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Lula ENFRENTÓ a Bukele en la Cumbre… y el Final Dejó a Todos en Shock

 un líder que decía combatir la delincuencia cuando en el fondo estaba construyendo una dictadura moderna y la tensión se apoderó del salón porque todos sabían de quién hablaba, aunque Lula decidió decirlo sin rodeos, girándose directamente hacia él para afirmar que Nayib Bukele estaba convirtiendo a El Salvador en un estado policial y que sus métodos eran fascismo, lo que provocó una ovación inmediata con los gobiernos de izquierda de la región aplaudiendo.

con entusiasmo desde Colombia hasta Argentina, Chile, México y Bolivia, mientras algunos mandatarios centroamericanos permanecían inmóviles, incómodos y Lula sonreía convencido de que había logrado su objetivo, aislar y humillar a Bukele frente a todos, sin imaginar que nadie en esa sala estaba preparado para lo que vendría después, porque Bukele se levantó lentamente sin decir una sola palabra, y a medida que la entendía que iba a responder.

 Los aplausos se apagaron. Un asistente se acercó apresurado con un micrófono que Bukele rechazó con un gesto seco y en lugar de dirigirse a su podio, caminó hacia el centro del salón, hacia el punto exacto donde todos podían verlo, con las cámaras siguiéndolo y un silencio absoluto cayendo sobre la sala, hasta que miró directamente a Lula con una expresión que no mostraba ira ni defensa, sino algo mucho más inquietante, una confianza total.

 y entonces habló con voz serena para agradecerle que finalmente hubiera dicho en público lo que llevaba meses queriendo decir y que lo hubiera hecho allí frente a todos y no en entrevistas donde él no pudiera responder. Hizo una pausa medida, dejando que las palabras pesaran y enumeró una a una las acusaciones fascismo, dictadura, destrucción de derechos, para luego formular una pregunta aparentemente simple, pero cargada de intención.

 Una pregunta que según él todos los presentes querían escuchar respondida, lo que hizo que Lula se inclinara hacia delante visiblemente molesto, porque no le gustaba ser interrumpido ni cuestionado, y mucho menos por alguien 40 años menor, hasta que Bukele lanzó la pregunta que cayó como una bomba en el salón.

 ¿Cuántos homicidios tiene Brasil este año, presidente Lula? Y ante el silencio tenso de los asesores, que ya sabían hacia dónde iba todo, Bukele repitió la pregunta y respondió él mismo con frialdad quirúrgica. 47,000 homicidios en los últimos 12 meses, 130 personas asesinadas cada día, cinco personas asesinadas cada hora. Bukele comenzó a caminar lentamente mientras hablaba, con pasos medidos y las manos acompañando cada idea con una precisión casi quirúrgica, porque entonces lanzó la frase que terminó de cambiar el clima del salón. Usted me

llama fascista a mí. A mí que reduje los homicidios en El Salvador en un 95%. A mí que transformé a un país señalado durante años como el más violento del mundo, en uno de los más seguros de toda América. Y en ese instante el silencio fue absoluto, porque los mismos presidentes que habían aplaudido a Lula segundos antes ahora permanecían rígidos, algunos mirando al suelo, otros cruzando miradas incómodas, hasta que Bukele se detuvo, fijó la mirada en el mandatario brasileño y preguntó con calma, “¿Sabe cuántos homicidios tuvimos

en El Salvador el mes pasado, presidente Lula?” Y antes de que alguien pudiera reaccionar, respondió, “Dos.” Solo dos homicidios en un país de 6,illon y medio de personas. Mientras Brasil con 215 millones de habitantes registra 47,000 asesinatos al año, haga usted las matemáticas. Y los aplausos que antes llenaban la sala quedaron completamente congelados porque el rostro de Lula perdió color.

 Intentó interrumpirlo, pero Bukele lo cortó sin elevar la voz. No he terminado”, dijo con firmeza Serena, dejando claro que no necesitaba gritar para dominar el espacio. “Usted dice que estoy destruyendo derechos fundamentales. Entonces, permítame preguntarle algo. ¿Qué derecho es más fundamental que el derecho a la vida? ¿Qué derecho es más importante que el derecho de una madre a enviar a su hijo a la escuela sin miedo a que lo maten? ¿Qué derecho es más sagrado que el de un padre a volver a casa del trabajo sin ser asesinado? Y mientras avanzaba un

poco más hacia el área donde estaba Lula, no de forma amenazante, sino decidida, remató con una frase que golpeó como martillo. Las 47,000 personas asesinadas en Brasil este año también tenían derechos fundamentales. Tenían derecho a vivir, a tener futuro, a no morir en una favela, porque su gobierno no puede controlar al crimen organizado.

 Y el rostro de Lula se tornó rojo. Sus asesores le susurraban con urgencia, pero él los ignoraba porque necesitaba responder, aunque Bukele no le daba espacio. Y entonces cambió el eje del debate. “Usted habla de democracia?”, dijo. “Déjeme hablarle de democracia. ¿Sabe cuál es mi índice de aprobación en El Salvador? 91%. El más alto de cualquier presidente del hemisferio occidental.

” ¿Y sabe por qué? Porque la gente puede caminar sin miedo. Porque las madres dejan jugar a sus hijos. Porque los comerciantes abren sin pagar extorsión. Hizo una pausa calculada para que cada dato se hundiera en la conciencia colectiva y sentenció. Eso es democracia cuando el 91% del pueblo te respalda. Eso es democracia cuando reduces los homicidios en un 95% y el pueblo te apoya.

 ¿Eso democracia? ¿O acaso para usted? Democracia solo existe cuando gobiernan presidentes de izquierda. Y en ese momento varios mandatarios contuvieron la respiración. El de Colombia desvió la mirada, el de Argentina se hundió en su silla. El de Chile fingió interés repentino en sus notas porque la tensión era insoportable.

 Y justo cuando Lula logró articular una respuesta, Bukele volvió a interrumpirlo. Tiene todo que ver porque ustedes y quienes aplaudían hace un momento están más preocupados por sostener una narrativa política que por salvar vidas, más interesados en llamarme dictador que en preguntarse por qué su modelo fracasó. Y entonces se giró hacia toda la sala, no solo hacia Lula. Miren los números. Comparen.

 El Salvador tenía 103 homicidios por cada 100,000 habitantes hace 5 años. Hoy tiene menos de dos. Brasil tiene 22, Colombia 25, México 28. Venezuela ni siquiera publica cifras. Pero todos sabemos que son peores”, señaló la bandera brasileña al fondo del salón y lanzó la pregunta final. ¿Quién es el fascista aquí, presidente Lula? el que salvó 70,000 vidas que habrían sido asesinadas bajo el modelo anterior o el que permite que 130 personas mueran cada día mientras me llama dictador desde la comodidad de su palacio. Y el silencio

fue tan profundo que lo único que se escuchaba era el zumbido constante de las cámaras de televisión. Y hablemos de derechos, continuó Bukele mientras su tono se volvía más íntimo y más incómodo para todos los presentes, porque entonces relató algo que nadie esperaba escuchar en un foro diplomático. Sabe que le dijeron los pandilleros a una madre salvadoreña hace 6 años cuando les rogó que no reclutaran a su hijo de 12.

Le dijeron que si no lo dejaba unirse a la pandilla, violarían a su hija de 9 años frente a ella y luego las matarían a ambas. Y en ese instante el silencio del salón se volvió casi insoportable. Varios presidentes se movieron en sus asientos evitando mirarse, porque Bukele no estaba hablando de teorías, sino de realidad pura y explicó que esa misma madre lo buscó después de que se implementó el régimen de excepción y que lo único que le dijo fue, “Gracias, presidente.

 Por primera vez en 30 años puedo dormir sin miedo. Por primera vez mis hijos pueden tener futuro. No me importa lo que digan los políticos extranjeros. Usted salvó a mi familia. Y entonces Bukele miró fijamente a Lula y lanzó una frase que quedó suspendida en el aire. Así que llámeme como quiera, presidente Lula. Llámeme fascista. Llámeme dictador, llámeme autoritario, porque yo seguiré durmiendo tranquilo cada noche, sabiendo que 70,000 salvadoreños están vivos hoy, porque tomé decisiones difíciles que usted no tuvo el coraje de tomar en su país. Y

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