Pedro Infante Fue al Funeral de Jorge Negrete pero Lo Que Hizo Tres Días Después Nadie Lo Sabía
[música] Había un secreto que Pedro Infante se llevó casi a la tumba. Un gesto tan íntimo y tan profundo que quienes lo presenciaron juraron no contarlo jamás. Pero los secretos, [música] como las canciones verdaderas, siempre encuentran la manera de salir. Y este, después de décadas enterrado entre el silencio y la lealtad, regresó para cambiar todo lo que creíamos saber sobre el hombre más querido de México.
México, 1953. El país solía a ja lluvia sobre adquines. [música] Las estrellas de cine eran dioses que caminaban entre mortales y dos de esos dioses se llamaban Jorge Negrete y Pedro Infante. Uno era la elegancia hecha hombre, el otro [música] la ternura convertida en voz. Juntos representaban el alma entera de una nación.
Pero esa alma estaba a punto de fracturarse y nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para lo que vendría. Era el 5 de diciembre de 1953 y el frío que azotaba la Ciudad de México esa madrugada no tenía nada que ver con el invierno. Tenía que ver con una llamada telefónica, con una voz al otro lado de la línea que apenas podía pronunciar las palabras, [música] con un silencio que duró varios segundos antes de que alguien al fin dijera lo que nadie quería escuchar. Jorge murió.
Pedro Infante recibió la noticia en su casa de la colonia Narbarte, sentado a la mesa donde apenas había terminado de cenar. Dicen quienes estaban presentes que no gritó, no lloró, no rompió nada, simplemente se quedó quieto con la mirada fija en el mantel de cuadros blancos y rojos, como [música] si estuviera intentando leer algo escrito en la tela, como si el mundo le hubiera hablado en un idioma que él todavía no terminaba de descifrar.
Jorge Negrete había muerto en Los Ángeles, California, víctima de una cirrosis hepática que había avanzado en silencio mientras el charro cantor seguía sonriendo ante las cámaras y cantando con una voz que parecía imposible que alguna vez pudiera apagarse. Tenía 42 años, una fortuna mal administrada, [música] una carrera que lo había llevado de los escenarios de México a los teatros de España y tenía también, aunque pocos lo sabían entonces, deudas, muchas deudas, no solo de dinero.
La noticia corrió por la ciudad como el agua corre por las calles después de [música] una tormenta rápida, urgente, sin respetar puertas cerradas ni horarios. Para la mañana del día 6, los periódicos ya habían salido con portadas enlutadas. Excelor, El Universal. Novedades, todos con la misma fotografía. Jorge Negrete con su traje de charro, el bigote perfectamente delineado, la sonrisa que había conquistado a medio continente y todos con la misma palabra que se leía como un golpe en el pecho, [música] muerto.
En los mercados las mujeres lloraban mientras envolvían tortillas. En las cantinas, los hombres pedían otra copa en silencio y miraban al piso. En las escuelas, los maestros suspendían las clases sin dar explicaciones porque no era necesario darlas. En los cines donde todavía se proyectaban sus películas, el público se quedó sentado después de que cayó el telón, sin saber muy bien qué hacer con ese dolor tan extraño que sentían por alguien al que nunca habían conocido en persona, pero que de alguna manera sentían como propio. Porque así
era Jorge Negrete, no era solo un cantante, era un símbolo. Era la idea de lo que México quería hacer. Fuerte, gallardo, apasionado, con la voz más hermosa del mundo y el orgullo bien puesto en el pecho. Pedro Infante lo sabía mejor que nadie. Los dos nunca habían sido exactamente amigos íntimos y sería una mentira romántica decir que eran inseparables.
Eran estrellas del mismo firmamento, sí, pero de constelaciones distintas. Negrete era la nobleza, la solemnidad, el charro de seda y plata. Infante era el pueblo, la risa, el mecánico que cantaba mientras arreglaba motores y enamoraba a las vecinas con una guitarra. Eran la misma luna vista desde dos lados diferentes del río, pero había entre ellos algo que iba más allá de la rivalidad que la prensa siempre intentó fabricar.
Había respeto, un respeto profundo, callado, del tipo que no necesita demostrarse con palabras porque se demuestra con hechos. Y el más importante de esos hechos estaba a punto de suceder. Esa misma mañana del 6 de diciembre, mientras la ciudad todavía procesaba la noticia, Pedro Infante hizo algo que llamó la atención de todos los que estaban a su alrededor.
Se bañó, se vistió con su mejor traje oscuro, el que usaba para las ocasiones solemnes, y le pidió a su chóer que lo llevara a donde fuera necesario para estar presente cuando el cuerpo de Jorge llegara de regreso a México. no avisó a la prensa, no llamó a su representante, no organizó ningún gesto público, simplemente fue.
[música] Y eso, en el mundo del espectáculo mexicano de los años 50, donde todo era imagen y todo era performance y todo tenía que ser visto y fotografiado para que existiera de verdad, era en sí mismo un acto extraordinario. El cuerpo de Jorge Negrete llegó a la Ciudad de México el 8 de diciembre, acompañado por su esposa, la actriz María Félix, que venía destrozada por dentro, aunque su [música] rostro, como siempre parecía tallado en piedra.
El aeropuerto se llenó de gente, de flores, de cámaras, de llanto genuino mezclado con el llanto calculado de quienes ya estaban pensando en cómo sacar partido de la tragedia. Pedro Infante estaba ahí en silencio, en un segundo plano que eligió conscientemente, dejando el protagonismo del dolor a quien le correspondía, a la viuda, a los hermanos, a los amigos más cercanos.
Él era ese día simplemente uno más entre la multitud que quería decirle adiós a un hombre que había hecho de México un lugar más hermoso con su existencia. Pero lo que nadie sabía, lo que nadie podía imaginar todavía era que para Pedro Infante ese día no era el final, era el comienzo. El velorio de Jorge Negrete se realizó en el sindicato de trabajadores de la producción cinematográfica mexicana en la calle de atletas en la ciudad de México.
Era un lugar que Jorge mismo había ayudado a construir, no el edificio, sino lo que representaba, la idea de que los actores y cantantes [música] y técnicos de cine merecían dignidad, protección, derechos. Jorge Negrete había sido uno de los fundadores de ese sindicato, uno de sus líderes más combativos y había peleado batallas que muchos de sus colegas ni siquiera sabían que se estaban dando.
Esa era otra dimensión del charro cantor que el público en general desconocía. Detrás de la voz y el traje de gala había un hombre de convicciones que creía en la justicia laboral con la misma pasión con que cantaba sus corridos. Velar su cuerpo en ese lugar era, pues, algo más que una decisión logística.
Era un símbolo y los símbolos en el México de los 50 importaban muchísimo. La capilla ardiente recibió durante horas una procesión interminable de personas, actrices con velos negros, actores que se abrazaban en los corredores con esa incomodidad masculina de quien no sabe bien cómo llorar en público, directores, productores, compositores.
La gente del pueblo también, que hizo fila durante horas en la calle [música] bajo el frío de diciembre para pasar un segundo frente al féretro. y despedirse de alguien que había sido durante años la banda sonora de sus vidas. Pedro Infante llegó a la capilla en la segunda noche del velorio, cuando ya había menos prensa y menos reflectores, y la guardia de honor estaba un poco más cansada y el dolor se había vuelto más íntimo, más real, menos espectáculo.
Se quedó de pie frente al féretro durante varios minutos, nadie sabe exactamente cuánto tiempo. Los que estaban presentes dicen que fue mucho más de lo que nadie esperaba. Un testigo que prefirió no dar su nombre en vida, pero cuyo testimonio fue recogido décadas después por un investigador de la cultura popular mexicana, describió ese momento así.
Pedro no rezaba, no lloraba, no hacía nada de lo que uno esperaría ver, solo miraba como si estuviera memorizando algo, como si estuviera grabando en algún lugar muy adentro de sí mismo, una imagen que no quería que se le borrara jamás. Después de ese momento de silencio, Infante hizo algo que sorprendió a todos los presentes.
Se acercó a los hermanos de Jorge, David y Federico Negrete, [música] que estaban sentados en unas sillas contra la pared, con los ojos enrojecidos y las corbatas flojas, con ese aspecto inconfundible de las personas que llevan demasiadas horas sosteniendo un dolor demasiado grande. se agachó frente a ellos, les tomó las manos y les habló en voz muy baja, tan baja que nadie pudo escuchar exactamente qué les dijo.
Solo vieron que los hermanos Negrete se miraron entre sí con una expresión difícil de describir, algo entre el alivio y la sorpresa y una gratitud que claramente no esperaban sentir en ese momento y en ese lugar. ¿Qué les dijo Pedro Infante esa noche? Esa pregunta quedaría sin respuesta pública durante muchos años. Y mientras la pregunta flotaba sin respuesta, se convertiría en el primer hilo de un secreto que apenas comenzaba a tejerse.
Porque lo que si se supo, lo que si circuló entre los pasillos del sindicato [música] y en los camerinos de los estudios y en las mesas de los restaurantes donde la gente del cine se reunía a hablar después de los funerales, [música] era que Pedro Infante había pedido hablar con el administrador de los bienes de Jorge, con el hombre que manejaba las cuentas, los contratos, las deudas, las deudas.
Ahí estaba la palabra que nadie quería pronunciar en voz alta, pero que todos conocían. Jorge Negrete había muerto sin dinero, o más precisamente, había muerto con mucho más dinero afuera que adentro. Los proyectos en España habían costado una fortuna. El tren de vida de una estrella internacional tenía un precio enorme y aunque en las páginas de sociales siempre aparecía como el charro exitoso y resplandeciente, la realidad financiera de Jorge Negrete al momento de su muerte era considerablemente más oscura que su leyenda. Su familia lo
sabía, sus amigos más cercanos lo sabían y Pedro Infante, que también lo sabía, había decidido hacer algo al respecto. Pero todavía no. Todavía no era el momento. Todavía faltaban tres días. Y en esos tres días algo sucedería que cambiaría para siempre la historia [música] de lo que significaba ser amigo en el mundo, donde la fama lo distorsiona todo y el dinero lo complica todo.

Y los gestos verdaderos son tan raros que cuando aparecen [música] la gente simplemente no sabe cómo procesarlos. Pero hay algo más que los presentes notaron esa noche, algo que en ese momento pareció menor, casi insignificante y que solo adquirió su verdadero peso mucho tiempo después, cuando las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar.
Pedro Infante, antes de salir del velorio, se detuvo en la puerta. Se giró una vez más hacia el féretro desde lejos y según ese mismo testigo anónimo se llevó dos dedos a los labios como si estuviera apagando un cigarro imaginario y luego lo señaló hacia el ataúd. Un saludo, un adiós, una promesa o las tres cosas al mismo tiempo.
El entierro de Jorge Negrete se realizó el 9 de diciembre de 1953 en el Panteón Jardín al poniente de la Ciudad de México. Fue una procesión que paró la ciudad literalmente. Las calles estaban bloqueadas por la multitud que quería ver pasar el cortejo fúnebre. Las azoteas tenían gente. [música] Las ventanas de los edificios, flores lanzadas desde arriba, era el tipo de despedida que solo México sabe dar.
Exuberante, dolorosa, ruidosa en su silencio, llena de ese amor colectivo tan particular que convierte a un muerto en inmortal antes de que lo entierren. Pedro Infante estuvo [música] presente de nuevo en silencio, de nuevo en un segundo plano y después del entierro desapareció. No en el sentido dramático, claro.
Siguió existiendo, siguió siendo visto, siguió respondiendo llamadas y cumpliendo compromisos. Pero para sus amigos más cercanos, para quienes lo conocían bien, había algo distinto en esos días, algo que no sabían nombrar exactamente, pero que sentían. Una concentración particular, [música] una especie de propósito contenido, como cuando alguien está procesando una decisión muy importante y todavía no está listo para compartirla.
Su compadre Ernesto Cruz, uno de los hombres de mayor confianza de infante, recordó muchos años después que [música] durante esos tres días Pedro llegó varias veces a su casa sin avisar, cosa que era rara en él, que era hombre de llamar antes. Llegaba, se sentaba, tomaba café, fumaba, hablaba de cosas sin importancia y luego se iba como si necesitara compañía, pero no quisiera explicar por qué.
Una noche de esas, ya tarde, después de que los hijos de Ernesto se habían ido a dormir y ellos dos se quedaron solos en la cocina, Pedro dijo algo que su compadre guardó durante décadas. Hay cosas que uno sabe que tiene que hacer, aunque nadie te las pida y aunque nadie se vaya a enterar. Y si esperas a que alguien te lo pida, ya no vale lo mismo.
Ernesto Cruz no preguntó de qué estaba hablando. No era necesario. Lo sabía o lo intuía que en ese mundo era casi lo mismo. Mientras tanto, en otro rincón de la ciudad algo se estaba moviendo en silencio. El licenciado Armando Velasco, abogado y administrador de los bienes de la familia Negrete, había recibido una llamada dos días después del entierro.
una llamada de alguien que hablaba con una voz tranquila, [música] casi casual, como si estuviera pidiendo una mesa en un restaurante y no lo que en realidad estaba pidiendo. Lo que estaba pidiendo era una reunión discreta, sin testigos, sin prensa, sin representantes, solo él, Pedro Infante y los números reales de lo que Jorge Negrete había dejado atrás.
El licenciado Velasco aceptó con una mezcla de confusión y algo que él mismo describiría después como esperanza. Aunque en ese momento no supo bien por qué sentía esperanza en una reunión con un hombre que técnicamente no tenía ninguna obligación de estar ahí. Se reunieron en un despacho de la colonia Roma un martes por la mañana.
No hubo fotógrafos, no hubo periodistas, solo un escritorio lleno de papeles, dos hombres y una conversación que duró poco más de 2 horas. De lo que se habló en ese despacho, el licenciado Velasco solo habló públicamente una vez [música] en una entrevista concedida en 1978, cuando ya tenía más de 70 [música] años y había decidido que algunos secretos no debían morirse con su guardián.
[música] Lo que dijo fue esto. Pedro llegó con un sobre. Dentro había un cheque. No voy a decir la cantidad porque eso no importa y porque en ese momento me pidió que no lo dijera, pero era suficiente para resolver el problema más urgente que tenía la familia. me lo entregó sin decir nada, me miró y me dijo, “Esto es para que Jorge pueda seguir descansando en paz.
” Después se levantó, me dio la mano y se fue. En ningún momento pronunció la palabra deuda. En ningún momento hizo que yo me sintiera en la posición de recibir una limosna o una caridad. Era como si simplemente estuviera devolviendo algo que le pertenecía a alguien y que se había traspapelado por error. Un cheque, una deuda cubierta, una familia que podía respirar.
Y nadie, absolutamente nadie fuera de esa habitación lo supo durante años. Pero el secreto tenía todavía otra capa, [música] porque el cheque no era todo. Tres días después del entierro de Jorge Negrete, mientras la Ciudad de México seguía procesando el duelo con esa mezcla de tristeza y cotidianidad que caracteriza a los pueblos que saben vivir cerca de la muerte, Pedro Infante hizo una segunda visita.
[música] Esta vez no fue a un despacho de abogado, fue a una casa particular, una casa en la colonia Doctores, de esas con patio central y macetas en las ventanas y olor a comida que se filtra por debajo de las puertas. Una casa discreta, sin pretensiones que contrastaba radicalmente con la magnitud del nombre que vivía adentro.
La madre de Jorge Negrete se llamaba Emilia Moreno. Tenía 71 años. Era una mujer pequeña de pelo blanco recogido, con manos que hablaban de décadas de trabajo y ojos que hablaban de décadas de orgullo. Había visto a su hijo convertirse en estrella desde la pobreza más absoluta. Había visto como Jorge salía de Guanajuato con un sueño imposible y lo hacía posible con la voz y la voluntad.
Y ahora había vivido para verlo morir antes que ella, que es la cosa más injusta que puede pasarle a una madre. Pedro Infante llegó a esa casa sin avisar, o más bien avisó esa misma mañana, llamó por teléfono, habló con una de las sobrinas de Jorge, que estaba cuidando a la señora Emilia y pidió permiso para visitar.
El permiso fue concedido con un silencio que duraba una fracción de segundo más de lo normal. Nadie sabía exactamente qué esperar. Lo que pasó dentro de esa casa nunca fue completamente reconstruido con exactitud. Los testimonios son fragmentados, emocionados, imprecisos, de la manera en que son imprecisos los recuerdos que tocan algo demasiado íntimo para ser narrado con frialdad.
Pero hay algunos puntos en los que todas las versiones coinciden. Pedro Infante llegó sin guaruras, sin asistente, sin nadie, solo con un ramo de flores que según algunas versiones eran gladiolas blancas y según otras eran claveles rojos y según otras eran simplemente lo que encontró más a la mano en una florería de camino que de alguna manera eso hace la historia más real y más bonita.

Doña Emilia estaba sentada en la sala cuando él llegó. Se dice que cuando lo vio entrar, se le escapó un soyo, que no era de tristeza, sino de algo más complicado. La emoción de ver a alguien que venía en nombre del hijo que ya no estaba, de sentir que la presencia de ese hombre llenaba, aunque fuera por un momento, una ausencia que era demasiado grande.
Pedro se arrodilló frente a ella, no metafóricamente, literalmente, se hincó en el suelo, tomó las manos de doña Emilia entre las suyas y le habló. ¿Qué le dijo? Las versiones varían en los detalles, pero el núcleo es el mismo en todos los testimonios. Le dijo que Jorge había sido el mejor de todos ellos, que el cine mexicano no volvería a tener una voz como esa, que él, Pedro, había aprendido cosas mirándolo que no sabía [música] que necesitaba aprender y que mientras él viviera, la familia de Jorge no estaría [música] sola.
Esa última frase, mientras él viviera, la familia no estaría sola. Doña Emilia lloró. Pedro también dicen, aunque él mismo nunca lo confirmaría ni lo negaría en público. Los hombres de su generación tenían una relación complicada con las lágrimas y con los testimonios de las lágrimas.
Pero hay algo más, algo que ninguno de los presentes contó de inmediato, que salió a la luz décadas después y que es quizás el detalle más pequeño y más devastador de toda la historia. [música] Antes de irse, Pedro Infante le preguntó a doña Emilia si podía ver la habitación de Jorge, la habitación donde el charro cantor había dormido cuando era niño y cuando volvía de visita a casa de su madre, entre película y película y gira y gira, doña Emilia lo llevó ella misma.
Era un cuarto sencillo, una cama de madera, una ventana con cortinas de flores, una fotografía en la pared y sobre el buró algo que Pedro reconoció de inmediato. Una guitarra pequeña de las de aprender con las cuerdas un poco oxidadas por el tiempo. La guitarra con la que Jorge Negrete había dado sus primeros acordes cuando era un muchacho en Guanajuato que todavía no sabía que iba a ser el más grande.
Pedro la tomó con cuidado, la miró, la afinó despacio como si tuviera todo el tiempo del mundo y le tocó una canción, una sola canción. En silencio, sin voz, solo las cuerdas. Para doña Emilia, [música] que estaba parada en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados. La canción era México lindo y querido, la canción de Jorge.
Los meses que siguieron a la muerte de Jorge Negrete fueron meses extraños para el cine mexicano. Hay momentos en los que una industria entera o un arte entero o una cultura entera siente que ha perdido algo que no sabe muy bien cómo reemplazar. No porque no haya talento, sino porque hay figuras que no son reemplazables, que no funcionan como piezas intercambiables, sino que son únicas en el sentido [música] más literal una sola vez.
en un solo tiempo, en un solo cuerpo. Jorge Negrete era eso y su ausencia dejó un espacio que todos podían sentir, pero nadie podía medir. Pedro Infante siguió su carrera, siguió filmando, siguió cantando, siguió siendo el ídolo del pueblo que siempre había sido con esa naturalidad suya que era en parte don natural y en parte trabajo enorme, pero que nunca se notaba como trabajo, que era parte de la magia.
Pero algo había cambiado en él después de esos tres días de diciembre. Los que lo conocían de cerca lo notaron, no en las cosas grandes, en las cosas pequeñas, en como a veces se quedaba callado en medio de una conversación y miraba hacia algún punto en el horizonte con una expresión que no era tristeza, [música] pero tampoco era alegría, sino algo más parecido a la conciencia, a la conciencia de que el tiempo es corto y los gestos importan y que hay cosas que uno tiene que hacer aunque nadie te las pida. La familia Negrete, por su parte,
vivió los años siguientes con algo que no esperaban tener. Estabilidad, no opulencia, no lujo, sino la tranquilidad de saber que las deudas más urgentes [música] estaban resueltas, que la madre de Jorge podría vivir sus últimos años sin esa angustia económica que es quizás la más destructiva de todas las angustias.
Nunca hablaron públicamente de la fuente de esa tranquilidad y Pedro Infante nunca lo mencionó. ni en entrevistas, ni en conversaciones, ni en las cartas que a veces escribía a sus amigos. Era como si esa parte de la historia simplemente no existiera en el registro oficial de su vida, pero los secretos, ya lo sabemos, siempre encuentran la manera de salir.
El primero en hablar fue el licenciado Velasco en 1988 con esa entrevista que ya mencionamos, pero su testimonio circuló por canales muy limitados en una revista de circulación regional que no tenía el alcance para convertir la historia [música] en leyenda. El segundo en hablar fue Ernesto Cruz, el compadre de Infante, en un libro de memorias que publicó en 1984 y que tampoco alcanzó la distribución masiva que merecía.
Y así la historia fue viviendo en esos márgenes donde viven muchas de las cosas más importantes, en los libros que no llegan a todas las librerías, en los testimonios que se dan en voz baja, en las familias que guardan la gratitud como se guarda una joya que no se saca a la calle porque se tiene miedo de perderla.
Pero había algo más, una última capa del secreto que incluso los testigos más cercanos conocían solo de manera fragmentada. Años después de la muerte de Pedro Infante en 1957, cuando el propio ídolo murió en el accidente aéreo en Mérida, que paralizó a México de una manera que quizás solo tiene paralelo con la muerte del propio negrete, entre sus papeles personales se encontró algo que nadie esperaba, una carta sin destinatario, sin fecha precisa.
escrita a mano con esa letra grande y un poco desigual que era característica de Pedro en una cuartilla de papel que olía todavía, según quienes la tocaron, a tabaco y a agua de colonia. La carta decía, en su parte más importante lo siguiente: “He pensado mucho en lo que significa hacer algo por alguien cuando ya no puedes decirle que lo hiciste y he llegado a la conclusión de que eso es lo único que vale.
Todo lo demás es teatro.” Jorge lo sabía. Yo lo aprendí de él, aunque nunca me lo enseñó con palabras. Me lo enseñó siendo quién era. Eso es lo que hace la gente de verdad. Te enseña sin darse cuenta. Ojalá yo también haya enseñado algo sin darme cuenta. Ojalá. No había firma. No era necesaria. Todos los que la leyeron supieron de quién era y todos los que la leyeron guardaron silencio durante un momento que duró mucho más que un momento.
El 5 de diciembre de cada año, en algún lugar de México, alguien pone un disco de Jorge Negrete y otro de Pedro Infante y los deja sonar juntos, como si esas dos voces pudieran seguir conversando en algún espacio donde el tiempo no existe y las deudas no importan y los gestos verdaderos nunca se olvidan. Hay historias que no están en los libros de historia.
Hay gestos que no fueron fotografiados. Hay momentos de humanidad verdadera que suceden en silencio, lejos de las cámaras y los periodistas y los reflectores, y que por eso mismo son los más reales, los más duraderos, los que más importan cuando todo lo demás se ha borrado. Pedro Infante fue al funeral de su colega y de su rival y de su espejo, [música] y tres días después hizo lo que los hombres verdaderamente grandes hacen.
Actuó sin testigos, dio sin pedir reconocimientos, e incóte una madre que había perdido a su hijo y le tocó su canción con una guitarra oxidada en un cuarto sencillo de la colonia Doctores. No porque nadie se lo pidiera, no porque alguien fuera a saberlo, sino porque era lo correcto. Porque el amor y el respeto, cuando son auténticos, no necesitan público.
Esa es la historia que nadie contó durante décadas y ahora que la conoces ya es parte [música] de ti. Si esta historia te movió algo por dentro, si te hizo pensar en alguien a quien deberías llamar, en un gesto que tienes pendiente en lo que significa ser generoso sin audiencia, entonces Pedro Infante cumplió su propósito una vez más desde el otro lado del tiempo.
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Y si esperas a que alguien te lo pida, ya no vale lo mismo. Pedro Infante, diciembre de 1953.