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Princesa Margarita: La Obligaron a Elegir… y Perdió Todo

Responsabilidad sin poder, visibilidad sin propósito, es la peor combinación posible y Margaret va a vivir con ella durante 71 años. La infancia en el palacio es, a pesar de todo, relativamente feliz. Las dos hermanas son inseparables, comparten habitación, comparten institutriz, comparten juegos. Margaret es la que inventa las aventuras y Lilibet la que pone las reglas.

Es un equilibrio que funciona en la infancia, que funcionará mucho menos en la vida adulta. Y entonces llega la guerra. En septiembre de 1939, cuando Margaret tiene 9 años, Gran Bretaña entra en la Segunda Guerra Mundial. Las princesas son trasladadas al castillo de Winser, lejos de Londres, lejos de las bombas.

Pero Winsor no es un refugio, es una prisión con jardines. Las ventanas están tapadas con cortinas negras por los bombardeos. Los pasillos son fríos y húmedos. Los soldados patrullan los terrenos. Y Margaret, que es una niña que necesita movimiento, ruido, gente, se encuentra encerrada en un castillo medieval con su hermana, su institutriz y el eco de sus propios pasos. Son 6 años de guerra.

6 años de encierro. 6 años en los que el mundo entero está en llamas y Margaret lo experimenta a través de la radio y de las conversaciones de los adultos que se callan cuando ella entra en la habitación. Pero Margaret no se apaga durante la guerra. Se transforma sin escuelas formales, sin amigos de su edad, sin otro contacto humano que su hermana y su institutriz.

Margaret desarrolla los talentos que serán su refugio para el resto de su vida. Aprende piano y lo toca bien, con una musicalidad natural que sorprende a los profesores que el palacio contrata. canta y descubre que tiene una voz de contralto que podría haber sido profesional en otro contexto. Aprende a imitar a la gente ministros, generales, sirvientes con una precisión cómica que hace reír a toda la familia, incluido su padre, que necesita esas risas como necesita el aire en los años más oscuros de la guerra. En 1944,

cuando tiene 14 años, participa junto a Lileth en una pantomima navideña en Winsor. Un espectáculo para las tropas y el personal del castillo. Margaret brilla literalmente. Es graciosa. Tiene timing, tiene presencia escénica. Los soldados la adoran y Margaret descubre algo que va a perseguirla toda la vida, que tiene talento para el espectáculo, que podría ser alguien por derecho propio, no solo por nacimiento.

Pero nadie en la familia real hace espectáculo. Las princesas no actúan. Las princesas no cantan en público. Las princesas sonríen, inauguran y se callan. Y Margaret, que tiene 14 años y un talento que le quema por dentro, aprende otra lección más del palacio. Tus dones no importan si no encajan en la función que te asignaron antes de nacer.

Cuando la guerra termina, Margaret tiene 15 años. Ha pasado toda su adolescencia encerrada y lo que quiere, lo que necesita con una urgencia que es casi física es vivir, salir, respirar, conocer gente, bailar, reír, ser joven de la manera en que la guerra no le dejó ser joven. El 8 de mayo de 1945, el día de la victoria en Europa, ocurre algo extraordinario.

El rey Jorge VI permite que sus dos hijas salgan del palacio y se mezclen con la multitud que celebra en las calles de Londres. Margaret y Lilibet, acompañadas por un grupo de oficiales jóvenes, caminan por Picadili, por el Mall, por Trafalgar Square, rodeadas de miles de personas que gritan y lloran y bailan sin saber que las princesas de Inglaterra están entre ellos.

Margaret recordaría esa noche como la más feliz de su vida. Una noche donde fue anónima, donde nadie la miraba como princesa, donde fue simplemente una chica de 15 años celebrando el fin de una guerra en una ciudad que volvía a estar viva. Fue un anticipo de la libertad, un anticipo que la realidad nunca cumpliría.

Y Londres en 1945 está lista para darle exactamente eso o al menos la ilusión de eso. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. La posguerra transforma a Margaret. La niña ruidosa del palacio, se convierte en la mujer más glamurosa de Gran Bretaña.

Y no es una exageración. En un país devastado por 6 años de guerra, donde el racionamiento sigue en vigor y la gente hace cola para el pan, Margaret aparece como una explosión de color en un mundo gris. Mientras Lil se prepara para ser reina, estudiando la Constitución, viajando oficialmente a los países de la Commonwealth, casándose con el príncipe Felipe de Grecia en noviembre de 1947, en una boda que le devuelve la esperanza a un país agotado, Margaret se lanza a la vida nocturna de Londres con una energía que escandaliza a la vieja

guardia del palacio y fascina al resto del mundo. Bella. No de la manera clásica y contenida de su hermana Margaret es otra cosa. Ojos azules enormes que brillan con una intensidad que las fotografías de la época no logran capturar del todo. Piel perfecta. Una cintura de avispa que los diseñadores de moda adoran.

Christian Dior la viste y lo que Margaret lleva hoy aparece en todas las tiendas de Londres mañana. Y algo que ningún diseñador puede crear, una presencia magnética que hace que todos los ojos de una habitación se dirijan hacia ella en el segundo en que entra. Va a fiestas en Mayfir, va a clubs nocturnos en Soho, el 400 club en Leer Square es su favorito, un lugar donde la élite londinense bebe, baila y se comporta de maneras que los periódicos del día siguiente describirán con escándalo fingido.

al teatro, a la ópera, a cenas privadas en casas de aristócratas donde se bebe champán hasta las 4 de la mañana, mientras el servicio doméstico espera en silencio a que los invitados se dignen irse. Fuma con una boquilla larga de marfil que se convierte en su marca registrada. Un gesto que en cualquier otra mujer sería vulgar, pero que en Margaret parece elegante, desafiante, casi político, como si cada fuera una declaración.

Yo hago lo que quiero, aunque no sea verdad. Yo hago lo que quiero, aunque no sea verdad. Baila canta. Tiene una voz de contralto sorprendentemente buena que años después usará en fiestas privadas para interpretar canciones de Cole Porter y de Gershwin, con una habilidad que habría sido profesional si hubiera nacido en otra. Familia.

Hay grabaciones de esas noches que han sobrevivido Margaret sentada al piano con un vaso en la mano cantando Let’s do it the C porter con una voz ronca y perfecta que hace callar la habitación. La prensa la adora. Es la princesa que vende periódicos. Cada vestido que lleva aparece en las portadas al día siguiente.

Cada hombre que la acompaña a cenar genera titulares de romance. Es la primera celebridad real moderna antes de Diana, antes de Megan, antes de todas las demás. Margaret inventa el concepto de princesa como estrella de la cultura popular, pero detrás del glamur hay algo que pocos ven. Margaret está sola, no sola en el sentido físico.

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