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Raquel Welch: La Verdad Sobre el Padre Que Intentó Borrar Sus Orígenes

Era la época de la Segunda Guerra Mundial y Armando como ingeniero aeronáutico fue requerido para colaborar con el esfuerzo de guerra en el sur de California. Terminaron instalándose cerca de San Diego, en un barrio frente al mar llamado La Joya, donde el océano Pacífico rompía contra los acantilados. Y ahí, bajo el sol dorado de California, lejos del frío de Chicago y aún más lejos de las montañas de Bolivia, creció J. Raquel Tejada.

Junto a ella crecieron sus dos hermanos menores, Jim y Gale. Requel era la mayor de los tres, la primera, la que más cargó con las expectativas y también con la dureza de su padre. Por fuera parecían la familia perfecta, una casa bonita cerca del mar, un padre ingeniero, respetado, trabajador, una madre dulce y elegante, tres hijos sanos creciendo al sol.

Por dentro, la casa de los Tejada escondía otra historia. Armando Tejada era un hombre estricto, exigente, dominante. Quienes conocieron a la familia lo describían como una figura que imponía más miedo que cariño. era brillante, disciplinado, perfeccionista, pero también podía ser frío, autoritario, y según se ha contado en varios testimonios e incluso en un documental sobre la vida de Raquel violento dentro de su propio hogar, uno de sus exmaridos llegaría a describirlo años más tarde como un hombre profundamente violento.

Raquel creció buscando una aprobación que casi nunca llegaba. Quería que su padre estuviera orgulloso de ella. Quería que la mirara con dulzura, aunque fuera una sola vez. Pero entre ellos siempre hubo una distancia, una tensión, un miedo silencioso que se instaló en su pecho desde niña y que la acompañaría el resto de su vida.

Su madre, en cambio, era todo lo contrario. Josephine era suave, cálida, paciente. Raquel la describiría con los años como una mujer fenomenal, maravillosa. En ese hogar dividido entre la dureza del padre y la ternura de la madre, la niña aprendió pronto a leer los estados de ánimo, a anticipar las tormentas, a moverse con cuidado por una casa donde el ambiente podía cambiar en un instante.

Esa sensibilidad, esa capacidad de leer a las personas les serviría después delante de las cámaras. Pero nació del miedo. Para escapar de esa tensión, la pequeña Raquel encontró un refugio, un lugar donde el miedo no podía alcanzarla. El escenario. Desde muy niña tomó clases de ballet. Bailaba durante horas hasta que le dolían los pies.

En el movimiento, en la música, en la disciplina del cuerpo, encontraba algo que en su casa le faltaba, la sensación de ser mirada con admiración y no con severidad. El escenario se convirtió en el único lugar del mundo donde se sentía libre, donde se sentía dueña de sí misma. Esa relación entre la disciplina del cuerpo y la libertad la marcaría para siempre.

Y el mundo muy pronto empezó a notar a esa niña. A los 14 años ya ganaba concursos de belleza locales. La coronaron como la más fotogénica. La premiaron por su figura. En la secundaria de la joya acumuló títulos uno tras otro. Mesla Joya, M. San Diego, la más bella de la feria del condado. Cada corona era una pequeña victoria, cada aplauso, una dosis de ese cariño que en casa escasea, cada premio, una prueba de que el mundo la veía hermosa, aunque su padre rara vez lo dijera, pero ninguno de esos premios parecía impresionar a Armando Tejada. Y entonces

llegó la noche que lo cambió todo. Raquel tenía 16 años. Una tarde, en la cocina de la casa, su padre se enojó por la comida que su esposa había preparado. Y según la propia Raquel contaría, décadas después, en entrevistas de televisión y en un documental sobre su vida, Armando perdió el control y le arrojó leche encima a su madre, humillándola delante de sus hijos.

Algo dentro de Raquel se rompió. esa noche, pero no se rompió hacia adentro en silencio como tantas veces, se rompió hacia afuera. La adolescente caminó hasta la chimenea, tomó el atizador de hierro, ese que se usa para mover las brasas del fuego, y avanzó hacia su padre con el atizador firme en la mano y le dijo, con una voz que ella misma jamás había escuchado salir de su propia garganta, que nunca, nunca más volviera a tratar así a su madre.

Armando se quedó congelado, retrocedió. Por primera vez en su vida, el hombre que imponía miedo en esa casa sintió él miedo y dio un paso atrás. Ella misma reconocería años después que jamás había pensado en enfrentarse a su padre de esa forma. Fue puro instinto. Le pareció cruel, degradante, totalmente injusto lo que había hecho con su madre y actuó.

Pero ese instinto reveló quién era en el fondo una mujer dispuesta a plantarse, a no dejarse aplastar, a pelear aunque temblara por dentro. Ese gesto dejó una marca profunda en ella, porque amaba a su padre, lo admiraba, lo respetaba y al mismo tiempo le tenía un miedo terrible. Toda su vida arrastró esa contradicción imposible.

la necesidad desesperada de complacer a un hombre que la asustaba. Esa herida, ese nudo entre el amor y el miedo, sería el motor secreto de muchas de sus decisiones futuras. Antes de seguir, queremos saber una cosa. ¿Desde qué país nos estás escuchando esta historia? Déjanoslo en los comentarios. Nos hace muy felices ver de dónde vienen ustedes, desde qué rincón del mundo nos acompañan en estas vidas que merecen ser contadas.

Cada comentario nos ayuda muchísimo a llegar a más personas que aman estas historias. Ahora volvamos con Raquel porque su vida estaba a punto de dar un giro que la alejaría para siempre de aquella casa frente al mar. Después de la secundaria, Raquel entró a estudiar artesales en lo que entonces se llamaba San Diego State College.

Quería ser actriz, actriz de verdad. Quería interpretar personajes, meterse en la piel de otras mujeres, demostrar que tenía talento y no solo un rostro bonito. Esa ambición, ese hambre profunda de ser respetada por su trabajo, ya estaba ahí desde el primer día y nunca jamás la abandonaría. Fue la obsesión silenciosa de toda su vida.

Para ganarse algo de dinero, consiguió un empleo que parecía hecho a su medida. Se convirtió en la chica del clima de una estación de televisión local de San Diego. Cada noche aparecía en pantalla sonriente señalando mapas, anunciando el sol y la lluvia de California. Era su primer contacto real con las cámaras y las cámaras, desde el primer instante la adoraron. Había algo en ella.

una presencia, una luz que la pantalla amplificaba. Pero a los 19 años tomó una decisión que cambiaría el rumbo de todo. Se casó. Se casó con su novio de la secundaria, un joven llamado James Welch. Se conocían desde hacía años, desde los pasillos del colegio y por primera vez de forma abierta, Raquel hizo algo en contra de los deseos de su padre.

Armando no quería ese matrimonio, pero ella, la misma, que lo había enfrentado con un atizador, se casó de todos modos. Lo hizo por amor, sí, pero también, como ella misma reconocería más tarde, por la necesidad de tomar una decisión que fuera completamente suya, de hacer algo solo para ella, en franca rebeldía contra la voluntad de su padre.

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