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8 SEGUNDOS que CAMBIARON TODO — GUSTAVO PETRO ANUNCIA la CAÍDA de IVÁN MORDISCO

 Para entender bien esta historia, tenemos que empezar por el principio. Tenemos que hablar de quién es Iván Mordisco, por qué es tan importante y por qué el gobierno de Gustavo Petro necesitaba desesperadamente una victoria militar en ese momento. Porque nada en esta historia es casualidad, todo tiene un porqué y ese porqué tiene que ver con política, con escándalos, con la necesidad de distraer al país de cosas más graves.

 Iván Mordisco es el alias de un hombre llamado Néstor Gregorio Vera Fernández, un guerrillero que lleva décadas en la guerra. Un hombre que nunca se desmovilizó cuando las FAR firmaron la paz en 2016, que decidió seguir en las armas, que se convirtió en el jefe de las disidencias. De esos grupos que no creyeron en el proceso de paz y que siguieron delinquiendo en las selvas de Colombia.

 Mordisco no es un guerrillero cualquiera. Es un hombre que conoce la selva como la palma de su mano, que ha sobrevivido a decenas de operativos militares, que se ha escapado tantas veces que muchos en el ejército lo consideran un fantasma. Alguien que aparece y desaparece sin dejar rastro, alguien a quien llevan años persiguiendo sin poder capturar.

 Las disidencias que comanda Mordisco son responsables de muchos de los problemas de seguridad que tiene Colombia hoy en día. Son ellos los que controlan el negocio de la coca en varias regiones del país, los que cobran vacunas a los campesinos, los que reclutan muchachos a la fuerza, los que ponen bombas en las carreteras, los que secuestran gente, los que mantienen el terror en zonas donde el estado no llega o llega muy poco.

 Para el gobierno de Gustavo Petro, capturar o matar a Iván Mordisco sería un golpe enorme. Sería poder decir que están cumpliendo con la seguridad del país, que están ganando la guerra contra los grupos armados, que las cosas están mejorando. Pero la verdad es que las cosas no están mejorando. La verdad es que la violencia ha aumentado en muchas regiones, que los cultivos de coca están en niveles históricos y que las disidencias son más fuertes ahora que cuando Petro llegó al poder.

 Entonces, cuando el gobierno anuncia que mataron a Mordisco en un operativo, mucha gente se alegra. Mucha gente piensa que por fin hay una buena noticia, que por fin el ejército logró algo importante, pero hay otros que empiezan a hacer preguntas, que empiezan a dudar, que empiezan a ver que hay cosas que no cuadran en la historia oficial.

 La noche del 7 al 8 de febrero, mientras la mayoría del país dormía, en la casa de Nariño había mucha actividad, las luces del palacio presidencial estaban encendidas, había movimiento de carros oficiales, había militares entrando y saliendo porque se estaba preparando algo grande, una operación que tenía que salir perfecta porque el presidente la estaba siguiendo en vivo desde Bogotá.

 Según la versión oficial del gobierno, los servicios de inteligencia habían detectado que Iván Mordisco iba a estar esa noche en una zona de la serranía de San Jerónimo, en el departamento de Córdoba, que iba a subirse a un helicóptero para escapar hacia la frontera con Venezuela y que esta era la oportunidad perfecta para atraparlo o eliminarlo.

 La información, dicen ellos, llegó de un informante, alguien de las mismas disidencias que se volteó, que decidió colaborar con el gobierno a cambio de plata o de protección. y que dio detalles muy precisos sobre la ubicación del guerrillero, sobre la hora en que iba a estar ahí, sobre el helicóptero que iba a usar para escapar.

 El helicóptero del que hablan es una historia aparte porque no era un helicóptero cualquiera, era un Black, un helicóptero militar muy sofisticado de los que usa el ejército de Estados Unidos, una máquina de guerra que cuesta millones de dólares. Y la pregunta que muchos se hacen es cómo diablos las disidencias de las FARC tenían un helicóptero de esos.

 La respuesta, según el gobierno, es que ese helicóptero fue robado hace años de una base militar, que los guerrilleros lo pintaron de negro para que no se viera en la noche, que le quitaron todas las marcas oficiales, que lo modificaron para que pudiera volar bajo y escapar de los radares y que lo estaban usando para mover cargamentos de droga y para transportar a los jefes guerrilleros cuando necesitaban moverse rápido.

 Si eso es verdad, si las disidencias realmente tenían un helicóptero Blackw operando libremente en Colombia, eso es una vergüenza enorme para el gobierno. Significa que los guerrilleros tienen más poder del que se pensaba, que tienen recursos sofisticados, que tienen gente entrenada para volar esas máquinas y que el Estado no ha podido hacer nada para detenerlos.

 Pero volvamos a esa noche del 8 de febrero a las 3 de la mañana en punto. Cuando todo estaba listo para el operativo, había soldados de élite escondidos en la selva cerca de donde iba a despegar el helicóptero. Había aviones de vigilancia volando alto, monitoreando todo. Había drones con cámaras infrarrojas mirando cada movimiento.

 Y había una sala en la Casa de Nariño donde el presidente Gustavo Petro, el ministro de Defensa y varios generales miraban todo en tiempo real por unas pantallas. Los soldados que estaban en tierra eran de una unidad especial, de esas unidades fantasma que el ejército tiene para las operaciones más peligrosas. Hombres entrenados en combate en selva, en operaciones nocturnas, en infiltración.

 Hombres que llevaban tres semanas metidos en esa zona esperando el momento preciso para actuar. A las 3:30 de la mañana empezaron a escuchar el ruido del helicóptero, ese sonido característico de las aspas cortando el aire y en sus visores nocturnos pudieron ver como la máquina empezaba a despegar de una pista improvisada entre los árboles, una pista clandestina que los guerrilleros habían hecho en medio de cultivos de coca.

 El helicóptero iba cargado, se notaba porque le costaba ganar altura. Iba pesado con combustible y con gente adentro. Y según la inteligencia militar, eran cinco personas las que iban en esa aeronave, cinco guerrilleros que pensaban que en pocos minutos iban a estar a salvo cruzando hacia Venezuela, donde tienen acuerdos con militares corruptos que los protegen.

Pero no iban a llegar a ningún lado porque uno de los soldados en tierra tenía un arma muy especial, un lanzamisiles tierra aire de esos que se usan para derribar aviones y helicópteros. Un misil ruso modelo SAF16 que el ejército colombiano tiene hace años y que rara vez usa porque son muy costosos y porque hay que tener autorización presidencial para dispararlos.

Esa autorización ya estaba dada. El presidente mismo había dado la orden desde Bogotá. Disparen a matar. No queremos prisioneros. Queremos resultados. Y el soldado que tenía el lanzamisiles apuntó hacia el helicóptero que subía en la oscuridad. Esperó a que el sistema le confirmara que había fijado el objetivo y apretó el gatillo.

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