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María Félix se casó 5 veces. El quinto no aparece en su autobiografía… pero tiene acta firmada.

María Félix se casó cinco veces, no cuatro, cinco, y pasó los últimos  40 años de su vida negándolo. Hay un matrimonio que no aparece en su autobiografía, que no aparece en ninguna entrevista que ella dio jamás.  Un matrimonio que existió, que está documentado, que tiene acta firmada y testigos con nombre y apellido,  y que María Félix decidió borrar de su historia con la misma frialdad con que tomaba todas las decisiones importantes de su vida, sin explicaciones,  sin disculpas, como si simplemente no

hubiera ocurrido. ha revisado más de 200 horas  de entrevistas, el acta de matrimonio que ella intentó enterrar y los testimonios de quienes la conocieron para traerte lo que nunca  sale en los libros. Y lo que está en juego en este documental no es un dato  biográfico menor, es la respuesta a la pregunta que lleva décadas flotando sobre el nombre de María Félix.

¿Por qué la mujer más admirada y más temida del cine  latinoamericano construyó una armadura que nunca, en 88 años  de vida, volvió a bajarse del todo? ¿Por qué eligió siempre irse antes  de que pudieran echarla? ¿Y por qué el único hombre que realmente la rompió por dentro no fue ninguno  de los cuatro que el mundo conoce? Porque tú crees que conoces a María  Félix, ¿crees que es la historia de una mujer que venció al mundo con su belleza y su carácter? Una diva indestructible  que nunca perdió nada. Pero la verdad es

exactamente la contraria. El único hombre al que María Félix no  pudo controlar no era Jorge Negrete, no era Agustín Lara, era un cantante que casi nadie recuerda hoy, un hombre que le  hizo algo que ningún otro se había atrevido a hacer, que le pidió el divorcio a ella. Y eso  para María Félix fue el principio de todo.

La niña que aprendió a no llorar. Álamos,  Sonora. 1914. Una ciudad pequeña,  blanca y silenciosa, enclavada en el noroeste de México, donde el calor aplasta  los veranos y las noches huelen a tierra mojada. Un lugar donde todo el mundo se conoce, donde las  puertas de las casas guardan secretos que nunca salen a la calle y donde las niñas aprenden desde muy pequeñas que su único destino es quedarse quietas y no hacer ruido.

En ese México, el 8 de abril de 1914, Josefina Hüereña  dio a luz a su cuarta hija. La llamaron María de los Ángeles. Nadie en Álamos supo ese día  que acababa de nacer la mujer que durante 50 años iba a redefinir  lo que significaba ser poderosa en un país que no estaba construido para que las mujeres lo fueran.

Su padre se llamaba Bernardo Félix. Era  un hombre de carácter duro, de pocas palabras y menos afecto, que trabajaba como recaudador de rentas del municipio y que gobernaba  su casa con la misma frialdad con que gestionaba los números del ayuntamiento. Tuvo  11 hijos con Josefina, 11. Y entre todos ellos,  desde el principio, hubo uno que le resultó incómodo de una manera que él  mismo nunca supo explicar del todo.

María. La cuarta, la que desde niña  tenía una forma de mirarlo que no era la de una hija obediente, era la mirada de alguien que  ya estaba midiendo la distancia entre lo que le mandaban hacer y lo que ella quería hacer. Álamos  en aquellos años era un mundo cerrado.

Las familias de bien vivían  en casas grandes con paredes gruesas y puertas pesadas. Las niñas aprendían a coser, a rezar, a bajar la vista cuando un  hombre entraba en la habitación. María creció en ese ambiente, pero no creció como  se suponía que tenía que crecer. Desde muy pequeña era diferente  y todo el mundo lo sabía.

No era solo la belleza que ya de niña resultaba llamativa de una forma que incomodaba  a los mayores. Era algo más difícil de nombrar, una presencia,  una forma de ocupar el espacio que no correspondía a una niña de su edad ni de su condición. Sus hermanas jugaban, bordaban, ayudaban  a su madre en la cocina.

María observaba, escuchaba las conversaciones de los adultos desde detrás de las puertas,  hacía preguntas que nadie esperaba y cuando alguien intentaba callarla no bajaba la vista. Eso en la casa de Bernardo Félix  era un problema. Pero antes de que ese problema llegara a su punto de  quiebre, algo ocurrió que los padres intentaron suprimir y que María nunca olvidó  del todo.

Entre los 11 hermanos había uno al que María estaba especialmente unida. Se llamaba Pablo.  Era dos años mayor que ella y la relación entre los dos era tan intensa, tan exclusiva, tan diferente  a la que tenían con el resto de los hermanos. que su madre Josefina tomó una decisión que en  aquel México de los años 20 se consideraba la única solución posible.

Mandó a Pablo al heroico colegio militar  en Ciudad de México, lo sacó de la casa, lo puso a cientos de kilómetros  y nunca le explicó a María por qué. María tenía 10 años  cuando se quedó sin su hermano. Y eso para una niña que ya cargaba con la mirada fría de un padre que no  la entendía. fue el primero de los abandonos que aprendería a tragarse sin llorar delante de nadie.

Hay un episodio de la infancia de María que  ella misma contó en distintas entrevistas a lo largo de su vida, siempre con la misma  precisión en los detalles, como si lo hubiera repasado miles de veces en la cabeza. Tenía 12  años. Había hecho algo, nunca especificó exactamente qué, que había enfurecido a su padre.

Bernardo  la llamó, le dijo que se acercara y cuando María estuvo frente a él,  su padre la miró de arriba a abajo con una expresión que ella describió décadas después con una sola palabra, desprecio. Y le dijo  que con esa cara y ese carácter no iba a llegar a ningún lado, que ningún hombre decente iba  a querer cargar con ella, que era demasiado para todo y no era suficiente para nada. 12 años.

Una niña de 12 años. María no lloró. Eso es lo que ella contaba  siempre. No lloró delante de él. Salió de la habitación, fue a donde nadie  pudiera verla y tomó una decisión que en ese momento no tenía palabras, pero que con el tiempo  se convertiría en el eje de toda su vida.

decidió que nunca más iba a dejar que nadie la mirara así, que si el mundo iba a juzgarla de todas formas, ella iba a darle algo real por lo que juzgarla,  que la cara que su padre despreciaba iba a convertirse en la herramienta con la que  construiría todo lo que él le dijo que nunca tendría. Todo lo que María Félix  fue durante 70 años empezó en esa habitación.

En 1924, la familia  Félix se mudó a Guadalajara. Bernardo había conseguido un puesto mejor. La ciudad era más grande, había  más oportunidades. Para María, Guadalajara fue la primera vez que veía un  mundo más allá de Álamos. cines, tiendas, gente que no se conocía de toda  la vida, hombres que la miraban en la calle de una manera que en Álamos nadie se habría atrevido, libertad o algo que se le parecía.

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