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¡HARFUCH BLINDA Durango con 690 SOLDADOS! MEGAOPERATIVO ante la GUERRA N4RCO!

Eso no es una fórmula burocrática, es el marco legal que diferencia una operación militar profesional de un ajuste de cuentas y en Durango esa diferencia importa. Esa misma tarde, los 90 murciélagos se incorporaron a los operativos que la décima zona militar ya mantenía en coordinación con autoridades federales, estatales y municipales, patrullajes de disuasión, reconocimientos terrestres, presencia visible en puntos estratégicos.

El objetivo inicial no era confrontación directa, era presencia. Era demostrar que el Estado había decidido ocupar el espacio que el crimen organizado consideraba propio. Dos días después, el 12 de junio, llegó el segundo contingente y con él peso específico de la operación cambió de escala. 300 elementos del 78 batallón de infantería procedentes de la Ciudad de México entraron a Durango con escolta de la policía estatal.

Medios locales los conocen como los perrazos. Y el apodo dice, “Todo lo que necesitas saber sobre su reputación dentro del ejército. No son una unidad de élite en el sentido de las operaciones especiales. Son infantería de combate, soldados entrenados para la guerra de posiciones, para sostener terreno, para establecer puestos de seguridad en zonas de alta tensión y para responder con contundencia cuando la situación lo exige. 300 perrazos en una sola jornada.

Suma eso a los 90 murciélagos que ya estaban en territorio, 490 soldados en menos de 48 horas y todavía faltaba el tercer golpe. Imagina lo que eso significó para las estructuras criminales en la región. No en términos de miedo, que el miedo va y viene, sino en términos operativos. 490 soldados con equipo de combate en un estado donde hasta hace semanas el crimen se movía con relativa comodidad implica que cada ruta de abastecimiento se vuelve un riesgo.

Cada punto de reunión se convierte en una trampa potencial. Cada movimiento de personal dentro de la organización tiene que pasar por una capa adicional de cálculo. Eso es lo que hace la presencia militar masiva. No elimina el crimen de un día para otro, pero le sube el costo de operar hasta niveles insostenibles. El 13 de junio, a menos de 72 horas del primer despliegue, llegó el tercer contingente.

300 elementos de armas blindadas procedentes de Querétaro, los acorazados. Una unidad diseñada para operar con vehículos blindados para controlar vías de comunicación para garantizar que ninguna ruta de escape terrestre quede sin vigilancia. Su misión específica, según la Secretaría de Seguridad [música] Pública de Durango, es fortalecer la vigilancia en las carreteras y caminos que cruzan el estado en coordinación con el esquema que mantiene la Guardia Nacional a través de la Coordinación Estatal Durango. Piensa en lo que eso significa.

Significa que los murciélagos cubren el objetivo de élite, la penetración en zonas de difícil acceso. La inteligencia de campo significa que los perrazos sostienen el territorio. Establecen presencia física en comunidades y puntos estratégicos. Significa que los acorazados cierran las salidas, controlan las arterias, impiden el flujo.

No es un despliegue de un solo tipo de fuerza, es un sistema. Tres piezas que se complementan para cubrir tres dimensiones distintas del problema. 690 soldados, tres unidades especializadas, 4 días, un solo estado. Eso no es un operativo de rutina, eso es una declaración de intenciones. ¿De dónde vienen estos soldados? No de Durango, no de estados vecinos.

Los murciélagos llegaron desde el Estado de México en avión de la Fuerza Aérea Mexicana. Los perrazos llegaron desde la Ciudad de México en convoy terrestre. Los acorazados llegaron desde Querétaro. Tres orígenes distintos, tres tipos de despliegue distintos, un solo punto de convergencia, la décima zona militar con cuartel general en el centro histórico de Durango en un edificio neoclásico del siglo XIX que fue originalmente el seminario conciliar de la Arquidiócesis de Durango, cuyos trabajos de construcción iniciaron en 1888.

Ese detalle no es menor. La décima zona militar opera desde un espacio que el gobierno del presidente Plutarco, Elías Calles, expropió y convirtió en cuartel. Un edificio con historia, un edificio que vio pasar revoluciones, conflictos religiosos, cambios de régimen y que hoy coordina el despliegue militar más significativo que ha visto Durango en mucho tiempo.

Hay algo en ese contraste que dice mucho sobre la persistencia del Estado mexicano cuando decide actuar. Hay que decirlo con claridad. Los 690 soldados no llegaron al vacío, llegaron a un estado donde la semana previa había sido de alta tensión. El enfrentamiento del 9 de junio en Casa Blanca no fue el único episodio.

Según versiones del operativo que circularon en medios locales, hubo detenidos en comunidades cercanas durante esos días. La Guardia Nacional ya mantenía presencia activa [música] en el estado. Lo que hizo el refuerzo militar fue elevar esa presencia a una escala cualitativamente diferente. No más de lo mismo, algo distinto en estructura, en capacidad y en mensaje.

Y el mensaje lo leyeron todos. De acuerdo con reportes de la SSP Durango, cada uno de los tres contingentes fue recibido con escolta de la policía estatal. Eso no es protocolo menor, es coordinación interinstitucional visible, pública, intencionalmente documentada. El estado no llegó de noche ni sin avisar, llegó de día con convoy, con escolta, con fotos que la propia Secretaría de Seguridad Pública del Estado publicó en sus canales oficiales.

La visibilidad fue parte de la operación. Hay un dato político que no puede quedar fuera de esta conversación y que los medios nacionales apenas rozaron. El despliegue de 690 soldados en Durango se produjo en una semana en que el gobernador del estado tuvo que salir públicamente a negar señalamientos sobre presuntos nexos con el crimen organizado.

Eso no es un detalle menor, eso es contexto, cuando el titular del ejecutivo estatal tiene que dar la cara para negar vínculos con estructuras delictivas y en ese mismo momento el gobierno federal decide enviar casi 700 soldados a su territorio. La lectura política de ese cruce no es sencilla. No estoy diciendo que el gobernador tenga o no tenga esos vínculos, eso lo determinan las instancias competentes.

Lo que sí estoy diciendo es que la coincidencia temporal entre esos señalamientos y el despliegue federal es un hecho documentado que el espectador tiene derecho a conocer y a ponderar por sí mismo. La política y la seguridad en México no existen en compartimentos separados, nunca lo han hecho. Y cuando ambas cosas se cruzan en el mismo estado, en la misma semana, con esta intensidad hay que decirlo.

La Estrategia Nacional de Seguridad Pública bajo la que se enmarcó formalmente este despliegue establece que las operaciones federales se coordinan con autoridades estatales y municipales. Eso significa que el gobierno federal desplegó 690 soldados en coordinación con una administración estatal que al mismo tiempo estaba negando públicamente vínculos con el crimen.

¿Funcionó esa coordinación? Los reportes de la SSPE Durango sugieren que sí, al menos en lo operativo. Los convoyes llegaron con escolta policial. estatal. Los contingentes se integraron sin fricciones reportadas, pero la pregunta de fondo sigue ahí y seguirá ahí. Esto no es una crítica al operativo, es una capa adicional de la historia que importa para entender por qué Durango no es solo un estado más en el mapa de la seguridad mexicana esta semana.

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