Posted in

BLUE DEMON : ESTO ES LO QUE SUFRÍO DETRÁS DE LA MASCARA

 El tuerto le enseñó las bases, las llaves, las caídas, cómo caer sin romperse, cómo golpear sin matar. La lucha libre no es pelea de borrachos”, le decía el tuerto. Es teatro, pero con golpes reales. Alejandro entrenaba 3 horas cada mañana antes de ir a la escuela y otras dos horas al llegar. Mientras sus hermanos jugaban, él estaba tirándose al suelo, practicando llaves con un costal de arena.

A los 16 años pesaba 80 kg de músculo. No era el más alto,  no era el más rápido, pero nadie lo podía tirar fácilmente y tenía algo que no se enseña, presencia. Cuando entraba a un cuarto, la gente lo notaba. 1942, 19 años. Alejandro Muñoz llegó a Ciudad de México con 150 pesos en el bolsillo y una  carta del tuerto para un promotor de lucha libre.

 La carta decía,  “Este muchacho va a llegar lejos. Si no llega, rompan esta carta y olvídense de mí.” El promotor era Salvador Luterot, el hombre que había fundado la lucha libre profesional en México, el que había construido el toreo de cuatro caminos y la arena México. Luterot leyó la carta, miró al muchacho, lo hizo hacer tres movimientos básicos.

¿Sabes caer? Sí. ¿Sabes recibir una patada sin quejarte? Sí. ¿Sabes perder? Pausa.  Lo aprenderé. Luterot sonríó. Empieza el lunes. Los primeros dos años fueron invisibles. Alejandro peleaba en la carta prelimar antes de que llegara el público importante, delante de 30 personas. Ganaba, a veces, perdía, a veces, cobraba lo mínimo.

Dormía en una vecindad en Tepito con otros cuatro luchadores, cinco camas en un cuarto, un baño para todos. Comían en fondas baratas, vivían de frijoles y esperanza, pero observaba, aprendía, veía cómo trabajaban los grandes. Y había un grande que lo fascinaba más que ningún otro, el santo Rodolfo Guzmán Huerta, el enmascarado de plata, el hombre que ya era leyenda, el que hacía que la arena México se llenara solo con su nombre.

Alejandro lo veía pelear y tomaba notas mentales, no para copiarlo, para entender qué hacía que el público enloqueciese. No eran los golpes, no era la fuerza, era el personaje. Es el santo, no era un luchador, era un símbolo. Yo necesito mi símbolo, pensó Alejandro. 1944, Alejandro Muñoz Morales se convirtió en Blue Demon.

 La máscara azul no fue un accidente, fue una decisión calculada. El azul porque era el color menos usado en la lucha. Todos querían el rojo, el negro, el dorado, el demonio porque Alejandro entendió algo que otros luchadores no querían admitir. El público también quiere al villano, quiere tener a alguien a quien abuchear, alguien que les dé miedo.

Blue Demon empezó como rudo, el malo  de la historia, el que hacía trampa, el que insultaba al público  y el público lo odiaba. Compasión, lo que significa que lo amaban. Los primeros años de Blue Demon fueron los de construir una leyenda  desde cero. Pelea tras pelea, ciudad tras ciudad.

 Blue Demon recorría México en autobuses de segunda clase con la máscara en una bolsa de papel durmiendo en posadas de mala muerte. En Guadalajara lo tiraron al suelo y le lanzaron cerveza. En Monterrey, alguien le aventó una botella que le abrió la ceja. En Veracruz, un grupo de borrachos intentó quitarle la máscara en la calle.

No lo lograron. La máscara era sagrada. Eso lo tenía claro desde el principio. Sin la máscara soy Alejandro Muñoz, un muchacho de tampico sin nada especial. Con la máscara soy Blue Demon y Blue Demon no le teme a nada ni en a nadie. Eso lo repetía como mantra antes de cada pelea, después de cada derrota. Y aquí viene algo que nadie te cuenta en la versión oficial.

En esos primeros años, la lucha libre mexicana no era solo entretenimiento, era negocio. Y como todo negocio de esa época en México tenía conexiones oscuras. Los promotores no eran solo hombres de espectáculo. Muchos de ellos tenían vínculos con figuras del gobierno, con caciques regionales, con personas que usaban el dinero de las arenas para mover otros recursos.

Blue Demon lo sabía. Todos los luchadores lo sabían,  pero callaban porque el negocio era el negocio. Y quejarte con la persona equivocada podía significar quedarte sin contratos o algo peor. Guarda esto, lo vas a necesitar en el acto 3. 1948. Blue Demon llevaba 4 años de carrera y entonces llegó la rivalidad que lo cambiaría  todo.

 El santo, el hombre que ya era leyenda, el enmascarado de plata, el que había convertido la lucha libre en religión nacional. Y Blue Demon, el demonio azul, el rival que el Santo necesitaba para ser completo. Luterot los juntó. No fue accidente, fue estrategia. El bien contra el mal, la plata contra el azul, el héroe contra el villano.

El primer combate fue el 14 de septiembre de 1948. Arena México, llena hasta los topes. Blue Demon perdió ese noche, pero nadie recordó al ganador. Todos hablaron del perdedor, porque Blue Damon perdió de una forma que nadie había visto, peleando hasta el último segundo, negándose a rendirse, con la cara llena de sangre y los ojos todavía con fuego.

El público que lo había odiado durante 4 años empezó a silvar diferente, no de aprobación total, de respeto. Y eso fue el comienzo de algo mucho más grande, la gloria 1000 950 a 1965, los 15 años donde Blue Demon se convirtió en institución nacional, no solo luchador, institución. Pero antes de contarte la gloria, necesito contarte la traición, porque sin entender la traición no puedes entender quién era realmente Blue Demon.

Esta es la primera revelación que te prometí al principio. La traición que casi lo destruye. Corre el año de 1952. Blue Demon llevaba 8 años de carrera. Ya era famoso, no tanto como el santo, pero su nombre llenaba arenas. Tenía contratos en Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y tenía algo que muy pocos luchadores de su época tenían, una marca registrada, La máscara azul, el personaje de Blue Demon, su nombre artístico protegido legalmente desde 1949, o eso creía él.

 Lo que pasó en julio de 1952 fue uno de los escándalos más silenciados de la historia de la lucha libre mexicana. Es un hombre apareció en Guadalajara usando una máscara azul llamándose Blue Demon. No era Alejandro Muñoz, era otro luchador, un hombre que los promotores de Guadalajara habían contratado para llenar arenas usando el nombre y la imagen que el verdadero Blue Demon había construido durante 8 años.

¿Por qué pudieron hacerlo? Porque los registros legales de la época eran débiles. Porque los promotores eran poderosos. Porque la industria de la lucha libre no tenía sindicatos fuertes ni protecciones claras para sus trabajadores, y porque alguien cercano a Blue Demon le había vendido los detalles de sus contratos y su marca a la competencia.

Read More