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La Mujer que Controló a Maduro y Destruyó a Venezuela: Cilia Flores

La Mujer que Controló a Maduro y Destruyó a Venezuela: Cilia Flores

Los fiscales de Estados Unidos acaban de revelar algo que nadie se atrevía a decir en voz alta, que Cilia Flores, la primera dama de Venezuela, ordenó asesinar personas. No, Maduro, ella, Cilia, la mujer que todos pensaban [música] que era solo la esposa del dictador. Los fiscales dicen que ella y Maduro mantenían [música] pandillas armadas para proteger su negocio de drogas y que ordenaron secuestros, golpizas y asesinatos contra quienes estorbaban.

Eso dice la acusación oficial. Documento del distrito sur de Nueva York. revelado hace unas horas. Hoy esa mujer está en una cárcel de Nueva York. La sacaron de su cama a la 1 de la mañana. Fuerzas especiales de Estados Unidos [música] entraron a Venezuela, fueron directo a la residencia presidencial y la arrastraron [música] fuera del país junto a Maduro.

Enfrenta cadena perpetua. Pero esta no es la historia de cómo cayó. Esta es la historia de cómo llegó hasta ahí, cómo una mujer que nació en el pueblo más olvidado de Venezuela terminó controlando a un dictador. ¿Cómo metió a 47 familiares en el gobierno? Incluyendo a su propio exesposo, el hombre que abandonó por Maduro, cómo el sobrino que crió como hijo la hundió [música] para siempre y cómo terminó ordenando matar a quienes estorbaban.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, ¿cómo conoció a Maduro? Las palabras exactas que dijo cuando lo vio por primera vez. Segundo, la lista completa de los 47 familiares [música] que metió en el gobierno y lo que le hizo a su exesposo. Tercero, lo que su sobrino confesó cuando lo arrestaron con 800 kg de cocaína.

 la frase que lo explica todo. Y cuarto, el documento que acaba de salir, lo que ordenó hacer los asesinatos. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas saber de dónde vino esta mujer, porque ahí empieza todo. Cilia de la [música] Flores nació el 15 de octubre de 1956 en un pueblo que nadie conoce, un lugar del que nadie sale.

Tinaquillo. Recuerda ese nombre, Tinaquillo. que todo lo que Cilia hizo en su vida, todo el horror que vas a conocer hoy, lo hizo para no volver a ser la niña pobre de ese pueblo olvidado. Estado Cojedes, centro de Venezuela, a 3 horas de Caracas por carretera. Un pueblo caliente, polvoriento, olvidado. Su madre se llamaba igual que ella, Cilia Adela Flores.

 Murió en marzo de 2016. Su padre se llamaba Julio Seijas, pero nunca estuvo presente. Cilia era hija natural. En Venezuela, en los años 50, [música] eso significaba algo. Significaba que tus padres no estaban [música] casados cuando naciste. Significaba que llevabas solo el apellido de tu madre. Significaba avergüenza.

 Significaba [música] empezar desde abajo, más abajo que los demás. Cuando era niña, su familia se mudó a Caracas, pero no a las zonas bonitas, no a los edificios [música] con portero y piscina, no a las urbanizaciones con jardines. Se fueron al oeste de la ciudad, a las barriadas, a los cerros, donde las casas se apilan unas sobre otras, donde el agua no siempre llega, donde las calles no tienen nombre, donde la policía no entra.

 Cilia creció ahí con esa rabia silenciosa que da la pobreza cuando ves que otros tienen lo que tú no puedes ni soñar. Cuando caminas por la ciudad y ves carros que cuestan más que la casa donde vives, cuando miras los edificios brillantes del [música] este de Caracas y sabes que nunca vas a vivir ahí cuando entiendes desde muy chica que el mundo [música] está dividido y que tú naciste del lado equivocado.

Pero Cilia no se quedó quieta, estudió, se esforzó, llegó a la universidad, no a las universidades caras, no a las que van los hijos de los ricos. fue a la Universidad Santa María, una universidad privada, pero de las accesibles, de las que aceptan [música] a cualquiera que pueda pagar las cuotas mes a mes.

 Se graduó de abogada, se especializó en derecho penal y laboral y en 1978, a los 22 años, se casó. Su esposo se llamaba Walter Ramón Gavidia Rodríguez. Con él tuvo tres hijos. El primero, Walter Jacob, nació en diciembre de 1978, el mismo año de la boda. Cilia tenía 22 años. El segundo, Joseper Daniel, nació 10 años después, en octubre de 1988.

El tercero, Josh Wall Alexander, nació en agosto de 1990. Tres hijos varones, un matrimonio de más de 15 años, una carrera como abogada, una vida normal. Recuerda el nombre de este hombre, Walter Gavidia, porque lo que Cilia le hizo después, lo que hizo con él cuando llegó al poder, es una de las cosas más crueles que vas a escuchar hoy.

 Pero eso viene más adelante. Cilia no quería una vida normal. Cilia quería poder. Y en febrero [música] de 1992, el poder tocó a su puerta. El 4 de febrero de 1992, un teniente coronel del ejército venezolano intentó derrocar al presidente. Se llamaba Hugo Rafael Chávez Frías. Tenía 37 [música] años, carismático, rebelde, con ideas de revolución que había cultivado durante años en los cuarteles.

Organizó un golpe de estado contra Carlos Andrés Pérez y fracasó. Lo arrestaron, lo metieron preso y en teoría su carrera política había terminado antes de empezar. Pero pasó algo extraño, algo que nadie esperaba. El golpe falló, pero Chávez se hizo famoso. Lo llevaron frente a las cámaras de televisión para que dijera que todo había terminado, para que llamara a sus seguidores a rendirse.

 Y Chávez habló, pero no dijo lo que querían que dijera. Dijo una frase que todo Venezuela recuerda hasta hoy. Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados. Por ahora esas dos palabras lo cambiaron todo. No dijo fracasamos, no dijo nos rendimos. Dijo por ahora, como si fuera cuestión de tiempo, como si esto fuera solo el principio.

De pronto, el militar preso se convirtió en símbolo, en esperanza para los que estaban cansados de la corrupción. En algo nuevo y Cilia Flores lo vio desde las barriadas del oeste de Caracas, desde su oficina de abogada, [música] desde su vida de madre de tres hijos, Cilia vio lo que estaba pasando y vio algo que nadie más estaba viendo.

 No vio a un golpista [música] fracasado, no vio a un militar preso que había perdido su oportunidad. Vio una oportunidad para ella. Se ofreció como abogada. Ella y un grupo de colegas tomaron la defensa legal de Chávez y los otros militares presos por el golpe y empezó a visitarlo en la cárcel, semana tras semana, mes tras mes, llevándole documentos, preparando recursos legales, planificando la estrategia de defensa, pero también hablando horas y horas de conversación sobre política, sobre Venezuela.

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