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Leila Pahlavi: Hija del Shah… y Murió por Sobredosis a los 31

Imagina ser una niña de 7 años que nunca ha pisado el suelo sin que alguien antes lo haya barrido tres veces, que nunca ha comido una fruta que no haya sido probada antes por alguien  más para asegurarse de que no esté envenenada, que cuando llora las lágrimas caen sobre vestidos que  cuestan más que lo que una familia promedio gana en toda una vida.

Imagina crecer en un palacio de 500 habitaciones donde el mármol de los pisos  fue traído directamente de Italia, donde las cortinas pesan tanto que se necesitan dos personas  solo para abrirlas cada mañana, donde el silencio es tan absoluto que puedes escuchar el eco  de tus propios pasos resonando por corredores que parecen no tener fin.

Imagina que tu padre no es solo tu padre, sino el Shá de Irán, el hombre más poderoso del Medio Oriente, cuyas decisiones mueven naciones enteras, cuyos caprichos  se convierten en órdenes que nadie se atreve a desobedecer. Imagina que tu madre es tan hermosa  que las revistas europeas pelean por fotografiarla, que tu apellido abre cualquier puerta  en cualquier capital del mundo, que naciste con la certeza absoluta de que eres especial,  protegida, intocable.

Pero saber que en menos de 3 años ese palacio se llenará de gritos de revolucionarios que quieren la  cabeza de tu padre, que tendrás que huir en medio de la noche dejando atrás todo lo que conoces, que pasarás el resto de tu vida tratando de regresar a un lugar que ya no existe,  excepto en tus recuerdos, que llevarás un apellido que, en lugar de abrirte puertas,  te marcará como hija del dictador, como la princesa del régimen caído.

como la niña de oro que ahora no tiene hogar. Esta es la historia de Leila Palabi, eh la más pequeña de las princesas persas, la que sobrevivió al exilio, pero se ahogó en la soledad de un mundo que la rechazó por un crimen que nunca cometió, nacer en el palacio equivocado.  Hola a todos, bienvenidos a este viaje a través de una de las historias más desgarradoras del siglo XX.

Antes de adentrarnos en ella, me gustaría pedirles que dejen en los comentarios su respuesta a esta pregunta. ¿Creen que el peso de un apellido puede destruir a una persona tanto como cualquier tragedia externa? Los estaré leyendo con mucho interés.  Para entender la caída, primero debemos mirar al principio.

Primero debemos mirar a la niña. Debemos mirar los orígenes de una vida que comenzó en la cima absoluta del poder humano y terminó tres décadas después  en el silencio total de una habitación de hotel en Londres. Con el cuerpo de una mujer de 31 años rodeado de frascos de pastillas vacíos y el peso de una historia que nunca pidió cargar.

Leila Palabi nació el 27 de marzo de 1970 en Teerán, la capital de un imperio que su padre Mohamad rea Shaphlavi gobernaba con puño de hierro y sueños de grandeza faraónica. era  la sexta hija del Shá y la tercera de su unión con la emperatriz Fara Diva, la mujer que había logrado lo que las dos esposas anteriores no pudieron  darle al rey lo que más deseaba en este mundo, un heredero varón.

Cirus Resa,  el príncipe heredero, había nacido en 1960. Farnas llegó en 1963.  Alí reza en 1966  y Leila, la pequeña, la última, llegó 4 años después con ese nombre que en persa significa noche oscura o según otras traducciones, la que nació de noche, la que pertenece a las sombras. Nadie en el palacio de Niabarán habría interpretado ese nombre como una profecía.

Nadie habría podido imaginar que la pequeña que dormía en una cuna de plata bajo un  techo decorado con mosaicos del siglo X cumpliría de la manera más trágica con el destino que su nombre sugería.  Desde el primer instante de su existencia, Leila vivió en un mundo de extremos imposibles.

El palacio de Niiabaran, donde pasó sus primeros años,  era una ciudad dentro de una ciudad con sus propios jardines botánicos, su cine privado, sus  establos donde los caballos de raza árabe y persa esperaban pacientes a sus jinetes reales, sus fuentes de mosaico que murmuraban en los patios interiores, el rumor de una prosperidad que parecía eterna.

El aire en esos jardines olía a jazmín persa y a rosas importadas de Holanda  a tierra húmeda después del riego matutino, a esa mezcla particular de historia y privilegio que solo tienen los lugares donde el poder ha residido durante generaciones. Las alfombras bajo los pequeños pies de Leila tenían siglos de historia tejida en cada nudo.

un patrimonio de millones  de horas de trabajo humano que ella pisaba cada día sin poder apreciarlo, porque uno no aprecia el suelo que siempre ha tenido bajo los pies  hasta el día en que se lo arrancan. La infancia de Leila transcurrió entre dos realidades que pocas personas en el mundo han tenido que reconciliar.

Por un lado, la magnificencia material del palacio, los jardines infinitos, los sirvientes uniformados, los caballos de raza, los vestidos diseñados especialmente para ella, la educación en manos de preceptores privados que venían de las mejores universidades del mundo a enseñar a los hijos del sha. Por otro lado, una vida emocional que tenía mucho de vacío, mucho de distancia, mucho de ese silencio particular que se instala en las familias donde el poder es más importante que la intimidad.

Los palacios tienen una acústica peculiar. Absorben el sonido de manera diferente a las casas normales. Los pasos resuenan de otra manera. Las conversaciones se pierden en los techos  altos y el llanto de un niño en un palacio suficientemente grande puede no llegar nunca al cuarto donde duerme el adulto que debería escucharlo.

Eh, lo que comenzó como echi terminaría convirtiéndose en una marca imborrable. Leila aprendió desde muy joven que en el palacio se podía estar completamente rodeado de personas  y estar completamente solo. Aprendió que el lujo y la soledad no son contradictorios,  sino que a veces se alimentan el uno al otro, que la  riqueza puede construir muros más sólidos que la pobreza.

Aprendió que los adultos a su alrededor estaban siempre ocupados con cosas más importantes que sus preguntas o sus miedos. Y aprendió con esa crueldad de las lecciones que la infancia enseña antes de que tengamos palabras para nombrarlas. que era mejor no pedir demasiado, no necesitar demasiado, no esperar  demasiado.

Esas lecciones tempranas se convertirían años después  en el contexto del exilio, en las herramientas de supervivencia más peligrosas que podía tener, la capacidad de no pedir ayuda, de no  mostrar que se necesitaba, de continuar funcionando en apariencia mientras por dentro todo se desmoronaba.

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