Con esa cara que tienen las personas a las que alguien les está contando algo que siempre habían querido oír. Imagínate a Lucha. [música] Nadie le había regalado ni tranquilidad en toda su vida. Y de repente aparece un hombre mandándole flores, notas a la pensión, libros debajo del brazo esperándola a la salida. Lucha confundió una cosa muy peligrosa con amor.
Que alguien te preste atención. Esa confusión la conocemos muchas, [música] ¿verdad? Con otra cara, con otra historia, pero la misma trampa. [música] Se casaron. Lucha tenía 16 o 17 años. Gabriel tenía [música] bastantes más. Era casi un padre, pero ella lo eligió. Y los primeros meses, Lucha creyó que por fin tenía lo que siempre había querido.
Una casa con alguien dentro, una persona [música] que la esperaba. Aprendió a cocinar para Gabriel, qué música quería por las mañanas, cómo le gustaba el café. Lo aprendió todo sola, con las ganas de que aquello funcionara. Y muy pronto Lucha se quedó embarazada. toda la vida que no había tenido se le iba a abrir delante.
Pensó en el nombre, pensó en cómo iba a hacer, pensó que ese niño o esa niña [música] iba a crecer con un padre y una madre que se querían, que no iba a aprender a no hacer ruido, que no iba a aprender a no pedir. Y entonces, una tarde Lucha se cayó por las escaleras. Nadie sabe exactamente qué pasó aquella tarde.
Hay versiones que dicen que Lucha ya entonces tenía un problema con la bebida. Otras [música] dicen que fue un mal paso. Lo que sí sabemos es que rodó las escaleras enteras y que cuando Gabriel llegó esa noche, se la encontró tirada en el suelo. La llevaron al hospital [música] y allí los médicos le dijeron que el bebé no había sobrevivido.
Gabriel, desde aquella noche ya no era el mismo. Empezó a llegar tarde, a no [música] hablar, a mirarla con una cara que Lucha no había visto antes, como si la culpara de algo que ninguno de los dos decía en voz [música] alta. hasta que una mañana hizo las maletas sin avisar, sin discutir, sin levantar [música] la voz.
Lucha estaba en la cocina cuando lo oyó. El ruido de los cajones, el de la maleta arrastrándose por el suelo y luego los pasos en el pasillo. Se quedó quieta con las manos apoyadas en el fregadero sin darse la vuelta y Gabriel pasó por detrás de ella [música] con la maleta, sin decirle nada todavía, y antes de irse se paró en la puerta.
[música] y le dijo algo. ¿Qué le dijo exactamente Gabriel Navarro aquella mañana? Eso te lo [música] cuento en un momento, pero antes hay algo que pasó en Berlín que necesitas saber, porque sin eso la frase de Gabriel no pesa lo que pesa. Lucha volvió a México sola con la maleta y algo que todavía no sabía cómo llamar y tomó una decisión.
Si nadie la quería como mujer, iba a hacerse querer como cantante. Años después [música] consiguió un puesto en el cuarteto Anahuac. una compañía musical que iba a hacer una gira larga por Europa, Berlín, Praga, Viena. Para lucha, [música] aquella gira era el principio de algo grande. Tenía 21 años. Iba a Europa por primera vez.
Berlín en invierno es otra cosa. Y [música] Lucha, que venía de Guadalajara, no tenía ni idea. Te cuento cómo llega. sin abrigo de verdad, [música] sin hablar alemán, en una pensión donde el radiador hacía ruido toda la noche, pero no calentaba nada. Los músicos de la compañía eran siete, mexicanos todos. [música] Y en aquellas habitaciones pequeñas que olían a humedad y a madera vieja, aprendieron muy rápido que la única manera de no volverse locos [música] era estar juntos.
Se iban a las cervecerías por las tardes solo para entrar en calor. Dormían vestidos. Cantaban con el aliento helado, porque si no cantaban no cobraban. Había noches en que Lucha se dormía con los dedos dormidos del frío y al despertar seguían igual. ¿Te imaginas? Una niña de Guadalajara sola en Berlín en pleno invierno. Yo me congelo solo de pensarlo.
[música] Y un día, en mitad de una canción, la voz simplemente no salió. [música] Se quedó en el escenario con la boca abierta y nada. Así estuvo casi un año sin poder cantar, escribiendo cartas a México que tardaban semanas en llegar. Cartas que no sabía si alguien iba a leer, cartas a su madre que casi con certeza no iba a contestar, cartas que escribía igual porque si no las escribía se le iba a olvidar que alguien en el mundo sabía que ella existía.
Sin poder volver porque no tenía para el pasaje, [música] la única cosa que sabía hacer, guardada en una garganta que no funcionaba. Hay un detalle de aquella época que no se olvida. Que lucha en aquella pensión de Berlín aprendió [música] alemán. No para hablar con nadie, solo para entender lo que decían a su alrededor, para no sentirse tan sola en aquel idioma que no entendía.
Lo aprendió sola con un diccionario de bolsillo que encontró en el cuarto y nunca lo usó para más. Ay, lucha. Cuando la voz le volvió, ya no era la misma. rasposa, [música] grave, áspera, como si tuviera arena dentro. Y aquí está lo más raro de toda esta historia. [música] Esa voz rota fue lo que la hizo famosa. La voz limpia de antes hubiera sido una buena voz más.
[música] La rota era única. No había otra así en todo México, aunque durante años se dijo otra cosa, que la voz no se rompió en Berlín sino mucho antes por algo que le pasó cuando tenía 15 años y que nunca contó. Una investigadora que pasó años estudiando [música] su vida lo desmintió.
Pero cuando escuchas la tequilera, hay [música] algo en esa voz que suena a herida demasiado vieja para haber sido solo un invierno alemán. [música] Tú decides. Lo que sí sé es que Lucha volvió a México con esa voz, sola, sin dinero, con la ropa que llevaba cuando salió más una bufanda alemana que alguien le había dejado en la pensión y volvió con algo más, con la certeza de que no había nadie en el mundo esperándola.
No Gabriel, no su madre, no nadie, solo la voz rota y la frase que no se le iba. Y con eso Lucha decidió que si el mundo no la quería, iba a obligarlo [música] a escucharla. Años después, cuando le preguntaban en las entrevistas por aquella época de Berlín, Lucha siempre contestaba lo mismo, que fue lo mejor que le pudo pasar, que perder la voz allí fue lo que le dio la voz de verdad.
Yo creo que lo decía para no tener que explicar lo demás. para no tener que hablar de las cartas, del frío, de los meses que estuvo sola en aquella pensión sin [música] que nadie supiera dónde estaba. Pero antes de contarte cómo conquistó México, te tengo que contar la frase. Durante años se dijo una cosa, [música] que Gabriel se paró en la puerta con la maleta en la mano y le dijo a Lucha que no era apta para ser madre, que se había caído porque había bebido, que era culpa suya y que un hombre como él no podía estar con una
mujer como ella. y se fue. ¿Verdad o no? Esa frase exacta. Lo cierto es que algo le dijo Gabriel ese día que no se le iba a quitar nunca de la cabeza. [música] No era apta. Imagínate escuchar eso con 18 años y creértelo. Porque [música] Lucha, que no había tenido a nadie que le dijera lo contrario desde pequeña, no tuvo con qué combatirla.
No había nadie en este [música] mundo que la mirara y le dijera que ella sí valía, que ella sí era suficiente. A mí esta parte me cuesta mucho porque esa frase la conocemos muchas, dicha de otra manera, en otro momento, con otra cara, [música] pero la misma idea y lo que hace una mujer con eso depende de muchas cosas. Lucha empezó a cargar con la botella en serio [música] para no oírla, para no recordar la cara de Gabriel saliendo por la puerta.
Y lo raro es que funcionaba, que con la botella al lado Lucha podía cantar, podía salir al escenario, podía sonreír, podía ser la tequilera que todo México quería. Sin la botella era solo aquella niña de Guadalajara a la que nadie había esperado nunca. 15 años cargando eso y ya no iba a parar. 1929, Lucha Reyes empieza a cantar como solista y muy pronto lo que canta empieza a sonar en todas las radios de México.
Cantaba lo que cantaban los hombres, rancheras, corridos, sones jalicienses. Y eso era lo nuevo, lo [música] verdaderamente nuevo, porque en el México de 1929 la canción ranchera era Cosa de hombres. Las mujeres cantaban boleros, romanzas, canciones suaves. Lucha rompió eso. Se puso un sombrero charro, se subió al escenario y cantó [música] con la voz rota, con la garganta abierta, con esa fuerza bronca que asustaba a la gente.
[música] La llamaron el estilo bravío y Lucha fue su inventora. La primera mujer en México que se subió a un escenario con un sombrero charro [música] y cantó como si el mundo le perteneciera. Fíjate qué paradoja. La voz que la hizo famosa era la misma voz que le había roto Gabriel.
La herida que le dejó Berlín se convirtió en lo que la [música] hizo única. Eso pasa a veces, que la cosa que más te cuesta se convierte en la única que te salva. Había noches en que Lucha no [música] podía ni bajar del coche de la cantidad de gente que la esperaba fuera del teatro. Los mariachis [música] ya estaban dentro afinando. Los empresarios fumaban nerviosos en la puerta porque faltaban 10 minutos y ella seguía [música] sentada atrás con la botella entre las manos, mirando por la ventana sin hablar con nadie.
El chóer la miraba por el espejo. [música] Esperaba, sabía que cuando lucha estaba lista se levantaba sola. Y entonces, en algún momento que nadie podía predecir, Lucha dejaba la botella en el asiento, se ponía el sombrero charro, [música] abría la puerta y bajaba. Y los que estaban afuera se apartaban. No por miedo, por ese silencio que se hace cuando entra alguien que sabe [música] exactamente quién es.
Lucha cruzaba esa gente sin mirarlos, entraba al teatro y desde el fondo del escenario, sin que hubiera arrancado todavía la música, [música] se escuchaba como el público cambiaba de respiración, porque ya sabían que estaba ahí. Las mujeres en los mercados de Guadalajara tarareaban la tequilera mientras hacían las tortillas.
Los hombres en las cantinas callaban cuando el dueño ponía el disco a las 11 de la noche. Nadie pedía otra copa, nadie hablaba, solo escuchaban. Porque eso es lo que tenía la voz rota de lucha. Sonaba a algo que no se podía fingir. Y mientras tanto llegaron las películas. Hay Jalisco no terrajes junto a Jorge Negrete, Flor silvestre junto a Dolores del Río.
[música] Pero había algo que el público no veía cuando la aplaudía de pie. Lucha cada vez que se subía a un escenario, lo hacía con una botella de tequila al lado del micrófono. Una botella entera. [música] entre canción y canción le daba un trago, a veces dos, a veces tres. Los mariachis que llevaban años tocando con ella lo sabían. Que había noches en que el empresario llamaba al camerino 20 minutos antes y Lucha todavía no se había puesto el sombrero, que estaba sentada con la botella en la mano, mirando el [música] suelo sin hablar y el empresario se iba
y esperaba, porque lucha siempre salía, siempre. Pero las noches después de los [música] conciertos eran otra cosa. Cuando el teatro se vaciaba, Lucha se quedaba sola en el camerino, con el espejo lleno de bombillas, con el olor a maquillaje y a cigarrillo pegado en las paredes. Y la botella, siempre la botella. Llegaba a casa tarde.
Subía por la escalera de caracol con los tacones en la mano. Los perros de la azotea la [música] escuchaban llegar y empezaban a moverse, a menear las colas, a hacer ese ruido suave que hacen los perros cuando reconocen a alguien que quieren. Y Lucha [música] subía hasta ellos. Se sentaba en el suelo con el vestido de escenario todavía puesto y se quedaba ahí [música] un rato rodeada de los 32, sin decir nada, sin cantar, sin hacer nada.
solo estar. Y en su casa pasaban cosas que el público no veía. [música] Y ahí está lo que nunca se veía desde fuera, que la mujer que llenaba los teatros más grandes de México [música] llegaba a casa y se hacía pequeña, que la voz que callaba a los hombres en las cantinas no servía de nada delante de Antonio.
lucha se casó dos veces más después de [música] Gabriel, la primera con Félix Martín Cervantes, un comerciante que la cuidaba, [música] que la esperaba entre bastidores, que le tenía listo el abrigo cuando salía del escenario sudada, que no le pedía nada, que simplemente estaba con Félix. Lucha dormía de verdad, sin la botella en la mesilla, sin escuchar ruidos en el pasillo, sin esperar que algo malo pasara.
Pero Félix se fue joven y Lucha se quedó sola [música] otra vez y volvió a buscar lo que siempre buscaba. La segunda fue Antonio de la Vega Medina. Y aquí está la parte que cuesta de contar, porque de Antonio todos los que la conocían coinciden. La humillaba en público, le quitaba el dinero que ella ganaba, le levantaba la voz y a veces, según contó después una de las pocas amigas que entraba en aquella [música] casa, también le levantaba la mano.
Había noches en que Lucha llegaba a casa después [música] de llenar un teatro y Antonio estaba esperándola en la sala sin decirle nada, solo mirándola. Con esa cara y lucha que acababa de tener a miles de personas de pie [música] aplaudiéndola. Entraba a aquella casa y se hacía pequeña. A veces Antonio le quitaba el dinero antes de que ella pudiera guardarlo, directamente de la bolsa delante de quien estuviera.
Y Lucha no decía nada. Se iba al [música] cuarto, cerraba la puerta, salía al escenario con los ojos enrojecidos que el maquillaje tapaba [música] mal, cantaba la tequilera con la garganta apretada y cuando terminaba y el público la aplaudía de pie, [música] Lucha sonreía con esa sonrisa que tenía, la que no llegaba a los ojos.
Y mira, con lucha era siempre lo mismo. Entraba un hombre prometiendo cariño y tarde o temprano terminaba diciéndole de una manera u otra que no valía nada, como Gabriel, como Antonio y antes [música] de los dos, como su propia madre. Y en mitad de todo eso, [música] Lucha hizo dos cosas que cuentan quién era de verdad por dentro.
La primera fue llenarse la casa de perros, 30 y dos [música] perros, que ya no es tener mascotas, eso ya es abrir una sucursal. Los recogía de la calle. Iba por las noches después de los conciertos en su coche y cuando veía un perro vagabundo, paraba, lo metía dentro y lo subía [música] por la escalera de Caracol hasta la azotea de su casa en la colonia Álamos.
Hay quien recuerda haberla visto esas noches, que Lucha salía del coche con el vestido de escenario todavía puesto, se agachaba en la acera [música] y llamaba al perro con un chasquido suave y que el perro siempre iba, siempre les [música] ponía nombres, los conocía a todos, sabía cuál cojeaba y cuál tenía miedo de los truenos y cuál era el que se quedaba pegado a ella cuando llegaba tarde.
Los vecinos estaban desesperados, los ladridos no paraban, el olor subía, pero claro, luego veían a Lucha bajar otro del coche y ya nadie le decía nada. Eran lo único que tenía en aquella casa que la quería sin condiciones, que cuando llegaba, por muy tarde que fuera, por muy mal que estuviera, se alegraban de verla solo por eso, por estar.
Y la segunda cosa fue adoptar a una niña. Y a [música] la niña, fíjate, le puso su mismo nombre. María de la Luz, como si al darle su nombre le estuviera dando [música] también la infancia que ella no tuvo. Como si dijera, “Tú vas a hacer la versión de mí que sí tuvo a alguien.” [música] La misma niña de Guadalajara sin madre, ahora era una niña de Ciudad de México con una madre.
Lucha le cantaba canciones de cuna, le compraba vestidos, la llevaba a los rodajes, le decía mi hijita y en los días buenos era otra cosa. Era la madre que hubiera querido tener, la que le hacía trenzas por la mañana con un lazo, la que la llevaba al mercado y le dejaba elegir la fruta, [música] la que le cantaba mientras le daba la comida, inventándose las letras sobre lo que veía por la ventana.
María [música] de la Luz en esos días la seguía por toda la casa como si supiera que esos días eran prestados y hubiera que aprovecharlos. Pero había días peores y la niña aprendió muy pronto a leer los signos. Aprendió que cuando la puerta del cuarto de lucha estaba cerrada con el pestillo, no había que llamar. que cuando escuchaba el ruido de la botella en la mesilla [música] había que hacer silencio, que cuando su madre tardaba demasiado en contestar era [música] mejor no preguntar.
Había tardes en que María de la Luz llegaba del colegio, dejaba la mochila en la entrada y antes de hacer [música] nada se quedaba parada en el pasillo escuchando, solo escuchando, para saber cómo estaba su madre antes [música] de entrar. Si no se oía nada, subía despacio. Si había música, respiraba. Si había silencio, iba a la cocina, [música] llenaba un vaso de agua y lo dejaba delante de la puerta del cuarto sin llamar, sin decir nada, y luego se iba a hacer los deberes sola en la mesa de la cocina con los perros de la azotea
aladrando [música] de fondo y Antonio entrando y saliendo sin mirarla. Había noches en que Lucha se acordaba de la niña a mitad de la noche. Se levantaba, iba al cuarto de María de la Luz. La miraba a dormir un momento. La niña dormía con la boca un poco abierta y los brazos extendidos como si estuviera cayendo despacio.
Y Lucha le arropaba los pies que siempre se le salían de la sábana. Esas noches eran las noches buenas y hubo una tarde antes de la tarde de la farmacia en la que Lucha subió a la azotea, [música] una pelea grande con Antonio, un día muy malo, y se quedó allí parada [música] mirando hacia abajo con los 32 perros alrededor.
Nadie sabe qué pasó en ese momento exacto. Solo lo sabe Lucha y los 32 perros que estaban con ella. Lo que sí sabemos es que alguien la encontró allí [música] y la metió en la casa. Y no se habló nunca más de aquella tarde. Aquella vez no pasó, pero [música] Lucha ya sabía. Y lo peor es que todavía faltaba la última noche.
En la segunda semana de mayo de 1944 se fue una señora llamada Francisca [música] Cervantes. La madre de Félix, el primer marido de lucha. Puede sonar raro. Pero Francisca había sido para lucha la madre que nunca tuvo. La llamaba mijita. Le hacía caldo cuando estaba mala. le cosía los vestidos. Era la cosa más parecida a una familia que Lucha tenía en este mundo.
Y cuando Francisca se fue, Lucha se derrumbó. Las dos semanas siguientes se encerró en su cuarto. No salió, no cantó, no comió, apenas pedía que le subieran botellas de tequila. No salía. La niña María de la Luz tenía 11 años y entraba al cuarto de su madre de puntillas a dejarle un vaso de agua y salía sin que su madre se enterara.
Había mañanas en que la niña se quedaba en la puerta del cuarto escuchando respirar a su madre al otro lado, solo para saber que seguía ahí [música] y luego se iba al colegio sola con la mochila y ese peso que tienen los niños que saben demasiado para su edad. Y a finales de mayo, sin avisar, Lucha pareció recuperarse. Salió del cuarto, se duchó, se peinó, [música] bajó a la cocina y le hizo a la niña unos huevos con frijoles como hacía en los días buenos.
le preguntó cómo le había ido en el colegio. Le acarició el [música] pelo. La niña la miraba sin decir nada, sin atreverse a alegrarse del todo, porque ya [música] sabía a sus 11 años que los días buenos podían acabar en cualquier momento. Los que la rodeaban respiraron. Pensaron que había pasado lo [música] peor. No había pasado. Era sábado.

Por la tarde, Lucha llamó a la niña. María de la Luz entró al cuarto de su madre y lo encontró ordenado. Las botellas vacías ya no estaban. [música] La cama estaba hecha, las cortinas abiertas. Su madre estaba sentada en una silla [música] peinándose el pelo despacio delante del espejo. Llevaba una bata.
tenía el pelo [música] suelto, largo, y lo peinaba con calma, sin apurarse, como alguien que tiene mucho tiempo por delante o como alguien que sabe exactamente cuánto le queda. Le dijo a la niña con la voz suave que si le hacía el favor de bajar un momento a la farmacia, que le dolía mucho la cabeza, que necesitaba unas medicinas [música] para dormir bien. La niña dijo que sí.
Lucha le dio las monedas, le dio el nombre de las medicinas escrito en un papelito, le dijo que volviera rápido. La niña salió a la calle y aquí está [música] el detalle que no se olvida. María de la Luz, con sus 11 años caminó por las calles arboladas de la colonia Álamos [música] hasta la farmacia más cercana.
Era una tarde caliente de junio. El sol todavía estaba alto. Los vecinos regaban las plantas. Pasaron por su lado un par de niños jugando. Un señor sacaba a pasear a su perro. Una señora tendía ropa en el balcón. La niña no sospechó nada. No tenía por qué sospechar. [música] Llegó a la farmacia, pidió las medicinas que decía el papel.
El farmacéutico se las dio sin preguntar, las metió en un sobre pequeño de papel marrón. La niña pagó, salió y volvió a casa. Subió al cuarto de su madre. Lucha seguía delante del espejo, pero ya no se estaba peinando. Tenía la botella de tequila al lado en la mesilla. La niña le dio el sobre y entonces Lucha se levantó, cogió a la niña por los hombros, la miró a los ojos y la besó en la frente.
La niña olía a sol y a polvo de la calle. Olía a niña que ha estado jugando fuera y Lucha la tuvo un momento entre las manos. [música] Sintiendo ese calor. Le dijo que se fuera a jugar con sus amigas. que no volviera hasta la noche, que la quería mucho. La niña salió del cuarto, bajó las escaleras, salió a la calle [música] y se fue corriendo a buscar a sus amigas con el sobre en la mano y la tarde entera por delante.
Y Lucha cerró la puerta con llave. Con llave. Desde el otro lado no se oía nada. Lo que pasó en aquella habitación las siguientes horas no lo sabe nadie. Solo lo sabe Lucha y la botella de tequila que tenía al lado. Lo que sí sabemos es que abrió el sobre. que tomó muchas medicinas, mucho más de lo que nadie tomaría para dormir y que las acompañó con el tequila.
Y se acostó y se durmió. La niña había bajado a jugar. Las horas pasaron, el sol bajó, se hizo de noche y entonces [música] empezó a preocuparse. Subió a casa, llamó a la puerta del cuarto de su madre. [música] Nadie contestó. Llamó otra vez nada. Pegó la oreja a la madera. No oía nada. ni respiración ni movimiento.
Salió corriendo a la calle, fue a casa de unos tíos, les contó lo que pasaba llorando. Los tíos vinieron corriendo, forzaron la cerradura y la [música] encontraron. Lucha estaba en la cama sin conciencia, con el frasco vacío y la botella al lado. [música] La llevaron al hospital. Llegó con vida apenas. [música] Los médicos trabajaron con ella toda la noche.
A las 2:20 de la madrugada [música] del 25 de junio de 1944, Lucha Reyes se fue. Tenía 38 años. Su funeral fue uno de los más impresionantes del cine de oro mexicano. Miles de personas, Jorge Negrete, Cantinflas, Agustín Lara, Dolores del Río, [música] gente que la había conocido, gente que la había visto de lejos, gente que solo la conocía por la voz de la radio.
El mariachi y Vargas cantó al pie de su tumba. Cantaron la tequilera. Cantaron por un amor las canciones que Lucha había hecho suyas, ahora sin ella y las señoras que estaban allí. Las que la habían escuchado en las cocinas y en los mercados lloraban sin saber muy bien por qué, no porque la conocieran, sino porque algo en aquella [música] voz les había dicho siempre algo que ellas mismas no se habían atrevido a decirse, que se podía estar rota por dentro y seguir cantando, que se podía cargar todo aquello y aún así llenar un teatro, que no hacía falta que
nadie te viera para existir. [música] Eso es lo que les decía la voz de lucha y ellas lo sabían sin poder explicarlo. Y ahora esa voz ya no estaba. [música] Y la niña María de la Luz estaba allí con 11 años, sin entender del todo qué había pasado, sin entender por qué su madre le había dicho que se fuera a jugar, [música] sin entender por qué la había besado en la frente aquella tarde.
Y yo siempre pienso esto [música] cuando llego aquí, que aquella niña seguramente creyó toda su vida que había hecho algo malo, cuando en realidad solo había obedecido a su madre. [música] De María de la Luz no se sabe casi nada más. Cuando Lucha se fue, la niña desapareció del relato. Se la llevaron unos familiares y nadie supo nunca más qué fue de ella.
Lucha Reyes pasó toda su vida cargando frases que le habían dicho otros. la de su madre, que nunca la quiso, la de su padre, que nunca apareció, la de [música] Gabriel, la de Antonio, y cargó también con algo que nadie le dijo en palabras, pero que sintió desde pequeña, que no merecía que nadie se quedara, que tarde o temprano todo el mundo se iba y que lo mejor era no pedir, no esperar, no necesitar.
Por eso los perros, por eso la niña con su mismo nombre, por eso las noches en la azotea rodeada de los 32, toda una vida buscando lo mismo. Que alguien se quedara, que alguien le dijera que sí era suficiente, que la frase de Gabriel no era verdad. [música] Nadie se lo dijo. Toda una vida cargando frases ajenas.
Y al final lo único que se le ocurrió fue mandar a una niña de 11 años a la farmacia porque ya no podía más. ¿Y [música] tú, qué frase llevas tú cargando? ¿Qué cosa te dijo alguien hace años que todavía no se te ha quitado del todo de la cabeza? Cuéntamelo ahí abajo. Porque a veces las canciones que más nos gustan son las que cantó alguien que ya no podía más.
Y nosotros [música] del otro lado de la radio tarareábamos sin entender, porque yo tengo la sensación de que muchos la conocimos igual, sin saber muy bien quién era, [música] desde la radio de alguien, desde una cocina cualquiera de México o de América Latina, [música] mientras una madre, una abuela, una tía tarareaba la tequilera sin imaginar lo que esa voz rota estaba escondiendo por dentro.
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