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8 SEGUNDOS EN WASHINGTON — PETRO FRENTE a TRUMP y la TENSIÓN GLOBAL

 Ellos que vivieron los años más oscuros, ellos que conocieron el miedo de verdad. ellos que vieron con sus propios ojos como este país se desangraba y aún así encontraba la fuerza para levantarse. Pero lo que está pasando hoy, lo que está ocurriendo en este preciso momento mientras usted lee estas palabras, es algo que ni los más viejos, ni los más sabios, ni los más curtidos en las batallas de esta tierra habían visto antes.

 Porque esta vez el peligro no viene del monte, no viene de un hombre armado en una carretera, no viene de una bomba en una ciudad. Esta vez el peligro tiene traje, tiene corbata. tiene nombre propio y está sentado en los pasillos del poder. Todo comenzó mucho antes de que los colombianos se dieran cuenta. Así suelen comenzar las grandes tragedias.

 En silencio, sin que nadie las vea venir, con pasos pequeños que parecen inofensivos hasta que de repente uno mira hacia atrás y se da cuenta de que ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Fue en noviembre del año 2022 cuando un hombre que había prometido cambiar a Colombia tomó un avión rumbo a Caracas, la ciudad que durante muchos años había sido el símbolo de todo lo que Colombia no quería ser, la ciudad del petróleo malgastado, del poder corrompido, de las promesas rotas, de un pueblo empobrecido mientras sus

gobernantes se llenaban los bolsillos. Gustavo Petro llegó a Caracas con una sonrisa, con palabras de hermandad, con el discurso de que dos naciones vecinas no podían seguir dándose la espalda. Y los colombianos, que lo habían elegido con tanta esperanza lo vieron por televisión saludar a Nicolás Maduro, como si fuera un viejo amigo, como si fueran dos hombres que simplemente habían estado separados demasiado tiempo y ahora por fin se reencontraban.

 Pero en Washington esas imágenes se vieron de otra manera. en los pasillos de la Cía, en las oficinas del Departamento de Estado, en las salas de reuniones del Pentágono, donde los generales estudian los mapas de América del Sur con la misma frialdad con que un médico estudia una radiografía, esas imágenes encendieron una luz de alerta que no se apagó más, porque para los analistas de inteligencia estadounidenses, Maduro no era simplemente un presidente con quien Colombia decidía reanudar relaciones diplomáticas. Maduro era algo mucho más

serio. Era el centro de una red de poder que mezclaba la política con el narcotráfico, que usaba los recursos del Estado venezolano para financiar grupos armados en toda la región, que había convertido a Venezuela en una plataforma de operaciones para el crimen organizado. Y cualquier gobierno que se acercara a él sin las debidas cautelas, cualquier presidente que le diera la mano sin exigir condiciones claras, quedaba automáticamente bajo la lupa de los servicios de inteligencia norteamericanos. no como un amigo, sino

como una pregunta sin respuesta, como una sombra que había que seguir de cerca. Los meses siguientes trajeron más viajes, más reuniones, más fotos de los dos presidentes juntos en la frontera, en Caracas, en cumbres internacionales, donde Petro defendía a Maduro con una vehemencia que sorprendía a propios y extraños.

 Mientras la comunidad internacional presionaba a Venezuela por el fraude electoral, mientras las organizaciones de derechos humanos documentaban las torturas y las desapariciones en ese país, mientras millones de venezolanos seguían huyendo de su tierra en una diáspora de miseria y desesperación, Gustavo Petro se convertía en uno de los pocos líderes del continente dispuestos a tenderle la mano al régimen de Caracas y eso en Washington no pasó desapercibido.

 Pero la foto, la foto que cambiaría todo, no fue tomada en ninguna cumbra oficial. No fue tomada frente a las cámaras de los periodistas, no fue tomada en ese tipo de escenarios donde los políticos cuidan cada gesto, cada palabra, cada expresión de su cara. Esa foto fue tomada en privado en una cena donde las personas presentes creían que nadie los estaba mirando, donde los hombres en esa mesa hablaban con la confianza de quien se siente protegido, de quien cree que las paredes no tienen oídos, de quien ha olvidado que en el mundo de la

inteligencia siempre hay alguien mirando, siempre hay alguien escuchando, siempre hay alguien que guarda las pruebas para el momento en que sean necesarias. Y en esa foto aparecía un rostro que los agentes federales de los Estados Unidos reconocieron de inmediato. Un hombre que no necesitaba presentación en los archivos del Departamento de Justicia, un hombre cuyo nombre estaba vinculado a algunas de las redes de narcotráfico más sofisticadas y poderosas que operaban entre Venezuela, Colombia y los mercados de cocaína en

Europa y los Estados Unidos. El hombre sentado junto a él, el hombre que aparecía en esa cena privada en Caracas, era alguien que dormía en las noches en la casa de Nariño, alguien que tenía acceso directo al presidente de Colombia, alguien que formaba parte de ese círculo íntimo de poder que rodea a cualquier gobernante y que a veces sabe más de los secretos del Estado que los propios ministros.

 Esa foto no fue publicada en ningún periódico, no fue transmitida por ningún canal de televisión, no llegó a las redes sociales, donde hoy la gente se entera de todo. Esa foto viajó por un camino diferente, más silencioso, más peligroso. El camino de los expedientes clasificados, el camino de los informes que solo leen ciertos ojos, el camino que lleva directamente a las instancias más altas del poder judicial de los Estados Unidos.

 Y mientras esa foto viajaba por ese camino silencioso, en Colombia estaba ocurriendo algo que sacudiría al país de una manera que nadie esperaba. Era el mes de agosto del año 2023 y Nicolás Petro, el hijo mayor del presidente, estaba siendo llevado a declarar ante la fiscalía colombiana, esposado, con la mirada baja, con el peso del mundo sobre los hombros de un hombre joven que había creído que el apellido de su padre era un escudo que lo protegería de todo, que las conexiones de su familia eran una armadura que ninguna bala legal podría

atravesar. Pero las armaduras también tienen grietas y por esas grietas esa tarde comenzó a salir la verdad. Las abuelas colombianas que ese día estaban frente al televisor con su taza de café en la mano, que habían votado por Gustavo Petro con la ilusión de que por fin alguien los iba a defender, que habían creído en ese hombre que prometía igualdad y justicia, que habían llorado de emoción el día de su posesión porque por primera vez en sus vidas sentían que el presidente de la República era uno de los suyos. Esas mujeres vieron por

televisión como el hijo del presidente era llevado ante los tribunales y en sus corazones algo se rompió con un crujido silencioso que solo ellas pudieron escuchar. Era el crujido de la esperanza cuando se quiebra ese sonido que no hace ruido, pero duele más que cualquier otro.

 Nicolás Petro habló y lo que dijo dejó al país sin palabras. admitió ante la fiscalía que dinero proveniente del narcotráfico había llegado a la campaña presidencial de su padre en el año 2022, que un hombre apodado el hombre malvoro, condenado por narcotráfico en los Estados Unidos, había aportado recursos para que Gustavo Petro llegara a la presidencia, que esos dineros habían entrado por canales que la ley no permitía, que habían superado los límites legales de financiación de campañas y que él, Nicolás, había sido el puente por donde esos dineros

cruzaron de un mundo al otro. Esa confesión, esas palabras dichas ante un fiscal en una sala de audiencias en Colombia cruzaron el océano. Llegaron a los escritorios de los abogados federales en Nueva York y en Miami y se unieron como una pieza de rompecabezas a esa foto que ya reposaba en los archivos del Departamento de Justicia.

 Porque en el mundo de la justicia estadounidense las coincidencias no existen. Cuando un expediente tiene una foto de alguien cercano al presidente de Colombia cenando con narcotraficantes en Caracas. Y ese mismo expediente tiene una confesión del hijo del presidente admitiendo que dinero del narcotráfico llegó a su campaña.

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