El universo del espectáculo y la cinematografía mexicana posee capítulos cuya complejidad y dramatismo superan con creces los libretos más atrevidos de la ficción. Durante las décadas de los setenta y ochenta, las pantallas de los cines de la periferia y los grandes teatros de revista de la capital testificaron el surgimiento de un fenómeno cultural sin precedentes: el denominado cine de ficheras o sexicomedias. En este subgénero, caracterizado por el humor de doble sentido, los ambientes nocturnos y la explotación de la sensualidad, una mujer de imponente estatura, rasgos aristocráticos y una belleza exótica se alzó como la soberana absoluta del deseo popular. Su nombre artístico era Sasha Montenegro. Para el espectador común de la época, su figura representaba la cúspide del glamor transgresor, una deidad de celuloide que eventualmente consolidaría su estatus de poder al convertirse en la esposa del expresidente de la República, José López Portillo.
Sin embargo, detrás del brillo cegador de las marquesinas, las lentejuelas, los aplausos multitudinarios y los lujos extravagantes de las residencias presidenciales, habitaba un ser humano con una historia de origen marcada por el trauma de la guerra mundial, el éxodo forzado, la persecución política, el despojo patrimonial en los tribunales y una dolorosa agonía física que apagó su vida en el aislamiento. La biografía de Sasha Montenegro no es la simple crónica de una vedette afortunada; es el testimonio desgarrador de una sobreviviente que construyó una identidad mítica para sepultar los dolores del pasado, solo para verse atrapada en las redes de la ambición política, el escrutinio despiadado y la enfermedad terminal.
El origen balcánico: Los campos de exterminio y el primer dolor
Para comprender la profunda mística que envolvía la personalidad de Sasha Montenegro, es indispensable despojarse del velo de la farándula mexicana y descender a las raíces de su árbol genealógico, sepultadas bajo los escombros de la Europa de la posguerra. Su verdadero nombre desmitifica de inmediato su asimilación folclórica: Alexandra Asimovic Popovic nació el 20 de enero de 1946 en la ciudad costera de Bari, Italia, a orillas del Mar Adriático. Su llegada al mundo se consumó en un campamento de tránsito para refugiados, apenas unos meses después de la capitulación de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial.
Sus padres, Silvia Popovic y Zivojin Asimovic, eran ciudadanos pertenecientes a la aristocracia de la República Federal de yugoslavia, específicamente de la región que hoy ostenta el nombre de Montenegro. El estallido del conflicto bélico en los Balcanes destruyó de forma fulminante el patrimonio y la seguridad de la familia. Su padre fue capturado por las fuerzas del nacionalsocialismo alemán y confinado en los campos de concentración y exterminio nazi, un infierno del cual logró sobrevivir de milagro, pero donde vio perecer a la casi totalidad de sus hermanos y familiares directos. Al concluir la guerra, devastados emocionalmente y desprovistos de patria, el matrimonio emprendió una huida desesperada hacia el sur de Europa, utilizando a Italia como un muelle de paso para embarcarse hacia el continente americano, fijando su destino como inmigrantes en la Argentina.
La tragedia, sin embargo, se mudó con ellos. A los pocos años de haberse instalado en la provincia de Mendoza, donde la pequeña Alexandra inició sus estudios primarios y comenzó a asimilar la cultura hispanoamericana, su padre biológico falleció de forma prematura, víctima de las secuelas físicas y psicológicas del cautiverio en Europa. Tiempo después, su madre contrajo nupcias con un influyente y acaudalado empresario argentino, quien asumió con total responsabilidad la figura paterna de la niña, financiando una educación de élite que incluyó disciplinas rigurosas como el ballet clásico y la licenciatura en periodismo en la ciudad de Buenos Aires, entorno donde nacieron sus hermanos menores, Andrea Silvia y Claudio Ricardo.
Las puebladas argentinas y el arresto bajo la dictadura de Onganía
La juventud de Alexandra Asimovic estuvo lejos de la frivolidad que los departamentos de prensa de los estudios cinematográficos le asignaron posteriormente. A finales de la década de los sesenta, mientras cursaba sus estudios universitarios de periodismo en Buenos Aires, la Argentina se encontraba sumida en la oscuridad institucional tras el golpe de Estado perpetrado por el general Juan Carlos Onganía en 1966, el cual derrocó al presidente constitucional Arturo Illia. Una de las primeras medidas del régimen militar fue la disolución de los partidos políticos, la intervención de las universidades y la censura férrea de la actividad intelectual, lo que provocó una ola de levantamientos populares masivos y protestas estudiantiles conocidas históricamente como “puebladas”.
Durante la cobertura y participación en una de estas manifestaciones callejeras, la cual fue reprimida de forma violenta por los cuerpos policiacos de la dictadura con un saldo de múltiples muertes, la joven Alexandra fue detenida de manera arbitraria junto a un grupo de compañeros universitarios. Sometida a interrogatorios agresivos y confinada en los calabozos del régimen, la experiencia encendió las alarmas de su madre, quien horrorizada por los riesgos políticos que amenazaban la vida de su hija en una Sudamérica convulsa, tomó una decisión drástica en el año 1969: enviarla a la ciudad de Nueva York con el propósito de perfeccionar el idioma inglés y asegurar un entorno de paz para el desarrollo de su carrera periodística.
El desvío fortuito: De los planes periodísticos a los Estudios Churubusco
El destino de Alexandra Asimovic Popovic daría un giro copernicano debido a una invitación casual que alteró la bitácora de su viaje hacia los Estados Unidos. Durante una escala técnica en la Ciudad de México, un matrimonio de amigos argentinos le propuso quedarse unos días en territorio nacional para conocer la riqueza cultural, la magia y el encanto de un país que siempre había ejercido una fascinación mística sobre los extranjeros. La joven periodista, maravillada por los colores y la vitalidad de la capital mexicana a sus 23 años, aceptó prolongar su estancia turística sin imaginar que jamás abordaría el avión de regreso.
Durante un paseo recreativo por las instalaciones de los emblemáticos Estudios Churubusco, el centro neurálgico de la industria fílmica nacional, la imponente estampa de la argentina —poseedora de una estatura inusual para el estándar de la época, una cabellera azabache y unos ojos profundos— capturó la atención inmediata de un reconocido cazatalentos y productor cinematográfico. Impactado por su fotogenia y presencia escénica, el ejecutivo le ofreció de manera intempestiva un papel estelar en una producción cinematográfica. Aceptando el reto como una aventura temporal que financiaría sus vacaciones, Alexandra asumió el nombre artístico de Sasha Montenegro, debutando formalmente en el año 1972 en la cinta Un sueño de amor, compartiendo créditos con una joven Verónica Castro y con el ídolo de la canción popular, José José. El éxito de taquilla de la película fue tan demoledor que las ofertas contractuales llovieron sobre su mesa, sepultando de manera definitiva sus aspiraciones en el periodismo escrito para dar paso al nacimiento del mito erótico de una nación.
La era de las ficheras: La dignidad de una vedette ante la cosificación
A lo largo de una trayectoria prolífica que superó las dos décadas, Sasha Montenegro filmó aproximadamente 74 largometrajes, consolidándose como la primera actriz y el pilar fundamental del cine de ficheras y las sexicomedias de los años setenta y ochenta. Títulos como Bellas de noche, Muñecas de medianoche, La pulquería y Las vedettes inundaron las taquillas de México y Centroamérica, transformándola en un símbolo sexual indiscutible que generaba ganancias millonarias para los productores de la época. Su labor no se limitó al celuloide; Montenegro encabezó espectáculos nocturnos de gran fastuosidad en centros nocturnos estelares, donde desplegaba coreografías de ballet clásico adaptadas al teatro de revista musical.
Pese a que el subgénero cinematográfico operaba bajo premisas de cosificación femenina y sensualidad desbordante, Sasha Montenegro defendió con ferocidad su dignidad personal fuera de los libretos, imponiendo un estricto respeto en sus interacciones humanas. La propia actriz rememoró en sus años de madurez una anécdota que ilustra el carácter indomable con el que lidiaba ante el acoso de las élites económicas. Al concluir una de sus presentaciones nocturnas, Montenegro tenía la costumbre de descender del escenario para interactuar de forma cortés con los asistentes. En una ocasión, un acaudalado empresario de la zona VIP se le aproximó y, asumiendo que el erotismo de la puesta en escena poseía un valor transaccional, le cuestionó de forma explícita cuánto cobraba por pasar la noche con él a la salida del recinto.
Ofendida en su decoro profesional, Sasha Montenegro no solo rechazó la oferta de manera tajante, sino que exigió a la producción la expulsión inmediata del individuo, argumentando que el pago de una entrada de primera clase no otorgaba licencias para insultar la integridad de una artista. El desenlace del altercado asumió tintes de comedia bizarra: la esposa del empresario, percatándose de la humillación, comenzó a golpear a su propio cónyuge a bolsazos limpios en medio del foro, mientras el público presente, solidarizándose con la vedette, comenzó a arrojarle limones y hielos al infractor hasta obligarlo a huir del lugar. Con esta determinación, Montenegro demostró que la sensualidad de su personaje era un producto de su rango actoral y no una extensión de su vida íntima.
El idilio del poder: El triángulo amoroso con José López Portillo
En el cenit de su popularidad artística, la vida de Sasha Montenegro se entrelazó con las estructuras más opacas del poder político en México. A principios de la década de los ochenta, durante una gira de trabajo por el continente europeo, la actriz coincidió en la ciudad de Roma con José López Portillo, quien acababa de concluir su mandato presidencial (1976-1982) dejando al país sumido en una de las peores crisis financieras e inflacionarias de su historia moderna. El mandatario, obnubilado por el carisma y la imponente belleza de la diva del cine, inició un cortejo apasionado que desembocó en un tórrido romance secreto.
