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LUCHA VILLA confesó el SECRETO que guardó sobre PEDRO INFANTE durante 69 años

Pedro Infante sabía que iba a morir. No fue un accidente, no fue mala suerte, no fue un fallo mecánico del Consolidated B24 que se estrelló en Mérida el 15 de abril de 1957. Pedro Infante eligió subirse a ese avión sabiendo que no iba a bajar vivo y la única persona que lo supo durante 67 años fue Lucha Villa hasta el 12 de noviembre de 2024, hasta la noche en que cumplió 88 años y decidió que ya todos los que tenían que morir estaban muertos hasta que sacó de su closet una caja de cedro que había jurado no abrir nunca,

hasta que le dijo a su sobrino Arturo Villa Medina, “Ya puedo hablar Dentro de esa caja había tres fotografías amarillentas, una carta de cuatro páginas escrita a mano y la verdad más oscura de la época de oro del cine mexicano. La carta empezaba así. Lucha, si estás leyendo esto es porque ya pasó lo que sabía que iba a pasar.

Estaba fechada el 14 de marzo de 1957, exactamente 32 días antes del accidente. Pedro sabía la fecha exacta, sabía la hora, sabía que no habría forma de escapar y tomó la decisión más brutal que un padre puede tomar. Pero antes de revelar qué decía esa carta, necesitas entender algo. Necesitas entender por qué Lucha Villa lloró cada 15 de abril durante 67 años.

¿Por qué nunca se casó? ¿Por qué cada vez que alguien mencionaba a Pedro Infante en entrevistas, sus ojos se llenaban de lágrimas y cambiaba de tema? Porque Lucha Villa cargó con un peso que hubiera destrozado a cualquiera. Sabía la verdad y no podía decirla. Marzo de 1957, Ciudad de México. Estudios Churubusco. Lucha Villa tenía 21 años y acababa de firmar su primer contrato grande con películas Rodríguez.

Estaba grabando Tisoc como parte del elenco secundario. Pedro Infante era la estrella principal. Él tenía 39 años y estaba en la cima absoluta de su carrera, pero algo andaba mal. Todo el equipo lo notaba. Pedro llegaba temprano, más temprano que nunca. Se quedaba hasta tarde revisando papeles en su camerino.

No bromeaba como antes. No cantaba entre tomas. Cuando creía que nadie lo veía, se quedaba mirando al vacío con una expresión que Lucha describió 67 años después como la cara de un hombre que ya está muerto. El 12 de marzo de 1957, un martes, Pedro le pidió a Lucha que se quedara después de la filmación. Le dijo que necesitaba hablar con alguien de confianza, alguien que no estuviera involucrado en su vida personal, alguien joven que pudiera guardar un secreto durante muchos años.

Lucha aceptó sin entender realmente qué estaba aceptando. Se sentaron en el camerino número siete de Churubusco. Pedro cerró la puerta con llave, sacó una botella de tequila a don Julio y dos vasos. Sirvió, bebió el suyo de un trago y entonces dijo algo que Lucha jamás olvidaría. Me van a matar en un mes. Lucha se rió.

Pensó que era una broma macabra. Pero Pedro no sonreía. Tenía los ojos rojos. Las manos le temblaban mientras servía otro trago. No es broma, lucha. Ya está decidido. El 15 de abril, un vuelo a Mérida. El avión va a caer y yo voy a estar adentro. Lucha dejó de reír. La forma en que Pedro lo dijo, la frialdad en su voz, la resignación absoluta.

Algo en su instinto le dijo que cada palabra era verdad. ¿Por qué me estás diciendo esto a mí? Preguntó Lucha. Pedro respiró hondo, sacó un sobre manila de su maletín, lo puso sobre la mesa entre ellos. Porque eres la única persona en este estudio que no le debe nada a nadie, porque eres nueva. Porque nadie va a sospechar de ti.

Y porque necesito que alguien sepa la verdad cuando ya no esté aquí para contarla. Abrió el sobre, sacó tres fotografías. Lucha las miró y no entendió nada al principio. Eran documentos, papeles con números, sellos oficiales, firmas ilegibles. Esto dijo Pedro señalando la primera fotografía. Son transferencias bancarias de Peerless Records a cuentas en Suiza.

3,200,000 pesos desviados entre 1954 y 1956. Dinero de mis regalías, dinero de mis discos, dinero que nunca me pagaron”, señaló la segunda fotografía. Esto es un contrato falso con mi firma falsificada. Me compromete a ceder el 87% de mis derechos de autor por los próximos 50 años. Yo nunca firmé esto, pero está registrado ante notario.

Un notario que recibió 200,000 pesos por validarlo. La tercera fotografía mostraba una lista de nombres, 12 nombres, algunos lucha los reconoció. Productores, ejecutivos de disqueras, un funcionario de la Secretaría de Gobernación, un abogado famoso. “Estos son los involucrados”, dijo Pedro. “Y estos son los que me van a matar”.

Lucha sintió que el aire se volvía pesado. Quiso levantarse, quiso salir corriendo, pero algo la mantuvo pegada a esa silla. “¿Cómo sabes que te van a matar?”, preguntó con voz temblorosa. Pedro sacó otro papel, una carta escrita a máquina, sin firma, sin membrete, solo tres líneas. Tienes dos opciones. Te subes al avión del 15 de abril y tu familia vive.

O habla si tus hijos mueren uno por uno. Lucha leyó esas líneas cinco veces. Sintió náuseas. ¿Cuándo recibiste esto? Hace 4 días. El 8 de marzo. La dejaron en mi auto afuera de mi casa en Coyoacán. Nadie vio nada, nadie escuchó nada. Pero el mensaje es claro. Ya investigaron, ya saben todo. Y si abro la boca, matan a Lupita, a Pedro Junior, a Graciela, a todos.

Se sirvió otro tequila. Ya iba por el cuarto. Llevo tres semanas investigando esto. Desde que descubrí las irregularidades en mis estados de cuenta, contraté a un contador privado. Revisamos todo y encontramos el fraude. Millones de pesos, documentos falsos, sobornos a jueces, una red completa. Y cuando confronté a Guillermo Calderón, el director de Pirles, me dijo exactamente esto.

Pedro, hay cosas que es mejor no saber. Hay personas que es mejor no molestar. Piensa en tu familia. Lucha sintió un escalofrío y tres días después continuó Pedro. Recibo la carta en mi auto. Eso significa que tienen gente vigilándome, que saben dónde vivo, que saben dónde están mis hijos y que no es una amenaza vacía.

¿Por qué no vas a la policía? Pedro se rió. Una risa amarga, vacía. Lucha. Uno de los nombres en esa lista es el subsecretario de Gobernación. Otro es el jefe de la policía judicial. La policía e es parte del problema. Si voy con ellos, me matan más rápido. Entonces, huye, vete del país. Llévate a tu familia. Ya lo pensé, pero tienen contactos en Estados Unidos, en Cuba, en España.

Y aunque lograra escapar, ¿qué vida sería esa? vivir escondido con miedo, viendo a mis hijos crecer con terror, sin poder trabajar, sin poder cantar, sin poder ser Pedro infante. Se quedó callado un momento, luego agregó algo que Lucha nunca olvidaría. Prefiero morir siendo Pedro infante que vivir siendo un cobarde escondido. Lucha sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas.

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