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María José de Bélgica: La Última Reina de Italia… Reinó Solo 34 Días y Fue Desterrada

La enviaron a estudiar a Italia, a un internado para señoritas en Florencia, el pollo imperiale, lejos otra vez, de nuevo sola, de nuevo en un país extranjero, de nuevo aprendiendo a empezar de cero entre rostros desconocidos. Bajo los techos pintados de la Toscana, aprendió el idioma que terminaría siendo el de su destino.

Caminó por los mismos pasillos que siglos atrás habían recorrido princesas de la casa de Medici. Aprendió a pensar y a soñar en italiano mucho antes de imaginar que algún día la llamarían reina de Italia, porque eso en realidad estaba decidido casi desde su nacimiento. Sus padres tenían un plan para ella y lo tenían clarísimo, casarla con Humberto de Saboya, el príncipe heredero del trono de Italia, 2 años mayor que ella, no era un sueño romántico, era política, una alianza entre dos monarquías, un tablero donde

los reyes mueven a sus hijos, igual que mueven a sus peones. Lo conoció cuando tenía apenas 12 años. Un encuentro protocolar. Dos chicos de la realeza presentados como futuros esposos. Para él fue un trámite más entre tantos. Para ella fue algo distinto, el comienzo de un sentimiento que cargaría en silencio durante el resto de su vida.

Ese fue el primer error de su historia, enamorarse, siendo todavía una niña de un hombre que nunca le pertenecería del todo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Pasaron los años y el plan siguió su curso. Paciente, inevitable.

María José creció hasta convertirse en una de las princesas más admiradas de Europa. Deportista, brillante, de una elegancia natural y una franqueza que desarmaba a propios y extraños. Los periódicos la fotografiaban esquiando, montando a caballo, sonriendo con una espontaneidad poco común entre la realeza de su tiempo.

Era, en el lenguaje de hoy, una celebridad. Las revistas seguían cada uno de sus pasos, cada vestido, cada viaje. La pintaban como la novia soñada de toda Europa, la princesa moderna que parecía traer aire fresco a un continente todavía marcado por las cicatrices de la guerra. Detrás de esa imagen luminosa, sin embargo, se escondía una joven a la que nadie le había preguntado nunca a quién quería amar.

Mientras ella florecía, el escenario al que la enviaban se oscurecía a toda velocidad. En Italia, Benito Mussolini llevaba años en el poder. Las camisas negras llenaban las plazas y silenciaban a golpes a quienes se atrevían a disentir. La prensa se había rendido. La oposición era perseguida, encarcelada, a veces asesinada.

Y el rey de Italia, Víctor Manuel I, el hombre que iba a ser su suegro, le había abierto las puertas al fascismo y prefería el silencio cómodo antes que el enfrentamiento. A esa corte, a ese país tomado por una dictadura, iba a entrar la joven belga que se declaraba enemiga de todo autoritarismo. La contradicción estaba servida desde el primer día.

La hija del rey caballero, el monarca que se había jugado la vida combatiendo contra la tiranía, se casaba con el heredero de un trono que sostenía a un dictador. Hubo una advertencia que casi nadie recuerda hoy. Poco antes de la boda, durante una visita oficial de Humberto a Bélgica, un joven italiano antifascista le disparó en plena calle.

Quería matar al heredero de una monarquía que a sus ojos sostenía la tiranía de Mussolini. Falló por poco, pero el mensaje quedó vibrando en el aire. Casarse con un Saboya en aquellos años era casarse con un trono rodeado de odio y de miedo. Nada de eso detuvo la maquinaria del destino. El 8 de enero de 1930 en Roma se celebró la boda.

Fue un espectáculo que dejó sin aliento a quienes lo presenciaron. Las calles de la capital se llenaron de gente desde el amanecer. Coraseros a caballo, carrozas doradas, multitudes vitoreando bajo un cielo de invierno. Entre los invitados había sares destronados, mariscales, princesas de todas las cortes del continente y también el propio Mussolini, observándolo todo con su mirada de halcón.

La novia avanzó hacia el altar como salida de un cuento de hadas. El propio Humberto había diseñado su vestido. Tenía un gusto exquisito, un ojo de artista para las telas, los pliegues, las formas. Visto desde fuera, ese gesto parecía pura ternura de novio. Pero esa misma mañana ocurrió algo que las personas supersticiosas de la corte no olvidarían jamás.

Al vestir a la novia, descubrieron que las mangas del traje habían sido cocidas al revés. Cuentan que Humberto, perfeccionista hasta la obsesión, las miró con disgusto y exigió que las arreglaran de inmediato. No había tiempo. La hora avanzaba, la ciudad esperaba, las campanas estaban a punto de repicar. Al final no hubo más remedio que quitarlas.

La futura reina de Italia entró a su propia boda con un vestido incompleto, remendado a las apuradas en el último minuto. “Un mal presagio”, murmurarían algunos después. Un matrimonio cocido al revés, arreglado deprisa, al que siempre le faltaría algo. Pero ese día nadie quería ver sombras. El pueblo aplaudía.

Las campanas de Roma estallaban en repiques que rebotaban en cada plaza. Y la joven de 23 años sonreía con los ojos brillantes, creyendo de verdad con toda el alma que entraba en una vida feliz. Lo que no sabía es que aquel altar era también una frontera. Al cruzarlo, dejaba atrás la libertad de la corte belga, la casa de su padre, el mundo donde una mujer podía pensar y opinar en voz alta.

Al otro lado la esperaba un país amordazado por una dictadura, una corte que la trataría como a una intrusa, y un esposo que jamás le abriría su corazón. entraba sonriendo a la jaula más dorada de Europa. Quienes la trataron en esos meses no tenían dudas. María José estaba sinceramente enamorada de su esposo. El problema, el problema que lo marcaría todo era que ese amor viajaba en una sola dirección.

Se cuenta que su madre, la reina Isabel, la tomó aparte poco antes de la ceremonia, que le habló con esa mezcla de cariño y dureza de las madres que ya conocen la vida, que le pidió que fuera fuerte, que no esperara demasiado, que recordara siempre quién era y de dónde venía.

Palabras de despedida disfrazadas de consejo. Porque entregar una hija a un trono extranjero en aquellos tiempos se parecía bastante a una despedida definitiva. Lo que la tía detrás de aquella sonrisa de novia no tenía nada que ver con lo que veía la multitud que la aclamaba. La vida de princesa de Piamonte empezó en Turín y desde el primer día la joven belga sintió el frío, no el frío del clima, el frío de la corte de Saboya, una corte rígida, anticuada, asfixiante, donde suegro decidía hasta el último detalle de la vida ajena. Víctor Manuel I era un

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