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ANTONIO descubrió el EMBARAZO de FLOR con PEDRO INFANTE… La obligó a dar al bebé en adopción

 esperó tr meses susurró Flor finalmente. Antonio asintió despacio, dio una fumada larga, expulsó el humo mirando al techo. ¿De quién es? Flor cerró los ojos. Las lágrimas bajaron sin control. Durante 8 meses había ensayado este momento. Había imaginado mil formas de decirle la verdad. Ninguna funcionaba ahora.

 De Pedro, dijo con un hilo de voz. Antonio no se movió, no gritó. No se levantó, solo fumó en silencio durante lo que parecieron horas, pero fueron 3 minutos exactos. Luego apagó el cigarro en el cenicero con una precisión quirúrgica y dijo algo que Flor jamás olvidaría. Vas a tener ese bebé. Los 9 meses completos.

 Vas a sentirlo moverse dentro de ti cada día. Vas a soñar con su cara. Vas a imaginar su nombre. Y cuando nazca te lo voy a quitar. Nunca lo vas a volver a ver. Nunca vas a saber dónde creció. Nunca vas a saber si está vivo o muerto. Esa va a ser tu condena por haberme traicionado. Flor intentó gritar, pero Antonio la agarró del brazo con una fuerza brutal.

 La jaló hacia él, le habló a 3 cm de la cara. Y si alguna vez, alguna vez en tu vida le dices a Pedro Infante que está embarazada de él, juro por Dios que mato a ese niño con mis propias manos. Esa noche Antonio la encerró en la habitación. puso llave desde afuera. Flor lloró hasta las 5 de la mañana.

 Golpeó la puerta hasta que le sangraron los nudillos. Nadie vino, nadie la escuchó o nadie quiso escucharla. Al día siguiente, Antonio la llevó al rancho en Zacatecas. Era un lugar aislado, rodeado de montañas, a 47 km del pueblo más cercano. Le quitó el teléfono, le quitó el auto, le prohibió salir. Le asignó dos empleados para vigilarla día y noche, don Refugio Martínez, 62 años, capataz del rancho y su esposa, doña Esperanza, 58, cocinera.

Ambos recibieron instrucciones claras. Si la señora intenta irse, me llaman inmediatamente. Si alguien pregunta por ella, me llaman. Si ella intenta llamar a alguien, me [música] llaman. Flor pasó las siguientes siete semanas completamente sola. Antonio venía los fines de semana, no hablaban. Él llegaba el sábado por la tarde, se quedaba hasta el domingo temprano y se iba sin decir palabra.

 Dormían en habitaciones separadas, comían en horarios diferentes. La casa se convirtió en una prisión silenciosa donde el único sonido era el viento golpeando las ventanas. Mientras tanto, en Ciudad de México, Pedro Infante estaba volviéndose loco. Había llamado a la casa de Flor 17 veces en las últimas tres semanas. Nadie contestaba.

 O cuando contestaban, colgaban inmediatamente. Fue a buscarla a su casa de Coyoacán. La empleada le dijo que la señora se había ido de viaje, no sabía cuándo regresaría. Pedro dejó cinco cartas, ninguna tuvo respuesta. El 28 de abril de 1955, Pedro recibió una carta con el sello postal de Guadalajara. Reconoció la letra de flor inmediatamente.

 La abrió con las manos temblando. Decía, “Pedro, lo nuestro fue un error. Necesito que lo entiendas. Amo a mi esposo. Estos meses contigo fueron una locura que nunca debió pasar. No me busques más. No me llames. No me escribas. Vuelve con Irma. Olvídate de mí. Por favor, si alguna vez me quisiste, déjame en paz. Flor.

 La letra era de ella, pero las palabras no. Pedro leyó esa carta 50 veces tratando de encontrar algo, cualquier cosa que le dijera que Flor no la había escrito realmente, pero el papel olía a su perfume. La firma era idéntica. No había forma de saber que Antonio la había obligado a escribirla con un cuchillo presionado contra su espalda.

 Pedro guardó esa carta en su cartera. La llevó consigo durante los siguientes dos años hasta el día de su muerte. Cuando el avión se estrelló en Mérida el 15 de abril de 1957, esa carta se quemó junto con su cuerpo. De vuelta en el rancho, Flor empezaba a mostrar. A finales de mayo, su vientre ya era imposible de ocultar.

 Antonio llegó el sábado 21 de mayo con un médico. Doctor Esteban Rubalcava Torres, 54 años, ginecólogo de Guadalajara que aceptó hacer visitas a domicilio por el doble de su tarifa normal. le revisó, le hizo preguntas, anotó todo en una libreta azul. Antes de irse le dijo a Antonio, “Todo está bien. El bebé está sano.

 Nacerá aproximadamente el 14 de noviembre.” Esa noche, Antonio subió a la habitación de Flor, se sentó en la orilla de la cama, puso su mano en el vientre de ella. Flor se tensó. Antonio dejó la mano ahí durante dos minutos completos sin moverse. Luego se inclinó y le habló al vientre en voz baja. Vas a nacer, vas a respirar, vas a llorar y luego te voy a regalar a alguien que no sea tu madre, porque tu madre es una  que no merece tenerte.

 Flor intentó empujarlo. Antonio la agarró de las muñecas y las clavó contra el colchón. Le habló directo a los ojos. Cada noche hasta que nazca voy a venir aquí y voy a poner mi mano en tu panza. Vas a sentir a ese bebé moverse. Vas a contar los días que te quedan con él y vas a despedirte noche por noche hasta que llegue el momento de que te lo quite para siempre.

Y cumplió. Durante los siguientes 6 meses, cada vez que Antonio estaba en el rancho, subía a las 10000 de la noche, ponía su mano en el vientre de Flor, cronometraba exactamente 10 minutos y se iba sin decir nada más. Flor perdió 18 kg a pesar de estar embarazada. Dejó de comer. Doña Esperanza intentaba obligarla.

 Le llevaba caldo de pollo, arroz, frijoles, flor apenas probaba bocado. El doctor Rubalcaba venía cada 15 días. Le decía a Antonio, “La señora está desnutrida. El bebé está consumiendo todas sus reservas. Si sigue así, podría haber complicaciones.” Antonio no cambiaba nada. Su plan era simple y brutal. que Flor sufriera cada segundo de ese embarazo, que sintiera crecer dentro de ella a un bebé que jamás conocería, que el castigo fuera tan profundo que nunca jamás volviera a traicionarlo.

 En julio, Flor empezó a sentir las pataditas pequeñas al principio, luego más fuertes. Cada vez que el bebé se movía, Flor lloraba porque sabía que cada movimiento era un recordatorio de que el tiempo se acababa, que pronto ese bebé nacería y que después nunca más lo sentiría. Empezó a hablarle en voz baja cuando nadie la escuchaba.

 Le cantaba canciones, le contaba historias, le pedía perdón una y otra vez por lo que estaba por pasarle. No es tu culpa, le susurraba. Nada de esto es tu culpa. Tu mamá te ama. Aunque no puedas quedarte conmigo, [música] quiero que sepas que te amé desde el primer momento. El 3 de agosto, Antonio le trajo ropa de maternidad, vestidos amplios, batas, zapatos sin tacón.

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