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Exigieron que el padre negara a Jesús…pero un milagro de Carlo Acutis lo salvó en los últimos minuto

Un sacerdote mexicano, solo en Afganistán, con un documento que le exigía negar a Jesús. Y el sol bajando. Y los minutos contados. Lo que pasó en ese cuarto no tiene explicación natural. Hay cosas para las que 35 años de sacerdocio no te preparan. Estaba sentado en el suelo de barro de una sala sin ventanas en el corazón de Afganistán, con un documento frente a mí y una pluma entre los dedos, y el sol descendía despacio por el horizonte que alcanzaba a ver por una grieta en la pared, y los minutos que me quedaban se podían contar con una sola mano. No voy a decirles

todavía lo que había en ese documento ni lo que me pedían que hiciera. Lo que sí les digo es esto, hoy estoy aquí para contarles cómo Carlos Acutis me salvó la vida en los últimos minutos antes de que todo terminara. Mi nombre es el padre Andrés Castellanos. Tengo 60 años, de los cuales 35 los he vivido como sacerdote en la parroquia de San Francisco de Asís, en San Miguel Amatlán, un pueblo pequeño enclavado en la Sierra Norte de Oaxaca, a 2,400 metros sobre el nivel del mar, entre bosques de pino y encino que en invierno se cubren de niebla y en verano huelen a tierra mojada y copal.

que en invierno se cubren de niebla y en verano huelen a tierra mojada y copal. San Miguel Amatlán no aparece en las guías turísticas, no tiene hotel. Tiene una plaza central con un kiosco de hierro forjado que pintamos de verde cada dos años.

 Una escuela primaria con paredes de colores que los niños rayan con alegría y que los maestros intentan mantener limpias con una resignación digna. y que los maestros intentan mantener limpias con una resignación digna, un mercado dominical que es el centro social verdadero del pueblo más que cualquier otra institución, y mi iglesia que lleva una grieta en la fachada desde antes de que yo naciera y que ningún presupuesto municipal ha logrado reparar del todo.

No porque nadie quiera, sino porque hay cosas que una comunidad decide inconscientemente preservar porque se han convertido en parte de su identidad. Para llegar desde Oaxaca de Juárez, hay que tomar la carretera de la Sierra Norte y subir durante casi dos horas por un camino que en temporada de lluvias se convierte en una prueba de fe para cualquier vehículo que no sea camioneta de doble tracción.

 Yo hice ese camino cientos de veces en 35 años, en diferentes estaciones y con diferentes compañías y en diferentes estados de ánimo. Y lo conozco en cada curva, en cada barranca, en cada punto donde la niebla baja tan espesa en los meses de octubre y noviembre que los faros no sirven de nada y uno avanza más por memoria que por vista.

 Hay una curva en particular a unos 40 minutos del pueblo donde el camino gira bruscamente hacia el oeste y de repente, si el cielo está despejado, se puede ver el valle de Oaxaca allá abajo, tan lejos y tan pequeño, que los edificios de la ciudad parecen juguetes. Cada vez que pasaba por esa curva me detenía un momento, aunque fuera solo un segundo, porque esa vista me recordaba dónde vivía y por qué vivía ahí y cuánto espacio hay en el mundo entre un lugar y otro. Los 2,300 habitantes de San Miguel Amatlán los conozco cada uno por nombre. No es una exageración,

es el resultado de 35 años de presencia ininterrumpida en un pueblo donde la vida se desarrolla en un radio de pocos kilómetros y donde la iglesia es todavía, en muchas familias, el eje alrededor del cual se organizan los momentos importantes. Bauticé a los hijos de personas que yo mismo bauticé cuando llegué joven.

Enterré a abuelos cuyos nietos ahora me ayudan a cargar los santos en las procesiones. Celebré bodas entre personas que se conocieron en la catequesis que yo mismo impartí cuando eran adolescentes. Escuché en confesión a tres generaciones de las mismas familias, lo cual no quiere decir nada sobre lo que escuché, sino todo sobre el tipo de confianza que se construye lentamente, sin pretenderla, cuando uno se queda en el mismo lugar el tiempo suficiente.

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 Hay una cosa que aprendí sobre los pueblos pequeños que no se aprende en el seminario porque no puede enseñarse en el seminario. Que la presencia continua tiene un peso diferente a la presencia episodica. Un sacerdote que llega a misionar durante un mes y luego se va, es una cosa. Un sacerdote que está ahí cuando el granizo destruye la cosecha de maíz, y también cuando el siguiente año la cosecha es abundante y también cuando muere el patriarca de la familia más antigua del pueblo y también cuando nace el primer hijo de la generación siguiente, ese sacerdote es otra cosa. No más importante en términos

abstractos, pero diferente en lo concreto, diferente en el tipo de conversaciones que la gente tiene con él a las 2 de la mañana cuando no pueden dormir y necesitan hablar con alguien que los conoce de verdad. Esa era mi vida, era una vida buena, era la vida que elegiría de nuevo si pudiera elegir, y lo digo sin romanticismo, sino con la convicción sobria de alguien que ha tenido suficiente tiempo para comparar lo que tiene con lo que podría haber tenido.

 Lo que me llevó a Afganistán fue una conversación con el doctor Ernesto Salcedo, médico de Médicos Sin Fronteras y feligrés irregular de mi parroquia desde hacía 20 años. Necesitaban a alguien con experiencia en acompañamiento humano para una misión de distribución de alimentos en la provincia de Zarepol, en el norte del país. Me tomó tres días decidir que sí.

La preparación fue lo que fue. Vacunas, documentos, reuniones en Oaxaca de Juárez y en la Ciudad de México. Algunas palabras básicas en Dari que aprendí y que no alcanzaron para ninguna conversación real, pero que decían al menos que uno había hecho el esfuerzo. El día antes de partir, el diácono Rodrigo Fuentes, 28 años, hijo de una familia que conozco desde que él era niño, que venía a catequesis con los zapatos siempre desatados, metió algo en el bolsillo interior de mi colete de viaje sin decirme qué

era. Le pregunté, me dijo, ya lo verá cuando lo necesite, padre. No lo vi hasta que ya estaba en Afganistán. El vuelo desde la Ciudad de México hasta Kabul tomó 16 horas con escala en Dubái, 16 horas en las que dormí poco y pensé mucho, mirando por la ventana del avión esa oscuridad particular del vuelo nocturno sobre el océano donde no hay ninguna referencia exterior y el tiempo pierde su textura habitual.

 Ernesto dormía en el asiento de al lado con la facilidad de alguien acostumbrado a dormir en cualquier condición, lo cual yo siempre he considerado una habilidad que no puedes aprender, sino que simplemente tienes o no tienes. Los otros tres miembros del equipo, una enfermera guatemalteca llamada Valeria y dos médicos jóvenes cuyo primer día de misión era este, dormían o fingían dormir con distintos grados de convicción.

 Yo miraba la oscuridad exterior y pensaba en San Miguel Amatlán. Pensaba en la misa del domingo siguiente, que iba a tener que cubrir el Padre Benigno desde el pueblo vecino de Santa Catarina, Lachatao, un hombre de 71 años que conducía su propia camioneta por esos caminos de sierra con una confianza que yo encontraba admirable y ligeramente aterradora a partes iguales.

 Pensaba en Donato, el sacristán, que iba a tener que abrir y cerrar la iglesia sin mí durante las semanas que duraría la misión, y que haría eso con la misma eficiencia silenciosa con que hacía todo, sin queja pero también sin entusiasmo excesivo, que era su manera de demostrar que era indispensable. Pensaba en doña Consuelo Martínez, 73 años, que había venido a cada misa de los domingos desde que yo llegué al pueblo y que el día antes de mi partida había llegado a la sacristía con un bordado de punto de cruz de la Virgen de Juquila, que había hecho ella misma y que me había dicho que me lo pusiera en

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