Una caída del precio del tabaco los arruina. El banco les confisca la tierra. La pequeña Ava, demasiado chica para entender, ve a sus padres cargar el carro con todas las pertenencias y mudarse a una finca alquilada donde su padre pasaría a ser un simple peón. Esa pérdida, ese trauma silencioso de pasar de propietarios a peones, va a perseguir a la familia Gardner durante toda su vida y va a hacer de Ava desde muy pequeña, una niña obsesionada con el dinero, no por avaricia, por terror.
El terror de volver a perder todo. Hay un detalle que muy pocas biografías cuentan, pero que es crucial para entender lo que le pasó después. Cuando Aba tenía 5 años, en 1927, su madre Molly empezó a alquilar habitaciones de su casa a inquilinos para complementar los ingresos. Una de esas inquilinas, una maestra del pueblo, vivió con la familia durante 2 años.
Mali, cansada del campo, cansada del marido callado, cansada de la pobreza, encontró en esa maestra una compañía que no tenía con su esposo. La pequeña Aba observaba todo en silencio. Veía a su madre reír con esa mujer de una manera que nunca reía con su padre. veía a su madre arreglarse el cabello cuando esa mujer volvía del trabajo.
Veía a su padre por las noches sentado solo en el porche fumando. Décadas después, en una entrevista privada con su biógrafo Peter Evans, en 1988, Aba confesaría algo desgarrador sobre esa época. Diría, “Yo aprendí a los 6 años que los hombres y las mujeres no se quieren igual. Mi madre quería mi padre por obligación y mi padre la quería sin saber cómo.
Y eso, esa forma rota de querer que me rodeó, fue todo lo que aprendí del amor durante los primeros 16 años de mi vida. Esa confesión explica mucho. Explica por qué Aba durante toda su vida adulta nunca pudo amar a un hombre con tranquilidad. explica por qué siempre buscó hombres complicados, brillantes, autodestructivos. Explica por qué cuando Frank Sinatra apareció finalmente en su vida, ella reconoció en él instantáneamente la misma combinación de fuerza pública y vulnerabilidad privada que había visto en su padre. Pero todo eso es años
después. En 1927 en Grabtown, Ava es solo una niña de 5 años con un acento sureño marcado, una belleza que ya empieza a llamar la atención de los vecinos y un terror constante a la pobreza. En 1938, cuando Aba tiene 15 años, su padre Jonás muere, tiene 59 años. Una bronquitis crónica, complicada por años de trabajo en el campo y de fumar tabaco sin parar, lo termina llevando.
Aba no llora durante el funeral. Una de sus hermanas, mucho después lo recordaría así. Aba miró el ataúd como si estuviera mirando a un desconocido. Pero esa noche, cuando todos dormíamos, escuché que lloraba en su habitación durante horas sin parar. Esa muerte a los 15 años dejó a la familia Gardner sin proveedor. Mali, ya mayor, ya cansada, decidió mudarse a Newport News, en Virginia, donde vivía una de sus hijas mayores casada con un trabajador de astilleros.
Aba se mudó con ella. Empezó a trabajar a tiempo parcial en una secretaría comercial mientras estudiaba taquigrafía. soñaba con ser secretaria, una vida modesta, segura, lejos de la pobreza del campo. Y entonces, en 1940, en una visita a Nueva York para ver a su otra hermana mayor, Bappy, ocurrió el accidente que cambió todo.
Bappy estaba casada con un fotógrafo profesional llamado Larry Tar. Larry, divertido por la belleza de su cuñada de 17 años, le pidió a Ava posar para algunas fotos en su estudio de Manhattan. Solo por diversión, solo para tener fotos familiares bonitas. Eva aceptó. Posó durante una tarde entera, salieron varias docenas de fotos.
Larry, encantado con el resultado, colgó una de esas fotos en la vitrina de su estudio en la Quinta Avenida. Una foto en la que Ava, con un sombrero de paja blanco, sonríe con una timidez que las cámaras profesionales raramente capturan en mujeres tan jóvenes. La foto estuvo en la vitrina durante 5co días.
Al sexto día, un hombre llamado Barney Duhan, un cazador de talentos de la Metro Goldwin Mayor en Nueva York, pasaba caminando por la Quinta avenida. Vio la foto, se paró delante de la vitrina, la miró durante varios minutos y entró al estudio. Le preguntó a Larry quién era esa muchacha. Larry le explicó que era su cuñada, una jovencita de Carolina del Norte de visita en Nueva York.
Duhan le pidió el teléfono inmediatamente. Le dijo que MGM quería hacerle una prueba. Esa noche, en el departamento de su hermana, Eva recibió una llamada. Un hombre de MGM le pedía hacer una prueba de cámara. Al día siguiente, Eva, asustada, le preguntó cuánto le iban a pagar. El hombre le dijo que las pruebas eran gratuitas.
Ava, decepcionada, casi colgó. le dijo que ella necesitaba ganar dinero, no perderlo. El hombre le explicó divertido que si la prueba salía bien, podía firmar un contrato millonario. Al día siguiente, Ava Lavinia Gardner, 17 años, hizo su primera prueba de cámara en los estudios de MGM en Manhattan. La filmaron muda, sin diálogo, caminando, sentándose, levantándose.
La filmaron porque MGM ya sabía que su acento sureño era impresentable, pero no necesitaban una actriz que hablara, necesitaban una imagen. Y la imagen que MGM vio en esa prueba fue, según el testimonio del director del casting, la cosa más extraordinaria desde Hey Lamar. Tres semanas después, en agosto de 1941, Eba firmaba un contrato de 7 años con MGM. Le pagaban $50 a la semana.
Una fortuna para una niña de Carolina del Norte. La mandaron a Hollywood en un tren de 4 días. Su madre, Molly, la acompañó. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Su primer día en los estudios de MGM en Culver City, California, le tocó visitar el set de la película Babes on Broadway.
era un musical en rodaje. Eva, asustada, casi sin hablar inglés con un acento decente, fue acompañada por una asistente. En el set le presentaron al protagonista de la película, un actor pequeño, hiperactivo, vestido de manera estrafalaria, porque estaba interpretando una escena en la que se disfrazaba de la cantante brasileña Carmen Miranda.
Llevaba un sostén de lentejuelas, una falda con frutas. un turbante de plátanos. Aba, asombrada, no podía dejar de mirarlo. Ese hombre vestido de mujer con tacos altos y maquillaje era la estrella número uno de MGM en 1941. Se llamaba Mickey Rooney. Tenía 20 años, medía 1,57. Era hijo de cómicos de Vodeville. Había empezado a trabajar en el cine a los 6 años.
Era ya en 1941 una megaestrella mundial y cuando Mickey Rooney se sacó el turbante de plátanos y vio a Eva Gardner parada al borde del set, se quedó paralizado durante 10 segundos. Esa misma tarde, Mickey Rooney le pidió a Aba que cenara con él. Ava, intimidada, le dijo que no. Mickey insistió.

Le mandó flores al hotel donde se alojaba con su madre. le mandó una caja de chocolates. Al día siguiente le mandó un poema escrito a mano, la invitó a un night club. Aba finalmente aceptó. Y a partir de esa primera escena, Mickey Rooney le pidió matrimonio. Cada noche, durante 4 meses, Aba cada noche le decía que no, que era demasiado joven, que no lo amaba, que era ridículo.
Mickey, sin desanimarse, volvía a pedirle al día siguiente y al siguiente y al siguiente la presión empezó a desgastarla. Mickey era encantador, divertido, atento. Le contaba historias del Hollywood de los años 30, le presentaba a sus amigos famosos, le abría las puertas, le decía con esa intensidad nerviosa que lo caracterizaba, que sin ella iba a morirse.
Hay un detalle que Eva confesaría décadas después y que explica mucho sobre su decisión. decía, “Yo me crié en una iglesia baptista de Carolina del Norte. Me enseñaron desde los 6 años que una mujer decente no se acuesta con un hombre antes del matrimonio.” Y Mickey cada noche intentaba conmigo lo que todos los hombres intentan.
Y yo cada noche le decía que no, hasta que entendí que la única forma de hacerme respetar era casarme con él. Esa frase dicha a los 65 años en una entrevista privada dice todo. Eva Gardner no se casó con Mickey Rooney por amor. Se casó con él para no romper la única regla moral que le habían enseñado en la infancia, para no perder lo único que sentía que era totalmente suyo.
Y Ava Gardner, una niña de 19 años criada en una choa de tabaco, sin haber besado nunca a un hombre antes en su vida. sin saber qué era el amor. Una noche simplemente dijo que sí por agotamiento, por curiosidad, por la convicción de que esa era la forma normal en que los hombres y las mujeres se encontraban. Se casaron el 10 de enero de 1942 en una pequeña ceremonia en Ballard, California.
Eva tenía 19 años, Mickey 21. La luna de miel duró dos semanas y fue, según Aba confesaría décadas después el principio del peor desencanto amoroso de mi vida adulta. Mickey Rooney era un mujeriego compulsivo. Esa misma luna de miel, Aba lo descubrió varias veces saliendo a horas extrañas del hotel. La noche del séptimo día lo siguió.
Lo vio entrar en una habitación que no era la de ellos. Cuando regresó a la mañana siguiente, ella le preguntó dónde había estado. Mickey, sin mostrar la menor culpa, le dijo, “Aba, no te pongas pesada, soy hombre.” Esas tres palabras, “Soy hombre, las usaba Mickey Rooney para justificar todo. Las amantes, las apuestas, las salidas hasta las 5 de la mañana, las llamadas misteriosas.
” Esa frase iba a ser la que finalmente rompiera el matrimonio. Pero antes del divorcio, Aba aprendió algo terrible. La madre de Mickey, Nell, una vieja del Veville, que conocía a su hijo mejor que nadie, llamó a Aba en privado durante esos primeros meses de matrimonio. Le dijo con una franqueza que Aba nunca olvidaría.
Querida, mi hijo pasa por las mujeres como un cuchillo caliente, atraviesa la mantequilla. No te enamores de él, vas a sufrir. Esa advertencia hecha por la propia madre del marido debió haber sido suficiente. Pero Aba era demasiado orgullosa, demasiado joven, demasiado romántica todavía para aceptarla. Hay otro episodio que Aba contó muchas veces en sus memorias.
Una noche de 1942, Mickey llegó a casa a las 5 de la mañana. Estaba borracho. Tenía el lápiz labial en el cuello de la camisa. Aba lo enfrentó. Mickey, sin negar nada, le dijo, “Aba, vos sos hermosa, pero hay otras mujeres en el mundo. ¿Qué quieres que haga? ¿Que viva como un monje?” Aba destrozada, se fue al cuarto de invitados.
Esa noche, según ella misma escribió en sus memorias publicadas póstumamente, lloró tanto que las almohadas estaban empapadas a la mañana siguiente, pero no se fue, todavía. No, tenía 20 años. No tenía dinero propio. MGM le pagaba un sueldo modesto y volver a Carolina del Norte como una mujer divorciada era inconcebible para ella. El matrimonio duró exactamente 16 meses.
Se separaron en mayo de 1943. El día que se firmó el divorcio, el 21 de mayo fue también el día que la madre de Aba Molly murió en Newport News. Cáncer del útero. La había tenido callada durante meses para no preocupar a su hija recién casada. Esa mañana Aba recibió dos llamadas casi simultáneas. La primera del abogado anunciándole que el divorcio estaba firmado.
La segunda de su hermana Bappy anunciándole que su madre había fallecido durante la noche. Eva tenía 20 años. Acababa de divorciarse. Acababa de perder a su madre. vivía sola en una habitación pequeña en Hollywood y MGM no le había dado ni un solo papel principal en dos años. Esa fue, según ella misma diría más tarde, la peor temporada de su vida.
La cosa que la mantuvo viva durante esos meses fue el alcohol. Empezó a beber whisky, burbon, champaña en cantidades que sus amigos consideraban alarmantes. Era la única forma que había encontrado a los 20 años de no quedarse despierta de noche pensando en su madre muerta y en su matrimonio fracasado.
Y entonces, una noche de 1944, en el restaurante Mocambo del Sunset Strip, conoció al hombre que iba a romperla por dentro. Esta vez no de manera mediocre como Mickey Rooney, de manera intelectual, sistemática, casi metódica. Se llamaba Ardy Shaw. Tenía 34 años. Era el director de orquesta de jazz más famoso del país.
Acababa de divorciarse también de su cuarta esposa, la actriz Berry Kern. Era alto, delgado, con el cabello negro y los ojos pequeños y brillantes. Tenía una conversación fascinante. Hablaba de filosofía, de literatura, de música, de psicoanálisis. Y cuando Eva Gardner entró en su mesa esa noche, presentada por una amiga común, Ardy Shaw, le hizo una serie de preguntas que ella no entendió bien.
Le preguntó qué libros había leído últimamente. Aba le respondió que había leído lo que el viento se llevó. Y sonrió, no de manera burlona, pero con esa sonrisa de profesor que sabe demasiado. Le dijo, “Tienes que leer más. Una mujer tan bella merece tener una mente igualmente bella. Esa frase dicha en 1944 a una niña de Carolina del Norte sin estudios universitarios, sin biblioteca, sin acceso a libros durante toda su infancia, fue tomada por AVA como un gran cumplido, como una invitación al mundo intelectual que ella siempre había
sospechado existir, pero al que nunca había sido invitada. Tres meses después se casaron. La boda se celebró el 17 de octubre de 1945 en la mansión de Beverly Hills de Ardy Shaw. Era el quinto matrimonio de él, el segundo de ella. Pero Avanía algo crucial sobre Art Shaw cuando se casó. No sabía que el hombre que la había impresionado con su intelecto era en realidad lo que los psicólogos llamarían más tarde un narcisista intelectual, es decir, un hombre que usaba su cultura para humillar sistemáticamente a quienes
lo rodeaban. Durante el primer año de matrimonio, Arty ley impuso un programa educativo casi militar. Le hizo leer por quién doblan las campanas de Hemingway. Le hizo leer El Grand Gatsby de Fitzgerald, le hizo leer libros de filosofía existencialista francesa, le hizo tomar lecciones particulares de ajedrez con un gran maestro ruso.
Le hizo ir a ver a su psicoanalista personal dos veces por semana. En las cenas con sus amigos intelectuales de Beverly Hills, la sometía a interrogatorios delante de los invitados. Le preguntaba si había entendido cierto pasaje de cierto libro. Aba intimidada. A veces decía que sí, a veces decía que no.
Cuando decía que no, Arti le explicaba el pasaje en términos cada vez más complejos hasta que ella humillada se quedaba callada el resto de la cena. Hay un episodio que Aba contó muchos años después y que resume todo el matrimonio. Una noche, en una cena en casa de los Shaw, había varios escritores famosos, incluyendo a Ernest Hemingway.
Aba llevaba un vestido azul, estaba bebiendo champagn. Ardy de pronto le preguntó delante de todos los invitados, “Querida, ¿podrías explicarle a Ernest qué piensas tú de la teoría freudiana del yo y el ello?” Aba, asustada no supo qué responder. Hemingway, sintiendo la incomodidad intervino. Le dijo, “Aba, lo único que un escritor necesita saber del yo y el ello es lo que tú haces ya, ser tú misma. No le hagas caso, Ardy.
Es un cretino con palabras grandes. Toda la mesa se rió. Ardy se puso furioso. Esa noche, cuando los invitados se fueron, Ardy le hizo una escena de celos delante de la sirvienta. Le dijo a Aba que se había puesto en ridículo con su ignorancia, que había avergonzado a la familia, que necesitaba estudiar más antes de aparecer otra vez en sus cenas.
Aba esa noche lloró durante horas y al día siguiente hizo una cosa que iba a ser el gran secreto de su vida durante décadas. Se hizo una prueba de coeficiente intelectual. Esperaba que el resultado le confirmara lo que le decía, que era estúpida. El resultado, devuelto unas semanas después por una clínica de psicología de Beverly Hills, dio una cifra que Ava llevó como un tesoro toda su vida.
Su coeficiente intelectual era de 140 genio, en el percentil superior del 0,1% de la población mundial. Cuando Aba le mostró el resultado a Artando finalmente algún tipo de respeto, Artie miró el papel durante 10 segundos, luego se lo devolvió y dijo con una voz fría, “Las pruebas de coeficiente intelectual no significan nada.
Lo que importa es la cultura adquirida y tú no tienes ninguna. Esa frase rompió algo en Ava Gardner, no esa noche, pero rompió algo, una pequeña fisura en algún lugar interior que iba a crecer durante los meses siguientes hasta volverse imposible de ignorar. Se divorció de Art Shaw el 24 de octubre de 1946. El matrimonio había durado un año y 7 días, pero durante ese año y 7 días, Artishaw había logrado hacer algo que los hombres futuros de Aba nunca pudieron deshacer del todo.
Había sembrado en ella una inseguridad intelectual profunda, la idea repetida cada noche durante un año de que su belleza era todo lo que tenía, de que su mente era plana, de que sin un hombre brillante al lado ella no era nadie. Esa inseguridad iba a ser la trampa en la que Frank Sinatra, sin saberlo, iba a caer 4 años después.
En noviembre de 1949, Ava Gardner tiene 27 años. Su carrera por fin ha empezado despegar. Acaba de protagonizar una película llamada Los asesinos, basada en un cuento de Hemingway. Su role de Kitty Collins, una mujer fatal que destruye al protagonista, ha hecho de ella finalmente una verdadera estrella. La crítica la llama La FEM Fatale, más perfecta del cine americano.
Las revistas ponen su cara en las portadas. Una noche, en una fiesta en Palm Springs, organizada por Daryl Zanak, jefe del estudio 20th Century Fox, Eva está bebiendo un cóctel en una esquina. Lleva un vestido negro ajustado. Tiene los labios pintados de un rojo intenso. Está cansada de la fiesta.
está pensando en irse temprano y entonces se acerca un hombre pequeño, delgado, con los ojos azules muy claros. Está borracho. Lleva un smoking blanco. Le sonríe a Aba con una sonrisa torcida casi infantil. Le dice, “Disculpe, señora, soy Frank Sinatra. ¿Me permite robarle a Daryl Sanck por una hora? Tengo unas cosas urgentes que hacer en indio.
Aba lo conoce. Claro. ¿Quién no conoce a Frank Sinatra en 1949? Pero la chispa en sus ojos esa noche la sorprende. Le pregunta, “¿Y qué tienen ustedes que hacer en indio a estas horas?” Frank le sonríe. Disparar a las luces de la calle. ¿Quieres venir? Aba se ríe. Acepta. Esa noche, Frank Sinatra y Ava Gardner manejan en estado de embriaguez total a través del desierto de California.
Llegan al pueblo dormido de indio. Frank saca dos revólveres del baúl de su carro, le da uno a Eva y empiezan a disparar a las luces de la calle, a las ventanas de las tiendas cerradas, a los semáforos. La policía local, alertada por los vecinos, los detiene a las 3 de la mañana, los lleva a la comisaría. Eva está borracha, Frank también. Pasan 3 horas en una celda.
MGM, alertada al amanecer por una llamada secreta del jefe de policía local, manda a sus abogados, pagan a la prensa para que la historia no se publique. Pagan a la policía para que los registros se borren. Frank y Eva salen libres a las 9 de la mañana con una multa de $500 y la promesa de no volver a indio jamás.
Esa noche, la noche en que se conocieron, Frank Sinatra le dijo a Aba algo que iba a marcar para siempre su relación. Le dijo, “Querida, vamos a hacer mucho daño juntos, pero el daño que vamos a hacernos el uno al otro va a ser legendario.” Tenía razón, iba a ser legendario. Frank Senatra en 1949 tenía 34 años.
era ya el cantante más famoso del mundo, pero también estaba en una crisis personal y profesional gigantesca. Su voz había empezado a fallar, las giras se vendían menos, las películas que producía perdían dinero. Su matrimonio con Nancy Barbado, su esposa desde 1939 estaba en ruinas. Tenían tres hijos pequeños, pero Frank pasaba más tiempo en hoteles que en casa.
Bebía mucho, mezclaba con mafiosos, tenía aventuras constantes. Y Ava Gardner esa noche en Palm Springs fue para Frank Sinatra como una droga inyectada directamente en el corazón. Empezaron una relación clandestina. Inmediatamente se veían en hoteles, en aviones privados, en casas prestadas por amigos discretos. Durante meses intentaron ocultarlo de la prensa, pero en Hollywood en 1949 los secretos no duraban.
En febrero de 1950, una columnista de chismes llamada Hera Hopper publicó la noticia. Frank Sinatra, casado con tres hijos, tenía un romance con Ava Gardner, la FEM fatale de Hollywood. El escándalo fue mundial. La Iglesia Católica condenó a Sinatra públicamente. Su esposa Nancy se negó a darle el divorcio.
Los estudios le cancelaron contratos. Sus discos dejaron de venderse durante varios meses y Ava, en lugar de retirarse se quedó. Se quedó porque Frank Sinatra era el primer hombre que ella había conocido, que la trataba como una igual, que la respetaba intelectualmente, que escuchaba lo que ella decía.
que no la corregía, que no la humillaba, que lloraba con ella cuando ella necesitaba llorar, que se reía con ella cuando ella necesitaba reír. Y Frank, por su parte, se quedó porque Eva Gardner era, como él iba a confesar décadas después, la única mujer en mi vida que entendió qué clase de hombre quebrado era yo realmente. necesidad de explicaciones.
Pelearon constantemente en hoteles, en restaurantes, en la calle. Una vez en Madrid, en 1953, Frank tiró un teléfono por la ventana del hotel Castellana porque Aba no quería contestar la llamada de un torero amigo suyo. Otra vez, en Los Ángeles, Aba le aventó un florero a Frank y le rompió la nariz. otra vez en Nueva York.
En una noche bebida, los dos se persiguieron por los pasillos del hotel Plaza con cuchillos de cocina, hasta que el gerente del hotel los encerró por separado en habitaciones distintas para evitar que se mataran. Pero entre cada pelea había reconciliaciones de una intensidad que asustaba a sus amigos. Frank le compraba joyas, Aba le compraba relojes.
Se escapaban aates privados durante semanas. Hacían el amor durante días sin parar. Lloraban juntos hablando de sus infancias miserables. Él en Hoboken, Nueva Jersey, hijo de inmigrantes italianos. Ella en Grabtown, hija de campesinos arruinados. Si esta historia te está impactando, dale like ahora. nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.
Se casaron finalmente el 7 de noviembre de 1951 en Philadelphia después de que Frank consiguió por fin el divorcio de Nancy. Ava tenía 29 años. Frank 36. Frank era el tercer matrimonio de ella, el segundo de él. La luna de miel pasaron en La Habana, Cuba, y en menos de dos semanas ya habían tenido la primera pelea grande.
Frank sospechaba que Aba había sonreído demasiado a un torero cubano que conocieron en una cena. Eva, indignada, le dijo que era un celoso patológico. Frank le dijo que era una coqueta. Se gritaron durante una hora. Eva agarró un avión a México sin avisarle. Frank tomó otro avión 6 horas después y la siguió.
Se reconciliaron en una habitación del hotel Camino Real en Ciudad de México y pasaron 4 días encerrados sin salir. Esa fue la dinámica del matrimonio durante 6 años: pelea, separación, reconciliación violenta, repetición, una rueda que los dos sabían que estaban montando, pero que ninguno podía detener. Y en medio de toda esa locura ocurrieron dos cosas que muy pocas biografías cuentan, pero que son cruciales para entender el verdadero costo de ese matrimonio.
Primero, Ava Gardner abortó dos veces durante su matrimonio con Frank Sinatra. La primera vez en 1952, la segunda vez en 1954. Las dos veces lo hizo en clínicas privadas de Londres, lejos de la prensa americana. Las dos veces lo hizo sin avisar a Frank. Le dijo que estaba haciendo una película. Voló sola. Se hizo el procedimiento.
Volvió a casa. ¿Por qué? Esa pregunta los biógrafos llevan 70 años intentando contestarla. Aba misma, en una grabación secreta de 1988 con su biógrafo, dio una respuesta que quizás explica todo. Dijo, “No podía traer un hijo a un matrimonio que era una guerra. Frank era el padre que yo había soñado tener, pero también era el padre del que yo había oído toda mi vida.
¿Cómo le iba a dar a un hijo mío esos dos hombres mezclados en la misma persona? Frank Sinatra solo se enteró de los abortos en 1958 después del divorcio. Cuando lo supo, llamó a Aba por teléfono lloró durante una hora seguida. Le dijo que ella le había robado los hijos que él más había deseado en su vida. Ava, también llorando, le dijo que se los había robado para protegerlos.
Esa conversación, según contaría Frank, décadas después, en una entrevista nunca publicada, fue el momento en que él entendió finalmente que ya no había manera de volver atrás con Eva. Pero antes de eso, antes del divorcio, antes de los abortos confesados, ocurrió la noche del Lake Taho. La noche con la que empezamos esta historia.
Era el 8 de noviembre de 1952. Ava y Frank llevaban un año de casados. Habían pasado tres meses pelando casi diariamente. Aba esa noche le había anunciado que se iba a España, que necesitaba alejarse, que no podía seguir. Frank, en la cocina de la cabaña, sacó el revólver, se lo puso en la 100 y le dijo a Aba que si ella se iba, él se mataba.
Lo que Aba nunca contó públicamente, pero que confesó en privado al productor Albert Height en 1962, fue que esa noche ella tuvo una opción. Pudo haberle quitado el revólver inmediatamente o pudo haberlo dejado tomar la decisión solo. Aba le quitó el revólver. Pero esa noche, cuando Frank ya estaba dormido en la cama, llorando como un niño después de la crisis, Eva se quedó despierta pensando y por primera vez en su vida adulta pensó algo terrible.
Pensó, “Si yo soy el motivo por el que este hombre quiere matarse, quizás el problema no es él. Quizás soy yo, quizás yo soy una mujer que destruye a los hombres que la aman.” Esa pregunta hecha esa madrugada en Lake Taho iba a ser el principio del fin de su matrimonio con Sinatra y de su capacidad para amar a un hombre con tranquilidad para el resto de su vida.
Hay algo más sobre esa noche, algo que solo se supo años después por una declaración del mayordomo de la cabaña, un hombre llamado Henry Kelly. Henry Kelly contó que esa madrugada alrededor de las 4, Aba bajó a la cocina sola, se sirvió un vaso de whisky, se sentó en el suelo contra la pared y empezó a llorar. Pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de rabia, una rabia profunda, contenida, que Henry Kelly nunca había visto en una mujer.
Cuando Aba finalmente notó la presencia del mayordomo en la puerta de la cocina, se levantó, le secó las lágrimas con el dorso de la mano y le dijo con una voz fría, “Henry, si yo fuera la mujer que me dicen que soy, esa noche le habría dejado apretar el gatillo, pero no soy esa mujer y eso es lo peor, que no puedo elegir entre destruirlo o destruirme.
Las dos opciones me esperan al final.” Esa frase registrada en una declaración escrita de Henry Kelly, publicada en una biografía de Sinatra en 1995, dice todo sobre el dilema interior de Ava Gardner durante esos años. Sabía que su relación con Frank los estaba matando a los dos, pero no podía dejarlo y no podía quedarse.
Hubo un segundo intento de suicidio de Frank Sinatra durante el matrimonio. Ocurrió en 1953 en Nueva York en el Hotel Hampshire House, donde la pareja se alojaba durante una de sus muchas reconciliaciones. Frank, después de una pelea, se encerró en el baño, tomó un frasco entero de barbitúricos, se acostó en la bañera. Aba, alarmada por el silencio prolongado, finalmente forzó la puerta con la ayuda del personal del hotel.
Lo encontró ya inconsciente. Llamó a una ambulancia. Frank fue hospitalizado en secreto. La prensa nunca supo del incidente, pero Aba esa noche en la sala de espera del hospital escribió en una libreta una sola línea que un amigo conservó después de su muerte. Escribió, “Si me voy, lo mato. Si me quedo, me mato yo. Es solo cuestión de tiempo.
Se separaron oficialmente en octubre de 1953. El divorcio se firmó en julio de 1957, pero no terminaron nunca de separarse del todo. Durante los siguientes 30 años hasta la muerte de Aba en 1990, se llamaron por teléfono regularmente. Frank le mandaba flores cada Navidad. Aba le mandaba postales desde España.
Se vieron varias veces en París, en Londres, en Nueva York, siempre como viejos amigos, aunque todos los que estuvieron presentes contaron que era visible, que seguían amándose. Un episodio particular ocurrió en 1967. Ava estaba viviendo en Madrid. Frank estaba dando un concierto en Barcelona. Sin avisar a nadie, Frank tomó un avión privado a Madrid.
Después del concierto llegó a las 2 de la madrugada y se presentó en la puerta del piso de Aba sin avisar. Aba abrió la puerta en bata. Lo dejó pasar sin decirle una palabra. Pasaron tres días encerrados en el piso. La sirviente española de Ava, una mujer llamada Rini, contó años después que durante esos tres días los dos casi no salieron de la habitación.
Comían lo que ella les llevaba en bandejas. Bebían vino, hablaban en voz baja y a veces, según Riini escuchó pasando por la puerta, lloraban juntos. Cuando Frank se fue al cuarto día, sin avisar antes del amanecer, dejó una nota sobre la mesa de noche. La nota decía solo cinco palabras. Hasta la próxima vida, Ava. Y una firma. F.
Aba guardó esa nota durante el resto de su vida en una caja de zapatos al fondo de su closet. Reiny la encontró después de la muerte de Ava en 1990, cuando estaba ayudando a empacar las pertenencias para los herederos. le entregó la nota a la hermana de Ava, Bappi. Bappy en una entrevista posterior confirmó la existencia de la nota, pero nunca la mostró públicamente.
Decía que era el único secreto que su hermana le había pedido proteger. Frank Sinatra en 1966 se casó con Mia Faro, 30 años menor que él. El matrimonio duró 2 años. En 1976 se casó por cuarta y última vez con Barbara Marx. Pero hasta el último día de su vida, en 1998, cuando le preguntaban cuál había sido la mujer de su vida, Frank Sinatra respondía siempre lo mismo. Eva.
Después del divorcio, Eva Gardner tomó una decisión que iba a determinar el resto de su vida. Decidió huir de Estados Unidos. decidió irse a España. ¿Por qué España? Porque había rodado allí en 1950 una película llamada Pandora y el holandés errante. Y durante esos meses había descubierto un país que la había seducido, un país donde nadie la perseguía con cámaras, donde podía caminar por las calles de Madrid sin que nadie la reconociera, donde podía comer en pequeños bares de tapas con amigos sencillos, sin que la prensa publicara
fotos al día siguiente. En 1955, Ava Gardner se mudó a Madrid. Alquiló un piso en la calle Dr. Arsy, en el barrio elegante de Madrid. Se rodeó de un círculo pequeño de amigos, toreros, en tu, escritores, empresarios discretos. Aprendió español con un acento andaluz marcado. Iba a las plazas de toros casi todas las tardes.
Cenaba en restaurantes humildes. Bebía vino, tinto a n. Bailaba flamenco hasta las 5 de la mañana en pequeños tablaos del centro de la ciudad. Durante 13 años, de 1955 a 1968, Eva Gardner vivió en Madrid. Y aunque siguió haciendo películas Rod noche de la iguana en México, Mayorling en Inglaterra, La noche del cazador en Hollywood, su vida real, su vida verdadera, la vida que ella misma elegía era en España.

Hay un testimonio precioso de un mesero del café Jijón de Madrid, un viejo mesero llamado Rafael que sirvió a Ava Gardner durante 10 años. Rafael en una entrevista de 1995 contó cómo era ver entrar a Ava en el café cualquier tarde. Decía, entraba sin maquillaje, sin joyas. Con un pañuelo cubriéndole el pelo, pedía un café con leche y un coñac.
Se sentaba en la mesa del rincón, sacaba un libro y leía durante 2 horas. A veces llegaba algún torero, a veces llegaba algún escritor, pero la mayoría de las veces leía sola. Era la mujer más bella del mundo y nadie en el café se atrevía a hablarle. Porca. Esa imagen, una de las más bellas que sobreviven de los años españoles de Aba, contradice el mito de Hollywood, que la presentaba como una FEM fatal e destructiva.
La verdadera Ava Gardner, la que solo pocos vieron, era una mujer que leía sola en un café de Madrid intentando aprender lo que un marido le había dicho que era estúpida para entender. Una mujer que finalmente, lejos de los escenarios y las cámaras se dedicaba al silencio. En Madrid tuvo amantes, toreros, sobre todo. Su gran amor durante esos años fue Luis Miguel Dominguin, el torero más famoso del país, casado con Lucía Bosé, la actriz italiana.
La relación duró intermitentemente casi 5 años. Aba sabía que Dominguin no iba a dejar a su esposa, pero le gustaba ese tipo de amor imposible. Era como si después de Frank Sinatra ella ya solo pudiera amar a hombres a los que no podía tener. Un episodio que pocos cuentan, pero que ilumina toda la verdadera Aa de esos años.
Ocurrió en abril de 1959. Dominguín fue herido gravemente en una corrida en Madrid. Le dieron una cornada en el muslo, casi se desangra en la plaza. Lo llevaron al hospital. Estuvo entre la vida y la muerte durante 48 horas. Su esposa Lucia llegó desde Italia. Aba, sin decirle nada a nadie, esperó a que Lucía se fuera del hospital una noche para ir a entrar y ver a Dominguín dormido.
Le tomó la mano, le susurró algo en español y se fue antes del amanecer. Cuando Dominguín, una semana después, ya consciente, le preguntó a su mujer Lucía si Aba había venido a verlo, Lucía le respondió que no. Pero Lucía mentía. Lucia había escuchado a Eva entrar esa madrugada y se había escondido en el baño para no enfrentarla.
Había escuchado todo lo que Eva le había dicho a su marido y había decidido callarse. Esa escena narrada por Lucía Bosé en una entrevista de 1984 a una revista italiana dice mucho sobre los códigos del amor en aquella época. Mujeres que se cruzaban en silencio en los pasillos de los hospitales. Mujeres que sabían que el hombre que amaban dormía con otra, pero que aceptaban ese silencio como parte del precio de no dejarlo del todo.
Eva Gardner durante esos años también tuvo amistades fuera del mundo de los toros. La más célebre de todas fue con el escritor Ernest Hemingway. habían sido presentados en 1948, pero su amistad verdadera floreció durante los años españoles. Hemingway tenía una casa en Cuba y otra en Idaho, pero pasaba grandes temporadas en Madrid asistiendo a las corridas de toros.
Aba y él cenaban juntos al menos 10 veces al año. Hemingway la admiraba intelectualmente. Le dedicó pasajes de varios de sus libros. Le mandaba telegramas largos desde sus viajes. Cuando Hemingway se suicidó en 1961 en Idaho, Eva se enteró por la radio en Madrid. Lloró durante una semana entera. le dijo a una amiga, “El último hombre que me trataba como una persona inteligente acaba de morir.
Ahora ya nadie me va a creer cuando diga que tengo una mente.” En 1968, después de un robo en su casa de Madrid, Aba decidió que ya era hora de irse. La España de Franco se le había vuelto demasiado restrictiva. Los amigos cercanos habían empezado a morir o a mudarse. Ella misma sentía que ya no era la misma mujer que había llegado en 1955.
Se mudó a Londres. Compró un piso en Nesmore Gardens en Nightsbridge. Vivió allí sola durante los siguientes 22 años hasta el final de su vida. Esos 22 años en Londres fueron, según los testimonios de los pocos amigos cercanos que la visitaron, los años de una soledad casi monástica.
Aba no recibía a casi nadie, no daba entrevistas, no iba a estrenos, salía a comprar comida los domingos por la mañana cuando los londinenses estaban todavía dormidos. veía películas viejas en su televisor. Tomaba whisky con hielo todas las tardes a partir de las 4. En 1986, Aba sufrió un derrame cerebral severo. Le dejó la mitad izquierda del cuerpo paralizada.
Ya no podía caminar sin un bastón. Ya no podía bailar el flamenco. Ya no podía manejar. ya no podía vivir, en otras palabras, como había vivido los 60 años anteriores. El derrame ocurrió un domingo por la mañana mientras Aba preparaba un café en la cocina de su piso de Londres. Se desplomó sobre el suelo.
Carmen, su ama de llaves, la encontró media hora después. Llamó a la ambulancia. La hospitalizaron en el hospital St. Mary’s. Estuvo en coma durante dos días. Cuando despertó, no podía mover el brazo izquierdo. La pierna izquierda le respondía solo parcialmente. Su cara tenía una asimetría que iba a quedar para siempre.
Ava Gardner, la mujer que había sido considerada durante 40 años como una de las más bellas del planeta, miró su cara en un espejo del hospital y, según contó Carmen después, no lloró. solo dijo en voz baja, “Bueno, Aba, por fin se acabó. Ya nadie va a hablar de tu cara.” Ah, Frank Sinatra, cuando se enteró del derrame, llamó inmediatamente.
Llegó a Londres dos días después, se quedó tres semanas con AVA, pagó las facturas médicas, contrató enfermeras. Le hizo prometer que si necesitaba algo lo llamaría Eva. Durante esas tres semanas lloró cada noche en silencio. Frank también. Los dos sabían que estaban viendo el final de algo que había empezado 37 años antes en una fiesta de Palm Springs.
Cuando Frank se fue, Ava le hizo una sola pregunta. Le dijo, “Frank, ¿valió la pena? Tú y yo. ¿Valió la pena?” Frank, sin pensar, le respondió, “Eva, tú fuiste la única cosa de mi vida que valió la pena de verdad. Esa fue la última conversación verdadera que tuvieron. Ava Gardner murió el 25 de enero de 1990 a los 67 años en su piso de Londres, una neumonía complicada por las secuelas del derrame.
Estaba sola con su ama de llaves, una mujer española llamada Carmen, que la había acompañado desde Madrid en 1968. Su funeral se celebró en Smithfield, Carolina del Norte, su tierra natal. La enterraron junto a sus padres en un pequeño cementerio rural. La ceremonia fue privada. Asistieron solo su hermana Bappy, sus pocos sobrinos y un puñado de amigos viejos.
La lápida que pidieron poner sobre su tumba era simple. Decía solo dos líneas. Su nombre completo, Ava Lavinia Gardner y abajo las fechas 1922 hasta 1990, sin epitafio, sin frase, sin cita literaria, tal como ella lo había pedido en sus últimas instrucciones a su hermana. Frank Sinatra no asistió. Tenía 74 años y la salud frágil.
No pudo viajar, pero envió un ramo enorme de rosas amarillas, las favoritas de Aba. La tarjeta, escrita con su propia letra decía solo cuatro palabras: “Con todo mi amor, Francis.” Esa fue la última carta que Frank Sinatra le escribió a Ava Gardner. La envió ya muerta, pero la envió. Frank Sinatra murió 8 años después, el 14 de mayo de 1998 en Los Ángeles.
Su última palabra, según su esposa Bárbara, que estaba al lado de su cama, fue una sola sílaba, casi un suspiro. Dijo solo Aba y se fue. 36 años después de la muerte de Ava Gardner. Su nombre es un símbolo de belleza, de pasión, de libertad, de autodestrucción. Pero el verdadero legado de Eva Gardner es algo más complicado de explicar.
Es la idea de que algunos amores, los más grandes, no se construyen para durar. Son cometas que cruzan el cielo durante una temporada breve, iluminan todo y luego inevitablemente se queman al chocar con la atmósfera. Frank Sinatra y Eva Gardner fueron uno de esos cometas. estuvieron juntos 6 años de matrimonio, pero las llamas de esos 6 años lo siguieron quemando durante los siguientes 40 años, cada uno por su cuenta.
Hay un detalle final, casi poético, que pocas biografías de Ava Gardner cuentan, pero que cierra la historia de manera extraordinaria. En su testamento escrito en Londres en 1988, 2 años antes de morir, Aba dejó instrucciones precisas sobre lo que debía hacerse con sus pertenencias. Donó la mayoría a sus sobrinos. Pero hubo una caja, una pequeña caja de madera que pidió que le entregaran personalmente a Frank Sinatra después de su muerte.
Esa caja contenía tres objetos. Una foto de los dos en La Habana en 1951 durante la luna de miel, una pulsera de oro que Frank le había regalado en 1954 después de la primera reconciliación grande y una carta, una sola carta, escrita por Ava en 1958 durante el divorcio, pero que ella nunca había mandado.
Frank Sinatra recibió la caja en febrero de 1990, dos semanas después del funeral de AVA. La abrió solo en su despacho de Palm Springs, leyó la carta, lloró durante varias horas y luego, según contaría su ballet personal, guardó la carta en una caja fuerte. Nadie más la leyó nunca. Hasta hoy, en 2026, esa carta no ha sido publicada.
sigue en una caja fuerte de la familia Sinatra. Pero alguien que la leyó, un asistente personal de Frank en los últimos años de su vida, dijo en una entrevista en 2003 que la carta empezaba con tres palabras. Tres palabras que resumían todo lo que Ava Gardner había sentido por Frank Senatra durante 40 años. Decía simplemente, “Frank, perdóname.
Ava, ¿valió la pena?” Frank dijo que sí hasta el último día. Aba nunca lo dijo abiertamente, pero en una entrevista grabada en 1988, 2 años antes de morir, le preguntaron quién había sido el amor de su vida. Y Aba, en lugar de responder, sonríó y dijo solo, mirando al periodista directo a los ojos, “El que tuvo el revólver. El que tuvo el revólver Frank Sinatra esa noche en Lake Taho.
Quizás esa fue al final la respuesta más honesta que Eva Gardner dio en toda su vida. Si vos del otro lado de la pantalla alguna vez amaste a alguien que te destruía mientras vos lo destruías a él, sabes algo que casi nadie quiere admitir en voz alta, que los grandes amores no son siempre los amores que duran, son a veces los amores que rompen, que dejan cicatrices, que vuelven en sueños 30 años después.
y que cuando uno cierra los ojos por última vez son los nombres que uno susurra antes de irse. La lección más profunda de la vida de Ava Gardner es quizás esta, que las personas que llegan a ser leyendas casi nunca son personas que tuvieron vidas tranquilas. Las leyendas se construyen sobre el dolor, sobre las pérdidas, sobre los amores imposibles, sobre las decisiones que dolieron por décadas.
Ava Gardner pagó un precio enorme para convertirse en lo que el mundo llamó la animal más bella del planeta. Pagó con su capacidad de tener hijos. Pagó con su capacidad de tener un matrimonio tranquilo. Pagó con sus últimos 20 años de soledad londinense. Pagó con los abortos secretos. pagó con la culpa de saber que Frank Sinatra, el hombre que más la amó, intentó matarse dos veces por ella.
Y al final, ¿qué recibió a cambio? Una carrera de cuatro décadas, 60 películas, una fortuna modesta, un piso en Londres y el privilegio de saber que hasta el último día de su vida, alguien en algún lugar pensaba en ella todos los días. Ese alguien era Frank Sinatra. hasta el final, hasta la última palabra que pronunció Ava.
Ava Gardner murió en 1990. Frank Sanatra murió en 1998. Pero su historia, esa historia legendaria de pasión destructiva, sigue viva en las canciones de Senatra, en las películas de Ava, en las cartas que se escribieron y que sus herederos guardan todavía bajo llave en cajas de seguridad. Una de esas cartas escrita por Frank Ava en 1954 durante una de sus muchas separaciones, fue subastada en Christ.
La carta fue comprada por un coleccionista anónimo por $320,000. Decía, “Solo cuatro líneas en una sola página con la letra rápida de Frank. Decía, Eva, no puedo dormir, no puedo comer, no puedo vivir. Si el amor es esto, tengo miedo de seguir vivo. Si esto es lo que me ofreces, te lo acepto igual.
Frank, esa carta resume mejor que cualquier biografía lo que fue la relación entre Eva Gardner y Frank Sinatra. Y en nuestra próxima historia vamos a entrar en la vida de otra mujer cuyo nombre marcó una época. Una mujer cuya belleza fue considerada un milagro. una mujer que tuvo que elegir entre dos hombres y cuya elección la condenó a una soledad que nadie esperaba.
Una mujer cuyas memorias escritas en secreto durante 10 años solo se publicaron después de su muerte y revelaron secretos que sacudieron a tres generaciones. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido?