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Iman Pahlavi: La Princesa que Se Suicidó… y Nadie Pudo Salvarla

10 de junio de 2001, Londres. Habitación 114 del Hotel Leonard. En el corazón de Marile Bone. Una camarera llama a la puerta tres veces. No hay respuesta. La llave maestra gira despacio. Lo que encuentra al otro lado es una joven de 31 años, tendida en la cama, vestida, quieta, con la mirada ya perdida en algún lugar al que nadie más puede seguirla.

Sobre la mesita de noche, varios frascos de medicamentos, una foto de su padre y una pequeña tarjeta con su nombre escrito con la caligrafía delicada de alguien que aún creía en los formalismos del mundo. Leila Palabi, princesa imperial de Irán, hija del sha, la última de los seis hijos de una dinastía que ya no existía.

tenía 31 años cuando murió sola en esa habitación de hotel, en una ciudad que no era su hogar, en un mundo que nunca llegó a ser el suyo. 1000 millones de dólares en cuentas dispersas por Europa. Una familia que la amaba, pero no sabía cómo salvarla. Un país que la había perdido cuando ella tenía 9 años y que jamás volvió a recibirla. y un cuerpo que desde la adolescencia se había convertido en su campo de batalla más íntimo y más cruel.

Pero para entender cómo llegamos aquí, a esta habitación silenciosa en Londres, a esta soledad tan absoluta que duele mirarla, debemos retroceder 22 años. Debemos volver a 1979, a los últimos días de un imperio, al momento exacto en que una niña de 9 años comenzó a convertirse en fantasma. Hola a todos.

Hoy vamos a desentrañar la vida y la muerte de Leila Palabi, pero no de forma lineal. Vamos a saltar entre momentos, entre decisiones, entre las grietas donde se filtró el veneno que eventualmente apagó su luz. Vamos a movernos entre Teerán y Nueva York, entre el esplendor y el exilio, entre la niña que corría por los jardines del palacio y la mujer que no encontraba razones para quedarse.

Antes de comenzar, déjenme preguntarles algo en los comentarios. ¿Creen que el exilio puede ser en sí mismo una forma de muerte lenta? Los leo todos. Ahora volvamos al principio. Mucho antes del Hotel Leonard, mucho antes de los médicos y los diagnósticos y los años de silencio. Volvamos a una tarde de 1973 en Teerán, cuando el mundo todavía tenía el perfume de los jazmines del palacio y una niña pequeña de nombre Leila acababa de nacer en el vértice exacto entre la gloria y el precipicio.

Leila Palabi llegó al mundo el 27 de marzo de 1970, la sexta y última hija del shamad rea Palab y su tercera esposa,  la emperatriz Fara Diva. Era la benjamina, la más pequeña, la más protegida y quizás, aunque nadie pudiera saberlo entonces, la más vulnerable. El Irán en el que nació Leila era una contradicción viva.

Por fuera una monarquía modernizada, una potencia petrolera, un aliado estratégico de Occidente, un país donde las mujeres podían votar, estudiar y trabajar. Por dentro, una olla a presión. El Sabac, la policía secreta del Sha, operaba en las sombras con métodos que el mundo prefería no ver. La oposición crecía en silencio, en las mezquitas, en las universidades, en los bazares y en el centro de todo.

La familia imperial vivía en una burbuja de protocolo, lujo y poder que los separaba del suelo que pisaban. Pero Leila no sabía nada de eso. Leila tenía jardines. Los que la conocieron de niña hablan de ella con esa ternura especial que se guarda para los seres que parecen demasiado delicados para este mundo.

Era tímida, dicen, sensible. Se pegaba a su madre con una intensidad que la emperatriz Fará recordaría décadas después, en entrevistas donde las palabras siempre parecían quedarse cortas. Leila seguía afará por los salones del palacio. Se escondía detrás de sus faldas cuando llegaban los dignatarios extranjeros y por las noches pedía que le dejaran la puerta entreabierta porque la oscuridad completa le daba miedo.

Era una niña normal dentro de una vida extraordinariamente anormal. Sus hermanos Resa, Faraná, Ali, Resa y Faridej eran figuras públicas desde la cuna. Entrenados para los retratos oficiales, para las apariciones en los balcones, para ser símbolos antes que personas. Leila, la más pequeña, tenía un poco más de margen, un poco más de sombra donde esconderse, pero incluso ella sabía con esa sabiduría instintiva que tienen los niños que crecen en palacios, que su vida no le pertenecía del todo, que había un guion, que había

un papel que cumplir. Ya. Entonces, en esos años de jazmines y corredores de mármol, las semillas de lo que vendría estaban plantadas,  no en la tierra de los jardines imperiales, sino en el alma de una niña que amaba demasiado y que el mundo estaba a punto de arrancarle todo lo que amaba de un solo tirón brutal.

Retrocedamos un poco más. A enero de 1979, Leila tiene 8 años y Teerán está en llamas, no de fuego, sino de voces. Millones de voces que gritan  el nombre de Yomini, que gritan el fin del sha, que gritan una revolución que nadie dentro del palacio quiere ver llegar, porque verla sería admitir que ya llegó. El sha está enfermo, tiene cáncer de hígado, aunque ese secreto todavía lo guardan con recelo.

Está debilitado, indeciso, paralizado entre los consejos contradictorios de sus asesores y la presión de un pueblo que ya tomó la decisión sin consultarle. Los que estuvieron cerca de él en esos días hablan de un hombre que parecía haber entregado la batalla internamente, mucho antes de que fuera obvio para el mundo exterior.

El 16 de enero de 1979, Mohamad Resalabi abandonó Irán. Oficialmente se fue de vacaciones. Todos sabían que no volvería. Todos sabían que esas vacaciones eran el fin de 2,500 años de monarquía persa y de una dinastía Palabi que apenas tenía 54 años de existencia, pero que había convertido a Irán en otra cosa, para bien y para mal.

El avión despegó de Mehrabad, dentro el Sha, la emperatriz Fará, sus hijos. Leila, que tenía 8 años y que llevaba en las manos una muñeca que no soltaría en todo el vuelo, nunca regresaría a Irán. Saltemos adelante a 1980. El Sha muere en el Cairo el 27 de julio. Leila tiene 10 años. Su padre lleva 17 meses de exilio errante. Egipto, Marruecos, Las Bahamas, México, Estados Unidos, Panamá, Egipto, de nuevo buscando un lugar donde pudieran quedarse, un país que los recibiera, una estabilidad que no llegó nunca porque los países amigos del Sha resultaron ser

amigos del Sha mientras tenía poder y petróleo. No después, la familia vio morir al Sha en el Cairo. vio como un hombre que había gobernado uno de los países más importantes del mundo, terminó sus días como un paciente trasladado de hospital en hospital, rechazado por casi todos los que alguna vez lo habían necesitado.

La lección que eso le dejó a Leila, aunque ella era demasiado pequeña para procesarla entonces, fue una que se incrustaría en su p sique con la precisión de un clavo. El mundo abandona.  El mundo promete y abandona. Lo que Leila no sabía mientras sostenía esa muñeca en el avión que salía de Teerán era que en julio de 1980 estaría parada frente a la tumba de su padre en un país extranjero y que ese sería apenas el primero de los duelos que definiría el resto de su vida.

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