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Pedro Infante Vio Al Juez Poner Candado A Una Gasolinera En La Panamericana — Y Entonces Pagó En Ef

El mediodía de marzo en Ríverde tiene un calor particular, no el calor húmedo del trópico,  un calor seco, de piedra caliente, de asfalto que despide olor a brea. La carretera se veía larga en las dos direcciones  y no pasaba nadie. El polvo que habían levantado los dos carros del banco ya se había asentado sobre el patio de tierra.

Solo quedaba el zumbido de los cables de luz, el olor a gasolina y el silencio de un hombre que acaba de perder lo que su padre construyó. En la bomba de enfrente, el hombre del sombrero se queda parado junto a su camioneta, 36 años, camisa  de cuadros azules con las mangas enrolladas hasta el codo.

No levanta la vista de lo que está pasando, no hace  ningún gesto. El ejecutivo camina de regreso al buic. No mira a don Aurelio, no mira a Rodrigo. Abre la puerta del conductor, pone su carpeta en el asiento del copiloto, saca un pañuelo del saco y se limpia el polvo de los anteojos. El juez de paz se queda en la puerta de la oficina, pasa el candado de una mano a la otra, mira el suelo.

Don Aurelio Herrera está parado detrás de su mostrador, las manos planas sobre la madera. Hay una taza de café junto a su codo. El café ya está frío. Rodrigo se le acerca. La llave todavía en la mano la pone sobre el mostrador con mucho cuidado. Apá. Don Aurelio no voltea. Apá. ¿Qué hacemos? Don Aurelio mira sus manos.

Las manos que aprendió de su padre. Las que arreglaron el motor de la pipa del municipio en 1951. Las que cambiaron el carburador del camión de la cooperativa en 1952. Las que le dieron mantenimiento a cada autobús de la línea México Monterrey que pasó por la gasolinera en 11 años. Tú te regresas a la universidad,  dice. Yo le busco ya no hay gasolinera.

Tú te regresas. Rodrigo se queda parado un momento largo. Luego da la vuelta y sale por la puerta del taller hacia el sol blanco de mediodía. Se para junto al foso vacío y se queda con la espalda a la oficina mirando la carretera larga que corre hacia el norte. En la bomba de enfrente, el hombre del sombrero pone un billete de 5es encima de la bomba.

Lo sostiene con una piedra chica del suelo de tierra. Luego cruza el patio hacia la oficina. No tiene prisa, no mira al juez de paz. Camina como camina un hombre cuando va a hacer una pregunta y todavía no sabe si quiere la respuesta. El juez lo ve venir y se hace  a un lado. El hombre se para en la puerta.

Señor Herrera, don Aurelio levanta la vista. conoce esa cara, la conoce de las películas, la conoce de las canciones que salen en la radio. Pero don Aurelio Herrera tiene el tipo de mente que hasta en la peor hora de su vida no le pone nombre a un desconocido. No todavía, porque el hombre trae sombrero sencillo y camisa de cuadros y podría ser cualquier viajero entre aquí y Monterrey.

Sí, los 5 pesos están en la bomba. Tómalos y ya. No vengo por eso. La gasolinera se va a cerrar. El hombre mete la mano al bolsillo, saca otro billete de 5es y lo pone sobre el mostrador junto a la taza de café para el siguiente que pase. Dice, “Cuando llegue don Aurelio mira el billete, luego al hombre, luego al billete. La gasolinera se cierra en 2 minutos.

Ya oí. El hombre no se mueve. Se queda parado en la puerta de la oficina con el sombrero calado y las manos a los lados. ¿Desde dónde escuchas esta  historia? Escríbelo en los comentarios. Quiero saber hasta dónde llega la radio. En la ventana de la oficina sigue tocando. Jorge Negrete.

Ay, Jalisco, no te rajes. Don Aurelio se estira y la apaga. El silencio es repentino, completo. Solo se escucha el ruido de la puerta del buig cerrándose afuera en el patio. ¿Cuánto? Dice el hombre. Don Aurelio parpadea. ¿Cuánto? ¿Qué? ¿Cuánto? Para que sigan abiertos. Don Aurelio lo mira un momento largo. Señor, yo no sé quién es usted, pero yo no acepto limosnas.

Mi padre tampoco las aceptó. No es limosna, es una pregunta. Don Aurelio mira el mostrador. Las manos le tiemblan un poco. Las junta para que no se note. 11140es. 4 meses de hipoteca vencida, más la cuenta de Pemex de febrero, 2,300 en total. Dice la cifra, como se dice, el precio del propio cajón. ¿Y luego  qué? Luego nada.

Luego seguimos abiertos. Rodrigo se regresa a la universidad. Yo me quedo con las bombas. La carretera vuelve con la temporada de verano. ¿Usted cree eso? Don Aurelio lo mira un momento largo. Tengo que creerlo. El hombre asiente una sola vez, luego da la vuelta y cruza el patio hacia fuera. Pasa junto al juez de paz sin mirarlo. Va hacia el buik.

El ejecutivo tiene el motor encendido. El hombre se para junto a la ventana del conductor, no toca el vidrio, nada más se queda parado ahí. El ejecutivo baja la ventana 2 cm. No apaga el motor. Sí. Usted le está quitando la gasolinera a este señor por 2,300 pesos.  Señor, esto es un asunto del banco.

Le está quitando lo único que tiene por 2,300  pesos. Señor, yo no lo conozco. El hombre saca una cartera de cuero café del bolsillo trasero, la abre sobre el cofre del buic. Empieza a contar billetes de 100 pesos sobre el metal negro caliente del cofre, uno por uno, despacio, lo suficientemente despacio para que el ejecutivo los vaya contando también.

El ejecutivo mira el dinero. El juez de paz en la puerta de la oficina no se mueve. Rodrigo, parado junto al foso con la espalda vuelta escucha el ruido seco de los billetes sobre el cofre y voltea.  Don Aurelio lo ve todo desde la ventana de la oficina. 23 dice el hombre. Exactos. Empuja el fajo hacia la ventana abierta.

Ahora usted le escribe un recibo pagado en su totalidad. Hoy, ahorita, aquí parado. El ejecutivo levanta la vista hacia el hombre por primera vez. La cara burocrática cerrada se ha suavizado en los bordes, ha empezado a reconocer la voz y aunque todavía no acaba de creer lo que está viendo, ya lo sabe, señor.

El recibo en papel membretado del banco. Ahorita el ejecutivo apaga el motor, baja del buik, camina hasta la cajuela, la abre. Adentro hay un portafolios negro chico, lo pone sobre el cofre junto a los billetes apilados, lo abre. Adentro hay papel membretado del Banco Nacional de México, una pluma fuente negra, un frasco de tinta y un sello de metal dorado. Escribe.

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