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BUKELE ROMPE DEPENDENCIA REGIONAL: y El Salvador Instala su Propio Cable Submarino

 Más aplausos, más ruido, más atención, hasta que lanzó el golpe final afirmando que el presidente prefería jugar con fibra óptica como si el país fuera Silicon Valley y no una nación con urgencias reales. sacó otra hoja y añadió que Honduras y Guatemala ya proveían servicio de internet, preguntando por qué necesitábamos un cable propio comparándolo con comprar un avión privado cuando existe el autobús, lo que provocó risas abiertas antes de sentenciar que aquello era populismo tecnológico, marketing político y una

obra faraónica sin sentido, cerrando la carpeta de un golpe y proclamando como representante del pueblo que decía, “No al despilfarro, no a la locura y no a ese proyecto. Mientras la sala estallaba en aplausos y Roberto bajaba del estrado sonriendo, convencido de haber ganado, sin saber que su discurso se transmitía en vivo por todos los canales y que en apenas 30 minutos el clip ya acumulaba 47,000 reproducciones, en 2 horas 380,000 y para el mediodía más de 1,200,000 personas lo habían visto destrozar el proyecto del cable submarino con

comentarios feroces que Lo respaldaban, criticaban al presidente Bukele y lo proclamaban presidenciable, alimentando la dopamina de la viralidad que lo llevaba a revisar el teléfono cada 5 minutos. Mientras su equipo entraba y salía con noticias de trending topic, solicitudes de entrevistas y hasta una mención del Washington Post, aunque había algo inquietante que casi nadie percibía.

 El silencio absoluto del presidente. Ni un mensaje, ni una declaración, ni un gesto. Lo que llevó a Sofía, su asistente de prensa, a preguntarle si no le parecía raro. A lo que Roberto respondió con seguridad que Bukele estaba asustado y no podía defender lo indefendible, aunque ella insistía en que siempre respondía. Cerrando él tema, convencido de que habían ganado esa batalla y de que el proyecto moriría en días, hasta que esa misma noche, ya en su apartamento del sexto piso en el escalón, demasiado grande para un hombre divorciado, se

sirvió un macalan 12, convencido de merecerlo. Vio su rostro repetirse en todos los noticieros. recibió mensajes de orgullo de su hija desde Miami y hasta un reconocimiento irónico de su exesposa. Apagó el teléfono para descansar y casi dormido. A las 11:37 recibió una llamada de un número desconocido con prefijo 503.

Algo lo impulsó a contestar y una voz femenina, profesional y directa se presentó como Mariana Ortiz, directora de telecomunicaciones del Ministerio de Innovación, lo que lo obligó a incorporarse en la cama mientras ella le decía que había visto su discurso, que entendía su postura, pero que había cosas que él no sabía, aclarando que no llamaba para convencerlo, sino para mostrarle la verdad del proyecto e invitándolo a estar al día siguiente a las 6 de la mañana en el puerto de la libertad, en el muelle donde llegaba el

cable, advirtiéndole que era su única oportunidad, sembrando la duda al decirle que él había hecho las preguntas correctas y que quizá, solo quizá, estaba equivocado porque los números que manejaba eran los que todos conocían, pero existían otros números que lo cambiaban todo, cerrando la llamada tras insinuar que allí estaría gente que él jamás esperaría ver a esa hora, dejando a Roberto inmóvil con la mente acelerada y el presentimiento de que si acudía a ese puerto, su vida cambiaría para siempre, razón por la cual despertó a

las 4:30 sin alarma, se vistió de manera más casual, salió a las 5:10 por calles aún dormidas y condujo en silencio hacia el puerto, cuestionándose si todo era una trampa o propaganda, pero sin detenerse, porque algo más fuerte que la lógica, lo empujaba a seguir avanzando. Llegó al puerto a las 5:53 de la mañana, 7 minutos antes de la hora pactada, cuando el sol apenas comenzaba a levantarse sobre el Pacífico y el cielo se pintaba de tonos naranjas y púrpuras que contrastaban con la actividad inesperada del lugar, porque a esa hora

ya había camiones de carga entrando y saliendo, contenedores apilados como muros metálicos y un aire denso mezclado con sal y diésel que lo envolvía todo. Y fue ahí cuando un guardia de seguridad se le acercó con seguridad llamándolo por su nombre, Drctor Vega, lo que hizo que Roberto asintiera sorprendido mientras escuchaba que la directora Ortiz lo estaba esperando en el muelle del fondo, caminando entonces entre contenedores con el sonido seco de sus zapatos resonando sobre el concreto húmedo, hasta que finalmente la vio. Y

en ese instante algo no encajó con la imagen que él había imaginado, porque Mariana Ortiz era más joven de lo esperado, poco más de 30 años, quizá 35, con el cabello recogido en una cola sencilla, lentes de marco grueso, jeans, botas industriales y un chaleco reflectante amarillo sin tacones ni trajes formales, parada frente a un barco gigantesco equipado con maquinaria compleja en la cubierta.

 un monstruo tecnológico imposible de ignorar. Ella se acercó, él extendió la mano, se saludaron con un apretón firme y profesional y Roberto fue directo al punto, confesando que no sabía qué hacía allí, a lo que ella respondió con una sonrisa tranquila, explicándole que estaba ahí porque había hecho las preguntas correctas y que ahora por fin iba a ver las respuestas, señalando el barco y presentándolo como el René de Kart, un barco cablero francés llegado así a tr días.

 mostrándole los enormes carretes, las grúas, los sistemas de control y explicándole que todo aquello era el sistema de tendido de fibra óptica submarina. Con el cable ya listo, más de 100 km preparados para ser instalados, algo que incluso a Roberto le resultó impresionante, aunque mantuvo su escepticismo preguntando cuánto costaba traer un barco así, recibiendo una cifra que confirmó sus críticas, 12 millones de dólares solo en la operación del barco.

 Pero entonces Mariana soltó la frase que lo descolocó, que esa inversión se recuperaría en apenas 18 meses, obligándolo a parpadear y a preguntar cómo era posible, momento en el que ella sacó una tablet y lo llevó a un contenedor adaptado como sala de reuniones, donde empezó a desarmar uno por uno los argumentos que él había gritado en el Congreso, recordándole que había dicho que Honduras y Guatemala ya les daban servicio de internet y preguntar preguntándole si sabía cuánto pagaba realmente el país por eso, revelándole que eran 83 millones de

dólares al año desde hacía más de una década, mostrándole gráficas, contratos y cifras ocultas en más de 40 partidas presupuestarias distintas, cifras que crecían año tras año hasta llegar a los 83 millones actuales, provocándole un nudo en el estómago al comprender por qué nunca había oído hablar de ello. Porque según Mariana, esas empresas tenían aliados en todos los partidos, incluido el suyo, aclarándole sin rodeos que no era corrupción, sino desinformación, pero que el proyecto completo del cable con instalación,

mantenimiento e infraestructura terrestre costaba 145,000000 y que en menos de 2 años el país dejaría de pagar esos 83,000000 anuales haciendo que el cable se pagara solo, aunque ese ahorro directo era apenas el inicio porque el verdadero problema era la dependencia, la falta de opciones que permitía a otros países subir precios, retrasar reparaciones o usar el servicio como herramienta política, recordándole el apagón de internet de Guatemala de 2 años atrás, que dejó al país 47 horas sin conexión internacional, con bancos

colapsados, servicios médicos detenidos y empresas perdiendo millones, golpeando a Roberto con la pregunta de por qué nadie hablaba de esto, porque nadie preguntaba, porque ningún político quería mirar más allá del titular fácil. Y entonces llegó la revelación más grande cuando Mariana le explicó que un país con conexión directa se convierte en un hop, un centro regional, mostrándole un mapa donde Nicaragua, Costa Rica e incluso Panamá ya evaluaban conectarse al cable salvadoreño, lo que significaba que en pocos años El

Salvador cobraría por el tránsito de datos y que Honduras y Guatemala terminarían pasando por su infraestructura, multiplicando la inversión inicial, dejando a Roberto sin palabras, mientras se levantaba y miraba por la ventana del contenedor al barco iluminado por el sol naciente, preguntándose por qué todo eso no se decía en público, recibiendo como respuesta que lo habían intentado sin éxito porque nadie publica análisis técnicos extensos, solo clips virales de políticos gritando.

 Y ahí fue cuando Roberto sintió algo que no había sentido en años. vergüenza, aceptando en voz baja que no sabía nada de aquello. Y fue entonces cuando Mariana lo invitó a subir al barco para hablar con el ingeniero jefe caminando hacia el muelle mientras el puerto despertaba por completo y las palabras de su propio discurso le martillaban la cabeza como disparos, subiendo por la escalerilla metálica hasta una cubierta llena de cables y pantallas donde finalmente conoció al ingeniero Duboa, un francés de unos 60 años con overall azul marino

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