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Un Rico Tiró Billetes A La Cara De El Chapo — Y Nadie Olvidó Esa Noche En El Restaurante De Lujo

 Se llama Arturo Cervantes y es dueño de tres centros comerciales que dominan el paisaje de Culiacán. Cuatro desarrollos residenciales de lujo donde viven los políticos y los narcoslavores de dinero y una fortuna que supera los 300 millones de pesos. dinero que heredó de su padre, quien a su vez lo heredó del suyo.

 Generaciones de riqueza acumulada sin el menor esfuerzo personal, sin el menor contacto con la realidad de cómo vive la gente común, sin ni siquiera una hora de trabajo honesto para entender el valor de lo que posee. Arturo viste un traje de Armani gris oscuro que cuesta 30,000 pesos. Una prenda que es un lujo innecesario para un simple restaurante, pero que para él representa su derecho de demostrar su estatus.

 Camisa de seda blanca con iniciales bordadas en los puños por un bordador especial que trabaja solo para él. Zapatos italianos hechos a la medida por zapateros que trabajan solo para familias como la suya en Milán. Un reloj Rolex de platino que cuesta 400,000 pesos y que brilla cada vez que levanta la mano para señalar al mesero como quien señala un sirviente en una película de época.

 A su lado están sentados dos inversores, hombres de negocios de la capital que vienen a participar en sus desarrollos inmobiliarios, interesados en el dinero fácil que promete Sinaloa para quien tenga las conexiones correctas. Hombres que miran a pasar duro con una mezcla de envidia y admiración, preguntándose cómo alguien tan joven puede poseer tanto.

Están brindando con champán francés, el tipo de champán que cuesta 5000 pesos la botella, dinero que para las personas normales es un mes de renta. Y las risas de Arturo llenan el restaurante con esa confianza injustificada de quien cree que el dinero lo hace invulnerable, que su apellido y su cuenta bancaria lo protegen de las consecuencias reales de sus acciones, que las reglas que rigen al mundo ordinario no aplican para él.

La noche había comenzado hace 3 horas cuando Arturo llegó al restaurante para celebrar el cierre de un negocio importante, la compra de un terreno valuado en 100 millones de pesos que utilizaría para construir un nuevo conjunto residencial de lujo. Torres de departamentos donde los precios comenzarían en 5 millones de pesos cada uno.

 lugares donde los ricos de Sinaloa se esconderían en el cielo, alejados de la gente común, en pisos tan altos que podrían olvidar que el resto de la ciudad existía abajo. había estado esperando este momento durante meses, porque para Arturo cada negocio cerrado era una victoria personal, una confirmación de que era más inteligente, más exitoso, más digno que aquellos a su alrededor.

 Sus invitados llegaron puntualmente a las 8 de la noche. dos hombres de traje oscuro que bajaron de un taxi y entraron al restaurante con la expectativa de pasar una noche memorable, impresionados por la reserva de la mesa principal que Arturo había hecho tres semanas antes, cuando supo que el trato estaría listo por la calidad de la comida, por el nivel de atención que los meseros ofrecían, tratándolos como si fueran realeza, Porque en Culiacán, cuando tienes dinero, la gente te trata como si fueras realeza, incluso cuando eres apenas un niño rico que heredó todo

lo que tiene, cuyo único mérito fue nacer en la familia correcta, en el momento correcto. El gerente del restaurante salió personalmente a saludar a Arturo, a ofrecerle la mejor mesa, a asegurarle que cualquier cosa que necesitara estaría disponible inmediatamente. Ordenó para todos el menú degustación de 200 pesos por persona, el más caro del menú.

 Langosta en ambarsón y esta la mantequilla tostada con una reducción de vino blanco. Camarones al ajillo con cilantro fresco traído de una granja. específica en Nayarit. Filete miñón importado de Argentina. La carne más cara del mundo con acompañamientos que el chef prepara solo para los clientes más importantes. Papáanna en forma de nidos con hilos de oro comestibles sobre ellas.

La conversación fluía entre risas y bromas sobre negocios, inversiones, propiedades, historias de negociaciones difíciles que Arturo exageraba para verse mejor. Arturo demostraba su superioridad intelectual con frases que había leído en revistas de negocios, citando a Fe empresarios famosos como si los conociera personalmente, como si hubiera almorzado con ellos hablando sobre mercados globales, rendimientos porcentuales, proyecciones financieras de 5 años, todo con la confianza de quien cree que el dinero es

el equivalente exacto de la inteligencia, que tener mucho dinero significa ser una persona valiosa. Sus invitados asentían con la cabeza, riendo en los momentos apropiados, porque en el mundo de los negocios uno no contradice al hombre que tiene dinero. Uno se convierte en su espejo, reflejando su visión del mundo de vuelta a él como confirmación de su genialidad, todo mientras los meseros se movían alrededor de la mesa como fantasmas entrenados, rellenando copas antes de que estuvieran vacías, recogiendo platos

apenas el cliente dejaba las servilletas sobre la mesa, asegurándose de que nada faltara, que nada interrumpiera la ilusión que Arturo había construido para sí mismo esa noche. Lo que Arturo no sabía, lo que ninguno de los presentes en el restaurante podía imaginar, es que en la mesa del rincón más oscuro del establecimiento, donde usualmente nadie se sienta porque está alejada de la vista de la mayoría de los clientes, porque los ricos prefieren ser vistos mientras comen.

Había un hombre que observaba cada movimiento, cada gesto, cada palabra pronunciada con arrogancia, sin límites. Su nombre era Joaquín Archivaldo Guzmán, aunque en ese momento sus alias eran tantos como arenas en el desierto, como gotas de agua en el océano, nombres en documentos falsos en medio docena de países.

Su presencia en el restaurante no era casual. sino resultado de una inteligencia que había aprendido a recopilar hace décadas, información que llegaba a él a través de policías que trabajaban para él, de meseros que le reportaban quiénes comían dónde, de un sistema de vigilancia que era tan efectivo que la policía mexicana desearía tenerlo, vestía de manera sencilla.

 Jeans azules desgastados que parecían de un trabajador de construcción. camisa blanca de algodón sin marca visible, botas de trabajo gastadas de la suela, nada que sugiriera que era el hombre más poderoso de la región, el narcotraficante que controlaba docenas de rutas hacia Estados Unidos, que tenía bajo su mando a cientos de hombres dispuestos a matar sin hacer preguntas, que movía más dinero en una semana que lo que Arturo haría en toda su vida.

 Su estatura baja casi lo hacía invisible, una ventaja que había aprendido a usar a su favor durante años de vida clandestina, porque la gente esperaba que el poder viniera en forma de hombre alto, musculoso, con cicatrices visibles, con tatuajes que contaran historias de violencia, con una presencia que llenara un salón.

 El Chapo era todo lo opuesto a eso. Era el hombre más peligroso del hemisferio occidental, disfrazado de campesino, de vendedor ambulante, de trabajador migrante, comiendo lentamente su caldo de camarón con la concentración de alguien que apreciaba el sabor de la vida simple, observando con ojos que no se perdían ni el más mínimo detalle, ni el mesero que tropezaba con una bandeja, ni la manera en que una pareja discutía.

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