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Ortega PROVOCÓ a Bukele… y la Respuesta lo Dejó DESTRUIDO

Porque 12 horas antes, en un salón privado del hotel de las delegaciones, Ortega había reunido a sus aliados. Venezuela, Bolivia, Cuba, los restos del socialismo del siglo XXI, que una década atrás dominaban la región y ahora se aferraban al poder como náufragos a maderas podridas. Y con voz ronca de años fumando puros cubanos, había dicho, “Mañana vamos a exponer a Bukele por lo que realmente es.

 Un fascista, un dictador disfrazado de demócrata.” A lo que Maduro, inclinándose con interés, preguntó cómo y Ortega respondió sonriendo, mostrando dientes manchados. Lo voy a provocar. Lo acusaré de ser un títere de Estados Unidos y de traicionar los ideales de la liberación latinoamericana. Y cuando responda porque su ego no le permitirá quedarse callado, lo destruiré con 45 años de experiencia revolucionaria.

 Los demás se sintieron convencidos. Era un buen plan porque Bukele era joven, impulsivo y famoso por respuestas explosivas en Twitter, así que si lograban provocarlo en una cumbre transmitida en vivo, quedaría expuesto como el amateur que creían que era. Y cuando alguien preguntó, “¿Y si no responde?”, Ortega rió confiado. “Entonces parecerá débil y cobarde.

 De cualquier forma ganamos. Una trampa perfecta.” o eso creía, porque lo que ninguno de esos viejos dictadores sabía era que Bukele llevaba 3 días preparándose exactamente para ese momento, ya que la asesora principal de Bukele, Carolina Resinos, había recibido dos días antes un mensaje desde la delegación nicaragüense, advirtiendo que Ortega planeaba atacarlo públicamente en la sesión plenaria y Carolina fue directo con Bukele.

 Señor presidente, Ortega planea provocarlo mañana frente a las cámaras. Bukele dejó su teléfono algo inusual y la miró fijamente. ¿Qué tipo de provocación? Personal y política va a llamarlo títere de Estados Unidos y va a cuestionar su legitimidad democrática. Bukele se recostó en la silla y preguntó con calma, “¿Cuántas cámaras habrá?” “Todas.

 CNN, BBC, Al Yasira y todas las cadenas latinoamericanas.” Y entonces sonríó. Perfecto. Démosle a Ortega exactamente lo que quiere, lo que desconcertó a Carolina. Señor, que me ataque, que diga lo que quiera. No voy a interrumpirlo ni defenderme. Voy a dejar que hable todo su tiempo. No entiendo, dijo ella y Bukele se inclinó hacia delante para rematar la idea.

 Ortega tiene 78 años y casi medio siglo como dictador. ¿Sabes cuál es su mayor debilidad? Cree que todavía vivimos en 1979. cree que los discursos revolucionarios aún funcionan y que el mundo no ha cambiado. Sacó su teléfono y abrió Twitter mientras concluía. Pero el mundo sí cambió y yo sé cómo hablarle a ese nuevo mundo.

 Así que déjalo hablar, déjalo atacarme, porque cuando termine voy a responder con algo que él jamás podrá contrarrestar. La verdad, porque eso era exactamente lo que Bukele había decidido usar como arma. Mientras en la sala de conferencias, Ortega seguía hablando sin darse cuenta de que cada segundo lo hundía más.

 Ya iban más de 4 minutos y su voz había subido de volumen. Sus gestos se habían vuelto teatrales, exagerados, claramente diseñados para las cámaras, repitiendo acusaciones como si estuviera en un miting y no en una cumbre internacional. Hablaba de democracia mientras acusaba a Bukele de encarcelar a miles sin juicio. Hablaba de libertad mientras denunciaba un supuesto control de medios.

 Hablaba de soberanía mientras lo señalaba como un hombre arrodillado ante Washington. Y algunos presidentes aliados asentían mecánicamente. Otros miraban el suelo incómodos, conscientes de que aquello estaba yéndose demasiado lejos, mientras las cámaras seguían grabando cada palabra y Bukele permanecía inmóvil con la misma sonrisa leve, las manos relajadas sobre la mesa, sin tomar notas, sin consultar asesores, simplemente esperando como quien sabe que el rival se está agotando solo.

 Y cuando Ortega finalmente terminó su diatriba, 7 minutos completos, respirando con dificultad, sudando bajo las luces, levantó la vista esperando una respuesta furiosa, el contraataque emocional que justificaría su siguiente embestida. Pero lo que encontró fue silencio hasta que el moderador carraspeó y anunció que el presidente Bukele deseaba responder.

 Y entonces Bukele tomó su vaso de agua, bebió con parimonia, lo dejó en la mesa, ajustó el micrófono con una calma casi provocadora y comenzó con una voz tranquila, casi cordial, agradeciendo a Ortega por haber usado tanto tiempo para hablar de él y diciendo que se sentía honrado de ocupar tanto espacio en sus pensamientos, provocando risas nerviosas en la sala, y acto seguido, sin elevar el tono, anunció que antes de responder quería hacerle unas preguntas, lo que descolocó por completo a Ortega, que asintió rígidamente, sin entender lo que se

venía. Y entonces Bukele lanzó la primera pregunta inclinándose apenas hacia delante, pidiéndole que aclarara cuántos presos políticos había actualmente en Nicaragua, citando cifras de amnistía internacional que superaban los 15,000, lo que endureció el rostro de Ortega, que intentó desviar diciendo que eran criminales y terroristas, pero Bukele lo interrumpió con suavidad para pasar a la segunda pregunta, consultando cuántos canales de televisión independientes operaban hoy en Nicaragua y recordando que en El Salvador incluso

los medios que lo atacaban a diario seguían transmitiendo sin restricciones, dejando a Ortega sin una respuesta clara y sin darle espacio para reaccionar. Bukele avanzó a la tercera pregunta cuestionando cómo podía acusarlo de arrodillarse ante Washington cuando Nicaragua recibía más de 100 millones de dólares anuales en ayuda venezolana, un país en colapso económico, mientras El Salvador había reducido su dependencia de ayuda externa en un 40% en apenas 3 años.

 Y para ese punto la sala estaba completamente en silencio, con las cámaras alternando entre un buquele sereno y metódico y un Ortega visiblemente enrojecido, hasta que Bukele sacó su teléfono para lanzar la cuarta pregunta, recordándole que llevaba en el poder, entre periodos continuos e interrumpidos, desde 1979, en más de cuatro décadas, tiempo en el que Nicaragua había pasado de ser una de las naciones más prom de Centroamérica a una de las más pobres del continente, con una tasa de pobreza cercana al 46% y una emigración masiva de miles de

ciudadanos cada año. Y entonces, cuando nadie en la sala esperaba que fuera más lejos, Bukele se puso de pie sin dramatismo, como si fuera a hacer un anuncio cualquiera. y caminando lentamente frente a la mesa, explicó que él y Ortega representaban dos visiones opuestas de América Latina, que el debate era sano, pero que existía una diferencia fundamental que todos debían entender, recordándole que llegó al poder en 1979, prometiendo liberación, justicia social y el fin de la dictadura de Somosa para luego soltar la frase que cortó el aire

de la sala al señalar que lo verdaderamente trágico era que había terminado convirtiéndose exactamente en aquello que juró destruir con su esposa como vicepresidenta, sus hijos controlando sectores económicos enteros. La Constitución modificada para perpetuarse en el poder, opositores encarcelados y medios cerrados convirtiendo a Nicaragua en una copia del pasado, solo que ahora él ocupaba el lugar de Somosa, lo que hizo que Ortega se pusiera de pie furioso, exigiendo respeto.

 Y Bukele, sin perder la calma, pero con una firmeza de acero en la voz, respondió que se atrevía precisamente porque, a diferencia de él, todavía creía que los líderes trabajan para el pueblo y no al revés, y que mientras Ortega lo acusaba de dictador por encerrar pandilleros, él prefería ser juzgado por haber devuelto la seguridad a millones de ciudadanos que durante décadas habían vivido con miedo.

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