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Llamaron Loco por Construir su Granero SOBRE la Cabaña Hasta que el Ganado Calentó a su Familia 20°C

Llamaron Loco por Construir su Granero SOBRE la Cabaña Hasta que el Ganado Calentó a su Familia 20°C

En la madrugada del 18 de enero de 1887, cuando el termómetro marcaba 42 gr bajo cer y el viento aullaba como alma en pena sobre las llanuras de Wyoming, tres familias caminaban en fila india a través de la nieve que les llegaba hasta las rodillas. Sus labios estaban azules, sus dedos rígidos dentro de las mantas mojadas.

Delante de ellos, brillando como un faro en medio de la tormenta, una columna de humo delgado subía desde una cabaña extraña, una cabaña que parecía tener dos pisos cuando todas las demás apenas tenían uno. William McCallister, el ganadero más rico del condado del Arami, llevaba a su esposa en brazos porque ella no podía caminar. Charles Ditrich, el carpintero alemán que había construido las casas de medio valle, arrastraba a sus tres hijos pequeños atados con una cuerda para no perderlos en la oscuridad blanca.

Y Martha Cningham, la matrona religiosa que siempre citaba la Biblia en las reuniones del domingo, lloraba en silencio porque su orgullo le pesaba [música] más que el frío que estaba matándola. Los tres habían llamado loco a Mateo Sandoval. Los tres se habían burlado de él durante 18 meses. Y ahora, mientras sus propias casas se convertían en tumbas heladas, caminaban hacia la puerta del hombre al que habían despreciado.

Pero para entender cómo llegamos aquí, debemos regresar al principio. Debemos regresar a la primavera de 1885, cuando un viudo de 43 años llegó al valle con dos vacas flacas, una carreta destartalada y un corazón partido en pedazos. Mateo Sandoval no era como los demás colonos que llegaban a Wyoming con sueños de oro o tierra infinita.

Mateo venía huyendo del dolor. Había perdido a su esposa Rosa durante el parto de su cuarto hijo en Taos, Nuevo México. El niño tampoco sobrevivió. En 6 meses, Mateo enterró a la mujer que había amado durante 20 años y al hijo que nunca conoció. Sus tres hijas, Elena, de 14 años, Carmela de 11 y la pequeña Lucía de siete, lo miraban con ojos vacíos, esperando que su padre decidiera si la familia seguiría adelante o se rendiría a la tristeza.

Mateo decidió seguir adelante. Vendió todo lo que tenían en Nuevo México, reunió $7 con30 y compró un pedazo de tierra en el valle del río Laramie. Era tierra barata porque estaba lejos del pueblo, lejos del tren, lejos de todo, pero tenía agua limpia y pasto abundante. Para un hombre que había perdido todo menos a sus hijas, era suficiente.

Cuando llegó al valle en abril de 1885, los vecinos lo recibieron con una mezcla de curiosidad y lástima. Un mexicano viudo con tres niñas en territorio donde los inviernos mataban hombres fuertes. William McCallister, dueño de 200 cabezas de ganado y una casa de dos pisos con ventanas de vidrio real, le dijo en tono paternalista, “Sandoval, este no es lugar para ustedes. El invierno aquí no perdona.

Si no tienes dinero para construir bien, mejor regresa al sur antes de que la nieve llegue. Charles Dietrick, el carpintero alemán que cobraba por día de trabajo, se ofreció a construirle una cabaña estándar por $60. Vigas de pino, techo de tablones, chimenea de piedra. Es lo que todos tienen, es lo que funciona, le explicó con la autoridad del experto.

Pero $60 era casi todo el dinero que Mateo tenía. Si gastaba eso en la casa, no le quedaría nada para semillas, herramientas o comida para el invierno. Martha Cningham, la mujer que organizaba los servicios religiosos cada domingo en su casa, visitó a Mateo con una canasta de pan y una sonrisa condescendiente. “Pobre hombre”, le dijo a las otras mujeres después.

“Vino aquí sin esposa, sin dinero, sin idea de lo que le espera. Le di una Biblia y le dije que rezara. Es todo lo que puede hacer.” Pero Mateo Sandoval no había venido a Wyoming para pedir lástima. Había venido a sobrevivir y tenía un secreto que ninguno de sus vecinos conocía. Un recuerdo de su abuelo, Esteban Sandoval, que había crecido en las montañas de Chihuahua durante los inviernos más crudos del siglo XVIII.

Su abuelo le había contado historias de cómo los pastores serranos sobrevivían el frío mortal sin madera abundante para quemar. le había enseñado un principio simple que la naturaleza siempre respeta. El calor sube. Una noche de mayo, sentado junto al fuego con sus tres hijas, Mateo dibujó su plan en la tierra con un palo.

“Vamos a construir diferente”, les dijo. “Vamos a construir la casa abajo y el granero arriba. Las vacas van a vivir encima de nosotros. Su calor va a caer sobre nuestro techo y mantenernos tibios todo el invierno. Elena, la mayor, frunció el ceño. Papá, los vecinos ya nos miran raro.

Si construyes eso, van a pensar que estás loco. Mateo sonrió tristemente. Hija, cuando tu madre murió, aprendí que la opinión de los demás no te salva la vida. La sabiduría sí. Tu bisabuelo Esteban sobrevivió 40 inviernos con este principio. Nosotros vamos a sobrevivir también. Al día siguiente, Mateo fue al almacén del pueblo y compró exactamente lo que necesitaba: madera para vigas, tablas para el piso del granero, clavos, brea para impermeabilizar y una pequeña estufa de hierro que costó $3.

En total gastó $2350. Charles Drick, que estaba en el almacén comprando herramientas, lo vio salir con su carga modesta y negó con la cabeza. Ese hombre no va a durar un invierno le dijo al tendero. Las semanas pasaron y Mateo comenzó su construcción. Cabó los cimientos para una cabaña pequeña de 6 m por 8 m. levantó paredes de troncos hasta 2 m de altura, pero en lugar de poner un techo convencional, construyó un piso grueso de tablones de pino, sellado con brea y cubierto con paja prensada.

Ese piso iba a ser el techo de su casa y el piso del granero. Luego levantó paredes para el granero encima con ventanas pequeñas para ventilación y una rampa lateral para subir al ganado. William McCallister pasó a caballo un día de junio y se detuvo a mirar la construcción. Sandoval, ¿qué diablos estás haciendo?”, le gritó desde su montura.

Mateo, con el torso desnudo y cubierto de sudor, dejó el martillo y se limpió la frente. “Estoy construyendo refugio para mi familia, señor McAlister.” Eso no es refugio, es una locura. Vas a poner vacas encima de donde duermen tus hijas. El estiercol, el olor, el peso. Esa estructura va a colapsar en la primera nevada fuerte y si no colapsa, el olor los va a enfermar. Mateo lo miró fijamente.

Señor McAlister, con respeto, mi abuelo crió seis hijos con este método. El calor de los animales es gratis, nunca se acaba. Y si construyo bien el piso, nada va a caer. Mi familia va a estar tibia cuando la suya esté gastando toda su leña. McAlister rió con desdén. Sandoval, yo tengo una estufa Franklin que costó $40.

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