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El Día que Subriel Matías Terminó con la Vida de su Rival en el Ring..

El 19 de julio de 2019, un boxeador sube a un ring en Estados  Unidos, pelea 11 asaltos, baja al vestuario por su propio pie y días después muere en un hospital. Ese boxeador era Maxim Dadashev y el hombre que tenía delante esa noche era Subriel Matías.  Esta historia no va de un knockout espectacular ni de una rivalidad caliente.

Va de una tragedia real,  de una pelea que se permitió seguir cuando el daño ya estaba hecho y de las consecuencias más oscuras que puede tener este deporte. Dadashev fue castigado durante parte del combate. Absorbió golpes sin caer, sin que el árbitro lo detuviera a tiempo. Al terminar el undécimo asalto, su esquina pidió parar la pelea. Demasiado tarde.

Camino al vestuario, se desplomó, fue trasladado de urgencia al hospital, operado por una hemorragia cerebral, y falleció días después. Y desde ese momento nada volvió a ser igual, ni para su familia, ni para el boxeo, ni para el hombre que estaba al otro lado del ring. Porque cuando alguien muere tras una pelea, el ring deja de ser solo un escenario deportivo y se convierte en el lugar donde todo falló.

Maxim Dadashev no era una estrella mundial ni un nombre mediático. Era un boxeador profesional que estaba construyendo su carrera paso a paso. Tenía 28 años. venía invicto y aceptó una pelea importante porque en el boxeo esas oportunidades no se repiten muchas veces. Esa noche se jugaba acercarse a un título mundial, no dinero fácil ni fama inmediata, sino avanzar en una división durísima.

Dadashev era conocido por ser resistente, disciplinado y por no rendirse fácilmente, y eso  que muchas veces se aplaude. Esa noche se convirtió en su mayor problema porque aguantó más de lo que su cuerpo podía soportar. Su mentalidad era clara, seguir, resistir y no dar un paso atrás, como tantos otros boxeadores que han aprendido que retirarse en el ring se castiga.

Nadie sube pensando que va a morir. Suben pensando que pueden aguantar un poco más.  Y Dadaf hizo exactamente eso. Siguió peleando cuando ya estaba recibiendo demasiado daño, confiando en su resistencia, sin saber que el golpe más peligroso no siempre es el que te tumba. sino el que se acumula sin que nadie lo detenga.

Y ese contexto es clave para entender por qué esta tragedia no fue un accidente aislado. Fue la consecuencia de una mentalidad y de un sistema que muchas veces empuja a los boxeadores a ir más allá de lo seguro. Subriel Matías nunca fue un boxeador fino ni especulador. Su estilo siempre fue claro, presión constante, volumen alto de golpes y castigo continuo.

Matías no busca un golpe perfecto, busca romper al rival y eso lo convierte en uno de los perfiles más peligrosos del boxeo. Cuando enfrente hay alguien resistente porque no te noquea de golpe, te va desgastando asalto tras asalto. En 2019, Matías ya era conocido por eso, por hacer peleas duras, largas y físicamente exigentes.

El problema es que cuando se juntan dos estilos así, uno que presiona sin parar y otro que no sabe rendirse, el riesgo  se multiplica. Esta pelea no era peligrosa por un golpe aislado, era peligrosa por acumulación, por el castigo constante a la cabeza, por los rounds que se iban sumando sin que nadie frenara la situación.

Y ahí está una de las claves de esta historia. Matías hizo lo que sabe hacer, presionar y golpear. El problema no fue su intención, fue que nadie cortó a tiempo una pelea, que ya había cruzado una línea peligrosa y eso convierte este combate en algo mucho más grande que un simple resultado deportivo.

Desde los primeros asaltos quedó claro que no iba a hacer una pelea cómoda. Matías presionaba sin descanso, lanzaba combinaciones largas y obligaba a Dadav a intercambiar más de la cuenta. Al principio el ruso respondía,  se mantenía en pie y seguía adelante, pero round tras round el castigo se iba acumulando.

No eran golpes espectaculares, eran golpes constantes, secos, repetidos, de esos que no te tiran pero te vacían. A partir de la mitad del combate, el ritmo ya era preocupante. Dadaf empezaba a recibir sin devolver con la misma claridad. Su lenguaje corporal cambiaba y su defensa se abría cada vez más.

Aún así, la pelea continuó. Nadie cayó, nadie levantó la mano para detenerlo y el reloj siguió corriendo. Ese es el punto más incómodo de toda esta historia,  porque visto con perspectiva, las señales estaban ahí. No hacía falta un knockout para entender que algo iba mal. Bastaba con mirar cómo estaba recibiendo el castigo, cómo iba perdiendo reflejos y cómo su cuerpo empezaba a ir por delante de su cabeza.

Y aún así se siguió peleando, porque en el boxeo muchas veces se confunde resistencia con seguridad y esa confusión esa noche fue fatal. El momento clave de esta tragedia no es un golpe concreto,  es una decisión, o mejor dicho, varias decisiones que no se tomaron cuando tocaba. La pelea siguió avanzando, aunque el castigo era evidente.

El árbitro no intervino y la esquina de Maxim Dadashev confió en que su boxeador podía aguantar un poco más, algo muy común en este deporte, donde rendirse sigue viéndose como una debilidad. Dadashev no cayó, no pidió parar y eso suele engañar a todos porque mientras el cuerpo sigue en pie se asume que todo está bajo control.

Pero el cerebro no funciona así. El daño se acumula sin avisar y cuando lo hace ya es demasiado tarde. La pelea se detuvo finalmente en el undécimo asalto. Fue su propio entrenador quien pidió al árbitro que la parara y eso es importante remarcarlo, porque incluso en ese momento extremo fue la esquina la que tuvo que tomar la decisión, no el árbitro.

Y ahí es donde el boxeo se mira al espejo, porque cuando una pelea llega a ese punto, ya sé, ha fallado antes, no es una sola persona, es una cadena completa de responsabilidades que no se activaron  a tiempo y cuando eso pasa, el precio lo paga siempre el boxeador. Cuando la pelea se detuvo, todo parecía haber terminado. Maxim Dadev bajó del ring caminando, habló con su entrenador y empezó el camino hacia el vestuario.

Y ahí es donde la situación se volvió crítica. A los pocos minutos comenzó a sentirse mal. Perdió el equilibrio y se desplomó. Ya no era una cuestión de cansancio ni de golpes normales. Su cuerpo estaba enviando una señal clara de que algo muy grave estaba pasando dentro de su cabeza. Fue trasladado de urgencia al hospital.

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