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PERRO AGUAYO: POR ESTO MATARON A SU HIJO Y LO HUMILLARON HASTA QUE MURIÓ

25,000 aficionados en las gradas de la catedral del Pancracio y el perroayo hizo lo impensable. Paliza brutal al ídolo nacional. Le destrozó la máscara plateada del santo, le sacó sangre de la frente, lo dejó tirado tres veces en la lona y le propinó una golpiza memorable que pasó a los archivos del Salón de la Fama. Hijo del Santo lo confirmó textualmente décadas después. Cito literal a Hijo del Santo.

El perro está entre los mejores rudos. Tal vez de los mejores que he visto en toda mi vida. Ya no hay de esos rudos. Cierro la cita, pero la victoria brutal tenía un precio macabro porque la apuesta de la noche estelar era máscara contra cabellera. Y aunque el perroayo destrozó la máscara del santo en las tres caídas, el conteo final del referí Grand Davis dio la victoria al enmascarado de plata.

Primera humillación pública. Lo subieron a la silla del centro del cuadrilátero. La barbera oficial encendió la máquina rasuradora. Mechón tras mechón cayó al piso. Su melena negra de 29 años cayó por completo. 25,000 personas vieron la humillación. El candenoislán quedó calvo en la lona principal.

Recuerda esa primera humillación porque durante el calvario del año 75 apenas empezaba el camino brutal de las cuatro cabelleras perdidas del perro Aguayo Damián. Pero todavía falta para esa segunda humillación. Por ahora hay que volver al año 1979 porque el 23 de julio del año 79 nació en la Ciudad de México el hijo único oficial del perro Aguayo Damián.

Pedro Aguayo Ramírez, hijo de Luz Ramírez, esposa única del ídolo zacatecano. Recuerda esa fecha porque el muchacho que nació esa madrugada terminaría muerto en un cuadrilátero de Tijuana 35 años después. El perroayo cargó al recién nacido en sus brazos rudos, lo besó en la frente y le susurró unas palabras textuales que él mismo contaría décadas después.

Cito literal al perro aguayo Damián. Mi hijo, tú vas a ser luchador, pero por favor no escojas el cuadrilátero como destino. Es un camino que te puede costar la vida. Cierro la cita. Esas palabras del padre zacatecano durante el bautizo del Hijo resonarían como una premonición. Una premonición que tardaría 36 años exactos en cumplirse.

¿Por qué le pidió al hijo recién nacido no dedicarse al pancracio? Porque el padre sabía la verdad brutal del oficio. Sabía las muertes ocultas del Consejo Mundial. Sabía los paralíticos olvidados del toreo de Cuatro Caminos, sabía las viudas hambrientas de los gimnasios profesionales y sabía que Pedrito Ramírez tenía toda la sangre rudística del clan campesino zacatecano, lo que lo convertía en el blanco directo de las desgracias del cuadrilátero.

Pero el destino ya estaba escrito. y el propio Pedro Aguayo Ramírez contra la voluntad expresa del Padre. El toreo de Cuatro Caminos el 18 de junio del año 1995 a los 15 años de edad, sin permiso del padre, sin entrenamiento formal, a escondidas del propio perro Damián. El padre se enteró días después, lo confrontó en la sala familiar, le gritó tres horas seguidas y le exigió retirarse del pancracio de inmediato.

Pero el muchacho ya estaba enamorado del cuadrilátero. Cito literal al hijo del perro Aguayo. Papá, yo nací para el cuadrilátero. Tú no me vas a apartar del oficio, aunque te cueste verme caer en el ring. Cierro la cita. El perro Damián lloró esa noche en la sala familiar. Era la primera vez en 70 años de vida que el rudo del altiplano lloraba en su propia casa y supo de inmediato que iba a perder a su hijo único en los cuadriláteros del pancrácio mexicano.

La pregunta era, ¿cuándo y en qué función específica? Te lo advierto, lo que pasó las siguientes dos décadas confirmó la peor pesadilla del padre zacatecano. Porque Pedro Aguayo Ramírez, conocido como el hijo del perro Aguayo, se convirtió en menos de 10 años en uno de los luchadores rudos más populares del pancracio mexicano.

Campeón nacional en parejas con su propio padre, desenmascarador de picudo y texano junior, fundador del clan más temido del calendario contemporáneo Los perros del mal. Recuerda esa facción, porque sobre los perros del mal descansa la maldición más oscura de toda la historia reciente del pancracio. Y porque sobre los seis fundadores originales del clan rudístico, tres, terminarían muertos en exactos 6 años seguidos.

Pero todavía falta mucho para esa revelación. Por ahora hay que volver al año 2015. 20 de marzo del año 2015, viernes por la noche, Tala, Jalisco. Recuerda esa fecha exacta. Porque la noche del 20 de marzo del año 2015 empezó el calvario más oscuro del clan Aguayo Ramírez. El perro Aguayo Damián, 69 años de edad, vivía en la casa familiar del pueblo de Tala, 4 años retirado del pancracio, una vida tranquila de jubilado y un teléfono celular que no paraba de marcar al hijo toda esa semana.

Cinco llamadas en seis días consecutivos. Cito literal al perro Aguayo Damián. Mi hijo, no vayas a Tijuana este fin de semana. Algo no está bien. Cancela la función. Diles que estás enfermo del cuello. Yo te pago el dinero que dejas de cobrar. Cierro la cita. El hijo del perro Aguayo se reía en cada llamada del padre.

Cito literal al hijo del perro Aguayo. Papá, ¿estás paranoico? Ya están vendidos los boletos. La empresa me mata si no aparezco. Es una lucha de rutina. Cierro la cita. Esa fue la última conversación oficial entre el padre y el hijo. 4 días después, el sábado 20 de marzo, en el auditorio municipal de Tijuana, Baja California, el hijo del perro Aguayo subió al cuadrilátero para enfrentar a tres rivales en la función las cuatro esquinas de la empresa estadounidense de Crash lucha libre y nunca más bajó vivo del propio cuadrilátero norteño.

10:45 de la noche del 20 de marzo. Hijo del perro Aguayo y Manic contra Rey Misterio Junior y Extreme Tiger. Boletos agotados desde una semana antes, cámaras de televisión grabando el evento y el hijo del perro Aguayo cojeando sobre la entrada al cuadrilátero. Recuerda ese detalle porque sobre la cojera del muchacho del Distrito Federal descansa la primera prueba de lo que Alberto del Río revelaría 10 años después.

Esa noche en el camerino se vivió un ambiente extraño. El propio hijo del perro Aguayo llegó cojeando del cuello cervical. Tres semanas de lesiones previas, imposibilidad de girar el cuello hacia la derecha y un dolor lumbar que le impedía agacharse normalmente. El médico de cabecera de la empresa le pidió bajarse de la función.

Cito literal al médico de The Crash. Pedro, ¿no estás en condiciones de luchar esta noche. Las cervicales no responden. Yo firmo el certificado médico ahora mismo. Cierro la cita. Pero la empresa fronteriza insistió en la lucha estelar. El show debía continuar. Los boletos estaban vendidos, la transmisión televisiva estaba contratada y el hijo del perro Aguayo se puso las botas afelpadas heredadas del padre, sabiendo que el cuerpo le fallaba.

sabiendo que el cuello no respondía, sabiendo que algo no estaba bien y la empresa lo sabía también. Todos en el camerino lo sabían, pero nadie del clan rudístico lo detuvo. Y sucedió lo más asqueroso de toda esta historia. Antes de subir al cuadrilátero, un médico anónimo le aplicó una inyección específica al hijo del perro Aguayo.

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