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Bronco: Los Mataron UNO por UNO… y la Traición Final Vino de su PROPIO COMPADRE

Bronco: Los Mataron UNO por UNO… y la Traición Final Vino de su PROPIO COMPADRE

pagaron el rescate completo. A las 10 de la noche entregaron cada centavo. Les prometieron que lo soltaban en 2 horas. Siete días después encontraron su cuerpo en un terreno valdío con un tiro en la cabeza. Ese hombre fue uno de los fundadores de Bronco y no fue el único porque de los cuatro amigos que crearon el grupo más grande de la música grupera, uno fue ejecutado, otro murió lentamente por una sangre que debía salvarlo y el tercero terminó acusando al cuarto de traición y robo ante todo México.

Ese cuarto sigue cantando solo. Su nombre es Lupe Esparza y la historia real de Bronco no es de éxito. Es una historia de traiciones, de un nombre robado, de muertos que nadie quiso explicar y de un compadre que lo llamó ratero frente a todo un país. Hoy vas a descubrir cuatro verdades que la industria enterró durante décadas.

Primero, la verdad de por qué Bronco desapareció en 1997. No fue por carrera solista, como dicen las versiones oficiales. Alguien les robó hasta el derecho de usar su propio nombre y cuando quisieron regresar descubrieron que ya no podían. Segundo, el video donde Choche rompe en llanto cantando a Dios en la despedida de 1997.

El momento exacto donde presintió que nunca más volvería a pisar un escenario con sus compañeros. Ese llanto en vivo frente a millones de televidentes que nadie supo interpretar. Tercero, lo que pasó en 2012, el año maldito donde Bronco perdió a dos fundadores en 7 meses, uno ejecutado, aunque pagaron el rescate, otro muerto por una sangre que debía salvarlo.

 Y cuarto, el documento legal donde Ramiro Delgado, a su compadre de 30 años lo acusa de robo y traición. El mismo hombre cuyo hijo Lupe bautizó, el que lo llamó ratero frente a todo un país. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero si te vas antes del final, te pierdes la traición que terminó de destruir a Bronco para siempre.

 Y lo más duro es esto. Cuando entiendes de dónde viene Lupe, entiendes por qué esta traición lo destruyó. Porque Lupe no le teme al trabajo, le teme al abandono. José Guadalupe Esparza. Jiménez llegó al mundo el 12 de octubre de 1954, pero no nació en una clínica ni en un hospital. No hubo doctores ni enfermeras, no hubo incubadora ni cunero.

 Nació en Hermenildo Galeana, un pueblo tan pequeño en Durango que ni aparecía en los mapas. Un punto perdido donde el gobierno nunca llegó, sin luz eléctrica, sin pavimento, sin ley. Y las noches eran negras de verdad. Cuando el sol se metía, solo quedaban las velas y el miedo. Lupe lo describió así: Un pueblito inhóspito sin luz, era un pueblito sin ley.

 Su madre se llamaba ausencia y como si el nombre fuera profecía, la ausencia marcó esa familia desde el principio. 12 hijos. Lupe fue el mayor y desde que pudo caminar tuvo que cargar con responsabilidades que no le correspondían. A lo mejor tú también sabes lo que es eso, ser el mayor de muchos hermanos, cargar con una obligación que nunca pediste.

Su padre Calixto cruzó la frontera buscando una vida mejor. Lo que encontró fue una celda encarcelado en Estados Unidos por migración ilegal. La familia se quedó sola. 12 bocas sin padre, sin dinero, sin ayuda. Ese detalle del padre en la cárcel va a ser importante. Guárdalo. El niño Lupe cuidaba animales en el monte, horas de soledad absoluta.

 Y ahí, entre cabras y silencio, empezó a cantar. No porque quisiera ser artista, cantaba porque el silencio le pesaba demasiado, porque la voz era lo único que tenía. La música apareció así, no como vocación, como supervivencia. Pero lo peor aún no había empezado. Cuando Lupe tenía 7 años, la familia emigró a Apodaca, Nuevo León.

 Buscaban oportunidades. Lo que encontraron fue rechazo. Lupe tenía ascendencia a Odam, Tepeuana del Sur, raíces indígenas que se notaban en su piel morena. Y los niños de la escuela no perdonan las diferencias. Lo discriminaban por su color, lo humillaban, le recordaban cada día que era diferente, que era indio, que no pertenecía.

Esa discriminación lo marcó para siempre. La necesidad constante de demostrar que valía. El hambre de ser aceptado que ningún estadio azteca lleno podría saciar del todo. Porque las heridas de la infancia no se curan con éxito, se cargan, se esconden, pero siguen ahí. 1979. Apodaca, Nuevo León. Cuatro amigos deciden formar un grupo.

Ninguno tiene dinero. Ninguno tiene conexiones en la industria. Ninguno sabe que está a punto de cambiar la historia de la música mexicana. Se llaman Los Broncos de Apodaca. El nombre lo eligió Lupe porque vio pasar un carro de carreras que decía Bronco y le gustó cómo sonaba. Así de simple, así de azaroso.

 Un carro pasando, un nombre que quedaría grabado en millones de corazones. Los integrantes originales, Lupe Esparza en la voz y las percusiones. Javier Villarreal en la guitarra, José Luis Villarreal, Choche, hermano de Javier en la batería y Eric Garza en los teclados o cuatro amigos. Un sueño compartido y una promesa tácita que ninguno dijo en voz alta, pero todos entendían.

 Uno para todos, todos para uno. Guarda esa frase, vas a necesitarla después, porque lo que parecía un pacto eterno se convertiría en la ironía más cruel de sus vidas. En 1980 grabaron su primera canción. Quiero decirte, nadie los conocía. Nadie los programaba en la radio, nadie apostaba por ellos. Tocaban en fiestas de pueblo donde llegaban 10 personas, en quinceañeras, donde el padre de la festejada les regateaba el precio, en eventos donde les pagaban con comida, un poco de dinero para el camión de regreso y la promesa de que la próxima vez les iba a

ir mejor. La próxima vez nunca llegaba, pero ellos seguían. Lupe trabajaba de albañil durante el día, cargaba costales de cemento y mezclaba mezcla bajo el sol de Monterrey. Llegaba a casa con las manos destrozadas, los músculos adoloridos, el cuerpo pidiendo descanso y por las noches ensayaba con sus compañeros.

Mientras otros dormían, ellos soñaban. Mientras el mundo les decía que eso de la música no era para gente como ellos, ellos seguían tocando. Una mañana, mientras caminaba de su casa a la obra donde trabajaba, le vino a la cabeza una melodía y unas palabras. La canción se estaba escribiendo sola en su mente, pero no tenía dónde anotarla.

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