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HARFUCH REVELA quien es el HIJO OCULTO entre EL MENCHO y MARIA JULISSA

 Y las decisiones de un hombre como el Mencho siempre tienen un significado que vale la pena entender. García Harfuch dio la instrucción de identificar a la mujer y al niño de esa fotografía. Lo que sus equipos encontraron en las siguientes semanas es una historia que México no conoció. Una historia que había permanecido oculta durante más de una década detrás de los muros de silencio que el CEJNG construyó alrededor de todo lo que consideraba estratégicamente valioso.

Una historia de una mujer que en algún momento de su vida tomó una decisión que la conexión para siempre con el hombre más peligroso de México y que pagó el precio de esa conexión de formas que nadie debería tener que pagar. Su nombre era María Julisa. Pero antes de entender lo que Harfuch encontró, antes de entender quién es el niño de esa fotografía y lo que su existencia significa para el futuro del CJNG y para la historia de este país, hay que entender quién es María Julisa.

 Hay que entender de dónde viene, cómo llegó a cruzarse con Nemesio o Ceguera Cervantes y qué clase de vida construyó una mujer que eligió o que fue elegida para cargar con el secreto más pesado del narco mexicano. Porque María Julisa no fue solo una mujer en la vida del Mencho, fue la única persona fuera de su círculo criminal, a quien el hombre más hermético del crimen organizado mexicano decidió guardarle una fotografía doblada en cuatro en el bolsillo más cercano a su corazón.

 Y eso en el lenguaje de los hombres que viven como vivió Nemesio o Ceguera Cervantes lo dice todo. Para entender esta historia hay que volver a los años en que el CJNG todavía era una organización joven, hambrienta y en proceso de demostrar al mundo criminal mexicano que había llegado para quedarse. Hay que volver a principios de la década de 2010 cuando Oseguera Cervantes acababa de fundar el cártel sobre las cenizas del territorio que había dejado Nacho Coronel.

 Y cuando la región de Jalisco vivía un reacomodo violento y acelerado que reconfiguraba el mapa del poder criminal en el occidente del país. En ese contexto, María Julisa era una mujer joven en Guadalajara. No venía del mundo del narco, no tenía familia en el crimen organizado, no era el perfil que uno imagina cuando piensa en la pareja de un capo.

 Era exactamente lo opuesto, una mujer ordinaria en el sentido más honesto de la palabra, de familia trabajadora, con una vida que transcurría en los márgenes de esa Guadalajara visible que existe a pocas cuadras de la Guadalajara invisible, donde el CJNG comenzaba a construir su imperio. Los detalles exactos de cómo se conocieron, Nemesio Oseguera Cervantes y María Julisa son parte de lo que la investigación posterior al operativo de Tapalpa reconstruyó a través de testimonios, documentos y registros que los equipos de inteligencia de García

Harfush procesaron durante días. Lo que esos registros revelan es que el contacto inicial no fue accidental en el sentido en que los contactos son accidentales en las vidas de las personas comunes. En el mundo del CJNG nada era completamente accidental. Pero lo que sí parece haber sido genuino, o al menos tan genuino como puede ser cualquier cosa en la vida de un hombre como el Mencho, es lo que ocurrió después de ese primer contacto.

 Porque Nemesio o Cuera Cervantes, el hombre que había construido su supervivencia sobre el principio de no confiar en nadie, de no dejar rastros, de no tener vulnerabilidades que sus enemigos pudieran explotar, hizo con María Julisa algo que no había hecho con nadie más fuera de su estructura criminal. Bajó la guardia.

No completamente. Nunca completamente. Un hombre en su posición no puede permitirse eso, ni siquiera con las personas que ama, quizás especialmente con las personas que ama, porque en el mundo del crimen organizado, las personas que amas son exactamente las que tus enemigos van a usar contra ti si descubren que existen.

 Pero bajó la guardia lo suficiente como para que existiera algo entre ellos, que estaba más allá de la funcionalidad operativa que caracterizaba todas sus demás relaciones. María Julisa supo desde el principio con quién estaba. No era una mujer que pudiera decir después que no sabía. Nadie en Guadalajara, a principios de la década de 2010 podía estar cerca de Nemesio o Ceguera Cervantes, sin saber exactamente quién era y qué representaba el CJNG.

Para esa época ya había mandado mensajes suficientemente claros sobre su naturaleza y su disposición a la violencia, como para que nadie en esa ciudad pudiera ignorar de qué se trataba la organización que él encabezaba. Que eligiera estar de todas las formas es algo que la investigación no puede responder con certeza.

 No sabemos si fue una elección completamente libre o si hubo en algún momento una presión que la hizo difícil de resistir. Lo que sí sabemos es que la relación existió, que duró un periodo significativo de tiempo y que produjo algo que Nemesio o Ceguera Cervantes decidió proteger con la misma ferocidad con que protegía sus rutas de narcotráfico y sus estructuras de mando.

Produjo un hijo. Cuando María Julisa quedó embarazada, la reacción del mencho no fue la que podría esperarse de un hombre de su perfil. No fue indiferencia, no fue la instrucción fría de resolver la situación y seguir adelante. Fue algo más complicado, más humano y, en cierta forma, más revelador de la psicología de un hombre que había construido una fortaleza de frialdad alrededor de sí mismo, pero que en algún lugar debajo de esa fortaleza seguía siendo también un ser humano con sus propias lesiones emocionales. El mencho

quiso a ese hijo, no de la forma en que un padre convencional quiere a sus hijos, con presencia cotidiana y desayunos y conversaciones sobre la escuela. Eso era imposible para un hombre que vivía en la clandestinidad de la sierra y que no podía aparecer en ningún registro público sin comprometer su supervivencia.

 Lo quiso de la única forma que podía, desde la distancia, con recursos, con protección y con la instrucción específica de que nadie, absolutamente nadie, fuera de un círculo mínimo de personas de su máxima confianza, podía saber que ese niño existía. María Julisa recibió esa instrucción y la cumplió. desapareció. No esencialmente, no en el sentido violento que esa palabra tiene en el vocabulario del narco mexicano.

Desapareció de la vida pública, de las redes sociales, de los círculos donde alguien pudiera hacer preguntas incómodas. Cambio de ciudad, cambio de rutinas. Construyó una vida deliberadamente invisible alrededor de un niño cuya verdadera identidad paterna era el secreto más peligroso que podía cargar.

 Porque un hijo de él Mencho no era solo un niño, era una palanca, era una vulnerabilidad, era exactamente el tipo de información que los enemigos del CJNG, tanto los rivales criminales como las agencias de seguridad mexicanas y estadounidenses, habrían pagado cualquier precio por obtener. Un hijo era la única forma de llegar a un hombre que no usaba teléfonos, que no tenía dirección fija, que se movía de noche y que había eliminado de su vida todo lo que pudiera ser usado en su contra.

excepto esa fotografía doblada en cuatro en el bolsillo de su chaqueta. Durante más de una década, el secreto se mantuvo. María Julisa vivió con ese peso en la forma en que solo pueden vivir las personas que cargan secretos que no eligieron completamente, pero que no pueden soltar. El niño creció sin saber con precisión quién era su padre.

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