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Hondureña Pidió Ayuda Para Operarse en El Salvador: Lo Que Hizo BUKELE te Dejará Sin Palabras

 Y cuando preguntó cuándo debía hacerse, el médico hizo esa pausa incómoda que los doctores usan cuando saben que la respuesta no va a gustar, explicándole que solo había una ventana de tres a cu semanas después de la cirugía, porque pasado ese tiempo la efectividad disminuía y que en Honduras, aunque el Instituto Hondureño de Seguridad Social tenía el equipo, la lista de espera era de 6 a 8 meses, mientras que en el sistema privado había opciones, sí, pero a un costo que ni siquiera necesitó terminar.

 ar de mencionar para que María sintiera como el aire se le escapaba del pecho, entendiendo que en apenas tres o cuatro semanas no había forma de recibir ese tratamiento en el país, aunque lo que nadie le dijo en ese momento fue que existía una alternativa al otro lado de la frontera en El Salvador, 5co días después, ya de regreso en Choluteca, con la voz a un débil y una cicatriz roja y delgada, atravesándole el cuello como un recordatorio constante de lo que había pasado y de lo que todavía faltaba.

 Una tarde, mientras tomaba su levotiroxina, el medicamento que ahora suplía las hormonas que su cuerpo ya no producía, su teléfono sonó, era el cirujano. Y al escuchar María, “Hablé con un colega en San Salvador, algo se activó en su interior porque le explicó que en El Salvador podían realizar el tratamiento de inmediato en el hospital nacional, donde había un departamento de medicina nuclear que hacía este procedimiento con regularidad y sin lista en espera.

 Y mientras María miraba por la ventana a sus hijos jugando fútbol en el patio, preguntó cuánto costaba, escuchando entonces al doctor respirar hondo antes de decirle que entre hospitalización, estudios previos, medicamentos, el yodo radiactivo y 3 días de aislamiento obligatorio, el monto rondaba los 100,000 lempiras, una cifra que cayó como un golpe seco porque su salario como maestra era de 12,000 al mes.

 Su esposo ganaba unos 15,000 cuando había trabajo y sus ahorros apenas alcanzaban los 4,000 piras para emergencias, que sí, aquello era una emergencia, pero aún así el dinero no alcanzaba. Y cuando María le dijo al médico que no tenía esa cantidad, él fue directo y honesto explicándole que por eso mismo le estaba diciendo todo, porque tenía que buscar ayuda donde fuera, familia, amigos, comunidad, ya que si no se hacía el tratamiento en las próximas dos semanas, el riesgo de que el cáncer regresara aumentaba de forma significativa. Y tras

colgar el teléfono, María se quedó sentada en silencio frente a la mesa del comedor, repitiendo mentalmente 00 lempiras, El Salvador, dos semanas. una noche en la que no durmió y un amanecer en el que algo dentro de ella cambió. No fue valentía ni heroísmo, fue pura necesidad, instinto de supervivencia. esa fuerza silenciosa que empuja a una madre a hacer lo que sea necesario, por lo que abrió su cuenta de Facebook, una red social que casi no usaba más allá de subir alguna foto ocasional de sus hijos o felicitar cumpleaños, pero esta vez

escribió algo distinto presentándose contando que era maestra en Choluteca, que hacía dos semanas la habían operado de cáncer de tiroides, que necesitaba con urgencia un tratamiento que no podía hacerse en Honduras y que debía viajar a El Salvador pidiendo ayuda y dejando su número de cuenta.

 Y aunque le temblaban las manos cuando presionó el botón de publicar, apenas 10 minutos después su teléfono empezó a sonar sin que María supiera aún que esa publicación no solo era un pedido de auxilio, sino el inicio de algo mucho más grande, pues que su historia estaba a punto de abrir una conversación que Honduras llevaba años evitando.

 una conversación que ya no giraba solo en torno a una mujer enferma, sino sobre lo que realmente significa cruzar una frontera, no para huir ni para buscar una vida mejor, sino simplemente para seguir con vida. y sobre lo que ocurre cuando el país vecino puede ofrecer lo que el tuyo por distintas razones no es capaz de garantizar porque apenas dos días después de aquella publicación María recibió un mensaje privado en Facebook de alguien que no conocía, un periodista de un canal nacional que le preguntó con cautela si podían hablar. Se llamaba

Ernesto y trabajaba en un noticiero matutino en Tebucigalpa. había visto su historia porque una prima suya, también maestra en Choluteca, la había compartido y cuando la llamó por teléfono fue directo al punto diciéndole que su historia era importante no solo por ella, sino porque había miles de hondureños atravesando situaciones similares, a lo que María respondió con una voz todavía ronca por la cirugía que no quería presentarse como una víctima.

Y entonces Ernesto le explicó con calma que no se trataba de victimizarse, sino de mostrar una realidad que muchos preferían no mirar de frente. Por eso, dos días más tarde, una cámara estaba instalada en la sala de su casa y María en el mismo sofá donde había llorado en silencio la noche en que recibió el diagnóstico.

 contó su historia frente a todo el país. Una entrevista que se transmitió un martes por la mañana y que tuvo un efecto inmediato porque antes de las 10 su teléfono ya no daba basto, mensajes, llamadas, notificaciones constantes, mientras su cuenta bancaria comenzaba a recibir transferencias pequeñas, pero cargabas de significado. 50 lempiras, 200,500 Menel acompañada de 1000 acompañadas de mensajes como Fuerza María. Dios la bendiga.

 Mi mamá murió de cáncer porque no pudo pagar el tratamiento. Por favor, no se rinda. Palabras que la quebraron por dentro, aunque la solidaridad, como ella descubriría pronto, tiene un ritmo extraño, porque los primeros tr días fueron intensos y lograron reunir 25,000 lempiras, pero luego el flujo empezó a disminuir, 500 un día, 300 al siguiente, 200 después.

 Y cada noche María hacía cuentas en silencio, 32,00 lempiras, reunidos, faltaban 60 y 8,000 y el reloj no se detenía. Ya habían pasado 17 días desde la cirugía y solo le quedaban 11, o tal vez 14 si tenía suerte, cuando una mañana, mientras preparaba el desayuno para sus hijos, sintió un hormigueo en las manos, luego en los labios y después espasmos incontrolables en los dedos.

 Su hija mayor la miró asustada y le preguntó si estaba bien. María intentó responder, pero no pudo. Su boca se movía sin emitir sonido alguno y el pánico le subió como una ola por la garganta. Su esposo no dudó y la llevó de inmediato al hospital, donde el médico de emergencias diagnosticó hipocalcemia severa, una complicación común tras la cirugía de tiroides.

 Cuando las glándulas paratiroides se dañan accidentalmente y el cuerpo deja de regular el calcio, le administraron calcio intravenoso y María permaneció en observación durante 6 horas, regresando a cara exhausta, no solo en lo físico, sino también en lo mental y emocional, asaltada por pensamientos que no la dejaban en paz, preguntándose qué pasaría si no llegaba a tiempo, si todo ese esfuerzo, toda esa exposición pública y esa humillación silenciosa de pedir ayuda en internet terminaban siendo en vano. Y esa noche, sentados en

la cama, su esposo propuso vender la moto, pero María fue clara. Si vendían la moto, ella no podría ir a trabajar y sin su trabajo no habría comida, aunque sin el tratamiento ella moriría, entendiendo ambos que estaban atrapados en una ecuación imposible. Y aunque él no respondió, al día siguiente algo empezó a moverse porque un grupo de maestros de Choluteca organizó una rifa.

Un empresario local donó 10,000 lempiras, una iglesia evangélica, hizo una colecta especial y hasta un diputado de la zona al que María nunca había apoyado políticamente, apareció con un cheque de 5,00 lempiras y una foto para sus redes sociales. una foto que le incomodó, pero aún así aceptó el dinero porque la urgencia no permitía orgullo, alcanzando así los 5300 lempiras, aunque todavía faltaban 47,000.

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