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OCURRIÓ EN 2017 Y HORRORIZÓ A CHILE: ENCUENTRO TERMINA EN TRAICIÓN Y DESAPARECIMIENTO

OCURRIÓ EN 2017 Y HORRORIZÓ A CHILE: ENCUENTRO TERMINA EN TRAICIÓN Y DESAPARECIMIENTO

El caso que ocurrió en 2017 y horrorizó a Chile, encuentro termina en traición y desaparecimiento. Lo que estás a punto de escuchar ocurrió en Chile en el año 2017. Una historia que paralizó a una ciudad entera, que llenó las portadas de los periódicos y que dejó una herida que todavía no ha cicatrizado.

 Una joven psicóloga, una playa solitaria, un hombre que parecía perfecto y una traición que nadie pudo imaginar. Si crees que conoces este tipo de historias, te equivocas, porque esta tiene detalles que te van a dejar sin palabras. Quédate hasta el final porque revelo algo que la policía tardó meses en descubrir.

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 El olor a sal que sube desde el Pacífico, los pescadores que regresan antes del amanecer con sus redes llenas y los perros callejeros que duermen bajo los pinos de la costanera. Es una ciudad que parece detenida en el tiempo, donde todos se conocen, donde los secretos duran poco y las habladurías viajan rápido de boca en boca.

 Pero en 2017, Coquimbo guardaba un secreto que tardó demasiado en salir a la luz. Andrésa Salazar tenía 27 años cuando su vida estaba por primera vez en mucho tiempo comenzando a tomar forma. No era una vida glamorosa ni extraordinaria. Era exactamente el tipo de vida que ella había elegido con cuidado, con paciencia, con esa determinación silenciosa que caracterizaba todo lo que hacía.

 Desde pequeña, Andresa había sido la que escuchaba, la que se quedaba después de clase para preguntar cómo estaba el compañero que lloraba solo en el patio. La que notaba cuando su madre llegaba a casa con los hombros más caídos de lo normal y le preparaba una taza de té antes de que ella pudiera pedir nada. Estudió psicología en la Universidad de La Serena, una carrera que para muchos en su familia parecía demasiado abstracta, demasiado poco práctica.

 Su padre habría preferido que estudiara contabilidad o administración, algo con salida laboral segura. Pero Andresa sabía lo que quería. Terminó su carrera con distinción. hizo su práctica en un centro de salud mental comunitario y desde hacía 2 años trabajaba de forma voluntaria en una organización que brindaba atención psicológica gratuita a mujeres víctimas de violencia intrafamiliar en los sectores más vulnerables de Coquimbo.

El dinero no era suficiente, nunca lo era. para cubrir sus gastos. También trabajaba media jornada en una consultora de recursos humanos haciendo evaluaciones de personal. Un trabajo que no le apasionaba, pero que le daba la estabilidad que necesitaba mientras ahorraba para su verdadero proyecto abrir su propia clínica privada especializada en trastornos de ansiedad.

tenía ya un nombre pensado. Tenía un cuaderno lleno de notas, de listas, de presupuestos trazados con lápiz y borrados mil veces. El sueño era real, solo faltaba tiempo y dinero. Vivía en un apartamento de dos dormitorios en el barrio Guayacán, en el sector norte de Coquimbo, junto a su hermana menor, Catalina Salazar, de 23 años, estudiante de tercer año de derecho en la misma universidad donde Andresa se había graduado.

Las hermanas eran distintas en casi todo. Andresa era cálida. intuitiva dada a confiar en las personas. Catalina era analítica, directa, con una tendencia natural al escepticismo que a veces rozaba la desconfianza, pero se complementaban. Catalina hacía las preguntas difíciles que Andreza evitaba hacerse.

 Andreza suavizaba los bordes que Catalina sin querer dejaba demasiado afilados. El apartamento era modesto, dos camas individuales, una cocina pequeña pero funcional, una terraza desde la que podían ver un trozo de mar en los días despejados. Tenían una planta de aloe vera en el balcón que Catalina regaba con más frecuencia de la necesaria, y una pizarra en la cocina donde dejaban notas la una a la otra cuando llegaban tarde o salían temprano. Era su sistema.

Funcionaba. La rutina de Andresa en 2017 era ordenada, previsible, casi monástica. Se levantaba a las 6:30, desayunaba avena con plátano, caminaba 20 minutos hasta el centro voluntario, donde trabajaba tres mañanas por semana, y los otros días iba a la consultora. Los fines de semana estudiaba inglés por internet, leía libros de terapia cognitivoconductual y cuando podía se encontraba con sus pocas pero sólidas amigas para tomar café en el centro de Coquimbo.

 No tenía pareja, no la había tenido en casi dos años, desde que terminó una relación de 3 años con un hombre que resultó ser demasiado controlador, demasiado posesivo, demasiado experto en hacerle creer que el problema siempre era ella. Esa experiencia la había marcado, no de forma visible, no de manera que interfiriera con su trabajo o con su sonrisa, pero sí en esa capa más profunda donde las personas guardan sus miedos más auténticos.

Andreza tenía miedo de volver a equivocarse. Tenía miedo de confiar demasiado rápido o eso creía. Fue en diciembre de 2016 cuando conoció a Lucas Fernández. No fue en una aplicación de citas, no fue en una fiesta, fue en la ferretería del barrio de todas las formas posibles. Andresa buscaba tornillos para colgar un espejo en el baño.

 Lucas buscaba impermeabilizante para las botas que usaba cuando salía a explorar la costa. Se encontraron en el pasillo equivocado, los dos buscando cosas que no estaban donde pensaban. Y Lucas hizo un comentario en voz alta. sobre lo mal señalizado que estaba en lugar. Andresa se rió, él se giró. Eso fue todo. Lucas Fernández tenía 32 años.

Era ingeniero civil. trabajaba para una empresa constructora con proyectos en la región de Coquimbo y la de Atacama, lo que significaba que viajaba seguido, pero tenía base en La Serena a apenas 45 minutos de coquimbo. Era alto, de espaldas anchas, con esa seguridad física tranquila que no necesita demostrarse.

 Hablaba poco en los primeros minutos, pero cuando encontraba el hilo de una conversación podía sostenerla. durante horas le apasionaba el mar, la fotografía de paisajes, los senderos costeros que la mayoría de los turistas nunca descubría. En ese primer encuentro intercambiaron números sin que pareciera forzado. Lucas la llamó dos días después para preguntarle si quería tomar un café.

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