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El DISCURSO CENSURADO de Bukele… Sobre Cómo Gobernaría Cuba

 Era un viernes, alrededor de las 6 de la tarde y ya llevábamos horas escuchando discursos vacíos, las mismas frases recicladas sobre integración, soberanía y respeto mutuo. Mientras todos sabíamos que en una isla cercana la gente hacía filas interminables para conseguir pollo y al mismo tiempo podía ir presa por escribir un simple tweet.

En el programa oficial, mi intervención estaba pautada para 10 minutos, solo 10 minutos para hablar de democracia, de libertad y de modelos de país. Y horas antes, uno de los organizadores se me acercó en un pasillo. Recuerdo bien su rostro tenso y su voz baja cuando me dijo, “Presidente, solo una cosa.” y acto seguido sugirió que sería mejor evitar menciones directas a otros gobiernos presentes, especialmente a Cuba, para no tensionar el ambiente, a lo que yo le respondí con calma, pero sin rodeos, que claro que si querían un

discurso neutro, habían invitado al presidente equivocado. Él se rió, pero era una risa nerviosa y volvió a insistir en que había mucha sensibilidad con ese tema. Y fue ahí cuando empecé a sospechar que ese no iba a ser un discurso cualquiera. Empecé a notar detalles que antes no estaban. La lista de oradores se cambió tres veces.

 A última hora movieron mi intervención hacia el final. En la cabina de traducción entraba y salía gente más de lo normal. Y aunque pensé que podía ser coincidencia, algo no cuadraba, porque lo que yo no sabía entonces era que ya habían decidido cortarme si cruzaba ciertas líneas, algo que después me confirmaron en privado dos personas que trabajaban en la organización.

 Pero para entender todo esto, hay que ir un poco más atrás porque semanas antes de esa cumbre yo había estado en Miami y esa noche fue clave. Nos reunimos en un salón pequeño de un hotel cerca del aeropuerto. Éramos unas 10 personas empresarios, dos médicos cubanos que habían desertado de una misión en Brasil, un periodista independiente, una joven que había estado presa en Cuba por marchar el 11 de julio y un abogado con años defendiendo presos políticos.

 Y yo estaba ahí porque quería escuchar directamente, sin cámaras y sin discursos oficiales, cómo se vive hoy en Cuba, no en los años 60 ni en la narrativa romántica, sino ahora mismo. Cerramos la puerta, apagamos los celulares y los dejamos en una caja en otra mesa. Tal vez fue paranoia, pero preferimos hacerlo así.

 y la joven me contó que la detuvieron por transmitir en vivo una protesta con su teléfono, que estuvo 27 días sin ver el sol. Y aunque no entró en todos los detalles, con lo que dijo fue suficiente. El periodista habló de cortes de internet milimétricos diseñados para activarse justo cuando ocurre algo incómodo y los médicos explicaron cómo el gobierno se queda con la mayor parte del dinero que otros países pagan por sus servicios y cómo los vigilan constantemente para evitar que se escapen.

 Y esa noche, al volver al hotel tuve una idea clara. Si algún día tenía un micrófono frente a otros presidentes y alguien me preguntaba por Cuba, no iba a repetir el libreto diplomático. Iba a decir exactamente lo que ellos, los cubanos, que no tienen voz, me habían pedido que dijera. Así llegamos a la cumbre y cuando finalmente me tocó el turno, ya eran alrededor de las 8:30 de la noche.

El salón estaba cansado, muchos presidentes distraídos con el celular, otros conversando entre ellos. Me dieron la palabra, encendieron la luz del podio y empecé directo, sin protocolo, diciendo, “Voy a que hablar de Cuba.” Y aclaré que entendía que a varios ahí no les iba a gustar. Y de inmediato vi de reojo como un asesor de la delegación cubana levantó la cabeza de golpe, como un canciller le susurró algo a otro.

 No escuché las palabras, pero el gesto fue suficiente para que la tensión se sintiera en segundos. Y entonces continué diciendo que Cuba es una dictadura, que lo ha sido durante décadas. No un proceso incomprendido, no una revolución en construcción, ni un experimento bloqueado, sino una dictadura.

 Y en ese punto no me cortaron, me dejaron avanzar quizá pensando que sería solo una frase fuerte, pero yo seguí porque aproveché que tenía cámara y micrófono para hablarle directamente al pueblo cubano. Dije entonces, porque sé que muchos de ustedes en la isla no veno después, en fragmentos que circulan en un USB, en el paquete semanal o a través de un VPN prestado, que escuchen bien esto.

Ustedes no son culpables de nada. Ustedes no causaron el desastre. Ustedes no son responsables del colapso. Ustedes son rehenes de un sistema. Y mientras decía eso, noté que en la cabina de sonido alguien se levantó de golpe, aunque en ese momento no lo supe porque yo seguí hablando sin detenerme. Después uno de mis asesores, que estaba sentado atrás me contó que en la transmisión en vivo hubo un corte de varios segundos.

Yo no lo vi ni lo sentí, pero ahí ya habían empezado a jugar con la señal, a probar hasta dónde podían censurar sin que fuera demasiado evidente. Y por eso el discurso que hoy quiero dejar grabado, el que intentaron borrar es este. Si a mí me tocara gobernar Cuba sin los Castro, lo primero que haría desde el día 1 sería algo que casi nadie se atreve a decir con todas sus letras.

desmantelar por completo el aparato de control político, no maquillarlo, no cambiarle el nombre, no ponerle otro uniforme, desmantelarlo de raíz y eso significa, en términos concretos, abolir la seguridad del Estado como órgano de persecución interna, disolver los comités de defensa de la revolución que se dedican a vigilar y delatar a los vecinos, eliminar las leyes que castigan la llamada propaganda enemiga, que no es otra cosa que cualquier opinión distinta y dejar claro, sin ambigüedades, que jamás nadie volverá a ir preso por

decir, “No estoy de acuerdo.” Y entonces pregunté en voz alta, “¿Y cómo se hace eso?” y me respondí ahí mismo, con decretos simples y directos desde el primer minuto, amnistía inmediata para todos los presos políticos, revisión caso por caso, con observadores internacionales para asegurarnos de que nadie se quede encerrado por venganza o por pura burocracia y al mismo tiempo garantías de seguridad para evitar una cacería de brujas contra quienes hoy forman parte del sistema, salvo, por supuesto, aquellos que hayan cometido

crímenes graves porque justicia no es lo mismo que revancha. En ese punto vi al moderador mirar el reloj y hacerme una seña suave, casi elegante, como pidiéndome que fuera cerrando. Y yo ya conocía ese gesto. No era por el tiempo. Otros antes se habían extendido mucho más, era por el contenido.

 Aún así, seguí porque lo segundo que dije es devolverle a los cubanos algo que ningún discurso puede reemplazar. la posibilidad real de elegir y aclaré que no hablaba de elecciones con un solo partido permitido, sino de legalizar todos los partidos que quieran existir, de izquierda, de derecha, de centro o de donde sea, siempre que respeten reglas democráticas básicas.

 Hablé de libertades reales, de prensa, de asociación, de manifestación y ahí subí un poco el tono porque me dirigí directamente a quienes siempre justifican al régimen diciendo, “Pero la salud y la educación son gratis.” Y pregunté algo muy simple. ¿De qué sirve un hospital gratis si no puedes decir lo que piensas sin arriesgarte a una celda? ¿De qué sirve una universidad si te expulsan por cuestionar al gobierno? Eso no es justicia social, eso es control disfrazado.

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