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¡HARFUCH Y MARINA REVIENTAN a “EL CABEZÓN” LÍDER de los RUSOS en MEXICALI; CAE en su JEEP!

La oscuridad que eligió para protegerse fue exactamente lo que lo delató. Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. 48 horas antes del operativo, el Centro de Inteligencia Naval consolidó la información en un expediente de 15 páginas, rutas probables de escape, ventanas de movimiento, vehículo objetivo, perfiles de los acompañantes habituales, patrones de comunicación interceptados en la frecuencia 462,5,625 MHz.

El expediente llegó a manos del mando operativo de la Armada de México a las 11 de la noche del miércoles 11 de junio. La orden fue clara y llegó desde arriba. Contención total, fuerza de reacción inmediata, captura preferente. Y si el objetivo resiste, protocolo de neutralización activa. A la 1 de la mañana del jueves 12 de junio, dos elementos de infantería de Marina comenzaron su despliegue desde un punto de concentración ubicado a 17 km al norte de la zona objetivo, sin sirenas, sin luces.

Los vehículos con los faros apagados, navegando por las brechas del desierto con sistemas de visión nocturna. La formación táctica se dividió en dos equipos de seis. Equipo alfa posicionado en el punto de entrada norte de la brecha principal. Equipo Bravo cubriendo la salida hacia el límite con Baja California. El dron llevaba exactamente 71 horas con43 minutos sobrevolando el área operativa cuando transmitió la señal que todos esperaban.

La Jeep Gladiator blanca, coordenadas confirmadas, motor encendido en movimiento hacia la brecha principal. Lo que encontraron después no estaba en ningún reporte previo. En pantalla térmica, la imagen era nítida e implacable. Dos puntos de calor en el interior del vehículo. El objetivo y su acompañante. La camioneta avanzaba a velocidad moderada, sin prisa, sin sospecha.

El cabezón no venía huyendo, venía cruzando. Creía que era un movimiento de rutina hacia su territorio. El equipo Alfa recibió la instrucción de marcar el alto cuando el vehículo entrara en el radio de intercepción. La instrucción fue ejecutada con precisión absoluta. A las 2:47 de la mañana, las luces tácticas de la unidad de la Armada iluminaron la Jeep Gladiator blanca en medio de la brecha desértica.

La señal de alto fue clara, contundente e imposible de malinterpretar. El cabezón la ignoró. Lo que sucedió en los siguientes segundos fue la diferencia entre un operativo de captura y un operativo de neutralización. El conductor pisó el acelerador. La jeip aceleró bruscamente sobre la brecha de tierra, levantando una nube de polvo que los sistemas de visión térmica atravesaron sin dificultad. La fuga había comenzado.

El equipo Bravo fue activado de inmediato. El cerco de 17 km² que los marinos habían tejido durante hora y media en silencio absoluto se cerró en cuestión de segundos. No había salida hacia el norte. No había salida hacia el límite con Baja California. No había salida hacia el desierto abierto, porque en el desierto abierto el dron seguía sobrevolando, transmitiendo la posición exacta de la camioneta en tiempo real al mando operativo.

El cabezón no lo sabía, seguía acelerando, seguía creyendo que la oscuridad del desierto podía protegerlo. Afuera todo parecía normal. Adentro ya era demasiado tarde. A las 2:49 de la mañana, la persecución táctica por las brechas del desierto de San Luis, Río Colorado, entró en su fase activa. Los primeros 4 minutos fueron de velocidad pura y maniobra desesperada.

La Jeep Gladiator blanca abrió a fondo sobre la brecha principal una pista de tierra compactada de dos carriles que serpentea entre arbustos de mequite y cardones a lo largo de la franja fronteriza. El cabezón conocía esas brechas, las había recorrido de noche decenas de veces. Miraba con precisión, cortaba por atajos que solo alguien que conoce el terreno puede ver en la oscuridad.

Las unidades de la armada lo seguían sin perderlo. El dron marcaba cada giro, cada aceleración, cada intento de corte hacia el desierto abierto. Era una cacería guiada desde el cielo. El objetivo podía correr todo lo que quisiera, no importaba. A las 2:53 de la mañana, a bordo de la Jeep Gladiator, alguien tomó la decisión de cambiar las reglas.

Los siguientes 3 minutos fueron de fuego y caos controlado. El acompañante del cabezón bajó el cristal y abrió fuego con un rifle de asalto contra las unidades de la armada que venían en persecución. Las detonaciones rompieron el silencio absoluto del desierto como truenos secos. Una ráfaga, luego otra. Luego el impacto de los proyectiles contra la carrocería del vehículo de la Marina.

Los elementos de la Armada de México repelieron la agresión de inmediato con fuego preciso y disciplinado desde las ventanillas y las plataformas traseras de sus unidades tácticas. El desierto se convirtió en un corredor de fuego cruzado a más de 120 km/h sobre tierra sin pavimentar.

El polvo, los fogonazos de los disparos y la oscuridad crearon una escena que parecía sacada de una película de guerra, excepto que no había cámaras, solo había balas reales, hombres reales y un objetivo que sabía que había perdido, pero que todavía no lo aceptaba. Eso no es todo. El siguiente hallazgo hizo silencio en la sala.

Los últimos 2 minutos fueron de colapso total. Una ráfaga controlada del equipo alfa alcanzó la parte trasera de la Jeep Gladiator. Primero una llanta, luego el motor. La camioneta perdió tracción y desvió su trayectoria bruscamente hacia la derecha, saliendo de la brecha y clavándose en la arena del desierto abierto a una velocidad que la hizo girar 90 gr antes de detenerse.

Las puertas no se abrieron de inmediato. Pasaron 3 segundos. 3 segundos que los elementos de la armada cubrieron con posicionamiento táctico desde ambos lados del vehículo detenido. Linterna táctica encendida, arma al frente. Entonces, la puerta del conductor se abrió. Marco Antonio Valenzuela. El cabezón intentó bajar del vehículo.

Tenía al menos dos impactos de bala, uno en la región torácica derecha, uno en el muslo izquierdo. Cuando sus pies tocaron la arena del desierto de Sonora, sus rodillas se dieron. cayó contra la carrocería de la Jib y resbaló hasta quedar en el suelo. Un elemento de la armada se acercó, verificó el estado del objetivo y transmitió al mando.

Objetivo caído. Sigue con signos vitales. Necesita atención inmediata. No llegó la atención a tiempo. Marco Antonio Valenzuela, el cabezón, el hombre que había burlado a cada corporación durante años. El hombre que controlaba el desierto fronterizo como si fuera su patio personal. El hombre que esa madrugada creyó que la oscuridad lo protegería, murió en la arena del desierto de Sonora, minutos después.

A consecuencia de los impactos recibidos durante el enfrentamiento, su acompañante fue reducido dentro del vehículo con heridas de menor gravedad y trasladado bajo custodia estricta de la Marina a un hospital de la región. A las 3:4, el mando operativo recibió el parte final desde el punto de enfrentamiento. Alto al fuego, amenaza neutralizada, cero bajas federales.

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