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AL CAPONE se encuentra con su VIEJO AMIGO de la infancia pidiendo limosna — y su reacción emociona

AL CAPONE se encuentra con su VIEJO AMIGO de la infancia pidiendo limosna — y su reacción emociona

El viento helado de Chicago cortaba las calles como una navaja en aquella tarde de noviembre de 1928. Las hojas secas danzaban por las aceras empedradas, mientras los últimos rayos de sol se filtraban entre los edificios de ladrillo que caracterizaban el barrio italiano de la ciudad. Alfonso Capone, vestido con su característico abrigo de lana negra y sombrero fedora, caminaba con paso firme por South Wabash Avenue, flanqueado por dos de sus hombres de confianza.

A los 29 años, Alcapone ya era una leyenda en Chicago. Su imperio del alcohol clandestino le había otorgado poder, respeto y una fortuna que pocos podían imaginar. Pero esa tarde algo iba a remover las fibras más profundas de su corazón, recordándole quién había sido antes de convertirse en el rey de AMPA.

Mientras se dirigía hacia su automóvil Cadillacto 16, estacionado frente al hotel Metropol, sus ojos se detuvieron en una figura encorbada que se acurrucaba junto a la entrada de un callejón. Un hombre de mediana edad, vestido con harapos, extendía una lata oxidada hacia los transeútes, que pasaban apresuradamente, ignorando sus súplicas.

“Por favor, señor, cualquier moneda. Tengo hambre desde hace días”, murmuraba el mendigo con voz quebrada. Alcapone se detuvo en seco. Había algo familiar en esa voz, algo que lo transportó instantáneamente a las calles polvorientas de Brooklyn, donde había crecido junto a otros niños italianos inmigrantes. Sus guardaespaldas lo miraron extrañados.

“¿Vos? ¿Todo bien?”, preguntó Johnny Torrio Junior, su mano derecha, pero Aló. Sus ojos estaban fijos en el rostro demacrado del mendigo. Lentamente se acercó al hombre, quien mantenía la cabeza gacha, ajeno a la presencia del poderoso gangster. “Marco, Marco Benedetti”, susurró Alz incredulidad y emoción contenida.

El mendigo levantó la vista lentamente. Sus ojos, otrora brillantes y llenos de vida, ahora estaban hundidos y apagados por el hambre y la desesperación. Pero cuando reconoció a quien tenía delante, su expresión cambió completamente. Alfonso, ¿eres realmente tú? Balbuceó. Marcó intentando incorporarse con dificultad.

Los dos hombres se miraron en silencio durante unos segundos. que parecieron eternos. Él recordó inmediatamente a su compañero de travesuras en las calles de Brooklyn, al niño que corría a su lado robando manzanas de los mercados, al adolescente que había prometido junto a él que algún día serían ricos y poderosos. Marco Benedetti había sido su mejor amigo durante la infancia.

Juntos habían compartido sueños, aventuras y la dureza de crecer en una familia de inmigrantes italianos en Nueva York, pero los caminos de la vida los habían separado. Mientras Alía elegido el mundo del crimen organizado, Marco había intentado mantenerse en el lado legal de la vida trabajando en fábricas y almacenes. Marco, “Dios mío, ¿qué te ha pasado?”, preguntó Al.

Su voz ahora cargada de una emoción que rara vez mostraba. Marco bajó la mirada avergonzado. La vida, Alfonso, la vida. Perdí mi trabajo en la fábrica hace 6 meses cuando cerraron. Mi esposa, mi esposa murió de tuberculosis el año pasado. Los médicos se llevaron todos nuestros ahorros y aún así no pudieron salvarla. Después perdí la pensión donde vivía y aquí estoy.

Las palabras de Marco golpearon a Al como puñetazos en el estómago. Recordó la sonrisa radiante de Isabela, la esposa de Marco, a quien había conocido años atrás en una de las pocas ocasiones en que se habían reencontrado. Una mujer dulce y trabajadora que había sido la luz en los ojos de su amigo. El viento siguió soplando, llevándose las hojas secas por la calle, mientras los dos hombres permanecían allí, uno representando el poder absoluto y el otro la miseria más profunda.

Los guardaespaldas de Al intercambiaron miradas, comprendiendo que algo muy personal estaba ocurriendo. “Marco, levántate”, dijo al finalmente, extendiendo su mano hacia su viejo amigo. Nadie que haya sido mi hermano va a pasar frío y hambre en mis calles. Dos horas después, Marco Benedetti se encontraba sentado en la suite privada de Alcapone en el hotel Metropole, sintiéndose como si hubiera caído en un sueño.

Había comido su primera comida caliente en semanas. Bisteca a la parrilla, puré de papas y verduras frescas, todo servido en vajilla de porcelana fina. Sus manos, ahora limpias después de un baño caliente, temblaban ligeramente mientras sostenía una taza de café humeante. Al capone se había quitado el saco y aflojado la corbata, sentándose frente a su amigo de la infancia con una botella de whisky irlandés entre ambos.

A pesar de su reputación temible, en ese momento parecía simplemente Alfonso, el niño de Brooklyn, que solía compartir sus dulces robados. ¿Te acuerdas de la vez que el viejo Salvatore nos persiguió por toda Mulberry Street porque nos había visto robando sus naranjas? Preguntó Al sirviendo dos vasos de whisky.

Marco esbozó una sonrisa débil, la primera en meses. Corrimos tanto que pensé que mis pulmones iban a explotar y cuando finalmente nos alcanzó, tú le dijiste que habías sido solo tú, que yo no tenía nada que ver y me gane la paliza de mi vida”, rió al Pero su risa tenía un dejo de melancolía. “Pero valió la pena.

Siempre fuiste demasiado bueno para meterte en problemas, Marco. Incluso entonces. Marco tomó un sorbo del whisky, sintiendo como el líquido calentaba su garganta. ¿Sabes qué es lo más irónico, Alfonso? Que trate de hacer las cosas bien en toda mi vida. Trabajé honestamente, pagué mis impuestos, me casé con una buena mujer, intenté ser un ciudadano ejemplar. Y mira dónde terminé.

Al se reclinó en su silla, observando a su amigo con una mezcla de compasión y culpa. Y yo hice todo lo contrario y aquí estoy, con más dinero del que puedo gastar. No te juzgo, Alfonso. Nunca lo hice. Cada uno tomó su camino. Dijo Marco mirando por la ventana hacia las luces de Chicago que comenzaban a encenderse.

Pero, ¿sabes qué? Incluso en mis peores momentos, incluso cuando estaba en esa esquina pidiendo limosna, nunca dejé de creer que eras una buena persona. Siempre fuiste el que defendía a los más débiles en el barrio. Al Capone sintió un nudo en la garganta. Los recuerdos se agolpaban en su mente. Marco ayudando a su madre cuando estaba enferma.

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