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EL CASO QUE CONGELÓ CANCUN: una pareja se separó un momento y solo uno volvió

EL CASO QUE CONGELÓ CANCUN: una pareja se separó un momento y solo uno volvió

salió a buscar un cargador para su celular. No llevaba dinero, no llevaba llaves, no llevaba nada. Las cámaras la grabaron a las 10:52 de la noche entrando a ese pasillo. Después de eso, nada, ni una imagen, ni una señal. Su novio dormía a cuatro pisos de distancia, sin saber lo que pasaba. Lo que encontraron en ese pasillo cambió todo.

Hay noches que empiezan de una manera y terminan de otra completamente distinta. Noches que parecen normales, casi perfectas, hasta que de repente algo falla. Un detalle pequeño, una decisión que en ese momento no parece importante. El 14 de marzo de 2019, en un risort de cinco estrellas frente al Mar Caribe, en la zona hotelera de Cancún, Quintana Ru, una mujer de 29 años tomó una decisión así.

Salió de su habitación pasadas las 11 de la noche. Iba a buscar un cargador para su celular. No llevaba bolso, no llevaba llaves. Llevaba puestas las pantuflas del hotel, una pijama de algodón azul marino y el cabello recogido en una trenza floja. Su novio se quedó dormido en la cama. Ella nunca regresó. Antes de seguir, si llegaste hasta aquí, ya sabes que esta historia no va a soltarte.

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Alejandra Ruiz Solano nació en Monterrey, Nuevo León, un miércoles de agosto de 1989. Era la segunda hija de una familia de clase media que vivía en la colonia Country, una zona tranquila, arbolada, con calles que de noche olían a jacaranda. Su papá era contador, su mamá maestra de primaria.

tenía una hermana mayor, Daniela, con quien compartió cuarto durante 16 años y una relación de esas que oscilaba entre la complicidad total y los pleitos de 15 minutos que terminaban en carcajadas. Alejandra estudió diseño gráfico en el Tec de Monterrey. Era buena estudiante, puntual, pero no de esas personas que viven para el trabajo.

Era de las que saben separar las cosas. Trabajaba duro de lunes a viernes y los fines de semana los reservaba para ella, para sus amigas, para los mercados de pulgas, que recorría buscando libros viejos y plantas para cocinar cosas nuevas, para vivir. A los 26 conoció a Alan Bautista Guerrero en una reunión de amigos en común.

Él tenía 30 años. Era ingeniero civil, nacido en la ciudad de México, pero radicado en Monterrey, desde que lo mandaron a supervisar una obra importante en el municipio de Escobedo. Era callado al principio de esos que escuchan más de lo que hablan, pero cuando hablaba valía la pena escucharle. Estuvieron 3 años saliendo antes de formalizar.

Para cuando llegó marzo de 2019, ya llevaban casi 4 años juntos y vivían en un departamento en la colonia del Valle en San Pedro Garza García, un lugar pequeño pero ordenado, lleno de plantas de Alejandra y libros de arquitectura de Alán apilados hasta en el baño. El viaje a Cancún fue idea de ella.

Era la primera vez que iban juntos al Caribe. Habían hablado de ese viaje como si fuera una promesa, algo que se debían. Llevaban meses sin tomarse un respiro real. Alan estaba metido en un proyecto de infraestructura vial que lo tenía despierto hasta las 2 de la mañana. Alejandra acababa de entregar un proyecto grande para una agencia de publicidad en la ciudad de México y estaba agotada de una manera que no se iba con dormir.

Reservaron 5co días en el hotel Sunset Royal Beach Resort, un complejo de habitaciones color arena ubicado sobre el bulevar Cuculcán en el kilómetro 10 5 de la zona hotelera. No era el más lujoso de la zona. Pero tenía buenas reseñas, acceso directo a la playa y una alberca con vista al mar que Alejandra había visto en fotos y que le pareció perfecta.

Salieron el jueves 7 de marzo en un vuelo directo de Monterrey. Llegaron al hotel pasado el mediodía. El cuarto era amplio, con ventanas que daban directo al Caribe y Alejandra se paró frente al vidrio unos minutos antes siquiera de desempacar. mirando ese azul turquesa que no se parece a ningún otro azul.

“Ya necesitaba [carraspeo] esto”, le dijo a Alan. Él le puso la mano en el hombro y asintió. Los primeros días fueron exactamente lo que esperaban: mar, sol, comida de buffet, paseos por la playa al atardecer. Fueron al mercado de artesanías de la avenida Tulum a comprar recuerdos. Se tomaron fotos en el malecón.

Una tarde rentaron un tour en Catamarán por la laguna Nichupté y Alejandra se rió tanto del intento fallido de Alan de ponerse el equipo de Snorkel que terminó con dolor de costillas. Eran una pareja normal, con sus silencios y sus bromas, con la comodidad de quien ya conoce al otro de memoria. El miércoles 13 de marzo, 4 días después de llegar, hicieron una excursión a las ruinas de Tulum.

Salieron temprano a las 7 de la mañana en un autobús turístico que los recogió en la entrada del hotel junto con otras 12 personas. El camino fueron casi 2 horas hacia el sur por la carretera federal 307, pasando por Playa del Carmen, Puerto Morelos, Acumal. Las ruinas de Tulum se asientan sobre un acantilado.

El mar abajo, la selva atrás, el cielo arriba. Es uno de esos lugares que te obligan a detenerte, aunque tengas prisa. Alejandra caminó despacio entre las estructuras de piedra caliza blanqueada por el sol, sacando fotos con su celular, leyendo en voz alta los letreros informativos, haciendo preguntas al guía con una curiosidad genuina que al guía claramente le agradó.

Alan la seguía de cerca, pero algo más callado de lo habitual. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el sol y caminaba con un paso más lento. Al mediodía, mientras comían en un puesto frente al estacionamiento de las ruinas, tacos de cochinita píbil y agua de chaya con limón, le dijo a Alejandra que se sentía un poco mareado. El sol, preguntó ella, sí creo.

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