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Jackie Kennedy: La Sostuvo en sus Manos… y Nunca Volvió a Ser la Misma

Ese mandato silencioso pero férreo será la piedra que Jacki cargará durante décadas. La infancia de Jacki transcurre entre dos universos irreconciliables. Con su madre todo es rigidez, protocolo, silencios cargados de tensión. Los cubiertos en su lugar exacto, la espalda recta, la sonrisa apropiada. Con su padre todo es aventura y libertad.

Blackjack lleva a Jackie a montar a caballo en los establos de Eastampton antes de que sepa leer correctamente. La sienta en sus rodillas y le inventa historias de piratas y de princesas guerreras que cruzan océanos. le regala libros y la trata como si fuera la persona más inteligente y especial del mundo.

Jacki lo mira con ojos enormes y brillantes, absolutamente convencida de que su padre es el hombre más extraordinario del universo. Pero Blackjack tiene demonios. bebe mucho, cada vez más, y tiene aventuras con otras mujeres, no una, ni dos, sino innumerables, con un descaro que humilla a Janette públicamente. Lo hace sin disimulo, casi con insolencia, como si las reglas del matrimonio fueran para hombres menores que él.

Janet lo sabe, todo el mundo social de los Hamptons lo sabe. Y la casa de los bubieras silencioso donde las armas son las miradas de hielo, los comentarios envenenados y las puertas que se cierran con demasiada fuerza a medianoche. Jackie tiene apenas 4 años. La primera vez que escucha a sus padres pelear de verdad.

está acurrucada en su cama abrazando un libro de cuentos ilustrado. Los gritos suben por las escaleras de la casa como un humo tóxico que se mete por debajo de la puerta. No entiende las palabras exactas, pero entiende perfectamente el tono. Algo se rompe, no un plato ni un vaso, algo invisible, pero fundamental.

Y esa noche la pequeña Jaceln Lee Buvier aprende la primera lección de su vida. Una lección que marcará cada una de sus relaciones futuras. El amor y el dolor son inseparables. Los hombres que más brillan son los que más te queman y las mujeres fuertes aprenden a no mostrar las heridas. A los 6 años, Jackie ya es radicalmente diferente a las demás niñas de su mundo.

Mientras sus compañeras juegan con muñecas y organizan fiestas de té imaginarias, ella devora libros. Lee con voracidad todo lo que encuentra aventuras, poesía, biografías de reinas europeas, relatos de exploradoras, escribe sus propios poemas y cuentos en cuadernos que esconde debajo del colchón. Monta a caballo con una disciplina y un talento natural que dejan atónitos a los instructores adultos.

Gana su primer concurso Ecuestre a los 11 años. Sus maestras la describen en los informes escolares como excepcionalmente inteligente, pero demasiado independiente y difícil de encasillar. Su madre suspira con exasperación. Su padre sonríe con un orgullo desbordante. En 1940, cuando Jackie tiene 11 años, Janet y Blackjack se divorcian formalmente.

Es un escándalo mayúsculo en los círculos cerrados de la alta sociedad neoyorquina, donde el divorcio es un tabú que se susurra, pero nunca se pronuncia en voz alta. Janet maniobra hábilmente para que toda la culpa recaiga sobre Blackjack, el alcohólico, el mujeriego, el padre irresponsable. La prensa social de la época es cruel con él, pero Jackie no ve a su padre con esos ojos.

Para ella, Blackjack sigue siendo su héroe y cada visita a su departamento de Manhattan, ese lugar que huele a colonia francesa y a tabaco importado, donde siempre suena jazz en el tocadiscos y donde su padre la recibe en la puerta como si ella fuera la persona más importante del planeta. Es el refugio más seguro de su infancia destrozada.

Dos años después, Janet se casa con Hug Dudley Ouch Jr. Un hombre inmensamente rico, estable como un mueble de roble y aburrido hasta el desespero, pero con un apellido y una fortuna socialmente impecables. Jackie y su hermana menor Lee se mudan a Marywood, una mansión colosal en McLin, Virginia, con establos, acres infinitos de jardines, una piscina y un ejército silencioso de sirvientes.

Tienen absolutamente todo lo material que se pueda imaginar. Pero Jacki extraña algo que ninguna mansión puede ofrecer. extraña la intensidad de su padre, el caos luminoso, la risa espontánea, el brillo peligroso e irresistible de un hombre que vivía cada día como si fuera una fiesta y una tragedia al mismo tiempo.

Y ahí, en esa mansión perfecta, enorme y emocionalmente vacía, empieza a formarse dentro de Jacqueline Bouvier, un patrón que la definirá para siempre, una atracción magnética, casi fatal, hacia los hombres carismáticos, brillantes, impredecibles y profundamente imperfectos. Los hombres que iluminan las habitaciones cuando entran.

Los hombres que rompen promesas con la misma facilidad con que las hacen los hombres como su padre. Una atracción que la llevará al poder más grande del mundo y al dolor más profundo que una persona puede soportar. Jackie estudia en las mejores instituciones del país, Vazer College en Nueva York, George Washington University en la capital, pero es su año en La Sorbona, en París, lo que cambia absolutamente todo.

A los 20 años caminando sola por las calles empedradas del barrio latino, sentándose en los cafés de Saint-Germain de Press a leer a Bodler, a Camu, a Prust, visitando el LV hasta conocer cada sala de memoria, Jackie descubre algo que la transforma desde adentro. No es solo la cultura francesa, el arte, la gastronomía, la arquitectura, la moda.

Es una filosofía de vida. Las mujeres francesas que observa y admira son inteligentes, sofisticadas, apasionadas, pero sobre todo son discretas. Jamás muestran su dolor en público. Jamás pierden la compostura. Sufren con una elegancia que Jackie encuentra fascinante y admirable. Y durante ese año en París, capa por capa, silenciosamente, como quien se pone una armadura invisible, Jacki empieza a construir la coraza emocional que la protegerá durante las décadas más brutales, más crueles y más públicas de su vida entera. ¿Desde dónde nos estás

viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Cuando regresa a Estados Unidos en 1951, Jacqueline Bouvier es una mujer completamente nueva. Habla francés con la fluidez de una parisina nativa. Sabe de arte renacentista y de historia europea más que la mayoría de los profesores universitarios y posee una elegancia natural sin esfuerzo aparente, sin afectación que la hace destacar en cualquier salón como una llama en la oscuridad.

Consigue un trabajo como reportera fotógrafa para el Washington Times Herold. Recorre la capital con su cámara haciendo preguntas ingeniosas a los transeútes para su columna Inquiring Camera Girl. Es buena, tiene instinto genuino para la imagen y para capturar el momento exacto. Pero su madre Janet tiene otros planes muy diferentes.

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