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Pedro Infante entró a la talabartería moribunda de Guamúchil en 1952 —y vio la montura en el estante

esa noche no durmió bien y a la mañana siguiente, cuando llegó al taller antes del amanecer y encendió el farol  y puso las herramientas en orden, se dio cuenta de que lo estaba haciendo de memoria, sin pensar como quien reza una oración que ya no siente, pero sigue diciendo porque es lo único que sabe hacer. Fue entonces cuando empezó a descolgar los arneses de las paredes,  uno por uno, los doblaba con cuidado y los colocaba en una caja de madera.

los había hecho para hombres que ya eran viejos o ya eran muertos. Este arnés para el rancho Los Álamos en cargo de don Refugio Mendoza, que murió en el 47. Este pectoral para la hija de los Valenzuela, regalo de boda que ella usó en la cabalgata de su primer aniversario. Este cabestrillo pequeño  de potro que nunca fue reclamado porque el chico que lo encargó se fue al norte y no volvió.

Cada pieza era un pedazo de alguien. las ponía en la caja y la caja no entendía eso  y esa era la parte más difícil, que el trabajo podía ser tan cuidadoso y el mundo podía ser tan descuidado con él. Afuera, en la carretera que bordeaba el pueblo, una motocicleta se detuvo con un quejido del motor.

El hombre que bajó era grande de hombros, se quitó los guantes y los metió al bolsillo de la chamarra. miró hacia la calle principal con esa manera que tiene la gente cuando llega a un lugar que conoce pero que no ha visto en mucho tiempo. Dejó la moto en la orilla y cruzó la calle despacio con las manos en los bolsillos mirando los letreros.

Pedro Infante conocía a Huamuchil. Había nacido en Mazatlán, pero se había criado aquí, en estas calles, en estas  esquinas. Conocía el olor del polvo cuando no ha llovido en semanas, el sonido de las campanas de la iglesia que siempre llegaban con un segundo de retraso según desde donde uno las escuchara. Había vuelto pocas veces desde que la vida lo llevó a México y cada vez que volvía encontraba algo distinto y algo igual, como pasa siempre con los lugares de la infancia.

No había planeado parar en Guamuchil, pero los caminos de la infancia tienen esa manera de jalar sin avisar.  Y la moto, que conocía las carreteras del norte mejor que cualquier mapa, lo había traído hasta aquí sin que él tomara ninguna decisión consciente. Así pasan esas cosas. El motor se enfría cuando tiene que enfriarse.

El camino termina donde tiene que terminar. Vio el letrero de Colorado desde el otro lado de la calle. Taller de talabartería A. Campos. Y algo en él reconoció ese letrero antes de que la memoria lo ayudara a ubicarlo.  Algo que tiene que ver con los oficios y con las manos. que Pedro Infante entendía desde adentro, porque él también había sido carpintero antes de ser cualquier otra cosa.

Había trabajado madera con sus propias manos.  Había sentido la diferencia entre una pieza hecha con cuidado y una pieza hecha con prisa, y esa diferencia no se olvida nunca. Cruzó la calle, empujó la puerta. La campana sonó. Don Aurelio levantó la vista desde la caja esperando al vendedor de catálogos otra vez o a nadie, porque nadie era lo que había llegado en los últimos 9 días.

Vio a un hombre alto en el vano de la puerta con la luz de la mañana detrás. Tardó un momento en enfocar bien. Cuando enfocó, no dijo nada. Los hombres de la generación de don Aurelio no hacían aspavientos, pero sus manos dejaron de moverse sobre el arnés que sostenían y eso decía suficiente. Pedro se quitó la chamarra y la colgó en el gancho junto a la puerta como si conociera el lugar.

Recorrió el taller despacio, se detuvo en cada burro de montura, en cada pieza colgada. Pasó el pulgar por el labrado de una silla que estaba en el primer burro. sintiendo el relieve de las flores, conocía ese trabajo, no el trabajo específico, sino la clase de trabajo, el trabajo que toma tiempo, porque el tiempo es parte de lo que se le da al material.

El trabajo que no puede hacerse deprisa sin que se note. ¿Todavía toma encargos? preguntó Pedro sin voltearse. Don Aurelio tardó un momento. Depende de quién pregunte, dijo. Pedro se volvió y en la luz del farol don Aurelio vio la cara que medio México veía en la pantalla del cine los sábados por la noche. No hizo comentario. Pedro tampoco.

Los dos hombres se miraron con esa brevedad que se da entre personas que entienden que hay cosas más importantes que los nombres. Pedro siguió recorriendo el taller. Revisó la costura de un arnés con sus dedos de carpintero, buscando la tensión de cada punto. Levantó una correa de estribo y la dobló para revisar el grosor.

Miró la caja de madera a medio llenar, los arneses doblados con cuidado, el trabajo de décadas envuelto en silencio. “Las máquinas no hacen esto”, dijo Pedro en voz baja. No era pregunta. No, dijo don Aurelio, “pero son más baratas y eso es todo lo que importa ahora.” Pedro negó levemente con la cabeza. Lo que importa siempre cambia, dijo.

Solo que a veces tarda en volver. Don Aurelio no respondió. Había escuchado cosas parecidas antes de gente bien intencionada que luego seguía su camino. Volvió a doblar el arnés que tenía en las  manos y lo colocó en la caja. Pedro siguió caminando por el taller. Al fondo, sobre un estante alto que quedaba fuera del alcance de la luz del farol, había algo cubierto con una funda de manta, viejo, separado de las demás piezas, puesto aparte con esa manera en que se ponen las cosas que uno no puede vender y no puede tirar. Pedro

lo vio y se detuvo. Esa de allá arriba preguntó. Don Aurelio levantó la vista. La voz le cambió apenas. Algo tan sutil que solo alguien que estuviera mirando de cerca lo habría notado. Esa no está en venta. Dijo. Bájela tantito. Don Aurelio no se movió por un momento. Luego, despacio, subió al escalón de madera y bajó la pieza del estante.

Quitó la funda de manta con cuidado, con las manos que conocen el peso de  las cosas que tienen historia. Era una silla de montar, cuero oscuro, trabajado a mano con una flor distinta a las demás del taller, no la flor convencional del labrado sinaloense. Era una flor más abierta, más libre en su diseño, con hojas que se enroscaban de una manera particular,  casi como si el talabartero que la había tallado hubiera estado inventando algo mientras trabajaba, buscando una forma que no existía todavía. El asiento

estaba desgastado en el centro, pálido donde miles de horas de montar habían  pulido el cuero hasta dejarlo suave como tela. Clavada al fuste trasero había una pequeña plaquita de latón, opaca por los años, pero todavía legible. Pedro se inclinó y leyó el nombre. Se quedó quieto. Un, dos, tres segundos más.

El nombre en la plaquita pertenecía a un hombre con cara de piedra y voz de trueno, con esa manera de pararse que hacía que la gente se callara sola antes de que él abriera la boca. Un hombre que había montado a caballo en las películas con una autoridad que no era postura sino convicción. Un hombre que era en ese momento el charro más famoso de México, el que cantaba rancheras como si cada canción fuera una declaración de guerra contra la mediocridad.

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