Solo sabe que su madre se pone contenta cuando ella sonríe en las pruebas. Y la pequeña Elizabeth, como cualquier niña, hace lo que sea para que su madre se ponga contenta. A los 9 años, en 1941, firma su primer contrato cinematográfico con Universal Pictures. Solo dura un año. Universal la considera demasiado seria, pero al año siguiente, en 1942, la contrata el estudio más importante del mundo, la Metro Goldwin Mayor.
conocida como MGM. Y allí empieza, sin que ella lo sepa todavía, una vida que ya no le iba a pertenecer. A los 10 años, Elizabeth firma con MGM un contrato de 7 años. Le pagan $100 a la semana, una fortuna en 1942 para una niña. Pero a cambio, MGM decide todo. ¿Qué películas hace? ¿Qué horario sigue? ¿Qué amigas tiene? ¿Qué dietas hace? ¿A qué hora se acuesta? ¿A qué hora se levanta? ¿Qué dice en las entrevistas? ¿Qué color tiene su cabello? ¿A qué? Hay una escena documentada en la biografía oficial autorizada que resume toda esa
esclavitud dorada. Elizabeth tenía 11 años. Había estado todo el día en el rodaje de una película. Tenía hambre. le había pedido a su madre algo sencillo, un sándwich de queso. Sarah, la madre, le respondió que no podía comer queso porque MGM había decidido que ese mes la actriz tenía que perder 1 kil y medio para una próxima escena con un vestido ajustado.
Elizabeth, según el testimonio recogido años después, le respondió a su madre con una frase que iba a recordar toda su vida. le dijo, “Mami, si yo no puedo comer un sándwich, ¿quién soy yo?” Sara no le respondió. A los 12 años ya no era Elizabeth Taylor, era un producto de MGM, un producto que tenía que cumplir con calendarios, con horarios, con dietas, con peso exacto, con expresiones medidas, con peinados decididos por otra persona, con compañeros de reparto elegidos por otra persona, con declaraciones públicas redactadas por otra persona. Hay un
detalle que muy pocas biografías cuentan. pero que es crucial para entender lo que le pasó después. A los 12 años, los médicos del estudio empezaron a darle pastillas. Sí, a los 12 años eran anfetaminas para mantener el peso bajo. Eran somníferos para que durmiera bien antes de los rodajes.
Eran calmantes para que no se pusiera nerviosa frente a la cámara. Eran sedantes para que aguantara las jornadas de 12 horas. El médico oficial de MGM en esos años, el Dr. Leer Linsk, fue interrogado años después por investigadores de Hollywood, confesó en una declaración casi secreta que MGM tenía un protocolo médico aplicado a casi todas las actrices jóvenes del estudio.
Judy Garland, otra niña estrella, recibió el mismo tratamiento. Es bien sabido lo que le pasó a Judy Garland. murió a los 47 años de una sobredosis de barbitúricos que MGM le había enseñado a tomar desde los 14. Esas pastillas, administradas por médicos del estudio, sin que sus padres lo supieran del todo, iban a crear en la pequeña Elizabeth una dependencia química que nunca iba a poder soltar.
A los 40 años todavía estaba tomando algunas de esas mismas medicinas. A los 60 todavía, a los 70 todavía, a los 70 MGM le robó la posibilidad de tener un cuerpo limpio y le robó algo más. Le robó la posibilidad de tener una infancia normal, de tener amigas de su edad, de ir al colegio con otras niñas, de aburrirse en clase de matemáticas, de pelearse en el patio, de tener crushes de adolescente con compañeros de aula.
Todo eso Elizabeth Taylor nunca lo vivió. Cuando salió de MGM a los 24 años ya había trabajado más de 12 horas diarias durante 14 años seguidos, sin vacaciones reales, sin amigas reales, sin infancia real. Pero en pantalla todo brillaba. A los 12 años, Elizabeth Taylor protagoniza Fuego de Juventud, una película sobre una niña que quiere ganar el gran nacional con un caballo viejo. La película se rueda en 1944.
Cuando se estrena en abril de 1945, el mundo entero descubre algo que no había visto antes. Una niña con ojos violeta y pestañas dobles montando un caballo a toda velocidad por el campo inglés. La película es un éxito mundial. Elizabeth Taylor, a los 13 años ya es una estrella. Las cartas de fans empiezan a llegar a MGM por miles.
Los hombres adultos le escriben pidiendo casarse con ella cuando crezca. Las niñas de su edad cortan sus fotos de las revistas y las pegan en sus paredes. Y los estudios entienden algo. Esa niña no es una niña, es una mina de oro. Durante los siguientes 10 años, Elizabeth Filma, sin parar, Mujercitas, padre de la novia, la gigante, un lugar bajo el sol, cada película más exitosa que la anterior para cuando cumple 17 años, en 1949, Elizabeth Taylor es ya una de las actrices más cotizadas de Hollywood y ahí, a los 17 años llega el primer
hombre. Se llama Conrad Hilton Jr. Pero todos lo llaman Nicki. Es el hijo del fundador de la cadena de hoteles Hilton. Tiene 23 años. Es alto, guapo, rubio. Tiene millones de dólares. Es católico y sobre todo es el tipo de hombre que la madre de Elizabeth, Sara considera adecuado para su hija.
Nicki le pide matrimonio cuando Elizabeth tiene 18 años. Ella acepta. La boda organizada por MGM como un evento publicitario. Se celebra el 6 de mayo de 1950. 700 invitados. La iglesia del buen pastor en Beverly Hills, vestido de Helen Rose, la misma diseñadora que vestiría a Grace Kelly 6 años después. Las fotos del matrimonio recorren el mundo entero.
Elizabeth Taylor, 18 años, parece la mujer más feliz del planeta, pero el matrimonio dura exactamente 205 días. Lo que pasó dentro de ese matrimonio, Elizabeth no lo contaría públicamente hasta décadas después. Y cuando lo hizo, fue en pequeñas dosis, con dolor, con vergüenza, casi con miedo. Pero las cifras y los testimonios eran claros.
Nicki Hilton bebía mucho, demasiado, y cuando bebía se ponía violento. Hay un episodio durante la luna de miel en un yate por el Mediterráneo que aparece en varias biografías. Nicki, borracho, le da una bofetada a Elizabeth en pleno comedor del barco delante de los invitados. Otro episodio en Roma, en el hotel Excelore. Nicki golpea una puerta hasta romperle la cerradura para entrar al baño donde Elizabeth se ha encerrado para llorar.
Otro episodio que ella contó muchos años después en una entrevista privada con un biógrafo. Niki le dio una patada en el estómago cuando estaba embarazada. Perdió al bebé. Sí. Elizabeth Taylor perdió un bebé en 1950 a causa de la violencia de su primer marido. Eso casi no aparece en ninguna biografía oficial, pero ella lo dijo en privado una sola vez a un periodista.
Hay un episodio captado por una empleada doméstica del hotel donde se alojaban en Nisa durante la luna de miel que se publicó muchos años después. Elizabeth, con 18 años recién cumplidos, había dejado un libro en la mesa. Era una novela de Jane Austin. Cuando Nicki entró en la habitación, borracho vio el libro. En next le preguntó qué estaba leyendo.
Elizabeth empezó a contarle el argumento. Nicki, sin avisar, agarró el libro y lo lanzó por la ventana del balcón hacia el mar. Elizabeth se puso a llorar. Nicki le gritó, “Vos no necesitás leer libros. Vos necesitás aprender a ser mi esposa.” Esa noche, Elizabeth durmió en el sofá del salón. Una semana después, Nicki volvió a casa con un anillo de diamantes y le pidió perdón.
Elizabeth, según contaría muchos años más tarde, lo perdonó, no porque le creyera, porque tenía 18 años, porque no sabía qué más hacer, porque MGM había convertido su matrimonio en un evento publicitario y todos los diarios estaban siguiendo cada paso, porque su madre le había dicho 1 veces que el matrimonio era para siempre, porque el divorcio era una vergüenza familiar.
A los 205 días de matrimonio, Elizabeth volvió a casa de sus padres con la cara hinchada y los ojos vacíos. Pidió el divorcio. MGM organizó un divorcio express en California. Los abogados pagaron a la prensa para que no se hablara de violencia, solo se habló de incompatibilidad de caracteres. Elizabeth Taylor tenía 19 años y ya había aprendido algo terrible, que los hombres más bellos podían ser los más peligrosos y que el dinero no protegía a una mujer.
Ese aprendizaje hecho a los 19 años iba a marcar cada decisión amorosa que tomara durante los siguientes 60 años. Un año después del divorcio, Elizabeth ya está casada otra vez, esta vez con un actor británico llamado Michael Wilding. Tiene 40 años, 20 más que ella. Es divorciado, es elegante, es educado y sobre todo es lo opuesto absoluto de Nicki Hilton.
Habla bajo, no bebe, no grita, le abre la puerta del carro, le tiende la silla en los restaurantes. Se casan el 21 de febrero de 1952 en Londres. Tienen dos hijos juntos, dos varones. Michael Howard Wilding Jr. Nacido en 1953. Christopher Wilding, nacido en 1955. Durante los primeros años, Elizabeth es feliz o algo parecido a Feliz.
Vive en una casa en Beverly Hills, cría a sus hijos, hace películas. La vida tiene una estabilidad que no había conocido nunca antes, pero algo no funciona del todo. Wilding es viejo, es demasiado tranquilo, es demasiado paterno. Y Elizabeth, según ella misma admitiría años después lo había buscado precisamente por eso.
Después del horror de Hilton, necesitaba un hombre que la cuidara, no un hombre que la amara con pasión, un hombre que la cuidara. Pero a los 22 años, una mujer con ojos violeta y un cuerpo que el mundo entero deseaba, no podía conformarse con ser cuidada. Necesitaba más. Y entonces, en el rodaje de la gigante en 1955, conoce a alguien que la marca para siempre.
No es Mike Todavía, es alguien más. Es Rock Hudson, su compañero de reparto. Rock Hudson y Elizabeth se hicieron amigos en ese rodaje, una amistad que iba a durar 30 años. Elizabeth, con el paso del tiempo, descubriría algo que muy pocos sabían en aquella época. Rock Hudson era homosexual. tenía que esconderlo porque la homofobia en Hollywood en los años 50 podía destrozar una carrera.
Elizabeth, joven, ingenua, lo descubrió por casualidad y en lugar de juzgarlo, lo protegió, lo defendió, le guardó el secreto durante décadas. Esa amistad con Rock Hudson hecha cuando ella tenía 23 años iba a transformar a Elizabeth Taylor en algo que pocas estrellas de Hollywood se atrevieron a ser en su época. Una aliada incondicional de la comunidad gay.
Cuando Hudson muriera de sida en 1985, ella se convertiría en una de las primeras celebridades del mundo en luchar abiertamente contra esa enfermedad. Pero eso es 30 años después. En 1955, Elizabeth todavía estaba descubriendo quién era. Estaba casada con Wilding. Tenía dos hijos pequeños y le faltaba algo, algo que ella no podía nombrar todavía.
Y un día, en una fiesta de Hollywood, en julio de 1956, ese algo entró por la puerta. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Se llamaba Mike Todd. Tenía 47 años, 22 más que Elizabeth. Era productor de cine. Era judío. Había nacido en una familia humilde de inmigrantes polacos en Minneapolis.
Había crecido en la pobreza. Había hecho miles de oficios distintos antes de llegar al cine. Había quebrado dos veces. Había perdido su primera fortuna en Wall Street. Había recuperado una segunda fortuna con un invento técnico llamado Todd AO, una nueva forma de proyectar cine en pantallas anchas. En el momento de conocer a Elizabeth, Mike Todd estaba en la cima del mundo.
Acababa de producir la vuelta al mundo en 80 días. una superproducción gigantesca que iba a ganar el Óscar a la mejor película al año siguiente. Tenía millones, tenía éxito, tenía energía, tenía una sonrisa que llenaba habitaciones enteras. Y cuando vio a Elizabeth Taylor en esa fiesta, no le pidió permiso para enamorarse.
No le pidió permiso para acercarse, no le pidió permiso para nada. La fiesta era en la mansión de la gente Kurt Frings. Elizabeth había ido sola. Wilding estaba en otra parte de la ciudad. Mike Todd entró tarde, cerca de la 1 de la mañana. Cuando vio a Elizabeth en el otro extremo del salón, dejó su copa, atravesó la habitación entera, ignorando a las 15 personas que intentaban saludarlo, y se plantó delante de ella.
le dijo, sin presentarse, sin preliminares, sin nada. Vos vas a ser mi esposa. Te lo digo ahora porque no quiero perder tiempo. Elizabeth se rió. Mike no se rió. la miraba en serio. Después de 15 segundos, ella entendió que él no estaba bromeando. Y según contaría ella, muchos años después, en una entrevista privada, en ese momento, en un salón lleno de gente desconocida, sintió algo que no había sentido nunca antes en su vida.
Sintió que alguien la había visto realmente. No la actriz, no la portada de revista. Ella, la mujer detrás de los ojos, Violeta, la mujer que tenía hambre, que tenía miedo, que tenía cansancio de 14 años en MGM, esa mujer. Hay una frase que Elizabeth contaría muchas veces durante el resto de su vida sobre el momento exacto en que Mike Todd entró en su vida. decía.
Él no me preguntó, él me dijo. Me dijo que iba a divorciarme de Wilding. Me dijo que iba a casarme con él. Me dijo que íbamos a tener hijos juntos. Me dijo que íbamos a ser felices. Y yo, por primera vez en mi vida, no quise resistirme. Elizabeth tenía 24 años, llevaba 17 trabajando en Hollywood, había hecho 18 películas.
Estaba cansada, agotada, frágil y Mike Todd llegó a su vida como un ciclón que arrastraba con todo. Se separa de Michael Wilding. El divorcio se firma el 30 de enero de 1957. Dos días después, el 2 de febrero, Elizabeth se casa con Mike Todd en Acapulco, México. Lleva un vestido blanco simple.
Lleva una sonrisa que las fotos de la época no han sabido capturar del todo. Está embarazada de 3 meses. Lo que viene después son los 13 meses más felices de la vida de Elizabeth Taylor. Mike Todd no era como ningún otro hombre. La trataba como a una reina, sí, pero no de esa manera abstracta y educada que los otros hombres conocían.
La trataba como a una reina de manera concreta, exuberante, casi loca. Le compraba diamantes para sorprenderla durante el desayuno. Le llenaba la habitación de tulipanes blancos cada lunes. Le organizaba cenas en yates privados, en lugares que cambiaban según el capricho. Una semana en Capri, otra en Nissa, otra en Estambul.
Hay un episodio que Ann Douglas, la esposa de Kirk Douglas, cuentan sus memorias. Una noche, en el hotel Dorchester de Londres, Mike y Elizabeth invitan a cenar a los Douglas. Durante la conversación, Elizabeth menciona que recordaba un pequeño restaurante en la orilla izquierda del Sena en París, donde habían comido un plato delicioso una semana antes.
Mike Todd, sin pestañer, llamó al restaurante en París, contrató un avión privado e hizo traer la cena entera desde París hasta Londres esa misma noche. La cena llegó dos horas después, todavía caliente, en cajas con el logo del restaurant. Ann Douglas escribió en sus memorias, “Nunca vi a Mike tan fascinado por una mujer como lo estaba con Elizabeth.
Todo lo que ella decía, él lo cumplía. Todo lo que ella deseaba, él lo materializaba.” En agosto de 1957, Elizabeth da a luz a una niña, la llaman Lisa Francis Todd. El parto fue tan complicado que Elizabeth casi murió. Estuvo dos días entrando y saliendo de la conciencia. Mike Todd no se movió de su lado durante esas 48 horas.
Las enfermeras del hospital contaron años después que el productor le besaba los pies a su esposa cada hora. le susurraba cosas al oído, le contaba bromas para que se quedara despierta. Cuando Elizabeth finalmente despertó, débil, casi sin fuerzas, lo primero que vio fue a Mike Todd, al lado de la cuna de Lisa llorando.
Era la primera vez que ella veía a un hombre llorar de alegría. Esa imagen ella nunca la olvidaría. Hasta el día de su muerte, 53 años después, en sus últimos meses, hablaba todavía de esa imagen. Era todo lo que ella había buscado en su vida. Era todo lo que ella había necesitado a los 11, a los 14, a los 17 años. Era el padre que su trabajo en MGM no le había permitido tener.
Era el amante que Hilton no había sabido ser. Era el compañero que Wiling no había podido encarnar, era Mike Todd. Y por primera vez en su vida, Elizabeth Taylor sabía exactamente quién era ella misma. era la mujer de Mike Todd y eso era suficiente. Pero el destino, esa cosa cruel que parece guardar las peores cartas para los más felices, ya estaba preparando el golpe.
El 21 de marzo de 1958, Mike Todd está en Palm Springs, California, en la casa de los Douglas, sus vecinos. le ha organizado una sorpresa a Elizabeth. Ha hecho traer una colección de joyas Vancle and Arples al jardín. Le dice a Elizabeth que elija las que quiera. No es su aniversario, no es ningún cumpleaños, es solo Mike Todd, siendo Mike Todd.
Elizabeth elige tres piezas. Mike sonríe, le da las joyas, le besa la frente y le dice que tiene que viajar a Nueva York al día siguiente para una premiación. Elizabeth quiere ir con él, pero está enferma. Tiene una bronquitis fuerte. Mike le dice que se quede, que descanse, que él vuelve en dos días.
Esa noche, antes de irse a dormir, Mike le dice a Kirk Douglas que mañana vuelan juntos en el avión. privado. Kirk acepta. Pero su esposa Ann embarazada de 6 meses, tiene una premonición extraña. Le dice a Kirk que no vaya, le rega, llora, discuten durante horas. Finalmente, Kirk acepta Noar. A la mañana siguiente, el 22 de marzo de 1958, Mike Todd despega del aeropuerto de Burbank en su avión privado, una pequeña Lockheat Load Star bautizada The Lucky Liz, en honor a su esposa.
bordo van Mike Todd, dos pilotos y un escritor amigo llamado Art Con, cuatro hombres en total. A las 2 de la mañana sobre las montañas Zuni de New México, el avión entra en una zona de hielo. Las alas se congelan. El avión pierde altitud. Los pilotos intentan virar. No pueden. La avioneta se estrella contra un campo de Grants, New México.
No hay sobrevivientes. El cuerpo de Mike Todd queda tan dañado por el impacto y el incendio posterior que Elizabeth nunca podrá ver el cadáver. A las 4:05 de la mañana en Beverly Hills suena el teléfono. Elizabeth Taylor, embarazada de su segundo hijo de Mike Todd, ya no recordaría nada del resto de ese día. Lo que sí recordaría durante el resto de su vida era que perdió ese segundo embarazo a las pocas horas de la noticia.
El cuerpo, según los médicos, no aguantó el shock. Acababa de perder a su marido y al hijo que llevaba dentro. En el funeral de Mike Todd en Chicago, Elizabeth no podía caminar sola. La sostenían dos hombres, uno era el rabino, el otro era Eddie Fisher, el mejor amigo de Mike Todd, un cantante popular casado con la actriz Deby Reynolds.
Elizabeth, en pleno funeral, se desmayó tres veces. Una de las fotos del funeral captadas por un periodista que se infiltró muestra a Elizabeth de rodillas frente al ataú con la cara hundida en las manos mientras Eddie Fisher se inclina sobre ella para sostenerla. Esa foto iba a ser una de las más reproducidas del siglo XX en la prensa rosa y sin que nadie lo supiera todavía esa tarde de marzo contenía la primera imagen del próximo escándalo de Hollywood.
Si esta historia te está impactando, dale like ahora. Nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas. Durante los meses siguientes a la muerte de Mike Todd, Elizabeth Taylor se hundió en una depresión tan profunda que sus amigos creyeron que se iba a morir. No comía, no dormía. Tomaba sedantes durante el día y somníferos durante la noche.
Adelgazó 15 kg. La gente que la veía en la calle no la reconocía. Y durante esos meses hubo solo una persona que estuvo todos los días con ella, Eddie Fiser. Eddie era el mejor amigo de Mike Todd. Habían sido como hermanos durante 10 años. Cuando Mike murió, Eddie se convirtió para Elizabeth en lo más cercano que le quedaba al hombre que había amado.
Hablaban de Mike durante horas, lloraban juntos, recordaban cenas, viajes, bromas. Erie sostenía a Elizabeth físicamente cuando se desmayaba en el suelo del baño. Le preparaba té. Le leía cartas que Mike le había escrito a él durante los años de amistad. Y un día, según contaría Elizabeth años después, sin que ninguno de los dos lo decidiera realmente, se besaron. Era octubre de 1958.
Habían pasado 7 meses desde la muerte de Mike Todd. Eddie Fisher seguía casado con Debie Reynolds, la actriz de Cantando Bajo la lluvia, una de las estrellas más queridas de América. tenían dos hijos pequeños, una hija pequeña llamada Carry Fisher, que años después se haría famosa como la princesa Leya en la Guerra de las Galaxias.
Y Eddie Fisher, el hombre adorado por toda América, dejó a Deby Reynolds para irse con la viuda de su mejor amigo. El escándalo fue inmediato y brutal. Los diarios de todo el mundo se lanzaron contra Elizabeth Taylor. La llamaron rompehogares, la llamaron desagradecida, la llamaron egoísta. Deby Reynolds, en cambio, fue presentada como la víctima perfecta, la esposa traicionada, la madre devastada, la actriz pura.
Las fotos de Deby, vestida de gris llorando con sus dos hijos pequeños en los brazos, recorrieron el mundo durante meses. Las fotos de Elizabeth, sonriente con joyas al lado de Eddie Fisher en algún yate, parecían el complemento perfecto del villano. Elizabeth, durante años no entendió por qué la prensa la odiaba tanto.
Para ella, la verdad era simple. Estaba destruida por la muerte de Mike. Eddie era la única persona que entendía esa destrucción. Se aferró a él como un náufrago. Se aferra a una madera flotante. No estaba pensando en Deby. No estaba pensando en los hijos de Eri. Estaba pensando en sobrevivir. Pero el público no perdona ese tipo de razonamiento.
Se casó con Eddie Fisher el 12 de mayo de 1959 en Las Vegas. La madre de Eri, judía practicante, le pidió a Elizabeth que se convirtiera al judaísmo. Elizabeth lo hizo en parte por amor, en parte por amor a Mike Tod, que también había sido judío. Recibió el nombre hebreo de Eliseba Rachel. El matrimonio con Eddie Fisher iba a durar exactamente 5 años.
Y durante esos 5 años, Elizabeth iba a descubrir algo terrible. Eddie. No era Mike. Eddie nunca podría ser Mike. Eddie era solo el amigo de Mike y casarse con el amigo de tu marido muerto no es lo mismo que recuperar a tu marido muerto. Es solo una manera elegante y dolorosa de admitir que tu marido muerto no va a volver.
Hay un episodio que Eddie Fisher contaría muchos años después en sus propias memorias publicadas en 1999. Decía que un día durante el primer año de matrimonio, Elizabeth le había pedido algo extraño. Le había pedido que se vistiera con un saco que había sido de Mike Todd, que se pusiera la corbata roja que Mike usaba, que se peinara como Mike se peinaba.
Erie aceptó sin entender bien. Cuando salió del baño vestido como Mike Todd, Elizabeth lo miró durante 10 segundos y se echó a llorar. Lloró durante una hora seguida. Edie no sabía qué hacer. Cuando finalmente Elizabeth se calmó, le dijo a Edie una frase que él nunca iba a olvidar. Le dijo, “Perdóname, ya sé que no sos él, pero a veces necesito hacer como si fueras él, aunque sea por un minuto, aunque sea solo para verlo otra vez.
” Esa noche, Eddie Fisher empezó a entender que su matrimonio era una farsa, que él no era el marido de Elizabeth, era el sustituto, el maniquí, la persona que Elizabeth usaba para no tener que aceptar la muerte real y definitiva de Mike Todd. Años después, en una entrevista grabada que solo se publicó tras su muerte, Elizabethía algo desgarrador sobre ese matrimonio.
Deía, yo mantenía a Mike vivo hablando de él con Eddie. Era lo único que teníamos en común los dos, Mike. Cuando ya no había nada más que decir sobre Mike, no había nada más que decir entre nosotros. En 1962, Elizabeth viajó a Roma para rodar Cleopatra, la película más cara de la historia hasta ese momento.
44 millones de dólares, casi 6 años de retrasos, un caos absoluto detrás de cámaras. Y a ella le pagaron por primera vez en la historia de Hollywood un millón de dólares por una sola película. Eddie Fisher la acompañó a Roma. Elizabeth pensó que el cambio de aires, los meses lejos de Estados Unidos, la concentración en el trabajo podrían salvar el matrimonio.
Pero en ese rodaje conoció a su compañero de reparto, un actor galés llamado Richard Burton. Tenía 37 años. Estaba casado con una mujer llamada Sible. Era considerado uno de los mejores actores de teatro shakespeiriano de su generación. Tenía una voz grave que vibraba en los pasillos de los estudios. Tenía un modo de mirar a las mujeres que las hacía sentir según testimonios posteriores, como si fueran las únicas mujeres del planeta.
Elizabeth y Richard se conocieron el 21 de enero de 1962 en el plató de Cleopatra. Richard estaba bebiendo café. Elizabeth llevaba el traje completo de la reina egipcia. Se miraron y según el director Joseph L. Mankywix dejaron de existir todas las demás personas del set durante 15 segundos. Esa misma noche ya estaba todo decidido.
Lo que pasó entre Elizabeth Taylor y Richard Burton durante los siguientes 12 años se ha contado 1000 veces en 1000 libros distintos, en 1000 documentales, en 1000 canciones. Era una pareja que la gente miraba como se miran las erupciones volcánicas con miedo y con fascinación al mismo tiempo. Bebían mucho, discutían mucho, hacían las pesos absurdos.
Burton le compró el diamante Croup por ,500,000. Le compró el famoso diamante Taylor Burton por $,100,000. Le regaló perlas históricas que habían pertenecido a Reinas de España. Le compraba un yate, una mansión, un avión privado, un cuadro de un maestro renacentista y se peleaban. Se gritaban en los hoteles, se rompían vasos a los pies, se decían cosas terribles en público, se reconciliaban con cenas íntimas en Roma o en París.
Hay una escena que un mozo del Hotel Plaza de Nueva York contó muchos años después, en 1992, en una entrevista para un documental. Era una noche de 1967. Burton y Taylor habían cenado en el restaurant del hotel. Habían bebido, según el mozo, alrededor de cuatro botellas de vino entre los dos. A las 2 de la mañana subieron a su suite del piso. 20.
El mozo subió a llevarles más champán que habían pedido por teléfono. Cuando llegó a la puerta, escuchó gritos del otro lado. Burton llamaba a Elizabeth de cosas terribles en inglés. Con esa voz grave de actor Shakespeareo que vibraba en los pasillos, Elizabeth llorando, le respondía con palabras igual de duras. El mozo dudó, llamaba, se iba, llamó a la puerta.
De pronto todo se quedó en silencio. Burton abrió la puerta. Tenía los ojos rojos, la camisa abierta. vio el champán, le sonrió al mozo como si nada hubiera pasado y le dijo en un tono casi normal, “Gracias, hijo. Pasale y por favor decile a Lis que la amo.” Elizabeth, sentada en el sofá del salón con las piernas dobladas hacia el pecho llorando, escuchó esas cuatro palabras y entonces, según el mozo, se ríó.
Una risa entre lágrimas. una risa que le decía a Burton sin palabras que ella también lo amaba a pesar de todo. Esa era la verdadera Burton Taylor, una pareja que se destruía y se reparaba cada 20 minutos. Una pareja que vivía cada día como si fuera el último, una pareja que sabía en algún rincón profundo que su amor era demasiado intenso para durar.
Los críticos los llamaron el matrimonio más volátil de Hollywood. Las revistas vendían millones de portadas con sus caras. El público, en cambio, los amaba porque en ellos todos los espectadores veían algo verdadero. No actores, no personajes, personas Personas que se amaban demasiado, que se herían demasiado, que vivían demasiado fuerte.
Se casaron por primera vez el 15 de marzo de 1964 en Montreal, Canadá. Después de divorciarse de sus respectivos cónyugues, Burton, por su parte, dejó a Sibel con dos hijas pequeñas. El escándalo, otra vez fue mundial. Elizabeth y Richard adoptaron a una niña alemana en 1961 llamada María. Pasaron los años 60 filmando juntos quién le tiene miedo a Virginia Wolf, la fierecilla domada, la comediante, 17 películas en total, algunas obras maestras, otras fracasos.
Y pero el matrimonio después de 10 años empezó a desmoronarse. Burton bebía demasiado, Elizabeth bebía demasiado, discutían cada vez más fuerte, las reconciliaciones cada vez se hacían más cortas. Maed, en 1973, durante un rodaje en Roma, Burton ingresó por primera vez en una clínica de desintoxicación. Estuvo internado 3 semanas.

Cuando salió había bajado 15 kg, pero la abstinencia no duró. Empezó a beber otra vez después de 3 meses fuera de la clínica. Y Elizabeth, que se había prometido acompañarlo en su lucha, no aguantó. Empezó a beber con él otra vez. Mejor decían los dos, beber juntos que solos. Era una manera de seguir compartiendo algo, aunque ese algo los estuviera matando lentamente.
Se divorciaron por primera vez el 26 de junio de 1974. Elizabeth tenía 42 años, pero la historia no terminó allí. 11 meses después, en agosto de 1975, en un retiro en Botswana, África, Elizabeth y Richard se volvieron a casar. Un milagro. Pensaron que esta vez funcionaría. Pensaron que habían aprendido. Pensaron que el amor ganaría.
Duró 9 meses. El 29 de febrero de 1976 se separaron por última vez. Cuando Burton murió en agosto de 1984, a los 58 años de una hemorragia cerebral, Elizabeth recibió la noticia en su casa de Bella. Ella estaba cenando con amigos. Nu. El teléfono sonó. Ella respondió y se puso pálida.
Sus amigos contaron en una entrevista posterior que Elizabeth se levantó de la mesa. Caminó lentamente hasta su habitación. cerró la puerta y no salió durante 24 horas. Cuando volvió a salir, al día siguiente no había llorado, tenía los ojos secos y dijo, con una voz baja, casi sin emoción, “Me llevó dos maridos, Mike Todd y ahora Richard.
Los dos en accidente, los dos demasiado pronto. Quizás soy yo. Quizás soy yo. problema en en en [carraspeo] esa frase cargada de culpa de una mujer de 52 años resume mucho de lo que Elizabeth Taylor pensaba en privado, que ella era una especie de viuda crónica, que los hombres que la amaban morían demasiado pronto, que había algo en su vida que cobraba un precio que no entendía.
Después de Richard Burton, Elizabeth Taylor sabía algo que pocas personas saben, que el amor no se reemplaza, que un hombre como Richard Burton, una vez perdido, no vuelve a aparecer y que ella iba a tener que pasar el resto de su vida con esa ausencia. Durante los siguientes años, Elizabeth se volvió a casar dos veces más con un senador de Virginia llamado John Warner en 1976.
Vivió con él en Washington durante 6 años. Ganó 30 kg por la depresión. Empezó a beber más. Se separaron en 1982 y finalmente su octavo y último matrimonio. En 1991, a los 59 años, Elizabeth Taylor se casó con Larry Fortensky, un obrero de la construcción, 20 años más joven, sin estudios, que había conocido en una clínica de rehabilitación llamada Betty Ford Clinic.
La boda se celebró en el rancho Neverland Michael Jackson. Sí. El rey del pop, amigo íntimo de Elizabeth durante años, le ofreció su rancho privado para casarse. Michael acompañó a la novia al altar junto con el hijo mayor de Elizabeth, Michael Wilding Jr. La boda fue un espectáculo de paparazis, helicópteros, celebridades.
El vestido de Valentino costó 2 millones de dólares. La amistad entre Michael Jackson y Elizabeth Taylor era una de las más particulares de Hollywood. Empezó en 1984, cuando Michael tenía 26 años y Elizabeth 52. Michael siempre había admirado a Elizabeth desde niño. Coleccionaba sus películas, estudiaba sus expresiones.
Cuando finalmente pudieron conocerse, descubrieron algo que tenían en común. Los dos habían sido niños estrella, explotados desde pequeños. Los dos habían perdido sus infancias a cambio de fama. Los dos vivían atrapados en cuerpos que la gente miraba demasiado. Los dos sabían lo que era no poder caminar por la calle como una persona normal.
Esa amistad iba a durar 24 años hasta la muerte de Michael en 2009. Cuando Michael fue acusado por primera vez de abuso de menores en 1993, Elizabeth fue una de las pocas celebridades que lo defendió en público. Le ofreció su casa cuando él tenía miedo de quedarse solo. Le pagó abogados. Estuvo a su lado durante los juicios. El matrimonio con Fortenski duró 5 años.
Era inevitable. El obrero, según contaría él mismo en una entrevista, no podía aguantar la presión mediática. Se sentía pequeño al lado de Elizabeth. Se divorciaron en 1996, pero a diferencia de los otros divorcios, este terminó bien. Elizabeth siguió pagándole un sueldo mensual a Larry hasta su muerte.
Lo consideraba, decía ella, un buen hombre, solo que demasiado pequeño para el mundo en el que ella vivía. Ese fue el último matrimonio de Elizabeth Taylor. Tenía 64 años. No volvió a casarse, probablemente porque ya había entendido que ningún hombre iba a poder reemplazar a Mike Todd. Durante los últimos años de su vida, Elizabeth Taylor fue paradójicamente una de las mujeres más respetadas y queridas del mundo, no por sus matrimonios, por su trabajo de activismo contra el sida.
Cuando su amigo Rock Hudson reveló en 1985 que estaba muriendo de sida, Elizabeth Taylor fue una de las primeras celebridades del mundo en hacer dos cosas. Primero, apoyar públicamente a su amigo en una época en la que el sida era considerado una vergüenza. Segundo, fundar una organización para luchar contra la enfermedad.
La American Foundation for AIDS Research, conocida como Mfar. A través de Mfar, Elizabeth recaudó cientos de millones de dólares. Habló frente al Congreso de Estados Unidos. Pidió audiencia con el presidente Reagan. Visitó hospitales llenos de enfermos abandonados por sus familias. En una época en la que ni siquiera los médicos querían tocar a los pacientes con sida por miedo, Elizabeth Taylor entró en las habitaciones, los abrazó, les tomó la mano.
Hay un momento documentado, recogido por un periodista del New York Times que muestra hasta qué punto Elizabeth se involucró. Era 1986. El presidente Ronald Reagan no había pronunciado todavía públicamente la palabra sida. La epidemia llevaba 5 años matando a miles de jóvenes. La administración Rean no respondía. Elizabeth Arda organizó una cena privada en su casa de Bellir, invitó a Rean, lo sentó al lado de un joven enfermo de sida llamado Ryan White y durante toda la cena le pidió al presidente que mirara al joven a los ojos, que
escuchara su historia, que entendiera que no era un grupo demográfico, sino seres humanos que estaban muriendo. Reagan, según los testimonios posteriores, salió de esa cena conmovido. Pocos meses después, finalmente pronunció la palabra sida en un discurso público. La presión política empezó a cambiar, las inversiones en investigación empezaron a llegar y todo eso en parte gracias a una cena organizada por una actriz que había decidido que no iba a dejar morir a sus amigos sin pelear por ellos.
Una enfermera del hospital Ceders Senai contó muchos años después una imagen que la marcó para siempre. Era 1987. Un joven enfermo de sida, abandonado por su familia llevaba tres semanas sin recibir ninguna visita. Elizabeth Taylor entró en la habitación, se acercó a la cama. El joven, casi inconsciente abrió los ojos, la reconoció, empezó a llorar.
Elizabeth se sentó en el borde de la cama, le tomó la mano y se quedó allí 4 horas sin hablar, solo tomándole la mano hasta que se durmió. Cuando el joven murió, dos días después, Elizabeth pagó el funeral entero, lo enterró. Ella eligió las flores, eligió el ataúd, eligió las palabras de la lápida. La familia del joven que se había negado a verlo en sus últimos meses, no se enteró del funeral.
Era una promesa que Elizabeth le había hecho al joven antes de que muriera, que su familia, que lo había rechazado en vida, no iba a tener el derecho a llorarlo en muerte. Esa, según los amigos cercanos de Elizabeth, era la verdadera Elizabeth Taylor. No la mujer de los ocho maridos, no la mujer de los diamantes.
La mujer que se sentaba en silencio durante 4 horas al lado de un desconocido moribundo, simplemente para que no muriera solo. Los últimos años de su vida fueron años de enfermedades. Una tumor cerebral en 1997, diabetes severa, insuficiencia cardíaca congestiva, diagnosticada en 2004. Operaciones de columna, operaciones de cadera, cada año una nueva crisis, cada año una nueva hospitalización, pero seguía, seguía siempre hasta el final.
A principios de febrero de 2011, Elizabeth fue ingresada en el centro médico Ceder Sinai de Los Ángeles, insuficiencia cardíaca. Esta vez los médicos sabían que era el final. Le dieron unas semanas. Pasó esas últimas semanas rodeada de sus cuatro hijos, Michael, Christopher, Lisa y María, de sus 10 nietos, de sus cuatro bisnietos, de algunos amigos íntimos.
que viajaron desde lejos para despedirse. El 22 de marzo de 2011, las enfermeras notaron algo extraño. Elizabeth, semiconsciente, susurraba algo. Una y otra vez. Las enfermeras se acercaron, pusieron el oído cerca de su boca y entonces escucharon, decía un nombre, Mike, Mike, Mike. El 22 de marzo, 53 años exactos después del accidente del avión, The Lucky Liz, el día exacto del aniversario de la muerte de Mike Todd, su único amor verdadero, murió al día siguiente, el 23 de marzo de 2011, a las 9:28 de la mañana. Tenía 79 años. El funeral se
celebró el 24 de marzo, una ceremonia privada judía presidida por el rabino Jerry Cutler en el cementerio Forest La de Glendale, California. Solo familia y amigos íntimos. Elizabeth había pedido en su testamento una cosa muy particular, que la ceremonia empezara con 15 minutos de retraso. Decía con una sonrisa que solo ella podía dar.
que toda su vida había llegado tarde, que no iba a ser puntual ni siquiera para su propio funeral. La ceremonia empezó con 15 minutos de retraso, tal como ella lo había pedido. La enterraron en una sección privada del cementerio al lado de su madre Sarah, no al lado de Mike Tod.
Mike Tod estaba enterrado en otro cementerio en Chicago, en una tumba familiar. Pero hay un detalle, un detalle que solo se publicó años después de su muerte. Elizabeth Taylor, en su testamento había dejado una pequeña instrucción para sus hijos. pedía que dentro de su ataúd, sobre su pecho, le pusieran una sola cosa, una foto. Una sola foto.
La foto era de 1957, una foto que Mike Todd le había dado durante una luna de mielia. En la foto, Mike sonríe con un cigarrillo en la mano. Detrás de él se ven las colinas de la Toscana al atardecer. Mike había escrito atrás con tinta negra en inglés para Milis, la mujer que va a ser mía hasta el fin de los tiempos. Mike, Florencia, agosto, 57.
Esa foto la había llevado Elizabeth Taylor en su bolso durante 53 años. Había viajado con ella a Roma, a Londres, a Acapulco, a París. Había estado en sus carteras durante cada uno de los siete matrimonios posteriores. La había mirado en los aeropuertos, en los hoteles, en los hospitales. Era el objeto más importante de su vida y se la llevó a la tumba.
El secreto verdadero de Elizabeth Taylor, lo que muy pocas biografías han querido contar, es que ella nunca fue feliz después de marzo de 1958. Nunca. Ningún Burton, ningún Diamante, ningún Óscar, ningún Michael Jackson, ningún campaña humanitaria pudo llenar un poco el vacío, distraerlo, adormecerlo durante algunos meses, pero nunca llenarlo. Esa es la verdad.
Detrás de los ocho matrimonios, detrás de los millones, detrás de las portadas. Una mujer de 26 años recibió una llamada telefónica una madrugada de marzo y todo lo que hizo durante los siguientes 53 años fue intentar olvidar el sonido de esa llamada. Hoy, 15 años después de la muerte de Elizabeth Taylor, su legado es enorme. Amfar sigue funcionando.
Ha recaudado hasta 2025 más de 600 millones de dólares para investigación contra el sida. Las películas de Elizabeth se siguen viendo en plataformas de todo el mundo. Sus joyas se vendieron en una subasta en 2011 por más de 150 millones de dólar. Una cifra récord en la historia de las subastas de joyería. La subasta tuvo un detalle curioso.
Un comprador anónimo durante tres días seguidos fue pujando por casi todas las piezas que habían pertenecido a Mike Todd, los anillos de boda, las pulseras de aniversario, los pendientes que él le había regalado en Capry en 1957 pagó cifras astronómicas. Cuando finalmente se reveló su identidad, el mundo entero quedó conmovido.
Era Lisa Tod, la única hija que Elizabeth había tenido con Mike. Tenía 54 años. Estaba comprando los recuerdos de su padre, al que apenas había llegado a conocer porque tenía 7 meses cuando él murió. Esos diamantes para Lisa no eran joyas, eran fragmentos de un padre que solo conocía por las fotos.
Pero el verdadero legado de Elizabeth Taylor no está en esas cifras, está en una pregunta que su vida nos deja a todos. La pregunta más dolorosa que se le puede hacer a un ser humano. ¿Qué pasa con vos cuando perdés a los 26 años a la única persona que te hizo sentir completa? ¿Qué pasa con vos cuando entendés a los 26 años que ya viviste lo mejor de tu vida y que todo lo que viene es un eco cada vez más débil? Elizabeth Taylor pasó 53 años respondiendo a esa pregunta.
Lo intentó con Eddie Fisher, lo intentó con Richard Burton dos [carraspeo] veces, lo intentó con un senador, lo intentó con un obrero, lo intentó con campañas humanitarias, lo intentó con películas, lo intentó con joyas, lo intentó con amistades como la de Michael Jackson y Rock Hudson. y lo intentó sobre todo llevando una pequeña foto en el bolso, una foto que cabía en la palma de la mano, una foto de un hombre con cigarrillo bajo el sol de la Toscana en agosto de 1957.
Esa foto era todo lo que le quedaba y fue lo único que se llevó cuando se fue. Y vos del otro lado de la pantalla, ¿alguna vez perdiste a alguien así? ¿Alguien irreemplazable? ¿Alguien que dejó un hueco que nadie pudo llenar después? ¿Sabes exactamente lo que vivió Elizabeth Taylor? Y sabes que las mujeres que la criticaron como rompehogares, como egoísta, como caprichosa, no entendieron nada porque no entendieron que detrás de cada nuevo matrimonio, detrás de cada nuevo diamante, detrás de cada nueva sonrisa
pública, había una mujer intentando desesperadamente no ahogarse en el silencio que dejó un avión que cayó una madrugada de marzo en las montañas de New México. A veces las personas que parecen tenerlo todo son las que perdieron lo único que importaba. Y a veces los grandes amores no llegan a la vejez.
Llegan al principio, brillan durante un instante y se van demasiado rápido, dejándonos toda la vida para descifrar lo que significaron. Mike Todd y Elizabeth Taylor estuvieron juntos 13 meses. 13. Y ella vivió 53 años más sin él. Esa proporción terrible, 13 meses contra 53 años, es la verdad escondida detrás de la mujer más famosa del siglo XX.
Una mujer que tuvo todo, una mujer que perdió lo único que necesitaba, una mujer que se convirtió en leyenda mientras lloraba en silencio cada 22 de marzo hasta el día de su muerte. Pensa un momento en eso. 13 meses contra 53 años. ¿Cuánto tiempo de tu propia vida vas a dedicar al recuerdo de los meses más felices? ¿Cuánto vas a esperar para encontrar a esa persona que te haga sentir como Mike Todd hizo sentir a Elizabeth? ¿Y qué vas a hacer si ya la encontraste y la perdiste? Elizabeth Taylor tomó una decisión silenciosa
después del 22 de marzo de 1958. Decidió no rendirse, decidió seguir viviendo. Decidió seguir amando, aunque fuera mal, aunque fuera imperfecto, aunque cada nuevo intento fuera una manera de admitir que el primero ya no iba a volver. Tuvo siete maridos más después de Mike Tod. Tuvo cuatro hijos, tuvo dos Oscars, tuvo una organización humanitaria que salvó miles de vidas.
Tuvo amistades como las de Rock Hudson y Michael Jackson. Tuvo 53 años más de vida. Esa es quizás la verdadera lección de Elizabeth Taylor. No la lección de los ocho matrimonios, no la lección de los diamantes, la lección de una mujer que perdió lo más importante a los 26 años y que decidió con todo el dolor del mundo seguir adelante, seguir construyendo, seguir amando, aunque fuera diferente, seguir buscando aunque ya supiera que no iba a encontrar.
Y en nuestra próxima historia vamos a entrar en la vida de otra mujer cuya belleza era considerada un milagro. Una mujer cuyas decisiones amorosas escandalizaron a una de las familias reales más antiguas de Europa y cuyo final guarda todavía hoy un secreto que sus descendientes intentaron ocultar durante décadas.
Una mujer que tuvo que elegir entre la corona y el amor verdadero y que pagó esa elección de una forma que nadie había imaginado. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido? Yeah.