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Miroslava Stern: Contra Ese Hombre Nadie Podía Hacer Nada

Un hombre uniformado no venía a llevarse a alguien,  venía a abrazarla. Ella se enamoró. El novio murió en el frente, en un accidente, en combate. Las biografías difieren. Lo único que se sabe con certeza es que una tarde de 1942 una carta llegó al apartamento neoyorquino. El militar ya no existía. Esa misma noche Miroslava  intentó dejar de existir.

La encontraron a tiempo. La llevaron al hospital. le salvaron la vida.  El Dr. Stern viajó desde México en el primer avión que encontró y se la trajo de vuelta apenas pudo moverla. En el avión de vuelta, Miroslava no habló, miró por la ventanilla las nubes.  Su padre la observaba de reojo desde el asiento de al lado.

Intentó cogerle la mano una vez. Ella la retiró con suavidad, sin dramatismo, como quien retira una mano que ya no le dice nada. Y mientras volvía a México, lo que había en esa foto todavía no había sido tomada. Volvió a México. Se inscribió en clases de diseño, pintura, confección. Dibujaba bien. Pensaba que lo peor había pasado.

En 1945 a su madre le diagnosticaron cáncer.  Avanzó rápido. Murió ese mismo año. Segundo intento. Misma escena, mismo hospital. Esta vez el padre no dijo nada cuando ella despertó en la camilla del hospital. Se sentó a los pies de  la cama, entrelazó las manos sobre los muslos y se quedó mirándola durante horas sin abrir la boca ni una sola vez.

Miroslava tampoco dijo nada porque ya no hacía falta. Los dos sabían lo que había pasado y los dos sabían, aunque ninguno quisiera reconocerlo en voz alta, que iba a volver a pasar.  Miroslava tenía 19 años, tres amores arrancados en 6 años. La madre biológica de Miroslava,  también llamada Miroslava Beca, había nacido en 1898.

Cuando murió de cáncer en 1945, tenía 47 años. El padrastro Óscar Leo tenía 45. Se quedaba solo con dos hijos.  Ivo tenía 14 años. Miroslava 19. Toda la familia que había sobrevivido a los nazis, a las fronteras cerradas, a las tres semanas en un campo de concentración al océano atlántico, estaba ahora dentro de una casa pequeña en la Ciudad de México tratando de reconstruir algo parecido a una vida.

Y Miroslava,  que había sobrevivido a todo, no podía salir del cuarto y había aprendido algo que a ella se los llevaban siempre. Para sacarla del agujero, el padre la inscribió en una academia de teatro, la escuela del japonés Sequisano, que era por entonces el maestro más respetado del teatro mexicano  y donde se formaban los hijos de la mejor sociedad.

Ahí Miroslava vio a un joven. Él le sonrió primero, pero no le dijo nada durante una semana entera. solo la miraba desde la otra punta del aula, con una paciencia que a Miroslava le debió haber resultado sospechosa y que, en cambio, a  los 18 años recién cumplidos le pareció la cosa más hermosa del mundo.

Esperó a que ella bajara la guardia. Se llamaba Jesús Jaime Gómez Obregón, le decían el Bambi. Era sobrino del presidente Álvaro Obregón. Tenía dinero, tenía apellido, tenía paciencia. A Miroslava la llevó a cenar, no le pidió nada. la acompañó a casa, le besó la mano en la puerta, dio media vuelta y se fue.

Ella subió al cuarto esa noche pensando que por fin había encontrado un hombre bueno, alguien que no tenía prisa, alguien que no iba a desaparecer, no sabía lo que todo México sabía. Lo intuía. Pero no se lo permitía pensar. El Bambi era homosexual y su familia necesitaba casarlo. En el México católico de 1946, un hijo homosexual en la Alta Burguesía era un problema grave.

Había que taparlo. Necesitaban una chica guapa, de familia respetable, pero débil y muy vulnerable. Miroslava tenía 19 años. Había intentado quitarse la vida dos veces. Acababa de morírsele la madre. Era la víctima perfecta. La boda se organizó en semanas. 2 de febrero de 1946. Iglesia Flores Blancas. Fotógrafos. La familia Gómez Obregón en primera fila sonriendo a las cámaras.

Esa noche Miroslava esperó en el dormitorio conyugal con un camisón con la puerta entreabierta. Oía ruidos abajo, voces, risas  de hombres. Esperó. Se apagó la luz del salón. Pasos en la escalera. Los pasos no subieron. Se quedaron en el pasillo de la planta baja, se alejaron, se cerró la puerta de otro cuarto.

Miroslava se quedó sentada en la cama esperando hasta el amanecer. Lo sospechó esa noche. A los pocos días se lo confirmó una mirada. Su suegra. En el comedor, pasándole el pan, la miró con una mezcla de ternura y piedad. Con la cara que se le pone a alguien cuando sabes lo que le han hecho. Miroslava bajó los ojos al plato. No preguntó.

Pasaron las semanas. Él salía por las noches y volvía de madrugada, dejándole notas amables en la mesa del desayuno que ella encontraba a la hora del café, comprándole flores que llegaban por la tarde con tarjetas cariñosas,  siendo a todos los efectos un marido atento, salvo por un pequeño detalle.

Una tarde, Miroslava subió a buscar una bata que había dejado en el cuarto de baño del segundo piso. La puerta estaba entornada, se oía el agua correr. Entró el Bambi estaba en la ducha. No estaba solo. Ahí lo supo. No gritó, no lloró, no hubo escena. Cerró la puerta,  bajó al teléfono de la planta baja, llamó al abogado de la familia.

Eduardo Lucio le pidió que iniciara el divorcio. Lucio, del otro lado de la línea, le preguntó si estaba segura. Miroslava dijo una sola palabra. Sí. Y colgó. Esa misma noche se fue de la casa y volvió a dormir bajo el techo de su padre,  en la misma cama en la que había llorado las noches de Nueva York y las de la madre muerta, pero a nadie le contó lo que había visto esa tarde en el cuarto de baño.

A Lucio le dio una razón formal para los papeles.  A Ivo no le dijo nada porque todavía era un niño y a su padre solo le dijo con una media sonrisa que él había aprendido ya a temer, que no había funcionado. El matrimonio duró 6 meses,  lo justo para cubrir las apariencias. La familia del Bambi tapó la noticia con la rapidez que da el dinero y los buenos apellidos.

En los periódicos no salió casi nada más allá de una línea breve en las crónicas sociales y Miroslava recuperó su apellido de soltera como quien recupera un abrigo del guardarropa y aprendió  algo que ya no se le quitaría nunca. Los hombres te pueden hacer un contrato y la letra pequeña puede llevarte al infierno.

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