Andresa aceptó. Fueron al café Mónaco en el centro de La Serena, un lugar neutro, iluminado, público. Hablaron durante 2 horas. Lucas preguntaba con genuino interés. Escuchaba de verdad, sin mirar el teléfono. Le contó sobre su trabajo, sobre sus viajes por la costa, sobre cómo había encontrado calas completamente solitarias en el norte que parecían sacadas de una película.
Andresa habló de su trabajo voluntario, de su sueño [carraspeo] de la clínica, de por qué creía que la salud mental seguía siendo el gran tema ignorado en Chile. Lucas asintió serio, sin el gesto vago que muchos ponían cuando ella hablaba de su carrera. Cuando Andresa llegó esa noche al apartamento, Catalina estaba en la sala estudiando y la miró por encima de los anteojos con esa expresión que tenía cuando quería información sin pedirla directamente.
¿Cómo estuvo?, preguntó cerrando el libro. Bien, dijo Andresa y la sonrisa que intentó suprimir la delató. Catalina frunció el seño levemente, pero no dijo nada todavía. Las siguientes semanas fueron un cortejo gradual, sin prisa. Lucas no abrumó a Andreza con mensajes ni con presencia excesiva. La llamaba cada dos o tres días.
la invitaba a cosas concretas, una caminata por los acantilados de punta de teatinos, una feria artesanal en La Serena, una tarde viendo el atardecer desde las dunas de Caleta Hornos. Era alguien que proponía planes con contexto, con detalle, como si hubiera pensado en qué le podría gustar a ella antes de proponer algo.
Para enero de 2017, Andresa empezó a considerarlo su pareja, aunque la palabra no había sido pronunciada en voz alta entre ellos todavía. Para febrero ya era oficial. Y para marzo, Andresa Salazar, la psicóloga cautelosa, la mujer que había prometido no volver a confiar demasiado rápido, estaba completamente enamorada de Lucas Fernández.
Catalina lo vio y no le gustó, no porque Lucas fuera descortés. En las dos veces que lo había conocido, en visitas breves al apartamento, él había sido amable, educado, con ese manejo social impecable de alguien que sabe cómo caerle bien a las personas. Pero había algo, algo que Catalina, con su mente entrenada para detectar inconsistencias, no podía nombrar todavía, pero que sentía como una piedra pequeña dentro del zapato, molesta, persistente, sin poder ignorarla del todo.

“¿Sabes dónde vive exactamente?”, le preguntó una noche a su hermana mientras cenaban juntas fideos con salsa de tomate. “En la serena, ya te dije”, respondió Andresa sin levantar la vista del plato. “¿En qué sector?” “No sé la calle de memoria, Cata. ¿Ha ido a su casa?” Pausa. Breve, pero real. No todavía, admitió Andresa.
“¿Y eso no te parece?” No, la cortó Andresa con más firmeza de la necesaria. No me parece nada. Llevamos tres meses. No todos tienen que llevar a la pareja a casa a los dos meses. Catalina no respondió, giró los fideos en el tenedor y miró hacia la ventana. El mar desde ahí era solo un rumor.
Esa conversación quedó flotando entre ellas como una pregunta sin respuesta y Andrea la guardó en ese cajón mental donde se guardan las cosas que molestan, pero que todavía no se quiere mirar de frente. Lo que ella no sabía era que ese cajón en pocas semanas iba a reventar. Hay personas que construyen versiones de sí mismas con una precisión que da miedo.
No mienten en todo, porque eso sería demasiado difícil de sostener. Mienten lo esencial, en lo estructural y dejan que la verdad de los detalles pequeños llene los espacios vacíos y haga el trabajo sucio de convencer. Lucas Fernández era ese tipo de persona y en marzo de 2017 Andresa Salazar todavía no lo sabía.
Lucas había nacido en Valparaíso 32 años atrás, el mayor de tres hermanos de una familia de clase media que vivió varios años entre la estabilidad y la precariedad, dependiendo del estado del negocio de transporte que tenía su padre. Estudió ingeniería civil en la Universidad de Santiago, donde fue un estudiante promedio suficientemente bueno para terminar, suficientemente sociable para no pasar desapercibido.
Tuvo su primer trabajo en una constructora en Santiago, luego otro en Antofagasta y finalmente llegó a la región de Coquimbo hace 4 años con un contrato de 2 años que se fue renovando. Lo que su currículum no decía, lo que ningún perfil laboral podía contener, era lo siguiente. Lucas Fernández estaba casado, lo había estado durante 5 años.
Su esposa se llamaba Valentina. Tenía 31 años y vivía con sus dos hijos, un niño de 4 años y una niña de dos, en una casa en el sector de Macul en Santiago. Valentina trabajaba como administradora en una clínica dental. Era una mujer organizada, práctica, que había aprendido a gestionar sola la mayor parte de la vida doméstica porque su marido vivía en el norte con la excusa del trabajo, regresando a Santiago una o dos veces al mes, los fines de semana que elegía con cuidado. Andresa no sabía nada de esto.
Lucas nunca mencionó a Valentina, nunca mencionó a los niños. En su versión de sí mismo, era un hombre libre, independiente, que vivía en un departamento de soltero en La Serena, que viajaba por trabajo, que no había encontrado todavía a la persona correcta hasta que apareció ella. Era una historia coherente, bien armada.
No había fotos comprometedoras visibles en el teléfono porque Lucas había aprendido con el tiempo cómo gestionar esos bordes peligrosos. Había tenido otras relaciones paralelas antes de Andresa, no muchas, pero sí suficientes para haber desarrollado una metodología. Elegía mujeres que no tenían conexiones obvias con su entorno en La Serena.
Mujeres con vidas ocupadas y autónomas, que no tenían tiempo ni costumbre de aparecer sin avisar. Siempre controlaba los lugares donde se veían. Siempre tenía una explicación para cada ausencia, para cada teléfono silenciado, para cada fin de semana que tenía que pasar en Santiago, porque había un problema con el contrato o su madre estaba enferma.
Con Andresa, sin embargo, algo había sido diferente desde el principio y esa diferencia lo había puesto en una posición que no había anticipado. [carraspeo] Andresa era más perspicaz de lo que parecía a simple vista. No hacía preguntas directas con frecuencia, pero observaba. recordaba detalles. Si él decía el martes que había estado en Copiapó el fin de semana anterior y luego el jueves mencionaba casualmente algo que contradecía eso, Andresa lo registraba, no lo confrontaba de inmediato, pero lo archivaba.
Era una habilidad profesional que no podía desactivar en su vida personal, aunque lo intentara. y lo estaba intentando porque quería que esto funcionara. El problema de Lucas no era solo Andresa, el problema era Joaquín Reyes. Joaquín era amigo de Lucas desde la infancia, desde los tiempos del colegio en Valparaíso.
Ese tipo de amistad que no se construye en la adultez, sino que sobrevive desde la adolescencia y por eso tiene una lealtad particular, casi tribal. Joaquín era mecánico, vivía en Ovalle, a unos 80 km de Coquimbo, y era el tipo de hombre que resolvía problemas sin hacer demasiadas preguntas, siempre que el que pedía el favor fuera alguien de confianza.
Lucas le había contado sobre Andresa, no todo, pero sí suficiente. Le había dicho que la situación se estaba complicando, que Andresa empezaba a querer avanzar en la relación, que preguntaba por su casa, que quería conocer su entorno. Le había dicho también que Valentina había comenzado a sospechar algo, que había revisado el extracto de la tarjeta de crédito y había encontrado cargos en restaurantes de La Serena en fechas en que él supuestamente estaba en obra.
La presión crecía desde dos frentes simultáneos. Joaquín escuchó todo esto en una llamada que tuvieron en los primeros días de marzo de 2017. Lucas hablaba desde el estacionamiento de la empresa en voz baja con esa tensión contenida de quien lleva semanas cargando un peso que ya no puede sostener solo.
No sé cómo terminar esto sin que explote, dijo Lucas. ¿Qué tan enterada está ella? Preguntó Joaquín. Nada todavía. Pero si sigue preguntando, entonces hay que cortar antes de que empiece a buscar esa conversación que duró 22 minutos según los registros telefónicos que la policía recuperaría meses después, plantó la semilla de lo que ocurriría el 18 de marzo de 2017.
Pero lo que Joaquín y Lucas discutieron en esa llamada fue mucho más allá de simplemente terminar una relación. Fue la primera vez que la palabra silenciar entró en la conversación, aunque disfrazada de otra forma, envuelta en las evasivas con las que los hombres que planean cosas terribles suelen hablar entre ellos como si el lenguaje impreciso los protegiera de la responsabilidad de lo que estaban diciendo.
Mientras tanto, Andresa seguía con su vida. La semana del 13 al 17 de marzo fue intensa en el centro voluntario. Habían recibido tres nuevas derivaciones de mujeres en situación de crisis y Andresa había extendido sus horas de atención para poder acompañarlas a todas. Llegaba al apartamento agotada, comía algo rápido, estudiaba un rato y caía dormida antes de las 11.
Catalina la veía y le repetía que se cuidara, que no podía dar todo sin recargar. “Tú también eres una persona”, le decía su hermana. “Lo sé”, respondía Andresa y sonreía de esa manera que quería decir sí. Pero puedo con esto. El viernes 17 de marzo, Lucas la llamó. Eran las 8 de la tarde. Le propuso que al día siguiente pasaran la tarde juntos en una playa que él había descubierto hacía unos meses cerca de Tongoy, al sur de Coquimbo.
Una cala pequeña dijo, casi sin acceso público, donde el agua era increíblemente transparente y no había prácticamente nadie. Le dijo que llevaría comida, que sería un día perfecto, que los dos necesitaban desconectarse. Andresa dudó. Tenía planeado estudiar con Catalina el sábado, repasar apuntes de un curso online que ambas hacían juntas los fines de semana, una rutina pequeña pero constante.
Pero mientras Lucas hablaba, la imagen de esa playa vacía, del agua clara, del sol en la cara, de un día sin consultas ni traumas ajenos que cargar, sonó demasiado bien para descartarla. “¿Volvemos antes de la noche?”, preguntó. Claro, dijo Lucas sin titubear. Si salimos a mediodía, llegamos de vuelta antes de las 7 tranquilos. De acuerdo, dijo Andrza.
Colgó el teléfono y fue a buscar a Catalina, que estaba en su cuarto con los libros abiertos sobre la cama. “Mañana no puedo estudiar contigo en la tarde”, le dijo desde la puerta. “Voy a una playa con Lucas.” Catalina la miró. Esa mirada que era más pregunta que acusación. A cuál, no sé el nombre exacto. Cerca de Tongoy, me dijo.
Tongoy y vas sola con él a una playa que no conoces. Cata, no dramatices. No estoy dramatizando, estoy preguntando. Lucas no es peligroso, dijo Andresa con un tono que quería cerrar el tema. Lo conozco hace tres meses. Eso es exactamente lo que me preocupa”, respondió Catalina con una quietud que era más inquietante que si hubiera gritado.
Andresa suspiró, la besó en la frente como hacía cuando era pequeña y volvió a su cuarto. Le mandó un mensaje a Lucas confirmando el plan. Él respondió con un emoji de sol. Esa noche Catalina no durmió bien. Estuvo hasta la 1 de la madrugada con el teléfono en la mano, sin saber exactamente qué buscar, sabiendo solo que había algo que no cuadraba.
Escribió el nombre de Lucas Fernández en el buscador de Facebook. Encontró un perfil con configuración privada, pocas fotos públicas, ninguna que mostrara un lugar de residencia. Claro. Escribió su nombre en Google, nada llamativo. Una mención en el sitio web de la empresa constructora como parte del equipo técnico.
Una foto de perfil formal, corbata gris. Cerró el teléfono, apagó la luz, pero el sueño no llegó. Al día siguiente, a las 11:30 de la mañana del sábado 18 de marzo de 2017, Andresa Salazar se duchó, se puso un vestido azul con tirantes, metió una toalla y protector solar en una mochila pequeña y salió del apartamento. “Avísame cuando llegues”, le dijo Catalina desde la cocina.
Te aviso”, respondió Andresa. Cerró la puerta, bajó las escaleras, tomó el bus en la parada de la avenida del mar. Esa fue la última imagen que Catalina tuvo de su hermana durante muchas horas. Un vestido azul, una mochila pequeña, la puerta cerrándose. El bus que tomó Andresa salía desde la terminal de Coquimbo rumbo a Tongoy a las 12 del mediodía.
Era un servicio regional de esos que paran en cada cruce, que llevan cajas de mercadería en el maletero junto a las maletas de los pasajeros que avanzan sin apuro por la ruta 5 sur con el mar apareciendo y desapareciendo entre los cerros áridos de la costa chilena. Andresa ocupó un asiento junto a la ventana.
Llevaba los auriculares puestos, pero no estaba escuchando música. Miraba el paisaje. El norte chico de Chile tiene una belleza particular que no se parece a ningún otro lugar. No es la exuberancia verde del sur, ni la frialdad blanca de la Patagonia. Es una belleza seca, mineral, casi desnuda. Cerros color ocre que caen directamente al Pacífico, playas de arena pálidas sin sombra ni vegetación.
el azul del mar que contrasta con el marrón de la tierra como si alguien hubiera pegado dos fotos incompatibles. Andresa lo miraba y pensaba que era hermoso, sí, pero también algo solitario, algo que te hacía sentir pequeña de una forma que no siempre era cómoda. Lucas la esperaba en la parada de Tongoy.
Estaba apoyado contra su camioneta, una Toyota Hilux gris de unos 5 años de antigüedad con lentes de sol y una mochila más grande que la de ella colgada en un hombro. La saludó con un beso, le preguntó cómo había estado el viaje, le dijo que estaba preciosa, todo normal, todo correcto. Manejaron desde Tongoy hacia el sur durante unos 20 minutos, saliendo del pueblo por un camino de tierra sin pavimentar, que Lucas conocía con la familiaridad de alguien que había estado allí antes varias veces.
La camioneta levantaba polvo, a los costados matorrales bajos y cactus. El mar empezó a asomarse a la derecha, más abajo, entre los pliegues del terreno. Andresa preguntó cómo se llamaba el lugar. No tiene nombre en los mapas, dijo Lucas. La gente de la zona la llama caleta del [ __ ] pero no por nada malo. Dicen que antes los pescadores creían que el fondo era tan profundo que llegaba al infierno. Son supersticiones de pueblo.
Andresa se rió. No debería haberlo hecho, pero en ese momento no había ninguna razón visible para no hacerlo. Llegaron a un punto donde el camino terminaba en una pequeña explanada de tierra oculta entre dos promontorios de roca. Desde allí, una senda angosta y empinada bajaba entre las piedras hasta una cala de no más de 80 m de arena.
El agua era efectivamente de un azul transparente y quieto, protegida del oleaje abierto por la formación rocosa que la rodeaba en tres lados. No había nadie, no se veía ni un tejado, ni una embarcación, ni un alma. Bajaron cargando sus cosas. Lucas puso una manta, sacó la comida que había preparado, empanadas frías, tomates cherry, queso, una botella de agua y otra de vino blanco.
Andresa se quitó los zapatos y caminó hasta la orilla. El agua estaba fría, como siempre lo está el Pacífico en Chile, pero de esa frialdad que después de los primeros segundos se vuelve perfecta. se quedó parada con los pies en el agua, los ojos cerrados, el sol en la cara. Pensó, “Qué bien que vine.
” Las primeras dos horas fueron tranquilas. Comieron, hablaron, se bañaron brevemente en el mar. Lucas estaba atento, presente, sin esa distracción nerviosa que a veces Andresa le notaba cuando él miraba el teléfono. Conversaron sobre el trabajo de ella, sobre un caso difícil que la había afectado esa semana, sobre cómo Andresa gestionaba el peso emocional de acompañar a personas en situaciones de trauma severo.
Lucas la escuchó o hizo muy bien la actuación de escucharla. Fue cerca de las 3:30 de la tarde cuando el teléfono de Lucas vibró. Él lo miró. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero Andresa lo captó. Hubo algo en la manera en que sus hombros se tensaron, en como sus ojos leyeron la pantalla con una rapidez calculada antes de voltear el teléfono hacia abajo.
“Perdona, es del trabajo”, dijo. “tengo que contestar esto.” Se levantó y caminó hacia el extremo de la cala, hacia las rocas del norte, donde la playa se angostaba y los bloques de piedra formaban una especie de recodo natural. Andresa lo vio alejarse, lo vio hablar, no podía escuchar las palabras, solo el tono bajo, tenso, con esas pausas largas que no son de escucha, sino de quien está controlando lo que dice. Duró unos 12 minutos.
Cuando volvió, algo había cambiado en él. No era evidente para quien no lo conociera. Pero Andresa, que escuchaba a personas todos los días y aprendía a leer lo que no se decía, notó que su sonrisa al volver era milímetros más corta de lo normal, que se sentó más lejos que antes, que miró al mar con una expresión que no era contemplación, sino cálculo.
¿Todo bien?, preguntó ella. Sí, un tema con un proveedor. Nada grave. Siguieron en la playa. Pero el aire había cambiado. Era más pequeño, más pesado, como cuando se cierra una ventana en un cuarto con mucha gente. Alrededor de las 5 de la tarde, Andresa escuchó pasos en la senda que bajaba desde el camino.
Levantó la vista. Dos hombres descendían hacia la cala. Uno era alto, con una camiseta sin mangas y pantalones cortos, el pelo corto y una barba de varios días. El otro era más bajo, más pesado, con una gorra azul y lentes de sol. No llevaban nada en las manos. No tenían toallas, ni mochila, ni ninguno de los elementos que llevaría alguien que viene a pasar la tarde en la playa.
Andresa los miró y luego miró a Lucas. Lucas no se sorprendió. Eso fue lo primero que ella registró. No había sorpresa en su cara. Había reconocimiento. El hombre alto se acercó, extendió la mano hacia Lucas con esa familiaridad que no necesita presentación. “Llegamos bien”, dijo en voz baja. Lucas asintió, miró a Andresa y en ese instante, en ese segundo exacto, algo se rompió en la cara de él.
Fue brevísimo, un milisegundo de verdad que se coló antes de que pudiera cubrirlo de nuevo. No era incomodidad de quien recibe una visita inesperada, era otra cosa. Era el gesto de alguien que cruza una línea que sabe que no puede descruzar. Andrésa sintió el frío antes de entenderlo. Ese frío que no viene del mar, sino de adentro.
Lucas, dijo poniéndose de pie, ¿quiénes son? Unos amigos, respondió él sin mirarla directamente. Están de paso. De paso repitió ella y escuchó su propia voz sonar más quieta de lo que se sentía. En una playa que no tiene nombre. Nadie respondió. El hombre alto la miró. No era una mirada de presentación, era una mirada de evaluación.
y el otro, el de la gorra, había comenzado a caminar lentamente hacia la senda de su vida, bloqueando sin esfuerzo aparente el único camino de salida visible. El instinto llegó antes que el pensamiento. Andresa reconoció la sensación en el pecho, en las manos, en las piernas, esa activación física que ella misma le había explicado a decenas de pacientes.
El sistema nervioso que detecta el peligro antes de que la mente consciente lo nombre. Y lo que su cuerpo le estaba diciendo con una claridad brutal era esto. Corre. Pero no había a dónde correr. La cala era un espacio cerrado en tres lados por roca y en el cuarto por el mar. La senda estaba bloqueada.
Lucas estaba entre ella y el agua. Lo que ocurrió en la caleta del [ __ ] durante las siguientes horas no fue algo que ocurriera de improviso. Fue algo que había sido pensado, aunque mal pensado, por hombres que creyeron que el aislamiento era suficiente para garantizar que nadie supiera nunca lo que habían hecho. El hombre alto era Joaquín Reyes.
Y lo que Joaquín y Lucas tenían planeado no era simplemente asustar a Andresa para que se callara. Lo que tenían planeado era asegurarse de que ella no pudiera hablar nunca. En el apartamento del barrio Guayacán, en Coquimbo, Catalina Salazar miró el teléfono por décima vez en una hora. Eran las 7 de la tarde del sábado 18 de marzo de 2017.
Su hermana le había dicho que estarían de vuelta antes de esa hora. El último mensaje que había recibido de Andresa era de las 2:15 de la tarde, una foto del mar con un emoji de sol y un corazón. Desde entonces nada. Llamó al número de Andresa. Timbre. Timbre. Buzón de voz. Esperó 10 minutos, volvió a llamar buzón de voz. Se dijo que era normal, que la playa tenía mala señal, que seguramente habían decidido quedarse más tiempo y Andresa no había podido avisar.
Se lo dijo con esa firmeza mental con que uno intenta convencerse de que no tiene razón para preocuparse, precisamente porque tiene demasiadas razones. A las 8 de la noche intentó llamar al número de Lucas. tenía el número porque Andresa se lo había pasado meses atrás, por si alguna vez lo necesitas.
Con la naturalidad de quien no espera que eso ocurra, el teléfono de Lucas sonó una vez y cortó. No buzón de voz, cortó directamente. Catalina se levantó del sofá, caminó hasta la ventana, miró la calle vacía. La sensación en el pecho era ya algo concreto, algo con peso propio. A las 9 de la noche llamó a la policía. La respuesta inicial fue la que suelen dar cuando se reporta una persona adulta que lleva pocas horas sin aparecer, que era necesario esperar más tiempo, que probablemente no había señal, que en muchos casos estas situaciones se
resolvían solas. Catalina escuchó todo esto con una paciencia que le costó enormemente y luego repitió con precisión los hechos. Su hermana había ido a una playa no identificada cerca de Tongoy con un hombre que había mostrado comportamientos evasivos, que no había podido ser localizado y que el último contacto había sido casi 7 horas atrás.
El tono de la conversación cambió ligeramente. Le pidieron que se presentara en la comisaría para formalizar la denuncia. Catalina fue. Llevó el teléfono de Andresa registrado en contactos, el nombre de Lucas Fernández, el número que tenía, la empresa donde trabajaba, según lo que su hermana le había contado.
No tenía la dirección exacta de la playa. Solo sabía que era cerca de Tongoy, al sur. por un camino sin pavimentar. Eso era poco, demasiado poco para una costa que tiene decenas de esas caletas sin nombre. Los policías tomaron la denuncia. Dijeron que activarían el protocolo de búsqueda en la zona costera al sur de Tongoy.
Dijeron que intentarían contactar a Lucas Fernández. Dijeron varias cosas que Catalina escuchó y catalogó mentalmente como promesas que dependían de cuántas horas faltaban. para el turno siguiente. Volvió al apartamento cerca de la medianoche. Se sentó a la mesa de la cocina frente a la pizarra donde Andresa había escrito la semana anterior: “Comprar café y limones”.
Y abrió el computador portátil de su hermana que había quedado sobre la mesa. No necesitó contraseña porque Andresa tenía el computador configurado para desbloquearse automáticamente en casa. abrió el correo. No buscaba nada en concreto, buscaba cualquier cosa y lo encontró en la bandeja de entrada de Andreza, recibido hacía exactamente 11 días, el 7 de marzo de 2017 había un correo electrónico enviado desde una dirección que consistía en letras y números aleatorios, el tipo de dirección que se crea en segundos para enviar algo
sin dejar rastro. El asunto decía simplemente, “Necesitas saber algo sobre Lucas Fernández.” Catalina abrió el correo. Era largo. Estaba escrito sin mayúsculas, con ortografía imperfecta, con esa urgencia de quien escribe rápido porque tiene miedo de arrepentirse. Decía que Lucas Fernández estaba casado con una mujer llamada Valentina, que tenía dos hijos pequeños en Santiago, que viajaba al norte por trabajo, pero que usaba esa cobertura para mantener relaciones con mujeres que no sabían de su situación real. Decía que la persona
que escribía sabía esto de primera mano porque había estado en una situación similar, que había tardado meses en descubrirlo, que cuando intentó confrontarlo todo terminó mal. No había firma, no había ningún nombre, solo al final una línea. Ten cuidado, este hombre hace daño. Catalina leyó el correo tres veces, luego buscó el nombre de Valentina en redes sociales.
No había muchos perfiles con ese nombre en Santiago, pero en el segundo que revisó encontró una foto de perfil que mostraba a una mujer sonriendo junto a dos niños pequeños. Y en una foto subida hacía 2 años, en un cumpleaños con amigos al fondo, casi fuera de cuadro, pero perfectamente reconocible.
Lucas, el mundo se redujo a ese punto, a esa foto, a esa cara. Catalina llamó de nuevo a la policía, esta vez con información concreta. El nombre completo de Lucas Fernández, la posible dirección en Santiago, la existencia de una esposa y dos hijos, el correo anónimo que advertía sobre él. La urgencia en su voz esta vez fue diferente.
Era la voz de alguien que ya no tiene dudas sobre si hay razones para alarmarse. Las horas que siguieron fueron las más largas de la vida de Catalina. Llamó a sus padres en La Serena. No quiso decirles todo que Andresa había tardado en llegar y que estaban buscándola. Escuchó a su madre comenzar a llorar antes de colgar. Llamó a las amigas de Andresa para preguntar si habían tenido algún contacto con ella. Ninguna.
A las 2 de la madrugada se sentó en el suelo de la sala apoyada contra el sofá con el teléfono en el pecho esperando. Lo que estaba ocurriendo en la playa mientras Catalina esperaba fue reconstruido posteriormente por la policía a través de testimonios, evidencia física y, sobre todo, las propias contradicciones en las versiones que Lucas y Joaquín intentaron sostener ante los investigadores.
Andresa había sido agredida físicamente en la cala. La agresión fue brutal y planificada para parecer un accidente, una caída sobre las rocas, un golpe en la cabeza, marcas consistentes con una caída desde altura. Joaquín y Lucas la habían dejado en la playa dando por hecho que no sobreviviría o que si sobrevivía, la distancia, el aislamiento y la falta de señal telefónica garantizarían que tardara demasiado en recibir ayuda.
Habían calculado mal. Andresa Salazar no murió esa noche. Con lesiones graves en la cabeza y en el costado derecho, con una fractura en el brazo y un estado de conciencia intermitente, Andresa se arrastró hasta el borde del agua en la oscuridad, orientándose por el sonido del mar.
Tardó casi dos horas en llegar desde el punto donde la habían dejado hasta el extremo norte de la cala, donde la rocas formaban una escalera natural imperfecta que subía hacia el promontorio. Subió esas rocas. Tardó más en ese ascenso de lo que cualquiera podría imaginar. Arriba, en la explanada de tierra, donde habían dejado la camioneta, no había ya ningún vehículo.
Pero había señal. una barra, solo una barra de señal en el teléfono que seguía en el bolsillo de su mochila, la mochila que habían dejado tirada y que ella había arrastrado consigo sin saber exactamente por qué, por instinto, por aferrarse a cualquier cosa concreta en medio del caos. Llamó al 133. La llamada duró 44 segundos.
En ese tiempo dio la ubicación aproximada tal como la recordaba. Camino sin pavimentar al sur de Tongoy, una caleta, una camioneta Hilux gris. Luego perdió la conciencia. La encontraron 2 horas y 16 minutos después. El helicóptero del Samu llegó a la explanada sobre la caleta del [ __ ] a las 4:42 minutos de la madrugada del domingo 19 de marzo de 2017.
Los paramédicos encontraron a Andresa Salazar inconsciente con traumatismo cráneoencefálico moderado, fractura en el radio del brazo derecho, tres costillas fisuradas y múltiples contusiones. La estabilizaron en el lugar y la trasladaron al hospital San Pablo de Coquimbo, donde ingresó a urgencias en estado crítico pero estable.
Catalina recibió la llamada de la policía a las 5:10 de la mañana. La encontraron. Está viva. Está en el hospital. Llegó al hospital con la misma ropa de la noche anterior, sin haber dormido, con el teléfono en la mano y los ojos de quien ha estado sosteniendo el miedo durante tantas horas que ya no puede diferenciarlo del cansancio. Se sentó en la sala de espera de urgencias y esperó.
Sus padres llegaron desde la serena hora y media después. Su madre lloraba. Su padre no decía nada. Los tres se sentaron en silencio, uno al lado del otro, en esas sillas de plástico duro que tienen todos los hospitales del mundo. Andresa estuvo en observación durante 4 días. El traumatismo requirió descanso absoluto y monitoreo neurológico.
La fractura fue intervenida quirúrgicamente. Las costillas cicatrizarían solas con tiempo. El daño físico era serio, pero reparable. El daño que no era tan fácil de calcular era el otro. Cuando Andresa pudo hablar, lo primero que dijo fue el nombre de su hermana. Lo segundo fue el nombre de Lucas.
La declaración que dio a la policía tomada en fragmentos durante los días siguientes, a medida que su estado se estabilizaba, fue minuciosa y coherente, a pesar de los lapsos que el traumatismo dejaba en su memoria. Recordaba el camino a la caleta. Recordaba la llamada telefónica de Lucas. Recordaba la llegada de los dos hombres.
Recordaba la cara de Lucas en el momento en que ella supo que algo estaba irremediablemente mal. Recordaba el impacto, el ruido, el frío de la roca y luego la oscuridad y luego la barra de señal y luego el 133. Lucas Fernández fue detenido 48 horas después de que Andresa diera su declaración. Fue localizado en Santiago, en su casa de Macul, con su esposa Valentina y sus dos hijos, como si hubiera regresado a esa vida paralela para esconderse en su propia normalidad.
Cuando los detectives de la policía de investigaciones de Chile lo fueron a buscar, Valentina abrió la puerta, vio a los agentes, los miró y sin que nadie le dijera nada todavía, cerró los ojos por un segundo que contenía todo lo que ella intuía y había preferido no saber. Joaquín Reyes fue detenido dos días después en Ovalle, donde vivía.
intentó sostener inicialmente que él no había estado en ninguna playa, que tenía testigos que lo ubicaban en otro lugar. Esa cuartada se derrumbó en menos de 72 horas cuando los registros de las cámaras de peaje de la ruta 5 mostraron su vehículo transitando entre Ovalle y Tongoy el día 18 de marzo, en horarios consistentes con los que Andresa había descrito en su declaración.
La investigación que siguió duró meses y mientras avanzaba fue revelando capas que el caso inicial no había anticipado. El correo anónimo que Catalina había encontrado en la bandeja de entrada de Andresa había sido enviado por una mujer de 34 años llamada Pamela Ortiz de La Serena. Pamela había tenido una relación con Lucas Fernández 16 meses antes de que él conociera a Andresa.
También había sido llevada a una playa solitaria. también había terminado herida, aunque en su caso las lesiones habían sido menos graves y ella las había atribuido inicialmente a una caída accidental sin sospechar de Lucas, demasiado confundida y avergonzada para contarle a nadie exactamente qué había ocurrido.
Cuando Pamela vio la noticia del caso de Andresa en los medios de comunicación, reconoció el patrón y entonces escribió su propio testimonio, no a la policía inicialmente porque tenía miedo, sino a una periodista de un medio regional que cubría el caso, quien contactó a los investigadores. Pamela terminó declarando como testigo clave y no fue la única.
En el proceso de investigación, la PDI identificó al menos dos situaciones anteriores con características similares. Mujeres que habían tenido contacto con Lucas Fernández en contextos similares, que habían sufrido incidentes físicos en entornos aislados y que por diversas razones no habían formalizado denuncias. No todas las situaciones podían ser imputadas directamente a Lucas con la evidencia disponible, pero el patrón era suficientemente claro como para configurar lo que los fiscales describieron como un comportamiento sistemático y predatorio. Lucas
Fernández fue formalizado por los delitos de tentativa de homicidio, lesiones graves y otros cargos relacionados. Joaquín Reyes enfrentó cargos similares como coautor. El proceso judicial fue largo con las dilaciones propias del sistema, con las apelaciones y los cambios de abogado defensores que alargan cualquier causa de esta naturaleza.
Pero el resultado final del proceso entregó condenas efectivas para ambos. Valentina Fernández no fue imputada en ningún delito. Era una víctima de otro tipo, la del engaño sostenido durante años, la de la vida construida sobre una mentira que nunca le había dado la oportunidad de elegir con información real.
Ella y Lucas se separaron antes del juicio. Ella se quedó con los niños, con la casa en Macul y con el trabajo de reconstruir una vida. que había sido edificada sin sus plenos conocimientos. Andresa Salazar fue dada de alta del hospital 5co semanas después de su ingreso. La recuperación física fue gradual. La recuperación de todo lo demás fue más larga, más difícil, más honesta que cualquier proceso que ella había acompañado profesionalmente desde el otro lado.
Porque es muy diferente saber lo que ocurre en el cuerpo y en la mente de quien ha sido víctima de violencia a experimentarlo en carne propia. Andresa lo sabía antes en teoría. Ahora lo sabía de otra manera. Volvió a trabajar en el centro voluntario 7 meses después, no de golpe, sino gradualmente, un día por semana al principio, luego dos, luego tres.
Sus colegas la recibieron sin preguntas innecesarias, con ese respeto que a veces es la forma más cuidadosa del apoyo. Sus pacientes, las mujeres que atendía, no sabían lo que ella había vivido. Pero Andresa sentía en cada sesión que algo en ella había cambiado, que escuchaba diferente, que comprendía desde un lugar que antes no tenía.
Catalina, por su parte, no volvió a ser la misma de antes de esa noche, no en el sentido de que se hubiera quebrado, sino en el de que algo se había asentado en ella con una solidez nueva. Había pasado la noche más larga de su vida esperando sin saber si su hermana estaba viva, y esa experiencia la había cambiado a nivel estructural.
Terminó su carrera de derecho en noviembre de 2017 con una tesina centrada en los vacíos legales en la legislación chilena para casos de violencia contra la mujer en espacios aislados y de difícil acceso. Su trabajo fue reconocido con distinción por su comité evaluador. En enero de 2018, Catalina inició los trámites para constituir legalmente la Fundación Andresa, una organización sin fines de lucro con tres ejes de acción.
Acompañamiento jurídico gratuito para mujeres víctimas de violencia que no podían costear representación legal, educación preventiva en comunidades costeras sobre situaciones de riesgo en relaciones de pareja y presión legislativa para modificar los protocolos de búsqueda y respuesta ante desapariciones de personas adultas en zonas de difícil acceso.
Andresa conoció el proyecto la noche que Catalina se lo presentó en la cocina del apartamento, en la misma mesa donde tantas veces habían discutido, estudiado, comido juntas. Lo escuchó todo, la miró y tuvo que girar la cara porque no quería que Catalina viera que estaba llorando. ¿Puedo ser parte de esto?, preguntó cuando pudo hablar.
Catalina se rió con esa risa que no es de humor, sino de todo lo contrario. Para eso lleva tu nombre, respondió. El caso de Andresa Salazar se convirtió en un punto de referencia en el debate chileno sobre violencia de género, sobre los protocolos policiales ante denuncias de desaparición, sobre la forma en que el sistema judicial procesa este tipo de causas, no porque fuera el único caso, no porque fuera el más mediático, sino porque tuvo un elemento que muchos no tienen, una sobreviviente.
dispuesta a hablar. Andrésa habló en entrevistas, en foros académicos, ante comisiones legislativas. habló con esa voz quieta y directa que había tenido siempre, pero que ahora cargaba un peso diferente. No hablaba desde la teoría, hablaba desde el cuerpo, desde la barra de señal en la oscuridad, desde el frío de la roca, desde los 44 segundos de llamada que habían separado su vida de su muerte.
En una de esas intervenciones, en un seminario sobre femicidio y tentativa de femicidio en Santiago en el año 2019, alguien del público le preguntó qué era lo que más le había costado en todo el proceso. No la recuperación física, no el juicio. ¿Qué era lo más difícil? Andresa pensó durante unos segundos. Luego respondió, “Dejar de preguntarme si hubo señales que no quise ver.
y entender que incluso si la subo, la responsabilidad de lo que ocurrió no era mía. Eso eso es lo que más cuesta y es también lo más importante que podemos enseñarle a las mujeres que acompañamos. La sala quedó en silencio unos segundos antes de que alguien empezara a aplaudir. En la fila del fondo, de pie junto a la pared, porque no había más asientos disponibles.
Catalina Salazar la escuchó decir eso y pensó en la noche que había pasado en el suelo de la sala apoyada contra el sofá esperando una llamada que no sabía si iba a llegar. Y pensó que su hermana, que siempre había sido la que escuchaba, había aprendido también a dejarse escuchar, y eso en sí mismo ya era una forma de justicia.
Este fue el caso que en 2017 horrorizó a Chile y que dejó una pregunta que sigue siendo urgente. ¿Cuántas historias como esta permanecen en silencio porque quienes las vivieron no tienen los recursos, el apoyo o la fuerza para hablar? Andresa habló, Catalina actuó y esa combinación, esa alianza entre dos hermanas, entre la voz y la acción, es lo que hace que esta historia no termine en tragedia, sino en algo más difícil y más valioso, en transformación.
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