueda hacer nada para impedirlo. El día del funeral, en el panteón francés de San Joaquín había mucha gente, prensa, cámaras, compañeros de Enrique de la televisora, actores, curiosos, decenas de personas pegadas a la verja del cementerio esperando ver pasar a María. Y María llegó vestida de negro,
gafas oscuras, el pelo recogido, sin un solo gesto en la cara. Bajó del coche sola. No esperó a que nadie la sostuviera. Caminó hacia el sepulcro a paso firme, como si llegara tarde a un compromiso. Sin volver la cabeza a ningún lado, los fotógrafos se acercaban. Le ponían la cámara casi en la cara, esperando el gesto, esperando la lágrima, esperando la foto que iba a vender los periódicos del día siguiente.
María no les dio nada, llegó al sepulcro, se paró frente al ataúd, se quedó así, de pie, sin moverse, quizá 20 segundos, quizá 30. Nadie sabe qué pensó en esos segundos. Lo único que se vio desde fuera fue una mujer de 82 años vestida de negro, mirando un ataú de madera donde estaba su único hijo. Y luego, sin decir una palabra, dio media vuelta, caminó hacia el coche, subió, cerró la puerta y se fue.
Lo que estaba sintiendo lo dejó dentro, donde había aprendido a dejarlo todo desde aquella tarde en Álamos. Y aquí ya no podemos esperar más. [música] Ya hablamos de la María Pública, ya hablamos de los maridos, ya hablamos del hijo, ya hablamos del funeral, pero todavía no te he contado lo que pasó en Álamos, lo que pasó esa tarde, lo que pasó al día siguiente y lo que pasó ese diciembre del 37 en un cuartel de la Ciudad de México con una herida que nadie quiso investigar.
Y eso [música] lo que falta es lo que de verdad explica todo lo demás. Vamos allá. Sonora, 1929. María tiene 15 años. Pablo tiene 17. Llevan toda la vida juntos. Llevan siendo cómplices desde antes de saber lo que era una complicidad. Han crecido en aquella casa enorme, llena de hermanos, llena de ruido, llena de reglas no escritas.
Y entre todos los hermanos, ellos dos siempre fueron uno. Y aquí vamos a tener cuidado con las palabras, porque sobre lo que vino después se ha escrito mucha basura, mucha cosa fea, mucha invención. Yo te voy a contar solo lo que dijo ella misma, María, [música] ya con 80 años en aquellas conversaciones con Krause publicadas en Todas mis guerras en 1994.
Las palabras son suyas, yo solo te las leo, María. Ya viejita describió a Pablo así. Era un dios de guapo, moreno, con el pelo rubio veteado por el sol y un lunar junto a la boca idéntico al mío. Le decíamos el gato porque tenía los ojos muy claros, casi amarillos. Cantaba y tocaba la guitarra como los mismísimos ángeles. Eso pesa. Un dios de guapo.
Esa frase no es una frase de hermana. No es. Las hermanas no describen así a sus hermanos. Las hermanas no usan esa frase y María, ya con 80 años cuando se sentó delante de Krause no se molestó en disimularlo. Eligió esa frase, la pronunció y dejó que quedara escrita para siempre. Y dijo otra cosa más, también a Krause.
Habló del despertar de la adolescencia, de cómo había vivido aquella etapa con Pablo y usó una metáfora que se le quedó pegada al recuerdo. Habló de una flor que se abre y dijo que el afecto entre ellos brotaba del modo más natural. Una flor que se abre a los 15 años con el hermano que la entendía sin hablar. Y la madre lo notó. Lo notó porque las madres notan estas cosas.
Lo notó porque Josefina llevaba toda la vida vigilando a María más que al resto. Lo notó porque María y Pablo juntos en la misma habitación se trataban distinto a como se tratan los hermanos. Se reían distinto, se miraban distinto. Y cuando estaban los dos solos, cualquier mujer con experiencia, se daba cuenta de que ahí pasaba algo que en aquella época, en aquella sociedad, en aquella casa de Sonora no podía pasar.
Y una tarde Josefina vio algo, no sabemos exactamente qué. Lo que María contó después a Krause fue muy poco. En realidad, le dijo, “Mi madre se dio cuenta de que mis relaciones con Pablo no eran como las de todos mis hermanos y nos comenzó a separar. No podía estar mucho tiempo cerca de él, sentarme en sus piernas o treparme a su espalda porque ella se ponía furiosa.
Los juegos que habían sido naturales en nuestra niñez ya no le gustaban. Atención al peso de eso. Los juegos que habían sido naturales en nuestra niñez ya no le gustaban. Esa es la cita literal. Esas son las palabras de María. No te puedo contar más porque ella no contó más. Lo que sí sabemos es lo que pasó después.
Josefina no entró a la habitación, no interrumpió. No habló con Pablo, no habló con María, [música] se quedó callada el resto del día y al día siguiente, sin avisar, sin despedida larga, sin promesa de cuando iban a volver a verse, Pablo se fue de la casa. Lo habían matriculado en el colegio militar de Popotla, en la ciudad de México, a miles de kilómetros.
A la mañana siguiente, María se levantó como cualquier otro día, cruzó el pasillo, pasó por la habitación de Pablo. La puerta estaba abierta, la cama estaba hecha. demasiado hecha. La maleta no estaba, el uniforme tampoco. María se quedó parada en el umbral mirando la cama vacía, la habitación que de pronto era una habitación cualquiera.
Bajó a la cocina. Su madre estaba ahí de espaldas sirviendo el desayuno. María preguntó. Su madre no se dio la vuelta. le dijo sin levantar la voz que Pablo se había ido a estudiar a la capital, que era lo mejor para él, que era lo que tenía que pasar, y siguió sirviendo el café. María se quedó ahí en medio de la cocina [música] mirando la espalda de su madre, esperando que dijera algo más, pero no dijo nada más.
Y aquí hay algo importante que conviene aclarar para no perderse. Mandar a un hijo varón al colegio militar en aquella época era una decisión normal en una familia de militares. El padre de María, Bernardo Félix, era militar. El abuelo había sido militar. Era natural que un hijo varón siguiera la tradición, pero todos en aquella casa sabían que en el caso de Pablo no era solo eso.
Pablo se iba porque la madre necesitaba que se fuera. Pablo se iba porque la madre no podía seguir mirando lo que veía cuando estaban juntos. Pablo se iba para salvar la honra de la familia antes de que pasara algo que ya no se pudiera deshacer. María lo entendió sin que nadie se lo dijera. Lo entendió en el cuerpo antes que en la cabeza.
Aprendió ese mismo día una lección que ya no se le quitó nunca, que querer demasiado se paga, que cuando una mujer se entrega del todo a alguien, ese alguien le puede ser arrancado de un día para otro sin previo aviso, sin posibilidad de protesta y que además nadie te va a explicar nada. Una niña de 15 años no se recupera fácil de una lección así.
Y María, escúchame, no se recuperó nunca. Vamos a saltar 8 años. Diciembre de 1937. Pablo lleva años en el colegio militar de Popotla. Tiene 24 años y según las cartas que María guardó toda su vida, está esperando salir para empezar otra cosa. Pablo no se ha adaptado bien al cuartel. Eso lo dicen las cartas.
Pablo siempre quiso volver a Sonora, empezar una vida lejos del uniforme, pero no le tocó. Una madrugada de diciembre, en el cuartel de Popotla, Pablo ya no estaba. La versión oficial salió rápido, demasiado rápido. Dijeron que él mismo se había hecho aquello. Él solo, sin nadie cerca.
Eso fue lo que le dijeron a la familia. Eso fue lo que se publicó en los periódicos. Eso fue lo que quedó como verdad oficial durante los siguientes 80 años. Y María, desde el primer minuto, escúchame bien, no lo creyó. No tenía pruebas, no tenía nombres, no tenía manera de demostrar nada. solo tenía la certeza absoluta, esa certeza que solo tienen las personas que conocían al muerto desde la cuna, de que Pablo no había hecho eso, que Pablo no era un muchacho que tuviera ese final dentro de sí, que Pablo, según sus cartas, estaba esperando salir del
cuartel para reencontrarse con ella, pero la versión oficial era la versión oficial. Y María en aquel momento era una mujer de 23 años, recién separada, sin la custodia de su hijo, sin dinero, sin red de apoyo. ¿Quién le iba a hacer caso? [música] ¿Quién iba a investigar al ejército mexicano por una corazonada de una muchacha de Sonora? Nadie.
Así que se cayó. Y durante el resto de su vida, cada vez que alguien decía delante de ella que Pablo se había hecho aquello a sí mismo, María cortaba en seco, sin escándalo, sin gritar, solo cortaba. A mi hermano no se hizo nada. A mi hermano se lo hicieron. Eso es todo lo que decía y la conversación se acababa ahí.
Pasaron los años, pasaron las películas, pasaron los maridos, pasaron las leyendas. María se convirtió en la doña y por dentro, en algún rincón, siguió sabiendo que a su hermano le habían quitado la vida y que ella nunca iba a poder probarlo, hasta que 80 años después alguien lo probó por ella. Atención a esto.
En el año 2018, una investigadora mexicana llamada Marta Zamora publicó un libro titulado Heridas, Amores de Diego Rivera. [música] Estaba investigando en realidad sobre el círculo íntimo del muralista y mientras buscaba documentos relacionados con esa órbita, Zamora se topó con algo que no estaba buscando. Se topó con el expediente original de lo que le había pasado a Pablo Félix.

Ese expediente durante 80 años había estado clasificado. Lo que Zamora encontró ahí cambió toda la historia. El acta de defunción oficial [música] fechada el 26 de diciembre de 1937 era extrañamente vaga. Decía solamente que el cadete había fallecido por una herida que no era natural. No especificaba dónde.
No especificaba cómo. Curiosamente impreciso para un documento militar. Pero el documento del médico que examinó a Pablo que Zamora encontró debajo de aquel acta era otra cosa. El documento médico original era muy claro. Lo que le había pasado a Pablo no se lo había hecho él, se lo había hecho otra persona y daba detalles.
Pablo tenía un golpe en un ojo, tenía marcas de forcejeo, tenía una herida en el pecho y no era una herida hecha desde lejos, sino desde muy cerca. Y según el propio médico, lo que le había pasado se lo había hecho alguien que estaba muy cerca de él en aquel momento. Tan cerca que el médico concluía que tenía que ser una persona conocida de la víctima.
Atención al peso de eso. Una persona conocida. Es decir, a Pablo no se le acercó un asaltante, no se le acercó un desconocido, se le acercó alguien que él en el cuartel conocía, alguien al que dejó acercarse hasta que ya era tarde. Eso no es lo que la versión oficial decía. Y hay más. Según la investigación de Zamora, el procurador de justicia del Distrito Federal de aquel momento, ordenó que al cuerpo no se le hicieran las revisiones que la ley exigía, que se lo llevaran directamente al hospital militar, que se enterrara cuanto antes y que el caso se
cerrara con la versión oficial [música] sin más diligencias. Esa orden, según una nota de prensa anónima de aquella misma noche, fue solicitada por Abro Comillas, un alto personaje del gobierno. Cierro comillas, sin nombre, sin firma. Alguien dentro del Estado mexicano de 1937 no quiso que se investigara lo que le había pasado a Pablo Félix.
Alguien, alguien con poder suficiente para parar a un procurador decidió que aquello tenía que quedar sepultado junto con el muchacho. Y así se hizo. A Pablo lo enterraron en una fosa propiedad del propio Colegio Militar, sin honras, sin investigación, sin que nadie pudiera preguntar. Durante 80 años, el caso permaneció cerrado hasta que Marta Zamora pidió el expediente y lo encontró tal como había sido archivado en 1937.
María nunca llegó a leer ese expediente. Murió en el 2002, 16 años antes del descubrimiento, pero ella lo sabía. En el cuerpo, en la memoria, en aquella convicción que no se le quitó nunca. Ella lo sabía. Le tomó 80 años a la historia darle la razón. Aquí hay que pararse porque la pregunta que tú te estás haciendo ahora en tu cabeza es la misma que se hicieron muchos cuando Zamora publicó su libro ¿Quién acabó con Pablo y por qué.
La respuesta no la sabemos y cualquiera que te diga que la sabe te está mintiendo. Hay versiones que circulan en internet, hay teorías. Yo no voy a entrar ahí, no tengo pruebas. Lo que sí podemos decir con base en los documentos es esto. A Pablo dentro del cuartel, alguien que él conocía acabó con él, [música] alguien con acceso y alguien con el poder suficiente como para que el procurador del Distrito Federal cerrara el caso sin investigar. Lo demás son rumores.
Volvamos a María, a la María de 23 años, a la que recibió la noticia, a la que, sin pruebas supo desde el primer minuto que la versión oficial era mentira. Imagínate ese año en su vida. 1937. Acaba de separarse de un marido que no la dejaba en paz. La ley acaba de quitarle la custodia de su hijo de 3 años y al final del año le dicen que Pablo, su hermano, el muchacho de la foto, el de las cartas, se ha hecho aquello a sí mismo en un cuartel de la Ciudad de México.
Tres golpes en menos de 12 meses. [música] Cualquier mujer normal se hubiera quebrado. María no se quebró. Se levantó, se vino a la Ciudad de México, se puso a trabajar. aceptó cuando aquel hombre la paró en la calle de Palma y le dijo que tenía que estar en cine. Hizo su primera película, discutió con Negrete, se hizo famosa, se construyó la doña y por dentro cargaba todo eso.
Cargaba la separación de Pablo a los 15 años, cargaba la muerte de Pablo a los 23, cargaba la pérdida de su hijo, cargaba la violencia de su primer marido. Cargaba la convicción sostenida durante décadas sin pruebas de que a Pablo se lo habían matado y nadie iba a investigar nunca. Todo eso lo cargaba y se hizo la doña encima de todo eso.
Y aquí, escúchame, viene la pregunta que esta historia nos está haciendo desde el principio. ¿Cómo se quiere? Después de eso, ¿cómo se ama a un marido? Cuando lo único que tu cuerpo recuerda del primer hombre al que quisiste de verdad fue que te lo arrancaron. ¿Cómo se cría a un hijo cuando la única madre que tuviste te enseñó que el cariño cercano es peligroso? ¿Cómo se construye intimidad? Cuando aprendiste a los 15 años que abrirse a alguien es exponerse a una pérdida que no se puede sobrevivir.
María lo hizo como pudo, como sabía, como la habían enseñado a hacerlo. Por eso amó a sus maridos a medias. Por eso eligió siempre hombres que se le parecieran a Pablo, sabiendo que ninguno iba a ser él. Por eso, cuando uno de ellos sí se le acercó, Negrete también se le murió, repitiendo el patrón. Por eso al final eligió a Berger, que no se parecía en nada, para vivir tranquila por fin.
Y por eso, escúchame, trató a su hijo como lo trató. Porque si tú aprendiste a no entregarte, no sabes cómo entregarte a un niño que te necesita entera. No sabes volte cuando te llaman desde la puerta. No sabes parar lo que estás haciendo y mirarlo a los ojos. Sigues haciendo lo que estás haciendo. Y le contestas con cariño, pero sin girarte.
Eso, escúchame, no es [música] maldad, es herencia. Una herencia que María no eligió y que tampoco supo cortar. Vamos a cerrar. María Félix se fue, como te dije al principio, el 8 de abril del año 2002, el día de su cumpleaños. La enterraron en el panteón francés de San Joaquín, en el lote que ella misma había comprado años antes para enterrar a sus padres, a su hijo y a sí misma, a su hijo Enrique, que se había ido 6 años antes, lo enterraron a su lado.
A sus padres, Bernardo, y Josefina, los enterraron al lado también. La misma Josefina, que un día en Sonora hace 70 años había mirado desde una puerta lo que no debería haber mirado y había decidido, sin decir una palabra, que tenía que separar a su hija de su hermano. Madre e hija quedaron enterradas juntas en 1992 cuando Josefina se fue y María, en sus últimos 10 años de vida, pasó todos los aniversarios visitando esa tumba, la de su madre. La perdonó.
A pesar de todo, María perdonó a Josefina. Vivió con ella los 12 últimos años de la vida de su madre en su mansión de la Ciudad de México. La cuidó, le leyó. Cuando Josefina se cayó en 1974, María cruzó el océano desde París para estar a su lado [música] hasta el último día. Eso, mira, eso te dice algo importante de María.
Te dice que a pesar de todo lo que su madre le había costado, María entendió. entendió que Josefina había hecho en su época y con sus herramientas lo que creía que tenía que hacer. Entendió que en la cabeza de Josefina separar a sus hijos era protegerlos, aunque les arruinara la vida. María, dura por fuera, fue capaz de un perdón silencioso que casi nadie le supo ver.
Pero hay algo en ese cementerio. A unos metros del lote familiar, separado solamente por una barda, hay otra tumba, la de Pablo, la fosa del colegio militar. Es a donde lo enterraron a toda prisa, sin honras, sin investigación en 1937. María [música] durante toda su vida nunca cruzó esa barda, nunca fue a visitar la tumba de Pablo, nunca se acercó a unos metros de donde estaba enterrado el hermano que tanto había querido.
Mantuvo la barda y lo mantuvo como guardaba la caja de las cartas, como guardaba la foto del cadete, como guardaba todo lo que tenía de él en privado, en lo suyo, lejos de las cámaras y de los curiosos. María eligió hasta el final mantener a Pablo en la caja, en las cartas, en la memoria, no en una tumba que tuviera que compartir con el mundo.
La barda se quedó, ni siquiera la muerte la derribó. Y esa barda, esa de unos pocos metros entre el lote familiar y la fosa militar, es la metáfora más exacta de toda esta [música] historia. La que su madre puso a los 15 años entre María y Pablo. Sigue ahí, como pared del cementerio, hasta el final.
Ni siquiera la muerte la pudo tirar. Y aquí [música] hay que pararse a hacer la pregunta que esta historia entera nos ha estado planteando. ¿Por qué te he contado todo esto? No te lo he contado por Morvo. No te lo he contado para que juzgues a María, ni para que juzgues a Josefina, ni para que juzgues a nadie.
Te lo he contado porque esta historia, aunque hable de una de las mujeres más famosas del cine en español, no va solo de ella. Va de muchas casas, va de muchas hijas, va de muchas madres que hicieron lo que en su época creían correcto y que sin querer marcaron a las hijas que más querían. Si tú tuviste una madre así, ya sabes.
Si conoces a alguna mujer que se haya pasado la vida cargando algo que nunca pudo nombrar, ya sabes. Si en tu propia familia hay una historia que se ha contado solo a medias durante años, esta historia también te toca. Va sobre todo de una verdad incómoda. Las heridas que no se nombran no se curan y las heridas que no se curan se heredan.
María recibió de Josefina una herida que Josefina a su vez había recibido de su propia madre y se la pasó a su hijo sin querer. En la versión del cariño medido de la nuca frente al espejo del pasillo de Toronto. Esa cadena no la rompió María. Le tocó cargarla, pero en sus últimos años hizo algo que sus antepasadas no hicieron.
Habló. Le contó a Krause lo que nadie en su familia había contado nunca. Y aquí, escúchame, va lo último. Hay mujeres a las que les rompen el corazón una vez y hay mujeres a las que se lo rompen tan pronto que ya nunca vuelven a usarlo del todo. María fue de las segundas y por eso, aunque tuvo de todo, vivió queriendo a medias toda su vida.
Eso ya es algo. Y aquí termino. Si llegaste hasta el final, déjame darte las gracias en serio, porque sé que hay videos sobre María Félix de 15 minutos llenos de música épica. y datos inventados. Y tú, en lugar de ver esos, viste este conmigo una hora. Eso para mí no es poco. Si la historia te tocó, compártela con esa amiga, esa hermana, esa comadre que tú sabes que la va a entender como tú la entendiste.
A veces lo que una no se atreve a hablar de su propia familia lo entiende mejor en una historia ajena. Y si quieres que sigamos contando estas vidas así, sin maquillaje y sin invento, suscríbete al canal, no por mí, por ti, para que cuando salga la próxima te enteres antes que nadie. Una última pregunta, no para responder aquí, para que la pienses tú en tu casa.
Cuando se apague la pantalla. ¿Hubo alguna vez en tu vida una persona a la que querías mucho y a la que de pronto te alejaron sin explicación, sin despedida, sin que tú pudieras hacer nada? Si la hubo, ya sabes, tú también cargas algo de María. Nos vemos en la próxima historia.