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Victoria Eugenia: La Reina de España Que Vio Morir a Sus Propios Hijos

La invitaba a sentarse en sus rodillas cuando recibía a los embajadores. La hacía sentar a su lado en las cenas de estado y le decía una y otra vez una frase que Ena recordaría toda su vida. La reina Victoria le decía, “Mi pequeña Ena, las princesas de la sangre real no buscan al amor. El amor las encuentra a ellas cuando es el momento.

Y cuando ese momento llegue, Ena, no dudes ni un segundo.” Esa frase, “No dudes ni un segundo.” La reina Victoria se la repitió a Ena durante todos los años de su infancia. y 20 años después, en 1906, esa frase iba a determinar la decisión más importante de la vida de Victoria Eugenia. Pero antes de llegar a 1906, la pequeña Ena vivió dos golpes que la marcarían profundamente.

El primero, en 1896, cuando ella tenía solo 9 años. Su padre Enrique de Battenberg partió como soldado voluntario a una expedición militar británica en África Occidental. Ena lo despidió en el puerto de Plymouth llorando. Su padre la abrazó, le prometió que volvería para Navidad y se fue. 4 meses después, Enrique murió de fiebre amarilla en un barco en mitad del Atlántico, mientras lo traían de vuelta a Inglaterra. Ena tenía 9 años.

Estaba en un jardín de Osborne House cuando le dieron la noticia. Según contaría su niñera años después, Ena no lloró, solo dijo cuatro palabras. Mi papá no volvió y se fue a su habitación. Ena. El segundo golpe llegó en enero de 1901. La reina Victoria, su abuela adorada, murió en Osborne House a los 81 años después de 63 años en el trono.

Ena, que tenía 13 años, estuvo a su lado las últimas tres noches. La reina Victoria, en su último día de vida, según testigos, le tomó la mano a Ena y le dijo otra vez la frase de siempre. le dijo, “Cuando llegue el amor, mi pequeña Ena, no dudes ni un segundo.” 5 años después, en 1906, Ena tenía 18 años. Era una de las princesas más bellas de Europa.

Cabello rubio dorado, ojos azul cielo, alta, con una elegancia natural que las cortes europeas comentaban en cada cena. era reservada, era tímida y todavía estaba esperando como su abuela le había dicho que el amor la encontrara. Hay un detalle de los años de juventud de Ena que pocas biografías cuentan. Entre los 14 y los 18 años, Ena había sido cortejada en secreto por varios príncipes europeos.

Un príncipe alemán de la casa de Hohen Solern, un duque ruso primo lejano del Sar Nicolás II, un príncipe italiano de la casa de Saboya. Todos ellos habían enviado emisarios diplomáticos a Londres para sondear la posibilidad de un matrimonio con la nieta menor de la reina Victoria. Pero Ena, según cartas privadas suyas que se conservaron en los archivos del Palacio Real de Madrid, había rechazado cada propuesta diciendo siempre la misma frase.

Le decía a su madre, “Madre, todavía no es el amor. Espero. Mi abuela me dijo que esperara y yo espero. Espera, esa fidelidad casi religiosa a la frase de la reina Victoria, “No dudes ni un segundo cuando llegue el amor”, iba a determinar la decisión más importante y más fatal de toda la vida de Ena. Y entonces, en abril de 1906 llegó a Londres un joven rey extranjero de 20 años en visita oficial.

Su nombre era Alfonso. Alfonso XI, rey de España. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Alfonso XI era el rey de España desde antes de nacer. Su padre, Alfonso XI había muerto 6 meses antes de que él naciera. y su madre, María Cristina de Absburgo, austríaca, había sido regente del reino hasta que su hijo cumplió 16 años.

En 1906, cuando Alfonso visitó Londres, tenía 20 años. Era moreno, delgado, con una mandíbula ligeramente prominente, que en algunos retratos parecía heredada del rey Carlos II de España. No era especialmente guapo, pero tenía algo que las mujeres encontraban irresistible, una intensidad nerviosa, casi eléctrica, una manera de mirar directamente a los ojos de las personas que las hacía sentir durante un instante que eran las únicas personas del mundo.

Alfonso había venido a Londres con un objetivo concreto. Necesitaba una esposa. España, después de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, era una monarquía debilitada. Necesitaba sangre nueva, sangre real. Y la corte británica era la cantera más prestigiosa de Europa. La candidata oficial, la que todos esperaban que Alfonso eligiera, era una nieta de la reina Victoria llamada Patricia de Conot, princesa bella, educada.

Alfonso fue presentado a Patricia en una cena oficial en el palacio de Buckingham. Pasaron toda la noche conversando. Alfonso, según sus diarios privados, se enamoró de Patricia. esa misma noche le pidió un baile, le besó la mano, le susurró en su español de acento andaluz frases que Patricia no entendió, pero que le parecieron encantadoras.

Al día siguiente, Alfonso le envió a Patricia una carta proponiéndole matrimonio. Patricia rechazó la propuesta, le devolvió la carta sin abrir a través de su criada personal y según se sabría décadas después le dijo a su madre en privado una frase brutal sobre Alfonso XI. Patricia dijo, “No me gusta su mandíbula.

No puedo casarme con un hombre cuya mandíbula me molesta. cada vez que sonríe. Alfonso, humillado por ese rechazo, devastado, paseó solo por los jardines de Buckingham durante toda esa tarde. Y entonces, en uno de los pasillos del palacio, vio caminar a otra princesa. Una mujer joven, rubia, alta, con ojos azules.

Era Victoria Eugenia, la prima de Patricia, la nieta menor de la reina Victoria. Ena esa tarde pasaba por el pasillo de manera completamente accidental. Iba a una clase privada de italiano con una tutora. Vio al rey extranjero parado junto a una ventana mirando el jardín con expresión triste. No supo que era Alfonso, solo notó que era un joven elegante con una mirada melancólica.

Alfonso, al verla, se acercó, le hizo una reverencia. le preguntó en un inglés deficiente si era una de las princesas de la corte. Ena, ruborizada, le contestó que sí, que era Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la reina Victoria. Y entonces, según los testimonios contemporáneos, Alfonso XI, en ese pasillo del palacio de Buckingham, en menos de 5 minutos, decidió que esa mujer iba a ser su esposa.

Esa misma noche, Alfonso le pidió a su tía, la reina Alejandra de Inglaterra, que organizara una cena privada con Victoria Eugenia. La cena tuvo lugar dos días después. Alfonso le habló a Ena en francés, idioma que ambos manejaban. Le habló de Madrid, de los toros, del Mediterráneo, de su soledad como rey huérfano, de su madre austríaca, que lo había educado en una corte casi medieval.

Ena esa noche sintió algo que nunca antes había sentido. Sintió por primera vez en sus 18 años de vida lo que su abuela, la reina Victoria, le había prometido durante toda su infancia. El amor la había encontrado y recordando la frase de su abuela, Ena no dudó ni un segundo. Pero hubo una persona en Europa que se opuso violentamente a ese matrimonio y esa persona era la madre del rey Alfonso, la reina madre María Cristina de Absburgo.

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