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El conductor del coche fúnebre que llevó a Carlo Acutis de Milán a Asís CALLÓ 19 años lo que oyó

PARTE I

Mi nombre es Lorenzo Bártoli. Fui conductor de coches fúnebres durante 27 años para la funeraria Santbrgio de Milán y en ese tiempo transporté más de 3,000 cuerpos por las carreteras del norte de Italia. Yo no creía en milagros. Para mí un traslado era kilómetros, gasolina, papeleo y silencio, nada más. Pero lo que oí dentro de aquel vehículo la madrugada del traslado de Carlo Acutis en el tramo entre Milán y Asís, no he sabido explicarlo en 19 años.

Y lo que encontré meses después, doblado dentro de la guantera, escrito con una letra que no era la mía, me obligó a parar el coche en el arsén y vomitar de puro miedo. Lo que ese papel decía sobre el 14 de mayo, sobre un hospital de Bérgamo, sobre un hombre llamado Doménico, terminó cumpliéndose con una exactitud que todavía me hace temblar las manos sobre el volante.

 Caí de rodillas en el suelo de un cementerio. No, aquella noche, 13 años después, exactamente donde aquella voz me había dicho que ocurriría. 19 años callé. Esta noche cuento todo. Yo entré en este oficio por necesidad, no por vocación. Mi padre tenía una pequeña empresa de transportes en Cesto San Giovanni y cuando quebró en el año 1991, lo único que me ofrecieron fue un puesto de chóer en una funeraria.

Acepté porque tenía 31 años, una hipoteca y ninguna otra opción. En cuanto a Dios, yo era de los que entraban a la iglesia solo para los funerales ajenos y ni siquiera prestaba atención al cura. Mi mujer, Rosana, encendía una vela cada domingo por nuestra hija. Yo me quedaba en el coche escuchando la radio.

 El encargo del traslado de Carlo Acutis me llegó la tarde del 17 de octubre de 2006. El despachador me dijo el nombre, la edad y poco más. Un chico de 15 años, fallecido en el hospital San Gerardo de Monza el 12 de octubre, leucemia. Había que llevarlo a Asís, a la Basílica de Santa María de los Ángeles, donde la familia tenía dispuesto el sepelio.

 Eran unos 475 km, un viaje largo de unas 5 horas y media que decidí hacer de madrugada para evitar el tráfico de la A1. No le di importancia. Para mí era un traslado más. Un cuerpo de 15 años pesa menos que uno de adulto y eso era lo único que mi cuerpo registraba como diferencia. Recogí el féretro a las 4:10 de la madrugada del 18 de octubre.

 Recuerdo la hora exacta porque firmé el albarán bajo la luz amarilla del depósito y miré mi reloj, un casio que aún conservo. La temperatura exterior era de 9ºC. Lo sé porque el termómetro del salpicadero del Mercedes Furgón, un modelo del año 2002, lo marcaba en rojo cuando arranqué. El ataúd era sencillo, madera clara, sin adornos.

 Lo aseguré con las correas de sujeción, comprobé los anclajes, cerré la puerta trasera. Rutina pura. 800 veces había hecho esos mismos gestos. Cuando entré en la cabina, noté algo que entonces atribuía al cansancio. Olía a flores. No había flores en el vehículo. Las coronas iban en otro furgón que saldría más tarde, pero el olor era nítido, dulce, parecido al de los lirios.

Bajé la ventanilla, respiré el aire frío de la madrugada y el olor seguía ahí. Lo anoté mentalmente como un resto de ambientador y arranqué. Pero yo aún no sabía lo que me esperaba. Salí de Milán por la circunvalación este y tomé la AO, dirección Bolonia a las 4:35. La carretera estaba prácticamente vacía. Llovía ligeramente esa lluvia fina del po que no llega a mojar, pero lo empaña todo.

Puse la radio en una emisora de música clásica a volumen bajo. Conduzco mejor con ruido de fondo. El silencio absoluto en estos viajes te pesa en la nuca. A la altura de Piachensa, en el kilómetro 69 aproximadamente, la radio empezó a fallar. No era estática normal. La señal subía y bajaba en intervalos regulares, casi rítmicos.

 Cambié de emisora tres veces, el mismo patrón. Apagué la radio y entonces, en el silencio lo oí por primera vez. Una voz joven, masculina, tranquila, venía de detrás de mí, de la zona del féretro. Decía algo que no entendí del todo, pero capté dos palabras con claridad absoluta. Gracias, Lorenzo. Frené en seco.

PARTE II

 El cinturón me cortó el pecho. El furgón coleó un poco sobre el asfalto mojado antes de detenerse en el arsén. El corazón me latía en la garganta. Encendí las luces de emergencia y me quedé inmóvil agarrando el volante con las dos manos, mirando por el retrovisor interior hacia la oscuridad de la parte trasera. Yo nunca le había dicho mi nombre a nadie en ese viaje. Iba solo.

 El albarán lo había firmado yo. Sí, pero no en voz alta. Nadie en ese vehículo podía saber que me llamaba Lorenzo. Me dije que estaba agotado, que llevaba 14 horas despierto, que el cerebro en la fatiga fabrica sonidos. La ciencia lo llama alucinación hipnagógica. Lo había leído alguna vez. Respiré hondo cinco veces.

 Conté hasta 60. Me convencí. Volví a arrancar. Y aquí es donde todo cambia. Conduje otros 20 minutos en tensión. vigilando el retrovisor cada pocos segundos. Nada. Empecé a relajarme hasta que pasada la salida de Fiorenzuela, la voz volvió esta vez más larga, más clara y esta vez no me dijo solo mi nombre.

 No tengas miedo, Lorenzo. Lo que sentiste en el depósito eran flores. La Virgen las pone donde hay paz. Se me heló la sangre. El olor a lirios que había desaparecido, regresó de golpe, tan intenso que tuve que volver a abrir la ventanilla. La temperatura del salpicadero marcaba ahora 7 gr en el exterior, pero dentro de la cabina, sobre mi propia piel, sentí un calor que no venía de la calefacción.

La calefacción, de hecho, la tenía apagada. Comprobé el mando dos veces, estaba en cero. Saqué la mano hacia el conducto de ventilación. Aire frío. El calor no salía de ahí, salía de detrás de mí. Quise convencerme de que la cabina retenía el calor del motor, pero un motor diésel a esa temperatura exterior no calienta una cabina por encima de los 18 19 gr.

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