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18 AÑOS DESPUÉS — IVÁN CEPEDA BAJO la LUPA de EEUU POR los ARCHIVOS de RAÚL REYES

A las FAR que secuestraron a madres delante de sus hijos y a hijos delante de sus madres. que pusieron bombas en plazas llenas de gente, que reclutaron a niños de 8, de 10, de 12 años para convertirlos en soldados que vivieron del narcotráfico y que con ese dinero compraron armas, compraron complicidades y compraron silencios en los lugares más altos del poder colombiano.

Esas FAR tenían jefes, tenían hombres que dirigían desde la sombra las operaciones criminales de una organización que en su momento fue considerada la guerrilla más poderosa y más peligrosa de América Latina. Y entre esos jefes había uno que era diferente a los demás, no porque fuera el más violento ni el que daba las órdenes de las masacres más grandes, sino porque era el más inteligente de todos, el más estratégico, el que entendía que la guerra no se gana solo con fusiles, sino también con palabras, con imagen, con relaciones

internacionales, con la capacidad de convencer al mundo de que los asesinos son en realidad luchadores por la paz. Ese hombre se llamaba Luis Edgar de Via Silva, pero nadie lo conocía por ese nombre. El mundo entero lo conocía por su alias. El nombre que usó durante décadas para moverse por los campamentos de la selva, para viajar a capitales extranjeras, para reunirse con presidentes y con ministros y con periodistas que no sabían o no querían saber exactamente con quién estaban hablando. El mundo lo conocía como Raúl

Reyes. Raúl Reyes era el canciller de las FARC, así lo llamaban, con ese título que suena oficial y serio, que suena a protocolo y a diplomacia, pero que en realidad describía algo mucho más oscuro y mucho más peligroso. era el hombre que construyó para las FARC una red de contactos y de aliados en todo el mundo, que fue tejiendo durante años una tela de araña de relaciones que llegaba desde los campamentos de la selva colombiana hasta los despachos del gobierno venezolano, hasta las reuniones del gobierno ecuatoriano, hasta los

parlamentos de países europeos, hasta las oficinas de organizaciones de izquierda en Argentina, en México, en España, en los Países Bajos, desde su campamento en la frontera entre Colombia y Ecuador. Raúl Reyes coordinaba todo eso con una paciencia y una precisión que sorprendería a cualquiera que imaginara que los jefes guerrilleros eran hombres rudos y primitivos que vivían entre el barro y las serpientes.

No, Reyes era un hombre moderno, era un hombre de computadores y de correos electrónicos, un hombre que entendía el poder de la comunicación y que usaba la tecnología con una habilidad que muchos políticos legales de su época no tenían. Y esa habilidad, esa obsesión por documentar todo, por guardar todo, por registrar en correos y en archivos cada conversación y cada acuerdo y cada plan, fue al mismo tiempo su herramienta más poderosa y su error más grande.

El error que con el tiempo iba a convertirse en la mayor amenaza para todos los que habían tenido negocios con él. Raúl Reyes guardaba todo en sus computadores. Guardaba los correos con los jefes de las FARC, guardaba los registros de las operaciones de narcotráfico. Guardaba los acuerdos financieros con el gobierno venezolano.

Guardaba las conversaciones con funcionarios del gobierno ecuatoriano. Guardaba los planes para las marchas, para las campañas de imagen, para las operaciones de propaganda que intentaban limpiar la cara de una organización que el mundo reconocía como terrorista y que necesitaba desesperadamente cambiar esa percepción.

y guardaba nombres, muchos nombres, nombres de políticos colombianos, nombres de periodistas, nombres de académicos y de activistas, nombres de personas que de diferentes maneras, con diferentes grados de conciencia y de complicidad habían tenido algún tipo de relación con la organización o habían sido útiles para sus fines.

A veces sin saberlo, a veces sabiéndolo perfectamente. Muchos computadores eran una bomba, una bomba de información que dormía en la selva ecuatoriana mientras Reyes se sentía seguro, protegido por la distancia, por la espesura del monte y por la certeza de que las fuerzas militares colombianas no se iban a atrever a cruzar la frontera para buscarlo.

Raúl Reyes se equivocó. La madrugada del primero de marzo de 2008 fue una de esas noches que cambian la historia de un país para siempre, aunque en ese momento nadie pudiera saber exactamente cuánto iba a cambiar ni en cuántas direcciones iba a ir ese cambio. Esa noche, las fuerzas militares de Colombia ejecutaron la operación Fénix, una operación de inteligencia y de fuerza aérea que había sido planeada durante meses con una precisión quirúrgica, que cruzó la frontera con Ecuador en la oscuridad de la madrugada y que bombardeó el

campamento de Raúl Reyes en la zona de Angostura, en la región ecuatoriana de Sucumbíos. El bombardeo mató a reyes. Mató también a otros guerrilleros que estaban en el campamento y dejó entre los escombros y la tierra revuelta del monte algo que nadie esperaba encontrar en ese estado. Algo que los soldados colombianos recogieron entre el humo y los escombros con la sensación de que acababan de encontrar algo cuyo verdadero valor todavía no podían comprender del todo.

Tres computadores, tres memorias USB, dos discos duros. Los aparatos habían sobrevivido al bombardeo. Eran equipos especiales fabricados para resistir condiciones extremas. Y el hecho de que siguieran funcionando después de que todo a su alrededor había sido destruido fue el primer indició de que lo que contenían era considerado tan valioso que Reyes había invertido recursos para protegerlo físicamente.

Cuando los técnicos colombianos empezaron a revisar esos archivos, cuando comenzaron a leer los correos y a abrir los documentos y a entender la dimensión de lo que tenían en sus manos, el presidente Álvaro Uribe fue informado de inmediato y la información que le llegó esa noche fue suficiente para que entendiera que Colombia acababa de encontrar algo que podía cambiar la política del país y tal vez de todo el continente, de maneras que nadie podía predecir todavía con certeza.

Lo que había en esos computadores era exactamente lo que muchos colombianos sospechaban, pero no podían probar. Había registros de las relaciones financieras entre las FARC y el gobierno del presidente venezolano Hugo Chávez. Relaciones que iban mucho más allá de la simpatía ideológica y que incluían transferencias de dinero concretas, acuerdos sobre armas, coordinación de operaciones y respaldo logístico que convertían al gobierno venezolano en un cómplice activo de la organización narcoterrorista.

Había registros de las relaciones entre las FARC y el gobierno del presidente ecuatoriano, Rafael Correa. Relaciones que mostraban un grado de complicidad que el gobierno de Quito nunca había reconocido públicamente y que explicaban por qué los campamentos de la guerrilla podían operar con tanta comodidad en territorio ecuatoriano sin que el gobierno de ese país hiciera nada para impedirlo.

Había registros de las conexiones de las FARC con organizaciones y personajes de Argentina, de Uruguay, de Nicaragua, de Cuba, del socialismo del siglo XXI, que en ese momento estaba construyendo su proyecto político en América Latina y que mantenía con la guerrilla colombiana unos lazos que sus líderes nunca habrían reconocido en público.

Y había correos, correos muy específicos y muy concretos que mencionaban nombres de políticos colombianos, de personas que habían tenido relaciones con la organización, que habían coordinado acciones con ella, que habían recibido o enviado mensajes a través de los canales de comunicación de las FARC, personas que en ese momento seguían activas en la política colombiana y que tenían razones muy poderosas para temer que esos correos algún día salieran a la luz pública.

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