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MARGA LÓPEZ: El Hombre Al Que Arturo De Córdova Amaba En Realidad…

Y cuando estaba cansada también, porque aprendió pronto que se abría la boca para quejarse, los hermanos comerían menos. Aquella niña argentina con trenzas ya estaba aprendiendo, sin saberlo, lo que sería su gran lección de vida, que las cosas importantes se llevan por dentro. En 1936, cuando Marga tenía 12 años, los hermanitos López empezaron una gira por toda América Latina, Caracas, La Habana, Lima, Bogotá, San José.

La gira fue larga y al final del recorrido los trajo a México. Llegaron al puerto de Veracruz y subieron a la capital. Y México, ese país que ella no conocía, terminó siendo el país donde se quedaría toda su vida. En México conoció casi de inmediato a un muchacho de 16 años llamado Carlos Amador.

Carlos era mexicano, hijo de buena familia y trabajaba como mensajero para un señor que estaba empezando a hacerse importante en la radio. Emilio Azcárraga Vidaurreta. Aquel señor después fundaría Televisa, pero entonces solo era el dueño de la XCW y Carlos Amador era su mensajero. Marga tenía 14 años cuando se enamoró de él. 14 años. Una niña argentina con trenzas que apenas hablaba con acento mexicano, se enamoró del muchacho que le llevaba los recados al patrón de la radio.

Tres años después, Carlos viajó a Buenos Aires para buscarla. La familia López ya había vuelto a Argentina. Carlos cruzó el Atlántico, llegó a Tucumán y pidió la mano. El 12 de diciembre de 1941, Marga, con 17 años recién cumplidos, se casó con él en Buenos Aires. El padrino de la boda fue Emilio Azcárraga Vidaurreta, el propio patrón de Carlos, el hombre que años después construiría el imperio televisivo más grande de Latinoamérica, le firmó las papeletas a aquella muchacha argentina de trenzas.

Marga volvió a México con su marido al año siguiente y allí se quedó. Lo que Marga no contaba mucho, lo que aparece en su libro casi como al pasar, es lo que pasó en los primeros años de aquel matrimonio. En 1943 nació Carlos hijo, que pesó 2 kg. Y en 1944 nació Manuel, muy frágil. Marga lo cuenta en sus memorias con esa contención que tenía para hablar de lo doloroso.

Dice, “Solo que fue muy frágil. Eso es todo. Pero las que han parido un hijo así saben lo que esa palabra significa. Saben las noches que hay detrás de una palabra como esa. Y aquellos años, mientras Marga aprendía a ser madre de dos niños pequeños y delicados, su matrimonio empezó a venirse abajo. Carlos Amador se hizo importante.

Pasó de ser mensajero a ser productor. Empezó a llegar tarde a casa. Marga, en cambio, empezó a buscar trabajo como actriz. Necesitaba dinero, necesitaba algo suyo, necesitaba salir de aquella casa donde el marido entraba y salía, y los niños lloraban. Una amiga le dijo que fuera a ver a un productor llamado Jesús Grobas.

Marga fue, le dijo, “Don Jesús, yo sé cantar y sé bailar. ¿Salgo bien en cámara?” El Señor le hizo una prueba y le dio un papelito en una película de un cómico que estaba empezando a hacerse popular, un tal Tin Tan. La película se llamaba El hijo desobediente. Marga interpretaba a una mesera de cabaret y salió en pantalla por primera vez en 1945.

Aquel mismo año, Marga ya había decidido en silencio que iba a divorciarse de Carlos Amador y lo hizo. 3 años después de casarse, después de dos hijos, se separaron por primera vez sin escándalo, sin drama público, sin contarlo a nadie. Pero la cámara, la cámara la había descubierto y la cámara no la iba a soltar.

Por dentro, a los pocos meses, ya estaba en su segunda película y en la tercera. En los primeros 5 años de carrera, entre 1945 y 1950, hizo 24 películas, una cada 2s meses y medio sin parar. Marga no veía a sus hijos crecer entre semana, los veía solo los domingos y a veces ni eso, porque los domingos también había rodajes. En 1946 trabajó por primera vez con Pedro Infante en los tres García.

Marga interpretaba a Lupita Smith, la prima rubia que enamoraba a los tres primos a la vez. Aquella película fue un éxito enorme y ese mismo año hicieron la segunda parte. Marga, que había llegado al cine como mesera de cabaret, era ya una primera figura. Pedro Infante y ella terminarían haciendo seis películas juntos a lo largo de los años, más que cualquier otra actriz con él.

Y entre rodaje y rodaje, Marga volvía a una casa donde el marido ya no estaba y donde dos niños pequeños la esperaban con la cara pegada al cristal de la ventana. La fama estaba creciendo afuera y la familia se estaba apagando dentro. Marga no podía decir que no a un papel. Necesitaba el dinero y el dinero venía con horarios que no eran de madre.

En 1948 llegó la película que lo cambió todo. Salón México. La dirigió Emilio el indio Fernández, el director más importante del cine mexicano de aquella época. La fotografió Gabriel Figueroa, el genio de la cámara, y la protagonizó Marga López. En Salón México, Marga interpretaba a Mercedes, una cabaretera, una mujer que trabajaba en un salón de baile de los bajos fondos, fichando con clientes, ganando lo que podía para pagarle el internado a su hermana pequeña, una hermana que no sabía nada, una hermana que iba a un colegio caro y se creía que

aquello salía solo, sin saber que Mercedes todas las noches se humillaba en aquel cabaret para que ella pudiera estudiar. Una mujer que se sacrificaba en silencio por otra, una mujer que se aguantaba, una mujer que no contaba lo que le pasaba. A lo mejor algunos de los que están escuchando esto recuerdan haber visto Salón México de jóvenes.

Yo me acuerdo perfectamente de mi madre llorando con la escena final de aquella película. Lloraba sin hacer ruido, como lloran las mujeres que han aprendido a no llorar fuerte. Y entendía, aunque era pequeña, que algo en aquella historia tocaba a las mujeres de mi casa muy adentro.

Salón México le dio amarga su primer premio Ariel. Pero el premio Ariel también le estaba poniendo una jaula. Una jaula bonita, con dorados, pero una jaula. Porque a partir de Salón México, los productores ya solo la llamaban para hacer de mujer abnegada. La actriz era buena, decían. Sabe sufrir como ninguna. Y empezaron a llegar los guiones, todos parecidos, todos con la misma mujer dentro.

La que aguanta, la que se sacrifica, la que calla. Marga aceptaba a todos, necesitaba el dinero, pero película tras película iba notando algo raro. Iba notando que los personajes y ella se estaban pareciendo demasiado. Y un día, ya en los años 50, Margas se miró al espejo de su camerino ya con el segundo Ariel ganado, y se preguntó si quedaba algo de ella debajo de tantas mujeres sufridas.

Era 1949 cuando le propusieron aquella gira como cantante a Yucatán y Marga, que tenía en la mesa los guiones de dos películas que tenía que rodar, dijo que no. Dijo que mejor llamaran a Blanca Estela Pavón y se quedó en la Ciudad de México, encerrada en los estudios trabajando. El avión cayó.

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