Posted in

Rocío Dúrcal: La Española que México Amó como a una Hija… y Lloró como a una Reina

Faltaba solo una cosa, un nombre. María de las Heras no servía para una marquesina luminosa. Y entonces ocurrió algo que parece salido de una película, pero que ella misma contaría muchas veces a lo largo de su vida. Le pusieron delante un mapa de España, le vendaron los ojos y le pidieron que apuntara con el dedo al azar donde cayera.

Su dedo aterrizó sobre un pueblo pequeño de la provincia de Granada. Un nombre breve, sonoro, fácil de recordar. Durcal. Así, con los ojos tapados y la pura suerte de un mapa, nació Rocío Durcal. La estrella que conquistaría dos continentes, acababa de recibir su nombre de manos del azar, como si el destino esa misma tarde hubiera querido firmar el contrato con su propia letra.

Antes de seguir, queremos preguntarte una cosa. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Su primera película llegó en 1962. Se llamó Canción de juventud. Era todavía una adolescente y le pagaron 75,000 pesetas, una cifra que para una familia humilde de aquella España sonaba a fortuna.

La hija mayor, la niña del barrio, de pronto ganaba más dinero que su propio padre y se lo entregaba a su familia sin pensarlo dos veces. Hay que imaginar lo que fue aquello dentro de aquella casa humilde. La niña que cantaba en el patio ahora salía en las pantallas de los cines. Los vecinos hacían cola para verla. Hay que imaginar lo que fue aquello dentro de aquella casa humilde.

La niña que cantaba en el patio, ahora salía en las pantallas de los cines. El apellido de la familia de pronto sonaba en toda España. Para los padres debió de ser una mezcla extraña de orgullo y de miedo. Su hija ya no les pertenecía solo a ellos, ahora era de todos. Pero ella seguía siendo Marieta puertas adentro.

La misma que ayudaba en casa. la misma que cuidaba de sus hermanos menores. El estrellato no se le subió a la cabeza, quizá porque venía de donde venía, quizá porque su abuelo le había enseñado que la voz era un regalo y que los regalos no vuelven soberbio a nadie que tenga el corazón en su sitio. La cámara la amó desde el primer fotograma.

Rocío tenía algo raro, algo difícil de explicar. Sabía actuar, sabía cantar y sabía bailar. Todo a la vez con una naturalidad que desarmaba a los técnicos más veteranos del plató. Los relatos de la época cuentan que se transformaba delante de las cámaras, que la chica tímida y educada se convertía de pronto en una presencia luminosa que se comía la pantalla.

Vinieron más películas, muchas más, una detrás de otra, casi sin respiro, más bonita que ninguna, en 1965. Acompáñame. En 1966, amor en el aire y buenos días, Condesita. En 1967. Su rostro empezó a aparecer en las revistas, en los carteles pegados en las paredes, en los sueños de toda una generación de españoles que crecían viéndola crecer a ella.

se convirtió en la novia de España, la chica buena, la voz dulce, la cara limpia que toda madre quería para su hijo y que toda jovencita quería imitar frente al espejo. Las películas se sucedían a un ritmo que hoy costaría creer. Apenas terminaba una, ya estaba rodando la siguiente. Las jornadas eran larguísimas. Cantaba, bailaba, memorizaba diálogos, posaba para las revistas.

viajaba de una ciudad a otra, una adolescente sosteniendo sobre sus hombros una industria entera que ganaba dinero a costa de su cara y de su voz, y sin embargo, no se quejaba. Trabajaba con una disciplina de hierro, llegaba puntual, se sabía su parte, no daba problemas. Los que trabajaron con ella en aquellos años hablaban de una profesional seria, educada, sin caprichos de diva, una chica de barrio que no había olvidado de dónde venía y que sabía lo que costaba ganarse el pan.

Detrás de esa imagen perfecta, sin embargo, había una verdad más complicada. La crítica con el tiempo diría que nunca le dieron papeles a la altura de su talento, que la encasillaron en personajes dulces y vacíos, que la convirtieron en un producto rentable, en una mercancía bonita, sin dejarla nunca crecer como actriz de verdad.

La explotaban, sí, pero la guardaban dentro de una jaula de oro. Rocío era mucho más de lo que el cine de aquellos años le permitía ser. Y aunque todavía no lo sabía, su vida estaba a punto de cruzarse con la de unos músicos que lo cambiarían todo en el amor. Y años después, también en el desamoroso, conviene recordar lo que les pasó a otros como ella, porque ser una niña prodigio en aquella España era un regalo envenenado.

Marisol, la otra gran estrella infantil del país, terminaría renunciando a todo aquel mundo, harta de haber sido un producto desde la cuna y se retiraría para criar a sus hijas lejos de los focos. A Joselito, el niño de la voz de Ángel, las adicciones y los malos pasos lo arrastrarían por un camino oscuro del que nunca terminó de salir.

Ese era el destino más probable de los niños a los que se exprime demasiado pronto. Crecer rotos, quemarse, desaparecer. Rocío podía haber acabado igual. Tenía todos los ingredientes para terminar como un juguete usado y tirado, como tantas estrellas infantiles que el público ama un verano y olvida al siguiente.

Pero había algo en ella, una cabeza firme y un corazón sereno que la salvó de ese final. Cuando llegó el momento de elegir entre la fama a cualquier precio y su propia vida, eligió su vida. Y eso en aquel mundo era casi una herejía. Fue en 1965 durante el rodaje de Más Bonita que ninguna. Para la película Hacía falta música y la pusieron a trabajar con un grupo joven que en ese momento arrasaba en toda España. Se llamaban los Brincos.

Y entre sus integrantes había dos hombres que marcarían su destino para siempre. Uno se llamaba Juan Pardo, el otro Antonio Morales, pero todo el mundo lo conocía por un solo nombre, Junior. Aquí es donde la historia se vuelve más humana de lo que cualquier guion se atrevería a escribir. Porque Rocío no se enamoró de Junior, al menos no al principio.

La joven estrella se enamoró del otro, de Juan Pardo. Y la relación parecía ir muy en serio, tan en serio, que medio país daba por hecho que terminaría en boda. En las revistas ya se hablaba de ellos como de la pareja del momento, pero no terminó en boda, terminó en ruptura y la ruptura le dolió. No fue un simple desencuentro de juventud, fue un amor de verdad que se quebró con todo lo que eso significa cuando se tienen poco más de 20 años y el mundo entero te observa.

Las revistas que habían celebrado el romance ahora urgaban en la herida. Rocío tuvo que tragarse el dolor en privado mientras sonreía en público. Ya era una profesional de eso. Ya sabía lo que costaba ser una figura pública con un corazón roto por dentro. Y entonces, cuando aquel primer amor se había hecho pedazos, cuando ya nadie esperaba nada de esa historia, los caminos de Rocío y de Junior volvieron a cruzarse.

Read More