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¿Por qué PERDIMOS EN PUEBLA? | La Confesión del General LORENCEZ

Habían peleado, habían causado bajas y se habían retirado en orden. Era una señal pequeña, pero clara. Este enemigo no pensaba rendirse sin luchar. Y aquí está uno de los detalles más reveladores de toda la historia. Casi una ironía del destino. Fue justo después de ese primer choque, después de haber visto a los mexicanos pelear con sus propios ojos, cuando Lorences escribió su carta más famosa, esa en la que se declaraba superior a los mexicanos en raza, en disciplina, en moral, y aseguraba que con 6,000 hombres

ya era dueño de México. Prepara en esto un segundo. [carraspeo] No escribió esas palabras desde la ignorancia total antes de conocer al enemigo. Las escribió después de que ese enemigo ya le había mostrado los dientes. Tenía la información delante y eligió no verla. Eso no es ignorancia, es soberbia pura. La soberbia no es no tener datos, es despreciarlos porque no encajan con lo que uno ya decidió creer.

¿De dónde salía esa ceguera? De una mezcla muy humana de tres ingredientes. El primero, el aura de invencibilidad de su ejército. Cuando llevas medio siglo ganando, te cuesta imaginar siquiera la forma de una derrota. El segundo, el prejuicio. Laes y muchos europeos de su tiempo veían a los pueblos latinoamericanos como inferiores, atrasados, incapaces de organizarse para resistir a una potencia civilizada.

Ese desprecio, que hoy no resulta repugnante, era entonces moneda corriente y le impedía tomar en serio a su rival. Y el tercero, las promesas envenenadas de los conservadores y del diplomático Saligní, que seguían asegurándole que Puebla lo recibiría con flores, que la población se levantaría a su favor, que la resistencia era cosa de cuatro liberales sin pueblo detrás.

Mientras Laurences se acercaba envuelto en esa nube de certezas, del otro lado pasaba algo que él no alcanzaba a medir. En Puebla lo esperaba un hombre muy distinto a él y merece una presentación porque es la otra mitad de esta historia. Se llamaba Ignacio Zaragoza. Era el general mexicano encargado de defender la ciudad, un militar serio, sobrio, sin la menor arrogancia.

No tenía el mejor ejército del mundo, tenía lo contrario, tropas escasas, mal equipadas, mal pagadas, muchas de ellas formadas por campesinos e indígenas de la región con poca instrucción militar. Pero tenía tres cosas que laes subestimó por completo. Conocía el terreno. Había preparado las defensas con inteligencia y sus hombres sabían exactamente por qué peleaban.

No defendían a un emperador lejano, ni una ambición colonial. Defendían su tierra, sus casas, su país. Zaragoza concentró su defensa en el punto más fuerte de la ciudad. Dos cerros que dominaban el acceso por el norte, coronados por dos Fortines, el de Loreto y el de Guadalupe. Desde ahí se controlaba todo.

Quien quisiera tomar Puebla por ese lado tendría que subir esas laderas bajo el fuego de los defensores atrincherados arriba. Era una posición pensada para que el atacante pagara carísimo cada metro. Así quedaron frente a frente las dos lógicas que iban a chocar el 5 de mayo. De un lado, la soberbia de un imperio que se creía invencible y que llegaba convencido de que la batalla ya estaba ganada.

Del otro, la preparación serena de un país pobre que no tenía nada a su favor, salvo el terreno, la causa y la voluntad de no rendirse. Todo estaba servido para uno de esos choques en los que la historia, cada tanto se permite humillar a los soberbios. Solo faltaba queenses cometiera el error que llevaba semanas preparando sin saberlo.

Llegamos al amanecer del 5 de mayo de 1862 y al error que lo decidió todo. Porque hay batallas que se pierden por mala suerte, por un giro del azar en pleno combate. La de Puebla no. La de Puebla se perdió en buena medida antes de que se disparara el primer cañonazo en una decisión que tomó Lawrence esa misma mañana mirando la ciudad desde lejos.

La decisión fue esta, atacar de frente los cerros de Loreto y Guadalupe, es decir, lanzar a sus hombres directamente contra el punto más fuerte, más alto y mejor defendido de toda la posición mexicana. Para entender por qué fue un error tan grave, hay que imaginar el terreno. Puebla no estaba rodeada solo por esos cerros.

Un comandante prudente podía buscar otro acceso, rodear, atacar por donde el enemigo fuera más débil, obligar a Zaragoza a salir de sus fortificaciones. Lorenz tenía opciones y eligió la peor de todas, la línea recta hacia arriba contra las fortificaciones cuesta arriba bajo el fuego de un enemigo atrincherado en lo alto. ¿Por qué lo hizo? Y aquí está la lección de este bloque, una que vale para cualquier época.

Lorences no eligió el ataque frontal porque fuera tonto, sino porque su soberbia le dictó la táctica. Razonaba más o menos así. Si los mexicanos son tan inferiores como yo creo, si su resistencia es tan endeble como me prometieron, entonces no necesito maniobras finas ni rodeos prudentes. Basta con golpear fuerte en el centro de frente y todo se derrumbará.

Un asalto directo, rápido, demoledor para terminar antes del mediodía y entrar a comer a Puebla. La táctica no salió de un análisis frío del terreno, salió de la idea que ya tenía del enemigo. Y esa es la trampa mortal de la soberbia. No solo te hace despreciar al rival, te empuja a tomar decisiones concretas, militares, basadas en ese desprecio.

El prejuicio se convierte en plan de batalla y un plan de batalla construido sobre una ilusión se [carraspeo] derrumba con la realidad. Hay además un punto técnico que ayuda a medir el tamaño del error. En la guerra de aquella época, atacar una posición fortificada en lo alto de un cerro era una de las operaciones más costosas que existían.

[carraspeo] El defensor, arriba y protegido, disparaba cómodo contra un atacante que subía expuesto, lento, cansado por la pendiente, ofreciendo el cuerpo entero como blanco. Una regla básica del arte militar decía que para tomar una posición así, por asalto frontal, hacían falta muchos más hombres que los que la defendían.

Y aún así, el precio en sangre era brutal. Lorense no tenía esa superioridad aplastante de números. Lo que creía tener era algo distinto. Superioridad moral, racial, de prestigio. Creía que el solo empuje de sus soldados invictos bastaría para que los defensores soltaran las armas y huyeran. apostó la batalla a esa creencia.

Hubo además una decisión paralela que agravó todo. Antes del asalto, la artillería francesa abrió fuego para ablandar las defensas mexicanas como mandaban los manuales. Pero los cañones no lograron el efecto esperado, no derribaron las fortificaciones ni desmoralizaron a los defensores lo suficiente. Y peor todavía, los franceses empezaron a gastar sus municiones de artillería a un ritmo que no podían sostener.

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